Crónicas de Alasia, Libro 2: (XIX) Crawford Manor

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Cosecha 28

Mientras los Portadores partían de Nueva Alasia reemprendiendo su misión, el resto de grupos hacía otro tanto. La compañía conocida como los Mapeadores del Norte se pertrechaba para llevar a cabo el cometido que había aceptado durante el Concilio del Barón: explorar el Camino del Torreón y las Tierras Perdidas al norte de la ciudad para intentar localizar el paradero de la Compañía del Águila Negra. Pero como había sucedido con los Portadores, la formación del grupo había sufrido cambios a raíz de los sucesos del Torneo. 

Thaena y Qain eran los únicos miembros originales que permanecían en el grupo, cada uno por motivos distintos. Tarkathios había decidido unirse a la expedición que se encaminaba hacia el interior de Wilwood; por una parte, necesitaba hacerse con riquezas para pagar el weregild -el oro de sangre-por la muerte de MacAirt. Los dioses le habían permitido vivir a pesar de su derrota en el juicio por combate, por lo que la justicia terrenal ya no podía actuar contra él, pero aún así estaba obligado por las ancestrales costumbres a pagar por la vida que había arrebatado. Por otra parte la infame reputación que se había labrado en Nueva Alasia parecía empujarle a querer dejar la civilización atrás. Por su parte, los dos miembros de los pequeños pueblos que habían formado parte del grupo también abandonaban sus filas. Ponto había decidido unirse a las filas de los Portadores del Amuleto, sin conocer aún el futuro que le aguardaba, y Flawkyn el gnomo decidió que sus talentos arcanos servirían mejor desde la seguridad de Nueva Alasia que recorriendo los polvorientos caminos como un aventurero.

Pero dichas ausencias se suplieron en parte con nuevas incorporaciones. Assata, tras renunciar a la búsqueda del Amuleto, se incorporó a los Mapeadores, con la esperanza de que su misión sería menos siniestra y las dinámicas de grupo más abiertas y transparentes. Por otro lado, un recién llegado a la ciudad solicitó incorporarse a la expedición. Petrus Cornelius Faust era un alquimista andmar, llegado a Nueva Alasia, como tantos otros, durante el Torneo de Roca Blanca. Andmaar era la tierra de la brujería, una magocracia en la que el poder de los patricios y las líneas de sangre aristocráticas ascendían o declinaban en función del talento arcano de sus miembros. Por la razón que fuera, Petrus había dejado de lado el estudio de las artes mágicas en favor de la alquimia pura. Aunque solo los sûlitas conocían mejor ese arte que los andmar, en aquel reino de prodigios mágicos, era considerada una ciencia menor, un sucedáneo del verdadero arte, algo que sólo practicaban aquellos que se veían obligados por una falta absoluta de poder arcano. Si ese era el caso de Faust, era imposible saberlo aún, pero alegando querer realizar estudios de campo, se mostró interesado en unirse a la comitiva, y no tardó en ser aceptado.

Así transmutado, el grupo se reunió a primera hora de la mañana con la joven Alida Crawford y sus dos guardias, que también se preparaban para partir hacia el Camino del Torreón. Habían conocido a la muchacha durante el Torneo, y la joven aristócrata les había invitado a visitar Crawford Manor, la morada de su familia. A dos días de camino, era el señorío más alejado de Nueva Alasia de cuantos permanecían en pie. Alida era una joven menuda y bonita, de piel muy blanca y largo y lacio cabello negro como ala de cuervo. La heredera del linaje de los Crawford había recibido adiestramiento militar, y durante aquella semana había demostrado que sabía empuñar espada y lanza. No había hecho un mal papel en el torneo, a pesar de que su juventud y su pequeño tamaño la ponían en franca desventaja contra la mayoría de sus oponentes.

Los Mapeadores habían aceptado la invitación de Alida no solo por curiosidad y por que la joven mujer les hubiera caído bien. También les había contado que Balkan el Fuerte había pasado una noche en Crawford Manor durante su viaje hacia Nueva Alasia. Quizá en la mansión alguien podría darles más información de donde venía o qué motivos le llevaban a la ciudad.

La comitiva se puso en marcha con el sol ya asomando sobre los tejados de la ciudad, y cruzaron la Puerta del Norte siguiendo el camino de Falshire y más allá, dejando atrás la encrucijada y tomando el antiguo Camino del Torreón. Mientras avanzaban a lo largo de la vieja trocha, hoy en día poco más que una franja de tierra rodeada de brezos y páramos, Alida les contó al ser preguntada que el camino terminaba en el Bosque de la Cuna. Pronunció el nombre con un cierto temor reverencial, propio de quien ha escuchado historias de terror sobre él desde su más tierna infancia. Nadie en su sano juicio se adentraría allí, les dijo, poniendo en duda que Balkan hubiera podido cruzar el bosque y mucho menos viajando solo. Al oeste del camino se hallaba la Desolación, un yermo maldito en cuyo corazón descansaban las ruinas de la Ciudad Antigua, la Alasia original, como un cadáver que seguía descomponiéndose al sol después de tantos siglos.

Unas millas después de cruzar el puentecillo de piedra sobre el río Ullim, los caminantes hicieron alto para acampar. Pasaron la noche al raso, con el ojo pegado a un cielo que parecía cada vez más encapotado y amenazador.

Cosecha 29

El cielo se oscureció más durante el día siguiente, hasta que la tormenta que se había estado cociendo a fuego lento estalló con toda su furia a partir de media tarde. Empapados por la lluvia torrencial y calados hasta los huesos, los compañeros avanzaban bajo un manto de truenos ensordecedores y aserrados relámpagos que saltaban del cielo a la tierra, mientras el viento aullaba a su alrededor. Era ya noche cerrada cuando se hizo visible una luz en lo alto de un cerro, escapando de las ventanas de la mansión que se alzaba sobre la colina. Un relámpago iluminó el cielo y dejó a la vista una cuadrada muralla y la pequeña fortaleza que protegía, erigida al estilo sartiano, con las clásicas gárgolas en los tejados. La mansión parecía haber sido levantada alrededor de un edificio claramente más antiguo, una torre cilíndrica que parecía tan vieja como el propio camino.

Ya hemos llegado -dijo Alida, calándose bien la capucha de su capa-. Bienvenidos a Crawford Manor.

[Aquí no tardó en salir el comentario de “¿Nos hemos metido en Ravenloft?”. Cara de poker por parte del máster.]

Había llegado ya la pavorosa medianoche cuando la taciturna compañía alcanzó por fin las puertas de la mansión. El graznido de los cuervos se podía escuchar por encima de la lluvia. Un par de hombres armados abrió el pesado portalón y recibieron a su señora, que rápidamente les habló de sus acompañantes. Mientras un joven paje en librea se ocupaba del caballo de Alida, ésta guió a los aventureros al interior del castillo, a salvo por fin del aguacero. Fueron acompañados a unos aposentos en el segundo piso, con chimeneas encendidas, y no tardaron en subirles ropas secas para que pudieran cambiarse. Thaena tuvo que vestir con ropas de hombre, ya que ningún vestido encajaba con su gran estatura y anchura de hombros. El mismo paje que les subió la ropa les indicó que habían sido invitados a cenar con Sir Crawford y su familia, y que el señor de la casa les aguardaba.

Además de para mostrar agradecimiento por la hospitalidad recibida, era la ocasión perfecta para hablar con los habitantes de Crawford Manor sobre Balkan y el Águila Negra, así que accedieron de buen grado. Tras dejar sus armas y pertrechos en sus aposentos, fueron guiados hasta una puerta doble en la planta baja, tras la que se encontraba un gran comedor iluminado por un rugiente fuego en el hogar. Sobre la chimenea había un gran retrato de un hombre robusto vestido en ropas de blanco y ébano. En la repisa de la chimenea se podía ver una inscripción grabada. Una enorme mesa de roble ocupaba gran parte de la habitación, lo bastante grande para acomodar a un par de docenas de comensales, aunque en aquel instante solo había tres personas. Una de ellas era Alida, que había cambiado la armadura de cuero que había vestido durante el viaje por un vestido negro con rivetes blancos. El hombre que se sentaba presidiendo la mesa tenía un parecido considerable con ella. Debía estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, y era toscamente apuesto, con el mismo cabello azabache que su hija. Se puso en pie al ver entrar a sus invitados, y se presentó.

Bienvenidos. Soy Sir Inghram Crawford, señor de Crawford Manor. Me complace que hayáis podido encontrar cobijo bajo mi techo y que os unáis a nosotros para la cena en esta noche tan terrible.

Un nuevo trueno apostilló sus palabras, haciendo temblar las paredes del caserón.

Ya conocen a mi hija y heredera, Alida. A mi izquierda se sienta mi buen amigo y consejero, Griswell. 

Éste era un hombre de aspecto fiero, vestido en ropajes grises, también de cabello negro aunque teñido de gris por las sienes, de barba puntiaguda y rasgos afilados, y mirada penetrante. Griswell saludó a los recién llegados con una inclinación de cabeza, y con un gesto les invitó a tomar asiento.

Deberán perdonar a mi hijo, Bran -dijo Sir Inghram mientras empezaba a cortar una tajada de carne de venado-. Es un revoltoso y me temo que los modales se le resisten. No ha podido esperar hasta una hora tan tardía para llenarse el estómago.

Es solo un niño, padre -dijo Alida, como si ella no tuviera tan solo diecisiete inviernos-. Ya tendrá tiempo para la etiqueta.

Sir Inghram se percató de que Thaena estaba examinando el retrato sobre la chimenea.

Ah, veo que os habéis fijado en mi ancestro, Sir Bertram Crawford. Él fue el fundador de nuestro joven linaje, y fue él quien construyó este castillo. Hijo de herrero, el viejo bribón, salió a hacer fortuna en su Calydon natal y se convirtió en un afamado aventurero. Un héroe entre héroes, en sus días. Como nuestro buen Barón.

Assata se interesó por la inscripción en la repisa. Entrecerrando los ojos consiguió leer lo que decía.

La Muerte de los Cuervos Aborrecerás, o el Linaje de los Crawford no será Nunca Más.

Preguntando a Sir Inghram por ello, el señor de la casa se rió a carcajadas, y los tres anfitriones compartieron miradas divertidas.

Ese pareado no es más que alimento de habladurías en la cocina. Es tan solo una vieja y tonta profecía. Sir Bertram -dijo, señalando al cuadro- se pirraba por los cuervos y los grajos. Simplemente le encantaban. Así que cuando construyó el castillo, proclamó un decreto prohibiendo a cualquiera matar a un córvido en sus tierras bajo pena de muerte, y los Crawford seguimos honrando esa tradición a día de hoy. Por eso hay centenares de esas alimañas haciendo sus nidos como una plaga en los muros. 

Entonces, Inghram bajó la voz hasta susurrar.

Veréis, la tradición dice que si se matara a seis de los cuervos que habitan entre estos muros, seis cuervos concretos, los Crawford caerían en desgracia y desaparecerían para siempre. El único problema es que nadie sabe qué seis cuervos son esos tan especiales, así que se prohibió matar a cuervo alguno. Es tan sólo una vieja y absurda superstición.

Mientras la cena proseguía, Qain hizo derivar la conversación hacia Balkan el Fuerte. Sir Inghram confirmó que un hombre que respondía a ese nombre -y que encajaba con su descripción- había pasado por allí hacía algo más de una semana. Se había comportado de manera civilizada aunque algo hosca, y aunque los Crawford le habían abierto las puertas de su casa, Sir Inghram reconoció el emblema de su escudo, y deseó que el corpulento guerrero no decidiera demorar su estancia. Conocía la reputación de la Compañía del Águila Negra, uno de los ejércitos mercenarios más temidos del sur de Valorea. Tenían fama de ser implacables en combate y poco escrupulosos a la hora de vender sus servicios al mejor postor, de cumplir con sus contratos a rajatabla y de convertirse en un enorme problema cuando se encontraban desempleados.  Efectivamente, Balkan había sido avistado por los guardias cabalgando desde el norte por el Camino del Torreón, pero Sir Inghram dudaba que viniera del Bosque de la Cuna.

Si es cierto que el Águila Negra merodea por aquí, debe haber entrado en estas tierras desde el este, desde el Pal. Y dudo mucho que los Sarathan les hayan dado paso franco alegremente. Si es así, su campamento no puede estar lejos… lo que no es una perspectiva que me agrade demasiado, si he de ser sincero.

Los Crawford no tenían más información que aportar al respecto, y pronto la cena empezó a transcurrir entre una charla más animada sobre el torneo y la intervención de Alida, y todos los sucesos acaecidos en Nueva Alasia durante los últimos tiempos. De repente, y a medio bocado, el chillido aterrado de una mujer rompió la tranquilidad de la velada desde una habitación cercana. Al instante, Sir Crawford y  Griswell se pusieron en pie de un salto, seguidos por los cuatro aventureros y Alida. Les siguieron corriendo hasta unas puertas en el lateral del comedor, que al abrirlas resultó que daban a lo que parecía la capilla del castillo, de planta circular.

Allí fueron testigos de una visión horrible. Una horrorizada sirvienta estaba de pie frente al cadáver de un hombre. El hombre yacía boca abajo, y su espalda había sido lacerada por varias heridas de daga.

Arrodillándose, Sir Inghram le dió la vuelta al cadáver.

¡Es Corbett! -le exclamó a Griswell-. ¡El maestro de armas!

Qain y Petrus se arrodillaron también para examinar el cuerpo. Su espalda se había convertido en un amasijo sanguinolento a base de cuchilladas. Había sido asesinado salvajemente y con  ensañamiento.

Tras conferenciar rápidamente y en voz baja con Griswell, dándole instrucciones de llevar a Alida a su habitación y de comprobar que Bran estaba bien, Sir Inghram dio órdenes de que se retirara el cadáver para prepararlo para su funeral. El señor de Crawford Manor observó durante unos segundos a sus invitados, haciendo conjeturas y cálculos. El cuerpo del pobre Corbett seguía aún caliente; ninguno de los presentes podía ser el culpable de su muerte. Probablemente ésta se había producido cuando los extraños aún se encontraban en el camino, junto a su hija. Pero aún así, no estaba dispuesto a correr riesgos. Se volvió hacia ellos, y dijo:

Amigos míos, lamento que nos hayamos encontrado en una noche tan oscura. No sé quien es el culpable de esto, pero le encontraremos sin tardanza. Hasta entonces, me veo obligado a tomar medidas. Mientras no aparezca el culpable, nadie saldrá de Crawford Manor. Pondremos a vuestra disposición todas las comodidades de que dispongamos, pero os aconsejo que os mantengáis a salvo en vuestros aposentos. El asesino podría atacar de nuevo. 

En el exterior, desde lo alto, casi como en respuesta a sus palabras, se empezó a escuchar una tremenda cacofonía, que parecía crepitar desde las mismísimas paredes. Tardaron unos instantes en darse cuenta de qué se trataba. Por encima de los truenos, sonaban las voces de cientos de cuervos graznando, con sus chillidos entonando lo que parecía un canto fúnebre.

Anuncios

4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XIX) Crawford Manor”

  1. ¡¡¡El Cluedo de Alasia!!! ¿Quién mató a Corbett, el maestro de armas?
    ¿Fue Alida… con el puñal… en la capilla? ¿O, quizá Griswell… con el candelabro… en la despensa?

    Le gusta a 2 personas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s