Crónicas de Alasia, Libro 2: (XVI) El Concilio de Stephan

Cosecha 27

Cayó la noche, y con ella se ponía fin a una semana de fiestas, emociones y acontecimientos que quedarían grabados en la imaginación popular probablemente durante décadas. El Torneo de Roca Blanca había concluido, y había traído consigo más consecuencias de las que nadie había podido imaginar. El día siguiente, el curso de la vida reiniciaría su normalidad. Los campesinos volverían a trabajar los campos y los granjeros regresarían a sus tierras. Los nobles volverían a sus mansiones con sus séquitos, y los extranjeros partirían hacia sus lejanas tierras. Pero para algunos de sus protagonistas más destacados, aún quedaba una última cosa por hacer. El Barón Stephan había convocado un concilio secreto para tratar todos los problemas que se cernían sobre Nueva Alasia, y las compañías aventureras habían sido invitadas a participar en él.

Sus representantes elegidos se encontraron en las puertas del castillo. Sir Alister por los Portadores del Amuleto, y Shelain Liadiir en nombre de los Exploradores. Grugnir representaba a los Escudos de Piedra, Qain a los Mapeadores del Norte y Percival daba testimonio por los Jinetes de Mediodía. Los cinco fueron recibidos por un mayordomo, y guiados solemnemente hasta una cámara en lo alto de una de las torres del castillo, adornada con las clásicas gárgolas de estilo sartiano. En el interior, sentados en torno a una mesa redonda de madera con un mapa desplegado sobre ella, se encontraban el Barón y los miembros de su consejo.

Stephan tenía el ceño fruncido, y a pesar de su blanca barba y algunos kilos de más, ofrecía toda la estampa del viejo guerrero organizando su última campaña. A su derecha se sentaba Sovieliss de Liadiir, el Ithandir. El rostro severo del alto elfo parecía esculpido en mármol, y ni siquiera se suavizó ante la llegada de su hija. A la izquierda de Stephan estaba Lord Belenor Selwyn, su senescal, envuelto en ropajes morados repujados en oro, observando detenidamente a los recién llegados. El consejo lo completaban Korybos de Thyanna, el cronista, y Sir Aldan Geraint, el capitán de la guardia. El Barón invitó a los recién llegados a sentarse, antes de empezar a hablar.

Bienvenidos, damas y caballeros, a este concilio. Concilio al que también estaba invitado Sir Faegynn Cynwydd, el Caballero Escarlata.

Miró interrogativamente al capitán Geraint al decirlo.

No hemos podido encontrarle, milord. Al parecer abandonó la ciudad hace unas horas.

Maldita sea -rezongó Stephan-. Ese hombre supo predecir de algún modo la presencia de monstruos en nuestras filas. Puede que sea un simple loco, pero me habría gustado saber cómo lo hizo.

Es posible que algunos de vosotros os estéis preguntando el motivo de este concilio. No todos sois conscientes de todo cuanto está ocurriendo en nuestras tierras, algo a lo que pretendo poner fin hoy. ¿El porqué del concilio? Ojalá hubiera tan sólo uno.

Se ha visto un dragón sobrevolando las Tierras Reclamadas, dicen que con un mago malvado a lomos.

Los Kanthianos han ocupado el pueblo de Durham y lo han convertido en un campamento militarizado, en el que retienen a hombres y mujeres libres como esclavos.

Una criatura siniestra capaz de adoptar formas monstruosas a voluntad ha irrumpido en el torneo, e hizo falta una horda de guerreros para acabar con él.

Un Caballero sobrenatural ha exigido que la Torque Negra sea devuelta a su señor, el Príncipe Carniog. Objeto que no está en nuestra posesión y del que no sabemos nada.

Tenemos un amuleto oscuro tremendamente poderoso custodiado ahora mismo en las mazmorras de este castillo.

Todos y cada uno de los lobos de Wilwood se convierten en licántropos con la luna llena.

Hay una plaga de Ankhegs justo al norte de la ciudad.

Tenemos informes sobre una ciudad orca en algún lugar del bosque.

Un asesino proscrito, o alguien haciéndose por pasar por él, ha causado el caos para intentar robar un premio del torneo.

Y una temida compañía mercenaria merodea por algún lugar al norte de la región, y no sabemos qué mensaje nos traía su representante.

¿Cómo demonios hemos llegado a esto?

El Barón se dejó caer pesadamente en la silla, mientras se hacía el silencio en la sala. Su expresión era la de alguien que estaba viendo un castillo de naipes a punto de desmoronarse. El Ithandir retomó la palabra.

Tras consultar las crónicas de nuestro buen Korybos y consultar su siempre sabia opinión, creemos que ha llegado el momento de poner en común todo cuanto sabemos. Si habéis acudido a esta llamada, es porque deseáis ayudar a que esta ciudad y todo lo que representa perviva. Basta de secretos.

Los representantes de las cinco compañías se mostraron de acuerdo, y uno a uno, procedieron a contar todo cuanto habían vivido desde su llegada a la Baronía de Alasia. El siniestro secreto de Durham, la maldición del Amuleto, la profecía de los Dra’gashi, la presencia de agentes darkon como Gerbal y los secretos de Wilwood, todo quedó al descubierto y fue compartido en una narración compartida que duró horas. Lo único que Grugnir se guardó fueron los detalles de la historia de Jack Morden, en especial el hecho de que Morayne Tanner seguía viva. Cuando todos los relatos concluyeron, una figura apareció renqueando de detrás de uno de los tapices que adornaban la cámara. Era el padre Justin.

Dicen la verdad, señores. En todo. Los Dioses de la Luz son testigos.

El anciano clérigo tomó asiento en la única silla que quedaba libre. Tras su larga y debilitadora enfermedad parecía más avejentado y gastado que nunca. No parecía complacido por el subterfugio, que probablemente había sido cosa del Ithandir, pero en su mirada se veía la determinación y la fe de que la Luz velaría por los suyos si estos luchaban por ello.

La discusión que siguió duró buena parte de la noche, y todos y cada uno de los temas señalados se debatieron, y se trazaron planes para ellos. Aunque lord Selwyn intentó mantener un cierto orden, frecuentemente la conversación saltaba de un punto a otro, ya que en muchos casos se interconectaban entre sí alarmantemente.

Grugnir sacó la misiva que Gerbal, o mejor dicho Arakh Zuul, había escrito a su señor pero no había llegado a enviar. Quedaba claro que Zuul era un brujo darkon, enviado a Alasia a desestabilizar la región. Huyó montado en un dragón tras ser derrotado por los Escudos de Piedra. Al parecer, obedecía a un tal Sothis, Señor de la Alta Hechicería. La última vez que se le vio sobrevolaba el sur de las Tierras Reclamadas, sobre Durham y también Welkyn, posiblemente buscando algo. Se llegó a la conclusión que o bien se sentía atraído por la oscuridad que había imperado en Durham, o bien estaba intentando localizar el Monolito Negro, la fuente de poder del Amuleto de Kishad.

Shelain intervino ante la mención de unos esclavos ogros escapados de los darkons, recordando el encuentro de su grupo con esos seres en unas ruinas élficas en Wilwood, y Qain también mencionó haber combatido contra uno de esos brutos marcados a fuego en el molino de Falshire. El monje, mientras repasaba el texto de Zuul, vio un término en élfico que le llamó la atención, y le preguntó al Ithandir sobre ello.

¿Qué? ¿Un Arth-í-Berhael? ¿En Wilwood? -incluso su propia hija veía por primera vez el desconcierto en el rostro del guerrero elfo. Cogió la carta de Zuul y la leyó con atención durante unos segundos-. Si esto es cierto… sí, tendría que ser el Arth-í-Berhael de Caramrost. ¡Si es así, es el único que se mantiene en pie en toda Valorea!

Shelain había oído antes el nombre de Caramrost. Era una de las ciudades élficas del legendario imperio de Adaredhel, en los primeros días del mundo. Era la ciudad de donde provenía su linaje. ¿Quería eso decir que las ruinas de Caramrost estaban en el interior del bosque? El Ithandir siguió hablando, respondiendo a la pregunta de Qain.

Arth-í-Berhael, los Senderos de la Memoria… Antaño, cuando el mundo era joven, los ancestros de mi pueblo no conocían la mancha de la muerte. Los Sídhe no habían nacido en estas costas, y no habían quedado atados a ellas, pero al contrario de lo que sucedía en su reino natal, seguían sintiendo el peso del tiempo. Tras milenios de vida acumulaban incontables experiencias, y ni siquiera ellos estaban preparados para soportar ese peso. Para ello crearon los Arth-í-Berhael, para ayudarles… a recordar. Los Sídhe podían despojarse de la carga de los recuerdos, y recuperar el pasado sólo cuando lo deseaban, adentrándose en los Senderos de la Memoria. Sí un Arth-í-Berhael sigue en pie, y si su antigua magia sigue intacta, no es de extrañar que la Llama Oscura lo busque con ahínco. ¡Podría ser la llave de cientos de secretos del mundo antiguo! ¿Quien puede decir qué saber de los Sídhe sigue confinado entre sus brumas?

Sir Alister devolvió la conversación hacia Zuul y su condición de agente darkon, recordando a la criatura que se había hecho pasar por Balkan el Fuerte y probablemente le había asesinado. La carta del brujo y el relato de Grugnir indicaban por igual que el uso de agentes cambiaformas eran cosa suya. Shelain recordó las últimas palabras de la criatura, afirmando que Nueva Alasia estaba condenada, y que la Llama Oscura terminaría lo que empezó un milenio atrás. Grugnir sacó el tema de los extraños “doppelgangers”, dirigiéndose directamente al Barón para decirle que incluso había rumores que decían que él era uno de esos suplantadores. Stephan se rió ásperamente ante la idea, pero fue una risa corta y sin alegría alguna.

Es así como actúan esos miserables Atados a la Sombra. Así es como lo han hecho siempre. Incluso si descubrimos a sus agentes y acabamos con ellos, la sombra de la sospecha ya ha sido plantada. Es justo lo que quieren, que desconfiemos los unos de los otros, que vivamos siempre mirando de reojo a nuestros amigos, a nuestras parejas, a nuestros vecinos. Así plantaron la semilla de la destrucción de Sartia, y así vuelven a actuar ahora.

Grugnir mencionó entonces la misteriosa jactancia que había proferido el falso Balkan justo antes de desenmascararse él solo, algo de que ni siquiera habían sabido leer a través de su nombre. Korybos profirió un exabrupto. El cronista llevaba desde aquel día intentando descifrar lo que había querido decir el monstruo, y se lo había tomado como un reto personal que no estaba logrando superar.

¿Pero porqué la charada de participar en un torneo? ¿Con qué intención? Su plan fue frustrado por la dama Shelain, y eso le hizo saltar, pero… ¿qué pretendía? Y si él mató al verdadero Balkan… ¿con qué aspecto llegó a la ciudad?

Entonces abrió los ojos como platos, y preguntó contra quien había luchado Balkan en su anterior combate, justo antes de enfrentarse a la elfa. Al recibir la respuesta, le pidió al Ithandir la carta de Zuul.

¡Maldito! ¡Maldito viejo estúpido! ¿Cómo no lo he visto antes? -dijo, mientras garabateaba en un pergamino como un poseso. Cuando terminó sonrió torvamente, y mostró al resto las letras que había estado reordenando frenéticamente.

A B L E    K O N R A D

B A L E    D A R K O N

Aquello despejaba toda duda. El monstruo era un agente darkon, de Arakh Zuul concretamente. El sargento Bale, el doppelganger de Zuul infiltrado como guardia de la ciudad, el responsable de que Jack Morden se convirtiera en un proscrito… era la criatura que había muerto por el filo de Daerwen. Eso hizo que el Barón entrecerrara aún más los ojos, antes de decir:

Hemos de lograr lo que mis antepasados no pudieron hacer. Si el León Blanco ha de regresar, debemos resistir contra el sucio asedio de la Llama Oscura. Sartia cayó, consumida por las luchas internas y atacada por Wickmore en su momento de mayor debilidad. Solo Ottger Cathalien y sus Nueve Barones de la Fama lograron resistir, y mantener vivo su legado durante trescientos años. Una resistencia que, aunque se demostrara condenada al fracaso, resultó excepcional. El Ithandir y yo mismo estamos convencidos de que el pasado puede mostrarnos el camino. Creemos que las leyendas de Ottger y los Nueve pueden ocultar el secreto de la resistencia de la Antigua Alasia mientras el resto de Sartia caía ante la oscuridad.

De ahí -intervino el Ithandir-, la expedición que he organizado a las Ruinas de la Ciudad Antigua, y de la que algunos de vosotros ya habéis oído hablar. El Mausoleo de los Nueve yace en algún lugar de esas ruinas, y quizá en él se encuentren los secretos de su heróica resistencia. Partiré mañana mismo, al alba. Como veis, Sir Alister, este pequeño torneo vuestro no os ha servido solo a vos. Algunos de los mejores luchadores se vienen conmigo. Eadric Tam. Liotan. MacDúbh. Se lo propuse al Ravengrim, Oren Vaymin. Sus talentos me habrían sido útiles, pero se negó. Dijo que ya tenía una misión propia, y que no podía desviarse de la misma.

Qain quisó saber si la expedición estaba abierta a los miembros de las cinco compañías que quisieran apuntarse, pero el Ithandir se negó en redondo. Ninguno de ellos estaba preparado para los peligros de la Ciudad Antigua, dijo cortante, y no quería distracciones peligrosas por tener que cuidar de ellos. Aunque no lo demostró, Shelain sabía en quien estaba pensando su padre. Pero, añadió el Ithandir de manera más suave, encontrar rastros de los antiguos linajes de los Nueve y de sus hogares ancestrales podría ser igual de crucial para lo que se estaba avecinando, por lo que les instó a mantener los ojos bien abiertos durante sus exploraciones.

Los darkons son el mal que nos acecha fuera -dijo el padre Justin-, pero no debemos olvidar que también existe el mal dentro de nuestras propias murallas.

Es cierto -dijo el Barón, y miró directamente a Sir Alister-. El Amuleto de Kishad no puede permanecer aquí.

El Caballero Protector se mostró de acuerdo. Aunque les había quitado una gran carga de encima, a los Portadores nunca les había parecido buena idea esconder el Amuleto en el castillo, y ahora que eran conscientes de la existencia de doppelgangers darkon, eso era más peligroso que nunca. Se acordó que la destrucción del Amuleto era prioritaria, pudiendo el maligno objeto estar relacionado con la siniestra profecía de los maestros Dra’gashi. Nueva Alasia ya no era segura para seguir custodiando el Amuleto: los Portadores debían reemprender su búsqueda, haciendo de nuevo honor a su nombre.

Alister mencionó que su compañía estaba siguiendo el rastro de la Gema Oscura, una de les tres reliquias necesarias para completar el Amuleto y así poder destruirlo para siempre. Añadió lo que conocían de la tercera reliquia, el Clavo de Plata, que aparentemente se había perdido en Wilwood con su último poseedor, un tal Allanon. Shelain habló entonces de la maldición de la luna de sangre, y que esta se debía a que el Espíritu del Lobo estaba sufriendo y transmitiendo su rabia y dolor a todos sus hijos. ¿Podría ser el Clavo de Plata el origen de ese sufrimiento? En tal caso, la misión de los Exploradores de ayudar al Espíritu quizá estuviera más conectada con la búsqueda del Amuleto de lo que habían supuesto hasta entonces. Aunque aquello eran puras conjeturas, se decidió tenerlo en cuenta en posteriores expediciones.

Hablar de Wilwood hizo que el tema de Jack Morden volviera a la conversación, para disgusto del capitán Geraint. El hombre había jurado llevar al proscrito a la justicia, para que se enfrentara a sus crímenes. En su huida, había matado a varios de los hombres del capitán, y el adusto soldado estaba decidido a ver al cazador entre rejas. Grugnir sugirió que lo que sabían ahora de Zuul y sus doppelgangers debería servir para exculpar a Morden, y que además no era responsable del intento de robo de la flecha, pero Geraint no entró en razones.

¡Ese sûlita no ha dicho ni una palabra! ¡Por lo que yo sé, podría ser su cómplice! ¿Y si Morden es inocente, de qué huye? ¡Que se enfrente a la justicia si no tiene nada que temer! Pero no, aunque realmente fuera inocente del crímen que se le imputaba originalmente, eso no cambia el hecho de que asesinó a varios de mis mejores hombres en su fuga. ¡Y por ello debe responder ante la ley! Que se entregue, y le garantizo un juicio justo. Pero si no lo hace, le daré caza durante el resto de sus días.

Entonces Shelain contó lo que había sucedido con Morden durante la entrega de premios, y su petición de que le entregara la Flecha de Plata. El Ithandir la miró entonces con un brillo astuto en los ojos.

La Flecha… Sin duda Morden cree que podría tratarse de la Flecha de Plata, el emblema de la vieja Sarland. Se trata de un icono sagrado de la Vieja Fe, de sus dioses de los bosques y las brumas. Nadie sabe cuando se creó, ni quien lo hizo, pero los sarel creen que su destino está atado al de su tierra, y que esta no será libre de verdad hasta que la Flecha les sea devuelta. Los sarel siempre fueron aliados de los elfos, y sin duda ahí está el origen de dicho símbolo. Los elfos de Adaredhel llevábamos creando flechas de plata desde mucho antes de que los primeros hombres llegaran a estas tierras. Entre los nuestros, una Flecha de Plata también era el más valioso de los símbolos, aquel que únicamente entregábamos a alguien con quien teníamos una deuda imposible de saldar. Una deuda de vida, por ejemplo. Cada uno de los señores elfos de antaño tenían una… y también los señores de la Casa Liadiir.

Entonces todos los presentes supieron de donde había salido la Flecha utilizada como premio del Torneo, y como cebo para capturar a Jack Morden.

Entregué esa Flecha hace mucho tiempo, en términos humanos. Ahora la Flecha de los Liadiir ha vuelto a casa, y es tuya, hija, para que la guardes o la entregues según tu propio criterio.

Si la Flecha había sido usada en el torneo, eso solo podía significar una cosa. Qain miró al Ithandir y al Barón Stephan, y de repente, la intriga que sentía por saber porqué un gran señor elfo servía de maestro de armas en una remota e insignificante baronía humana quedó satisfecha en gran medida.

La conversación giró entonces hacia la Torque Negra y el Príncipe Carniog, y la siniestra amenaza de su emisario, el Caballero del Espino. Al parecer, el Príncipe creía que tal artefacto estaba en posesión de los hombres de Alasia. Shelain recontó la leyenda de la Guerra de la Torque Negra que les había sido contada en la Posada de la Rama Dorada, pero nada en ella sugería donde podía encontrarse la Torque.

Entonces Percival no pudo contener más su impaciencia, y estalló a hablar de los kanthianos que le habían mantenido como esclavo y que habían estado a punto de ejecutarle dos veces. Tras exponer todas sus tribulaciones y su apurada huida junto a Deornoth y lady Marion de Leaford, el Barón asintió en silencio.

Los kanthianos han tomado Durham, una parte de nuestros dominios, porque creen que no tenemos fuerzas ni efectivos para defenderlo o recuperarlo. Y tienen razón. Los hombres de Typhris no pueden ser expulsados por la fuerza de las armas. Eso empezaría una guerra que Nueva Alasia no puede ganar.

Quizá vuestras impulsivas acciones la hayan empezado ya -dijo acérbico el Capitán Geraint a Percival.

El Barón levantó una mano para calmarle, y prosiguió.

Hay que utilizar la diplomacia, o bien alguna argucia que les convenza de irse y no volver jamás.

Se barajaron y discutieron varias ideas. Percival, habiendo hablado anteriormente con Deornoth, contó como los kanthianos parecían a disgusto en el lugar, temiendo supersticiosamente al lugar. Se mencionó la cercanía de Wilwood como una posible ventaja, ya que la fronda podría servir para que un contingente de hombres de Lindar se acercaran prácticamente a distancia de tiro con arco del pueblo, pero los ataques directos parecían descartados. Shelain contó todo lo que sabía del pueblo, incluyendo el santuario bajo la iglesia y las cuevas en lo profundo del acantilado.

Tras escuchar todas las propuestas atentamente, el Barón volvió a tomar la palabra.

Sea como sea, todo se reduce a lo mismo. Estamos sitiados por enemigos. Algunos son visibles y nos desafían audazmente, y otros se ocultan en las sombras como una serpiente, esperando el momento para hundir sus colmillos venenosos. Y no podemos enfrentarnos solos a todos esos enemigos.

Nueva Alasia necesita aliados. Me niego a creer que todo cuanto hay ahí fuera, en las Tierras Perdidas, son enemigos. Deben quedar más vestigios de la antigua Sartia por descubrir, y con ellos, quizá pueblos ignotos que compartan nuestra lucha. Quizá ahí fuera hay valientes que necesitan tanta ayuda para resistir contra la Sombra como nosotros. Proclamé mi llamada para que estas tierras fueran exploradas y redescubiertas, y eso es más perentorio ahora que nunca antes. Las expediciones de exploración deben proseguir, para descubrir qué hay ahí fuera y buscar aliados donde sea necesario.

Entonces Sir Alister mencionó a la compañía del Águila Negra, el grupo mercenario al que había pertenecido el verdadero Balkan el Fuerte. El mercenario había llegado para entregar un mensaje al Barón de parte de la compañía, pero se había llevado el mensaje a la tumba. ¿Vendría para ofrecer a la ciudad los servicios del Águila Negra? ¿O con algún otro tipo de propuesta? ¿Quizá una amenaza? Fuera como fuere, Balkan había llegado del norte, así que probablemente la compañía rondara por allí. Se decidió que una comitiva debía buscar su paradero, y averiguar qué pretendían. Aquello no estaba exento de riesgo: los del Águila Negra tenían la reputación de ser poco escrupulosos a la hora de vender sus espadas al mejor postor, y tenían fama de ser imparables en la guerra y una fuente de problemas en tiempos de paz. Qain ofreció a su grupo para tal tarea. Los Mapeadores seguían interesados en cartografiar las tierras de la región del Camino del Torreón, y su camino les llevaría en esa dirección. El monje dijo que también estarían con los ojos abiertos para ver si descubrían qué estaba originando la plaga de insectos monstruosos que se estaba extendiendo por la región. Si el avieso monje tenía razones ocultas para aceptar dicha tarea, no dio ninguna señal de ello.

Pero para contratarles haría falta mucho oro -se apresuró a recalcar lord Selwyn-, oro del que la ciudad no dispone.

Es cierto -dijo Stephan-. Los libros de historia dicen que en las colinas Doradas, más allá de Wilwood, vivían clanes de enanos de las colinas, en estrecha alianza con la vieja Sartia. Si sus minas de oro y plata siguen allí, serían vitales para la ciudad.

En ese momento Grugnir intervino.

Hablando del pueblo enano, y en nombre de mi compañía, los Escudos de Piedra, mi presencia en este concilio sirve también para traeros una petición. Como bien sabéis, antes de expulsar de vuestras tierras al mago Gerbal acabamos también con su secuaz, el bandido Vorlak, atacándole en su propio cubil. Esa guarida, en las colinas al noreste de Durham, es ahora poco más que una cueva abandonada. Os pedimos que en pago de dichos servicios nos concedáis el uso de dicha cueva para establecer nuestra morada aquí, en Alasia.

Stephan se mesó la barba, mientras Selwyn protestaba enérgicamente ante la petición. El Barón respondió tras pensar unos instantes.

Como señor de estas tierras, es mi prerrogativa entregarlas y concederlas en usufructo a quien yo estime oportuno. Y si no me equivoco, vuestra compañía ya cobró generosamente tanto por la cabeza de Vorlak como por la de Gerbal… Zuul. Sin embargo, creo que no hay nadie más apropiado que los Escudos de Piedra para investigar y reclamar esas minas de las Colinas Doradas. Además, según la inteligencia obtenida de la misiva de Zuul, existen rumores de que una antigua ciudad enana podría encontrarse también allí, lo que sin duda corroe vuestra curiosidad tanto como la mía. Si vuestra compañía acepta ese encargo, os concederé la posesión de dichas colinas, y las cuevas que puedan contener, en régimen de vasallaje. No creáis que no he oído que ya empiezan a llamarlas “las Colinas Escudo”.

Satisfecho, Grugnir cerró el trato con el Barón en nombre de sus camaradas.

Nuestra búsqueda de aliados no se limita al exterior de nuestras fronteras -prosiguió el Ithandir sin perder el tiempo-. Esta incluye, por supuesto, a los Jinetes Sarathan de los que nos ha hablado anteriormente el maese enano. Holgrym de Ralvartha lidera un Raed que al parecer recorre las Tierras Reclamadas, en busca de darkons. Está claro que está gente sabe mantener el odio con vida, y también que tienen algún tipo de información de la que nosotros no disponemos. Encontrarles sería buena idea.

Percival no dejó escapar la oportunidad. Los Jinetes de Mediodía volverían a cabalgar, esta vez en busca de aliados entre los Sarathan. Deornoth estaría complacido con la idea, ya que la inactividad después de su cautiverio parecía martirizar también al joven sarel. Y además, ambos habían conocido a un Sarathan durante el torneo, un jinete llamado Beren, que sin duda estaría ansioso por reunirse con su gente.

Con aquella decisión, el concilio quedó zanjado. El Ithandir partiría hacia la Ciudad Antigua, bordeando Wilwood en dirección a la Desolación que rodeaba las ruinas. Los Portadores se llevarían el Amuleto y retomarían su búsqueda, regresando al Portal de los Lamentos en pos de la Gema Oscura. Los Jinetes cabalgarían en busca de los Sarathan de Holgrym, y los Mapeadores partirían hacia el norte en busca de la compañía del Águila Negra. Los Exploradores de Wilwood apenas tenían dos semanas antes de que la luna llena apareciera de nuevo convirtiendo el bosque en una trampa mortal, pero aquella vez, otro grupo se encaminaba también hacia el bosque, con intención de cruzarlo hasta las Colinas Doradas. Grugnir y Shelain se miraron mutuamente. Los recelos que sentían ambas razas hacían difícil pensarlo, pero ¿quizá la unión hacía la fuerza?

Entonces la puerta de la cámara del concilio se abrió de repente, y un soldado jadeante apareció tras ella.

¡Mis señores! ¡Capitán Geraint! ¡Es… es Morden!

El capitán de la guardia se puso en pie de un salto, llevando la mano a la empuñadura de la espada.

¿Qué ha hecho? ¡Habla de una vez, soldado!

Ha… ha… ¡Se ha llevado al sûlita! ¡Le ha ayudado a escapar!

La expresión de Geraint fue un verdadero poema, y el capitán salió de la cámara hecho una furia, gritando órdenes que se escucharon mucho tiempo después de perderse de vista. La sorpresa se adueñó de todos los presentes, que intercambiaron miradas de perplejidad, pero entonces Shelain vio algo que pensaba que no volvería a ver jamás.

Su padre, el Maestro de Armas, se estaba riendo a carcajadas.

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6 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XVI) El Concilio de Stephan”

  1. Qué forma tan inteligente de reconducir los hexcrawls de los distintos grupos, ayudarles a que compartan toda la información y que, de partidas sueltas, se obtenga un lienzo que refleje todas las líneas de historia abiertas…

    Ciertamente Alasia está muy viva!

    Le gusta a 2 personas

    1. ¡Gracias! La verdad es que tenía todo el sentido tanto a nivel narrativo, por la lógica interna de la historia, como a nivel de partida. Los peligros y los monstruos ya no son cosas que pululan por los campos lejos de la ciudad, ahora las cosas se ponen serias y las autoridades no pueden quedarse de brazos cruzados.

      ¡A ver qué pasa a partir de ahora, porque no lo sé ni yo! 🙂

      Le gusta a 1 persona

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