Crónicas de Alasia, Libro 2: (XV) El Juicio de los Dioses

Cosecha 27

Las noticias de que Jack Morden no había sido apresado no fueron del agrado del Capitán Geraint. El hombre se había tomado la captura del proscrito como algo personal desde que éste matara a varios de sus hombres durante su fuga de las mazmorras del castillo, y ni siquiera la revelación de que el arquero que había amenazado la vida del Barón no era Morden sirvió para convencerle de que el lindareño no era parte implicada en ello.

Elian y Shahin examinaron el símbolo arcano tatuado en el pecho del sûlita inconsciente, y ambos llegaron a la misma conclusión: parecía una especie de sello diseñado para contener un embrujo o encantamiento de manera permanente. Ninguno de los dos había visto nunca magia parecida, pero aquello parecía confirmar la corazonada de Shelain. Rashid había actuado como títere de una voluntad ajena. Eso no le libró de ser encerrado en las celdas, para ser interrogado cuando despertara.

El hombre al que Percival había capturado no tuvo pelos en la lengua a la hora de confesar. Dijo que un sûlita de pocas palabras le había pagado a él y a varios de sus compinches para formar parte de aquello. Debía aparecer en los tejados para amenazar con su arco, pero no debía disparar a nadie. Sus súplicas tampoco le valieron para librarse de la cárcel, al menos hasta que todo se hubiera aclarado.

Cuando todo el revuelo hubo pasado, el día siguió su curso programado. A medio día tuvo lugar la boda de Nirima Ashford, la hija de lord Orbell Ashford, con un joven caballero, Archibald Lundgren, y todo el pueblo fue invitado a los esponsales y el correspondiente banquete. Y por la tarde, aquellos que aún no estaban agotados tras una intensa semana de festivales, eventos y sorpresas se reunieron por última vez en los Campos de Dorvannen, para un último encuentro que no era ningún juego. Desde su palco, el Barón Stephan habló.

El Juicio por Combate era una tradición ancestral y sagrada para los Primeros Hombres, los Alor y los Heathan de los que descendemos muchos de nosotros y que habitaron las tierras de Valorea antes de la llegada de los Khandianos y su gran Imperio. Y aunque de las cenizas del Imperio Khandiano surgió el Gran Reino de Sartia, los sartianos honraron esta sagrada costumbre y la mantuvieron como ley.  ¡Nosotros, como herederos del León Blanco, haremos lo mismo!

En ausencia de testigos y confesiones, los más graves crímenes no pueden ni deben escapar de la justicia. El asesinato y la violación, la traición, la deserción y el perjurio, y la veneración de los Caídos… ¡Los dioses escuchan a las víctimas de tales ofensas! Así que si cualquiera de los presentes tiene una acusación que formular o un asunto que zanjar, que hable ahora, ante las autoridades de esta tierra y del más allá. ¡Y que los dioses revelen de qué parte están! ¿Alguien desea hablar?

Un hombre dio un paso adelante. Era Dúghlass MacDhub, el guerrero emain de negra melena.

¡Yo acuso a Tarkathios de Kurath de asesinato! ¡Del asesinato de mi compatriota, Cathall MacÁirt! 

La muchedumbre estalló en susurros y murmullos. El Ithandir fue el que respondió.

La muerte de Cathall se produjo durante el Torneo, y los jueces decidimos que se trató de un accidente. Las muertes en dichos combates, tristemente, se producen en ocasiones. ¿En qué se basa tu acusación?

El emain contestó a la pregunta.

¡El kurathi luchó como si se tratara de un combate a muerte, sin medir sus fuerzas y atacando con salvajismo y sin honor! ¡No dio a su rival la oportunidad de defenderse y no contuvo su brazo como debería! ¡Esto no es ningún accidente!

El maestro de armas elfo tenía localizado al kurathi entre el público y observaba sus reacciones.

¿Tiene Tarkathios de Kurath algo que decir en su defensa?

El guerrero de brazo tatuado se adelantó hasta situarse junto a MacDubh, y se dirigió a la multitud.

¡Sí, yo maté a Cathal MacÁirt! ¡Y MacDubh y los suyos deberían estarme agradecido!

El público gritó de asombro.

¡Así es! ¡Si MacAirt era un guerrero inepto, mejor saberlo en esta situación que en una batalla a vida o muerte, en la que su incompetencia y su debilidad habrían supuesto un peligro para sus hermanos de armas! ¡Entre mi gente, un guerrero no lloriquea si un camarada cae en combate! ¡Le honramos y celebramos su nombre! ¡Y los niños que quieren convertirse en guerreros lo logran o mueren en el intento! ¡MacAirt no era digno de ser llamado guerrero, y si murió fue por su incapacidad de defenderse! ¿O acaso debía contenerme como si tuviera a un niño delante? ¡No, MacDubh debería darme las gracias por exponer la debilidad de su camarada aquí y ahora!

Ante aquel incendiario discurso, el Ithandir miró al Barón, y conferenciaron en privado durante unos segundos antes de realizar una declaración.

¡Dúghlass MacDhub, ante tu acusación, y tras la falta absoluta de arrepentimiento por parte de Tarkathios, esta corte, en ausencia de un tribunal de Grymn, ha decidido que tienes derecho a un juicio por combate! ¡Os enfrentaréis con las armas desnudas, hasta que uno de los dos caiga o conceda el combate! ¡Que los dioses hablen a través de vuestras espadas!

Al aprobar el juicio por combate, Namat, como siervo y portavoz de Valkar, se adelantó para realizar la ceremonia adecuada. Por lo general, la mayoría de sacerdotes valoreanos ya no aprobaba los juicios por combate como medio de administrar justicia, ya que de ello se encargaban los justicars del dios Grymn. Los clérigos de Valkar, el Padre de la Batalla, eran los únicos que aún defendían esta antigua práctica. El barbudo sacerdote de cabeza rapada formuló las palabras rituales mientras ambos contendientes se colocaban a la distancia reglamentaria, y “compartiendo el sol”, alineándose perpendicularmente de tal manera que ninguno de los dos tuviera ventaja o desventaja por ello. Cuando Namat dio la orden, se dio inicio al juicio de los dioses.

Ambos guerreros luchaban sin escudos, blandiendo grandes espadones, el de Tarkathios más grande de lo que un ser humano debería poder empuñar. Y es que según dictaban las normas de un juicio por combate, y al contrario de lo que ocurría en el torneo, cada contendiente podía emplear todos sus trucos y artes para vencer a su rival. Y eso incluía los poderes sobrenaturales. Nada más empezar el combate, el tatuaje tribal del brazo de Tarkathios empezó a resplandecer, y pareció salirse de su piel, quedándose flotando como un remolino de luz alrededor de su brazo. La tenue luz pareció recubrir al kurahti por completo, hasta formar una especie de capa protectora a su alrededor, como si de una armadura mística se tratara.

[Tarkathios tiene una clase de personaje mística (lo que en otros mundos se llamaría psiónica), Aegis, que le permite conjurar una armadura a su alrededor, dotada de distintos poderes elegibles por el jugador.]

MacDhub frunció el ceño ante lo que estaba viendo, pero no se amedrentó. La venganza llenaba su mente. Aferró su claidheamh mor y la descargó sobre la cabeza de Tarkathios, intentando hacerle lo mismo que él le había hecho a MacAirt. Los filos chocaron, y el baile de espadas empezó.

Al poco tiempo, la sangre manchaba la lona, brotando de cortes y rasguños por parte de ambos. Tarkathios era más fuerte físicamente, y su armadura mística le confería ciertas ventajas frente a su rival, pero claramente la experiencia estaba de parte del emain, y además este estaba poseído de una especie de fría furia, una ira gélida y contenida que le hacía luchar con fiereza enorme pero sin perder el control. Mirarle a los ojos era conocer el miedo. Tarkathios estaba herido en un costado, mientras que su rival solo tenía pequeños cortes y rasguños. Concentrándose durante un momento, hizo que su armadura mística se expandiera, dotándole de más fuerza y de una envergadura superior, y descargó un golpe con todas sus fuerzas.

MacDubh lo detuvo, y aún así no pudo frenar el golpe entero. Paró lo peor, pero la punta del espadón gigante del kurathi le abrió un corte diagonal en el pecho. El emain hundió una rodilla en el suelo. Pero cuando a Tarkathios ya le parecía que iba a rendirse o a caer de lado, una especie de luz tenue empezó a brillar detrás del emain. Era una luz pálida, dorada, como si el sol poniente estuviera justo detrás de su cuerpo… aunque no era así.  El Ithandir frunció el cejo, viendo algo que no veía desde hacía mucho tiempo. MacDubh se puso en pie de un salto, aún con la misteriosa luz fulgiendo tras él, y descargó su espada sobre Tarkathios. El kurathi cayó al suelo, desplomado y desangrándose, con su armadura mística disipada entre jirones de energía astral. MacDhub, con la fugaz luz ya extinguida, se tuvo que apoyar en su espada para mantenerse erguido. El Ithandir se pronunció.

¡Los dioses han hablado! ¡Y han hallado a Tarkathios culpable de asesinato! ¡Deberá pagar la deuda de sangre adquirida… si sobrevive!

Namat miró de reojo al Ithandir, no muy complacido de que se atreviera a hablar en nombre de los dioses, y corrió junto al kurathi mientras formulaba una plegaria para restañar sus heridas y evitar su muerte. Mientras se llevaban al inconsciente Tarkathios del campo, el Ithandir volvió a hablar.

¿Alguien más tiene una acusación que formular? ¿Algún crimen que denunciar ante los dioses de los hombres?

Se hizo un silencio entre el populacho. Aquello ya no eran los juegos festivos y supuestamente inofensivos de los duelos del torneo. Aquello eran combates por justicia, y muy posiblemente a vida o muerte. Nadie habló. Pero entonces, una voz rompió el silencio. Era Sir Alister.

¡Yo tengo un crimen que denunciar! -dijo mientras salía al frente-. ¡Yo acuso a Shahin ibn Shamal del asesinato de Arn Rooc, Justicar de Grymn!

[Aquello fue un shock en la mesa. El jugador sólo me había advertido a mí de sus intenciones, y se amparaba que era algo que ya le había jurado a Shahin hacer cuando se dieron los funestos hechos que podéis leer aquí. El resto de jugadores no se lo esperaban, y mucho menos el jugador de Shahin.]

El Ithandir conminó al más reciente Caballero Protector a presentar su caso, y este lo hizo, exponiendo las circunstancias y contando como en caso de peligro para todo el grupo, Shahin prefirió sacrificar a uno de los suyos y ponerle fin con sus propios manos a arriesgar la vida para intentar rescatarle. Entonces el maestro de armas conminó al sûlita a hablar en su defensa. El magus se personó junto a su compañero de grupo en el centro del campo, y en un susurro le preguntó.

¿Es esto lo que quieres? ¿Crees que es necesario llegar a esto?

Es lo que debo hacer– respondió el caballero.

Shahin asintió con la cabeza, y habló para el Ithandir y la multitud. Afirmó que tomó una decisión difícil, la de matar a un compañero para salvar no solo al resto del grupo, sino también para impedir que su misión fracasara dejando un poderoso artilugio en manos del mal. Esa decisión le pesaría el resto de sus días, dijo, pero seguía convencido de que era lo que debía hacerse, por difícil que fuera. Y dijo también que se sometía de buen grado al juicio de los dioses.

Entonces, que así sea-dijo el Ithandir-. Si Sir Alister vence, Shahin será culpable de asesinato, y deberá saldar su deuda como esta corte estime conveniente. De lo contrario, los dioses le habrán declarado inocente de todo crimen, y su nombre quedará libre de infamia. Que los dioses se pronuncien a través de vuestras espadas.

Ambos compartieron el sol, camaradas, Portadores. Se habían enfrentado juntos al mal más horrible, se habían salvado la vida mutuamente en innumerables ocasiones, y aún así, allí se encontraban, enfrentados por una cuestión de honor y una diferencia irreconciliable entre el valor y el pragmatismo. Sir  Alister era un defensor nato, y daría gustoso su vida por proteger a un compañero. Shahin sabía que la misión estaba por encima de todo y de todos. Ambos tenían su razón, y para zanjar el asunto de una vez por todas, sería necesario que los dioses tomaran partido.

Cuando Namat dio inicio al juicio, Sir Alister, normalmente más lento en su pesada armadura, se puso en marcha al momento, como si su honor le diera alas. Pero en lugar de atacar antes de que Shahin tuviera oportunidad de pronunciar un conjuro o ensalmo en su contra, esperó. No darle tiempo a conjurar sus protecciones hubiera sido equivalente a atacar a un hombre desarmado. Shahin formuló las palabras de un conjuro de escudo que se manifestó como un disco de luz azulada frente a sí. Entonces sí empezó el combate de verdad.

Sir Alister atacó, pero el ágil sûlita logró maniobrar hasta colocar el escudo mágico entre él y la espada del caballero, mientras pronunciaba las palabras de un nuevo conjuro. No le gustaba la idea de combatir con armas contra las que el caballero no podía defenderse, pero había que acabar con aquello de la manera más rápida e indolora posible. De su mano libre surgió un fogonazo de luz intensa y cegadora en todos los colores del arco iris. Sir Alister quedó envuelto en la rociada de color, y aunque se cubrió los ojos con el escudo, aún así la potencia del fogonazo era tan intensa que le deslumbró a través de los párpados y le dejó medio aturdido.

Aprovechando el hueco, Shahin repitió su conjuro y aquella vez el atontado Alister no atinó a protegerse los ojos. Lo único que veía era una oscuridad plagada de colores cambiantes. Blandió su espada a ciegas, sin lograr acertar a su rival.

¿Te rindes? -le preguntó.

No puedo hacerlo -replicó Alister por toda respuesta.

Perdóname, compañero -susurró Shahin.

Y conjuró el poder del rayo a través del filo de Saif al’Qamar. Sin ver venir el ataque en su estado de confusión y ceguera, la cimitarra entró en contacto con la armadura metálica del caballero y se produjo una potente sacudida eléctrica durante un momento que hizo que el público tuviera que cerrar los ojos.

Cuando lo abrieron, Sir Alister estaba de rodillas, luchando por ponerse en pie. Ciego y conmocionado, logró erguirse, y dejó caer la espada.

-No puedo seguir luchando. Así no. Concedo.

El Ithandir rompió el silencio sepulcral.

¡Los dioses han hablado! ¡Shahin ibn Shamal es inocente de los cargos! ¡Que así sea tenido en cuenta de ahora en adelante!

En la mente de Shahin estaba únicamente la daga que había ofrecido en ofrenda en aquel sarcófago, tiempo atrás, en las manos de piedra que la aferraron después de sus plegarias de arrepintimiento. La muerte de Arn había sido una herida abierta en el corazón del grupo, y habían dejado que se infectara. Aquel enfrentamiento había sido doloroso, pero con suerte, a través de él esa herida quedaría cerrada de una vez por todas. Tanto Shahin como Sir Alister, sin embargo, se preguntaban para sus adentros si el espíritu de Arn les estaría viendo, y qué pensaría de sus actos.

Anuncios

4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XV) El Juicio de los Dioses”

  1. Bueno, al menos el tema de la muerte de Arn está zanjado. ¿O no?

    Y, me pregunto cómo acabará la cosa para Tarkathios. Desde aquí, huele a soga o a jaula de cuervos.

    Le gusta a 1 persona

  2. Madre mía, esto es mejor que Juego de Tronos!!! XDDDD. He tardado en leerlo pero vale la pena, cada capítulo de las Crónicas se merece su tiempo de dedicatoria. Esto no es para leerlo a la rápida.

    Te voy a ser sincero, la parte del torneo me sonaba a aburrimiento monumental. Nunca me han gustado los torneos medievales. Pero, madre mía, este ha tenido de todo, ha sido inesperado, oscuro, salvaje, emotivo… me quito el sombrero. No puedo más que esperar el siguiente capítulo con impaciencia.

    Le gusta a 2 personas

    1. ¡Muchas gracias por tus palabras! Me alegro haber conseguido que incluso una parte que no te interesaba a priori te haya resultado interesante. El reto de este torneo era como narrarlo, ya que había muchos combates con muchísimos pnjs distintos, y eso no siempre es lo más divertido de leer.

      Y como máster, mi reto fue que todos los personajes, fueran del tipo que fueran, tuvieran cosas que hacer durante el torneo (por eso creé tantos tipos de prueba distintos) y además que las cosas que estaban en marcha en Alasia siguieran su curso lógico. ¡Por suerte la cosa funcionó bien!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s