Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXII) La Batalla de las Ruinas, Parte 2

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Dworkin, hechicero gnomo con afinidad por lo silvano

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 4

Como un verdadero coloso, el viejo guerrero ogro empezó a blandir su lanza en poderosos arcos, cada uno de los cuales tan amplio que abarcaba medio campo de batalla. Soltó un bramido en su tosca lengua, que solo Lomborth entendía:

“¡¡¡NO ME ARREBATARÉIS MI HOGAR!!!”

Detrás de él, la ogresa había desenfundado un espadón de su tamaño y se unía también a la refriega, mientras invocaba el poder de Vaprak el Destructor, la demoníaca deidad de los ogros.

A partir de aquel momento, la batalla se volvió más frenética e intensa si cabe, tanto que Korybos el Escriba se vio en serios apuros para describirla con palabras en su Libro de las Tierras Perdidas. Mientras  Gaul y Lomborth hacían frente al titán como podían, Tobruk les cubría las espaldas contra los otros ogros, regresando al cuerpo a cuerpo a pesar de la fatiga, mientras Sarthorn seguía disparando su ballesta de repetición tan rapido como era capaz allá donde el disparo era más necesario. Elian seguía disparando rayos ígneos o intentando en vano paralizar a la mole con una de sus varitas mágicas. A la vez, uno de los ogros cargaba hacia Quarion, decidido a partirle la cabeza al elfo, mientras Tarkathios hacía lo posible para interceptarle y trabarse contra él.

Por detrás, el equipo que había intentado ejercer de martillo tenía sus propios problemas. Shelaiin rodaba por el suelo para esquivar los lanzazos y pisotones que le asestaba el ogro contra el que se había lanzado. Caellum y Grugnir rodearon al monstruo  para atacarle por la espalda, dando la oportunidad a la elfa de levantarse y recuperar la posición. Era perentorio que llegaran hasta sus compañeros, pero no podían hacerlo dejando varios ogros a sus espaldas; eso sería su muerte.

Entre los tres despacharon rápidamente al ogro y a un segundo bruto que se le había unido. Entonces, mediante gestos, Shelaiin indicó a los dos enanos que se escabulleran a través de la batalla para ayudar a los demás desde la retaguardia de los ogros. Ella se encargaba de la shamán de Vaprak. Incluso con la magia de celeridad que recorría su cuerpo, sólo llegaría hasta ella cargando temerariamente. Con un grito de guerra élfico, cruzó el patio de la ciudadela. Sin embargo, la ogresa estaba preparada. Con un bandazo de su enorme filo, golpeó a la guerrera antes de que esta pudiera alcanzarla, y la derribó como quien golpea a una mosca con un zapato.

Mientras, el yunque se estaba llevando el grueso de los golpes del combate. Quarion había caído, herido de gravedad, y Tarkathios se las estaba viendo solo contra el ogro que le había tumbado. El kurathi sangraba también por sus heridas, pero se mantenía en pie, envuelto en su armadura mística. Incluso Lomborth, cuya dureza era casi legendaria, se tambaleaba. Se había llevado lo peor de los ataques del ogro agigantado, siguiendo con su táctica de atraer los ataques del enemigo, pero aquel ser era el líder por alguna razón. Dominaba la lanza no como un torpe salvaje desmañado, sino como un guerrero entrenado, y estaba claro que era él quien había adiestrado a su prole en el uso de la lanza. Y era rápido, más rápido de lo que la razón alcanzaba a comprender en una criatura de tal envergadura. Repelía todo intento de colarse a través del círculo de acero mortal que formaba a su alrededor con su arma.

Lomborth estuvo a punto de perder la vida, pero su sacrificio tuvo su recompensa. Gaul y Tobruk habían logrado acercarse algo al coloso. Si conseguían  traspasar el anillo y acercarse lo suficiente, el propio alcance de la descomunal lanza se convertiría en una desventaja para el gigante, por muy bien entrenado que estuviera. Lomborth ejerciendo de bastión les había permitido adelantarse un poco, pero un paso más sería la muerte. Entonces el líder ogro rugió de dolor. ¡Grugnir y Caellum se habían deslizado a sus espaldas, y estaban atacando sus piernas intentando desjarretarle! Era la ocasión que necesitaban los dos guerreros. Tobruk se adelantó, sabiendo que tenía más probabilidades de esquivar el inevitable golpe. Con el escudo por delante atravesó las defensas del gran ogro, y Gaul aprovechó el hueco dejado por el enano para superar también el alcance. Los cuatro lanzaron un ataque concertado, mientras Lomborth restañaba sus heridas más graves con su magia.

Entonces, la ogresa vio que Shelaiin seguía viva en el suelo, malherida pero aún así intentando inútilmente levantarse para seguir luchando. Dentro de su limitado intelecto, estaba viendo que la batalla les estaba siendo más ardua de lo que debería haber sido, y decidió que, ganaran o perdieran, se llevaría al infierno a tantos de aquellos odiosos invasores como le fuera posible. ¡Vaprak devoraría sus almas! Aferrando con fuerza su espadón, se dirigió hacia donde yacía la elfa, decidida a asestarle el golpe de gracia.

Al ver eso, Tarkathios, que acababa de despachar a su ogro, vio que era el único que podía hacer algo al respecto, y no lo dudó ni un instante. Cargó hacia la ogresa como una exhalación, interponiéndose entre ella y su compañera caída. Los dos espadones, ambos demasiado grandes para un humano, chocaron con el tañido del acero, y por unos segundos, hombre y giganta se miraron cara a cara. Entonces la ogresa le pateó en el estómago, y mientras el kurathi retrocedía del empujón, volteó su espada y le dejó un surco rojo en el pecho. El hombretón cayó al suelo, a escasos centímetros de donde se encontraba Shelaiin.

Y la brutal fémina les habría despachado sin duda, si en aquel momento no hubiera ocurrido lo impensable. ¡Su hombre, el rey de su pequeño clan, había caído a manos del orco de la espada negra! Acercándose a él, entonó una plegaria a Vaprak para que le salvara la vida.

Herido y fatigado, Tobruk se retiró de nuevo una vez cayó el más grande de los enemigos, retomando su arco, mientras los tres enanos y Gaul rechazaban a los dos ogros que quedaban. Con su magia prácticamente agotada, Elian se acercó peligrosamente a la melée para cubrir a sus compañeros con su aura protectora, mientras Sarthorn dejaba caer la ballesta y desenfundaba su hacha-lanza para ir a socorrer a Shelaiin y Tarkathios. La ogresa, una vez realizada su plegaria, se dirigía de nuevo a ellos. Lomborth y Gaul habían empezado a dirigirse contra ella, pero su camino había quedado cortado de nuevo. ¡Tras la oración de la ogresa, el líder se estaba poniendo en pie nuevamente, con parte de sus heridas sanadas milagrosamente!

Así que aquella vez dependió de Sarthorn, que solía evitar el combate cuerpo a cuerpo siempre que podía, salvar a los caídos de la furia de la mujer ogro. La entretuvo lo que pudo, y valientemente, pero su heroico esfuerzo no fue suficiente, y cuando Grugnir y Caellum llegaron para socorrerle, ya era tarde. Cayó sangrando a los pies de la terrible ogresa. Ésta aulló de rabia y odio cuando los proyectiles mágicos de Elian pusieron de rodillas de nuevo al líder que intentaba levantarse, y al ver que Gaul caía sobre él como un lobo y le ponía fin definitivamente.

La punta del espadón bajó hacia el corazón de Sarthorn.

Un filo curvo la desvió.

Shelaiin se encontraba frente a la ogresa, sanada de sus peores heridas por la magia druidica de Lomborth. La elfa volteó su espada curva, fintó a la sacerdotisa impía, y de un latigazo fluido y cegador, le cortó la cabeza.

Y de repente se hizo el silencio. Solo se escuchaba el suave rumor de la brisa entre las copas de los árboles cercanos, y el mortecino lamido de las aguas del lago contra la orilla. La batalla había terminado. Contra todo pronóstico, habían vencido. Malheridos y maltrechos, algunos desangrándose y casi todos más muertos que vivos. Pero habían vencido. Las ruinas eran suyas.

Pero no podían regocijarse. Nadie se había dado cuenta de que Gaul se había ido, hasta que volvió junto a sus compañeros con el pequeño cuerpo de Dworkin el gnomo en sus brazos. Y solo la fortuna o el favor de los dioses habían impedido que Shelaiin, Tarkathios y Sarthorn se unieran con él en el Más Allá.

Mientras Lomborth curaba a los heridos más graves con sus últimos rescoldos de magia, Gaul se fue al bosque y empezó a buscar un lugar donde erigir el túmulo de Dworkin. Mientras, Tobruk, Grugnir y Caellum empezaban a revisar con más calma las ruinas donde había tenido lugar la batalla, y a inspeccionar el interior de los edificios por si quedaba algún enemigo oculto en su interior.

Pero no les dio tiempo a examinarlos con más atención. Las voces alarmadas de los que seguían en el patio de la ciudadela les indicaron que algo estaba pasando. Cuando salieron, pudieron ver de qué se trataba.

Una densa niebla se estaba elevando desde el lago. Flotaba desde la superficie y se extendía por el patio, en dirección a ellos, mientras se empezaba a escuchar una música hermosa, grave y profunda, entonada a coro por numerosas voces que no podían ser humanas. Era un canto funebre.

Tan triste y etéreamente cautivador era el coro fantasmal que casi les dieron ganas de avanzar hacia el agua irremisiblemente para unirse a sus voces en el lugar del que provinieran. Pero por alguna razón, no lo hicieron. La canción no era una invitación para ellos.

De entre la niebla empezaron a vislumbrarse unas siluetas, que avanzaban despacio hacia ellos, como en procesión. Eran de pequeño tamaño, no más altas que niños, y a medida que se acercaban y la niebla dejó de ocultarles, vieron que se trataba de seres de piel azul-verdosa y largo cabello que caía como cascadas de agua sobre sus espaldas. Los espíritus acuáticos llegaron ante ellos, y la pequeña mujer que encabezaba la procesión les miró con sus grandes ojos mientras extendía los brazos, y decía con una extraña pero musical voz reverberante:

El Pequeño Hermano debe volver a casa. Se ha ganado su lugar en nuestro reino.

 

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12 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXII) La Batalla de las Ruinas, Parte 2”

  1. Komunicado del Sindikato de Ogros Saja-Raja:

    A pesar de que las fuerzas represoras del cripto-fascista Imperio Alasiano han expulsado con inusitada violencia a nuestros pacíficos kamaradas del Hogar Social “La Verruguilla del Bosque”, impidiéndoles así continuar sus labores sociales y ecológicas en Wilwood, ¡no nos rendiremos!

    Desde el Comité Ogro Central no-centralista Inclusivo Paritario proclamamos que nada ni nadie nos detendrá en la búsqueda de un futuro mejor en el que los ogros podamos comernos a todo el mundo sin que se escape ni uno, en paz, amor y libertad para todos (nosotros).

    ¡UN DESALOJO, OTRA OKUPACIÓN!

    (recordad que la clase “Cocina Bien a un Enano” se pasa al martes por descanso de la profesora, y la de “Entrenamiento Avanzado con Lanza Larga” se suspende hasta encontrar un nuevo entrenador)

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    1. Además, de Dworkin hubo 4 personajes más que estuvieron a UNA acción de pasar a mejor vida. Y es muy probable que con solo uno de ellos muerto, la batalla hubiera acabado en TPK. Así de justo les fue. Si hubiera sido un sistema más OSR, de los de “a 0 palmas”, hubiera sido una debacle.

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      1. Los combates y las batallas ajustadas suelen decantarse por momentos decisivos en los que un golpe falla y alguien, en una posición estratégica, sobrevive por los pelos. O, al revés, un golpe acierta y justo elimina a un luchador clave.

        Por eso, los mejores equipos de combate son los que concentran los ataques y van eliminando, sistemáticamente, a los enemigos clave o en posiciones que son clave.

        Si queréis leer la estupenda narración de una batalla que se ganó “por los pelos”, en la que varias posiciones decisivas estuvieron a centímetros de perderse o de ganarse, os recomiendo el libro Cuando Éramos Jóvenes y Soldados, del mismo coronel que combatió en ella en Vietnam, al mando de los estadounidenses. Sobre este libro luego se hizo la película (muy fiel al libro, la verdad) que protagonizó Mel Gibson.

        Hay otros muchos casos similares, claro. La Toma de Jerusalén por los cruzados, la Batalla de Tenerife de 1797, la de Auerstadt o la Primera de Bull Run, por ejemplo.

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