Crónicas de Alasia, Libro 2: (XVIII) Un Aciago Encuentro

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 3

Adavia relató a sus compañeros el juego de preguntas y respuestas que había practicado con Paenadron, el guardián faérico de las fuentes del Aguasverdes, sin entrar en detalles sobre el resto de cosas que había practicado con él. Paenadron conocía la existencia del Portal de los Lamentos, y parecía conocer el lugar desde antes de que se convirtiera en un agujero infernal de maldad y corrupción, cuando los hombres santos de la antigua Alasia lo ocupaban. El sátiro le contó que había sido testigo de la ocupación del lugar por los “siervos del Señor de la Sangre, del Príncipe de los Muertos Andantes”. Aquello era una referencia indudable al archidemonio Orcus y sus sectarios, que habían profanado el Valle de los Santuarios y dejado glifos de salvaguarda para proteger el acceso al Portal, y campeones como el terrible Draeglor. 

Los cultistas de Orcus habían también llegado a las fuentes del Aguasverdes, y Paenadron les había repelido, pero a un alto precio. Su bien más preciado, su antara, su flauta de varios tubos, le había sido arrebatada. Obligado a responder con absoluta sinceridad por sus propias reglas de juego, Paenadron le había contado a Adà que en su flauta se encontraba su mismisíma esencia. Desde su pérdida, el sátiro cantaba por las noches a su soledad, sintiendo que su fuerza vital se agotaba día a día. Adà le prometió que ella y sus compañeros buscarían la antara en su exploración del Portal. Con la antara en manos de los siervos de Orcus, añadió el sátiro, no podría repelerles de nuevo si volvían a intentar corromper la naturaleza feérica de sus dominios. Si se la devolvían, tendrían su gratitud eterna.

Adà no contó más de cuanto se había hablado o hecho en el interior de la arboleda mágica. La información obtenida de Paenadron les confirmó algo que sospechaban: la presencia del culto de Orcus en las cuevas y mazmorras bajo el Portal de los Lamentos era más poderosa y extendido de lo que habían imaginado inicialmente. ¿Qué buscaban allí? ¿Qué pretendían? Una sola cosa era segura: si los clérigos de Orcus se hacían con el Amuleto de Kishad, que los Señores de la Luz tuvieran clemencia, porque los siervos de la oscuridad no la tendrían con nada ni con nadie.

Escudo 4

Tras su encuentro con Paenadron, los Portadores se pusieron en camino de nuevo, y emplearon el día y parte del siguiente en seguir el curso del río por su ribera sur, hasta llegar al vado que ya conocían por haberlo cruzado en todos sus viajes anteriores. Desde allí siguieron rectos hacia el este, atravesando una sección especialmente densa del bosque que aún no habían explorado, con la intención de abrir un atajo que les llevara más directamente hasta el Valle de los Santuarios, y desde allí, al Portal de los Lamentos.

Pero incluso en las llamadas Tierras Reclamadas, la exploración de lo ignoto puede dar lugar a descubrimientos inesperados, y a desenterrar cosas que mejor hubieran permanecido ocultas a la vista de las gentes cuerdas y sensatas. Al pasar junto a la pared cubierta de musgo y helechos de un barranco, un olor penetrante, nauseabundo y dulzón llegó hasta a ellos, el hedor a carne en putrefacción. En ese mismo instante, quedó al descubierto una grieta en la pared, la entrada a una cueva que parecía adentrarse en la tierra. Movidos por la curiosidad, los Portadores desmontaron y se aproximaron al lugar.

Lo primero que descubrió Shahin fueron los cuerpos. Estaban dejados a un lado, claramente apartados de la entrada de la covacha, medio cubiertos de helechos y arbustos. Eran humanos, todos vestidos de la misma manera: armaduras de mallas cubiertas por mantos negros como la noche. Al cuello llevaban todos un medallón distintivo, el emblema sagrado de su obscena religión: la maza coronada por una calavera humana de Orcus.

A medida que iban destapando helechos, más y más cadáveres aparecían, hasta llegar a la quincena, todos muertos de formas distintas. Unos habían sido quemados casi hasta la incineración. Otros exhibían en su carne una serie de laceraciones aserradas, como si esta se hubiera desgajado por sí sola desde dentro. Otros tenían todos los huesos del cuerpo rotos, como si se hubieran caído desde una gran altura. Y muchos otros parecían haberse automutilado, arrancándose su propia carne a mordiscos o vaciándose los ojos a arañazos. En los que todavía tenían el rostro mínimamente intacto se podía apreciar una mueca grotesca, mezcla de dolor y locura.

[No sé vosotros, pero a mí si siendo jugador, el máster me da una descripción así, salgo por patas antes de que acabe y aún estoy corriendo. Una cosa hay que reconocerles a los Portadores: son valientes. Mucho.]

Las especulaciones no tardaron en manifestarse. ¿Quizá aquellos clérigos de Orcus eran los que habían robado la antara de Paenadron? ¿Era posible que la flauta se hallara en el interior de esa cueva? ¿Y quién o qué les había matado? Podría ser la obra de un mago, se dijo. Otros postularon que quizá un enemigo del culto de Orcus quizá podría ser un valioso aliado. Fuera como fuere, decidieron que valía la pena explorar aquella cueva encontrada de manera fortuita. Shahin se acercó a la entrada, conjurando sus mágicas luces danzantes, mientras los guerreros del grupo permanecían a una cierta distancia tras él, armas en mano.

Mientras el magus daba sus primeros y tentativos pasos hacia el interior, sin dejar de examinar el entorno en busca de posibles trampas o emboscadas, el fino oído medio elfo de Ealgar empezó a escuchar un sonido proveniente del interior de la cueva. Era muy tenue, y debía estar a una distancia considerable aún, pero el escudero pudo oir claramente la cacofonía demencial, el enloquecedor coro de voces que no podían salir de ninguna garganta humana, farfullando y gritando a la vez de manera incomprensible, un sonido que se clavaba en su mente y se hacía imposible de ignorar. Y la horrenda cacofonía aumentaba en volumen por momentos.

¡Algo se acerca! -gritó-. ¡Y no es humano! ¡Oigo sus voces!

Algún día habrá que estrenar esto -respondió Sir Alister aferrando con más fuerza la gran hacha del Caballero del Espino, mientras Namat entonaba una plegaria a Valkar.

Los Portadores aguardaron en una tensa espera, y poco a poco, todos empezaron a escuchar el coro infernal. Ponto empezó a cantar una canción épica que infundiera coraje en los corazones de sus nuevos camaradas y evitara que el blasfemo farfulleo se filtrara en sus  mentes. Pero en cuanto se volvió lo bastante alto y cercano, ni todos los esfuerzos del bardo lograron impedir que el repulsivo coro hiciera mella en su cordura. Los pensamientos de los Portadores se vieron sepultados por una oleada de voces impías -agudas, graves, chillonas, susurrantes, sollozantes, demencialmente carcajeantes-, todo su ser se hundió en aquel maremagno de locura. Ponto cogió una piedra del suelo y empezó a golpearse la cabeza con ella para intentar que las voces enmudecieran. Otros empezaron a cortarse con sus armas, y otros empezaron a mecerse hacia delante y atrás mientras farfullaban ellos también incoherencias y delirios. El único que conservó su voluntad intacta fue Namat, que al parecer gozaba del favor de su dios en aquella ocasión.

Entonces el morador de la cueva apareció ante ellos. Era una obscena masa de carne flotante, cubierta de ojos vidriosos y de mirada fija, inyectados en sangre, y bocas hambrientas. El orbe flotante era una masa latente de enfermiza carne gris-verdosa, de unos dos metros y medio de diámetro, vomitando locura por cada una de sus bocas extrañamente humanoides. Carecía por completo de apéndices o extremidades, y su cuerpo ondulaba y palpitaba mientras avanzaba flotando espasmódicamente en su dirección sin tocar el suelo. Uno de sus cientos de ojos se posó en Sir Alister, y un fogonazo de intensa luz roja salió disparado hacia el caballero, engulléndole en su resplandor al rojo vivo. Cuando la luz desapareció, el gigantón se estaba cubriendo los ojos con las manos. Al retirarlas, sus retinas estaban quemadas por completo, y recubiertas de una película lechosa. Se había quedado ciego.

34ac6405a58d0a3f6fc03cdadad2124e
                                                            ¡Corred, insensatos!

No había forma de luchar contra aquella cosa, y menos con la mitad del grupo afectado por el farfulleo demencial. Se imponía una retirada expeditiva. Otro rayo surgido de un ojo distinto alcanzó a Shahin y le dejó completamente aturdido y tambaleándose, incapaz de actuar. Imponiéndose al mar de locura, Sir Alister logró silbar para llamar a Trueno. El caballo de guerra, bien entrenado, se impuso al terror que le provocaba la criatura y corrió hacia su dueño, quien se subió a la silla con la práctica que da la experiencia a pesar de no ver absolutamente nada. Picó espuelas y se aferró al cuello del caballo, confiando en que los pasos de Trueno no le llevaran a desbocarse en cualquier barranco. Mientras Namat retrocedía invocando la protección de Valkar para sus compañeros, Adà recuperó también el sentido y lanzó un meteoro ígneo a la criatura desde la varita de Auria, pero el bólido no le hizo el menor rasguño al grotesco ser, y la hechicera dra’gashi montó en su corcel para retirarse también.

Mientras los Portadores, superada la locura inicial, corrían hacia los caballos, dos nuevos rayos surgieron de sus ojos. El mismo resplandor rojizo impactó contra Ponto, quemando sus retinas y desintegrando sus nervios ópticos, y a Shahin, que iba rezagado por haberse quedado aturdido, el otro rayo le dio en la espalda, y sintió como su piel se resquebrajaba en multitud de heridas lacerantes. Mientras Ealgar cabalgaba como un demonio y recogía ágilmente al pobre Ponto al pasar a su lado, Adà se arriesgó a un nuevo conjuro. Usando por primera vez los conocimientos que le habían legado sus maestros dra’gashi, y luchando por concentrarse mientras su caballo trotaba a toda velocidad, localizó un alma perdida al otro lado del Velo y la arrastró contra su voluntad hacia el lado de los vivos. Del suelo del bosque, unas manos esqueléticas surgieron, alzando el cuerpo al que estaban unidas. El muerto andante conjurado por Adà se lanzó contra el orbe farfullante para cubrir la retirada a un Shahin medio muerto.

Con el horripilante chasquido de huesos humanos siendo partidos a mordiscos, los Portadores del Amuleto se alejaron de aquel terrible ser a toda velocidad en una loca carrera a través del bosque. Habían estado a meros segundos de la aniquilación total. pero mientras galopaban en mitad de un bosque inexplorado, con dos miembros ciegos y otro gravemente herido, lo único que podían preguntarse era si su misión no habría tenido un abrupto e inesperado fin.

Anuncio publicitario

5 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XVIII) Un Aciago Encuentro”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s