Crónicas de Alasia, Libro 2: (XX) Retorno a Wilwood

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Dworkin, hechicero gnomo con afinidad por lo silvano

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Cosecha 28

Fueron tres las compañías que partieron de Nueva Alasia a raíz del Concilio de Stephan, cada una en una dirección distinta. Mientras los Portadores se dirigían hacia el este y los Mapeadores partían hacia el norte, otros ojos miraban a poniente, hacia las verdes sombras de Wilwod. Gaul, Dworkin, Elian y Shelaiin iban a reanudar sus exploraciones del bosque. Seguían determinados a poner fin a la maldición de la luna de sangre, que convertía a todos los lobos de la espesura en licántropos rabiosos. Además, después de averigüar que el bosque podía albergar ruinas élficas del antiguo reino de Adaredhel, entre las que quizá se encontrara un Sendero de los Recuerdos, explorar las profundidades de Wilwood cobraba más importancia que nunca. Ogden anunció a sus compañeros que no iba a regresar a Wilwood. Había perdido a todos sus anteriores camaradas allí, y los pocos recuerdos que le quedaban eran de auténtica pesadilla. El enano había tenido suficientes aventuras en su vida, y ahora sólo quería hallar la paz.  En cambio, Quarion y Tarkathios solicitaron incorporarse a la expedición, y aunque lasl habilidades del elfo como cazador y arquero fueron bien recibidas, ninguno de los cuatro veía con buenos ojos al kurathi. Aún así le aceptaron por sus innegables capacidades en combate, y quizá para asegurarse que de ese modo estaría bajo supervisión.

Por otro lado, los Escudos de Piedra también miraban hacia Wilwood. Su objetivo eran las Colinas Doradas, que supuestamente se hallaban más allá del bosque. El Barón les había encargado que encontraran las antiguas minas que aún podrían horadar sus laderas, a cambio de concederles la tenencia de las cuevas en las Colinas Escudo. Además, en la carta de Arakh Zuul a su maestro se mencionaban las Puertas de Khaz-Durazh, lo que indicaba que quizá una antigua ciudadela enana aún estuviera en pie en las Colinas Doradas. Los enanos habían estado conferenciando, intentando decidir el mejor rumbo a seguir. Una opción era bordear el bosque de Wilwood por el norte, pero probablemente aquello les haría pasar muy cerca de la Desolación que rodeaba las ruinas de la Ciudad Antigua. Y todo lo que se oía de ese lugar ponía los pelos de punta. Otra opción era enfrentarse a Wilwood, y buscar la manera de atravesarlo, siguiendo la parte del camino que los Exploradores habían abierto hasta el momento y procediendo  después a través de la espesura.

Era cuestión de tiempo que ambos grupos hablaran entre sí, y tomaran la decisión de unir sus fuerzas temporalmente. Sus caminos coincidían, y el bosque había demostrado ser probadamente peligroso. El botín y los despojos deberían ser repartidos entre más manos, pero quizá las dos compañías juntas lograran cosas imposibles para cada una por separado. El tiempo del que disponían era limitado: en unas dos semanas la luna llena volvería a asomarse al cielo, con lo que intentar cruzar el bosque estaba descartado. Desde su anterior visita, algo roía la mente de Shelaiin, las ruinas de una ciudadela élfica junto a un lago, donde habían rescatado a un misterioso ser acuático del clan de ogros que ahora la ocupaban. La idea de los brutos señoreándose del lugar, que ahora sabía que probablemente había pertenecido a los dominios de Caramrost, la desaparecida ciudad élfica de la que provenía su Casa, era ultrajante. Además, quizá allí se encontrara alguna pista sobre el Arth-í-Berhael de Caramrost.

Así pues, ambas compañías partieron juntas de Nueva Alasia por la Puerta del Oeste, con un plan trazado. Viajarían hasta las ruinas junto al lago y las retomarían de manos de los ogros. Una vez despejada de los monstruos, quizá la ciudadela sirviera para refugiarse de los hombres lobo cuando llegara la luna llena, lo que les daría una base de operaciones en pleno bosque. Y si no era así, deberían tener tiempo suficiente para salir de Wilwood antes de que la maldición se activara de nuevo.

Pero antes, había algo que debían hacer. En la encrucijada de Lindar, la compañía torció hacia el sur. Los Exploradores iban montados, los Escudos a pie. Llegaron a Lindar al final de la jornada, y tras dejar las monturas en los establos de la posada del Viejo Roble, se encaminaron hacia la vivienda de Tanner, a las afueras del pueblo. El hombre estaba allí, sentado en su porche, esperándoles. Le contaron lo sucedido durante el torneo, el intento de robo de la Flecha de Plata por parte del falso Morden, y Shelaiin le habló de su verdadero origen como símbolo élfico de deuda vital. No era el icono sagrado que Morden había ansiado recuperar. Jack se sentiría decepcionado, dijo Tanner, pero les aseguró que de alguna manera le haría llegar el mensaje.

Cosecha 30

Dejando las monturas en Lindar, excepto el perro en el que montaba Dworkin, los aventureros pasaron dos días retomando el camino hacia Wilwood y empezando a adentrarse en el interior del gran bosque. Como siempre, cruzar su lindero era como atravesar una frontera invisible, como entrar en un reino diferente con leyes totalmente distintas. Al tercer día de su viaje pasaron frente a la vieja y desvencijada atalaya de madera que se elevaba sobre las copas de los árboles, donde Dworkin había tenido un roce con la muerte con la forma de una enorme serpiente constrictora. Decidiendo que la oportunidad de otear los alrededores era demasiado valiosa para dejarla pasar, Lomborth conjuró la magia del Señor de los Secretos Bajo la Montaña para que le ocultara de la vista de los animales, y trepó hasta arriba.

La serpiente estaba allí, en la plataforma, enroscada protectoramente alrededor de varias docenas de huevos. El hechizo de Lomborth le protegió con efectividad, y el animal ni siquiera se percató de su presencia. El enano no vio la columna de humo al sur de la que le había hablado Dworkin, pero sí pudo atisbar la extraña formación rocosa entre los árboles unas millas al norte. Memorizó su posición y emprendió rápidamente el descenso. Sin embargo, a mitad de camino la carcomida escalera de madera se partió bajo su peso, y el enano se desplomó hacia el suelo rompiendo ramas y hojas. Estaba muy cerca de estrellarse cuando una palabra de poder resonó, y su descenso se ralentizó, pasando a ser tan suave y lento como el de una pluma. La magia de Elian le salvó de la caída, pero todos decidieron marcharse del lugar de inmediato, por si el ruido despertaba a la gran serpiente.

Escudo 2

El gran tamaño de la comitiva parecía ahuyentar a la mayoría de animales y seres que moraban en Wilwood, ya que durante los dos días siguientes avanzaron a través del bosque sin apenas molestias. Una noche recibieron la visita de dos irascibles mofetas gigantes, en cuyo territorio habían acampado. La magia druidica de Gaul calmó a las bestias y se marcharon, no sin antes dejar un apestoso recuerdo a Lomborth. Durante la siguiente jornada, realizaron un curioso avistamiento. Al abrirse los árboles para formar una angosta explanada, Dworkin vio al otro lado, encaramado sobre una roca, un gran perro de orejas puntiagudas que les observaba con suma atención. Pero en un abrir y cerrar de ojos, cuando se giró para avisar a sus compañeros y volvió a mirar hacia el lugar, el perro había desaparecido por completo. El gnomo no supo decir si había presenciado a otro más de los extraños moradores del bosque, o algún tipo de augurio sobre lo que le deparaba el futuro.

Escudo 3

La compañía llegó por fin a las ruinas élficas junto al lago, con las últimas luces del día, y comprobaron para su consternación que las cosas habían cambiado desde la última vez que algunos de ellos estuvieron allí. Los ogros habían levantado una tosca empalizada para cubrir la desaparecida torre que Elian había derribado con su viento mágico. También habían preparado otras defensas rudimentarias, como proteger el flanco norte (donde ya no había muralla) con una serie de estacas puntiagudas clavadas en el suelo en distintos ángulos, que harían muy peligroso intentar avanzar con rapidez a través de ellas. También habían recogido el viejo portalón que antaño usaran de puente para cerrar el  umbral en las murallas, bajo la pequeña barbacana. De nuevo, aquello superaba la inteligencia habitual de la que suelen hacer gala los ogros.

Tras espiar el lugar durante un tiempo, y comprobar que seguía habiendo actividad de los ogros en el interior de la ciudadela, los compañeros decidieron retirarse hacia el interior del bosque y acampar para descansar antes de lanzar su ataque. Sabían que había como mínimo una docena de los brutos, quizá más. El asalto a las ruinas no era algo a intentar improvisadamente. Gaul buscó animales por la zona, y encontró la madriguera de un zorro. Tras hacerlo salir con sus artes druidicas y con la tentación de la comida, habló con el pequeño canino. La información que pudo sacarle al animal les confirmó que los ogros tenían hábitos nocturnos, y que aquel lugar entraba dentro de sus terrenos de caza.

Sabiendo eso, el grupo decidió intentar una argucia. Mientras Gaul y Dworkin regresaban a las ruinas para comprobar si realmente los ogros estaban más activos por la noche, el resto preparó un falso campamento, con una gran fogata. La idea era que el grupo pasaría la noche a una distancia suficiente para tener el falso campamento a la vista, y así poder emboscar a cualquier cazador ogro que se presentara por allí. Gaul y Dworkin se asomaron por el lindero y vieron que, efectivamente, durante la noche las ruinas cobraban vida y se convertían en un hervidero de ogros pescando, cocinando o despellejando presas. Sobre la barbacana había dos ogros vigilando, con sus largas lanzas dispuestas. Decidiendo improvisar sobre la marcha, los dos compañeros intentaron usar su magia para atraer a alguno de los ogros hacia el bosque. Simularon los sonidos de un gran jabalí, y luego mediante ilusiones crearon los sonidos de una batida de caza humana. Gaul incluso invocó un pony, que salió del bosque y se volvió corriendo a la espesura cuando los ogros de la barbacana empezaron a arrojarle jabalinas. Tras plantar su señuelo, regresaron con los demás. Ahora era cuestión de esperar. Si un par o tres de ogros caían en la trampa, podrían encargarse de ellos fácilmente, facilitando el asalto del día siguiente y quizá obteniendo más información al interrogarles.

Pero nada de eso ocurrió. Los ogros ignoraron el cebo, ya fuera por no estar interesados, o lo que era una opción más inquietante, por haberse olido que algo no cuadraba. Las noches ya en pleno otoño empezaban a ser demasiado frescas para pasarlas sin un buen fuego, y la gran compañía pasó una noche incómoda de entrevela esperando algo que nunca llegó a ocurrir. Y ahora que ya no había bayas frescas para que Gaul pudiera realizar su magia druidica, la gran cantidad de raciones que transportaban bajaban radicalmente con cada jornada transcurrida. Sólo había una opción, decidieron. Si los ogros eran nocturnos, el alba probablemente sería su momento de mayor debilidad. Al hacerse de día estarían más cansados, y quizá pudieran pillarles en un momento de cambio de guardias mientras la mayoría se retiraba a dormir.

Estaba decidido pues. Cuando llegara el alba, atacarían la fortaleza. Y que su destino lo dictaran los dioses.

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8 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XX) Retorno a Wilwood”

    1. XDDD… Lo mío es más bien por necesidad. Al jugar una vez a la semana vamos alternando grupos, así que si solo contara lo de un grupo sin hacer saltos, me pillaría en un santiamén. ¿Sabes Indiana Jones con la bola de piedra y tal? Pues ese soy yo, tanto al masterear Alasia como al escribir las Crónicas. Si paras te arrolla.

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