Crónicas de Alasia, Libro 2: (XIV) La Flecha de Plata

Cosecha 26

Alister se encontraba solo en mitad del campo de justas, mientras el Caballero del Espino se alejaba al galope y desaparecía de la vista, todavía con su cabeza en la mano. Tras unos segundos de silencio anonadado, el lugar volvió a la vida en una explosión de murmullos y cuchicheos. Sir Matthew Corven se acercó a Sir Alister, que le sacaba una cabeza de altura.

Sir Alister -dijo, proyectando la voz para asegurarse de ser oído por todos-. Has actuado cuando los demás hemos vacilado. Has salvaguardado el honor de tu señor cuando el resto enmudecimos, empeñando tu palabra, tu honor, y quizá tu vida. Arrodíllate. 

Cuando el gigantón así lo hizo, Sir Matthew desenfundó su espada.

Sir Alister Norff, por la autoridad que me ha sido concedida y en nombre de mi señor, Stephan,  Barón de Alasia, yo te nombro Caballero Protector del Gran Reino.

Y mientras recitaba la formula ritual, tocaba con la espada cada uno de los hombros y finalmente la testa del arrodillado. Hecho eso, Sir Matthew se quitó su propia capa roja, símbolo de su orden, y la colocó sobre los hombros de Sir Alister. La muchedumbre prorrumpió en aplausos. Había sido un día largo y terrible, en el que las fuerzas sobrenaturales habían osado poner el pie en la misma Nueva Alasia, el refugio más seguro que existía en el mundo de toda aquella gente. Los pobladores de la joven ciudad habían tenido la ocasión de presenciar por vez primera lo que acechaba más allá de sus muros, y ahora ardían por tener héroes que contuvieran de nuevo el mal si este volvía a asomar el rostro. Y muchos, en su interior, intuían que los necesitarían desesperadamente en un futuro no muy lejano. Pero aquellos hombres y mujeres que habían visto luchar por la gloria y luchar por sus vidas, ¿eran realmente héroes? ¿O se trataba tan solo de soldados de fortuna, llegados a sus tierras en pos de fama y botín? En aquellos momentos, mientras la capa roja ondeaba alrededor de Sir Alister, no fueron pocos los que volvieron la vista al Valoreon, y a sus sagradas escrituras, recordando lo que los santos profetas habían escrito tanto tiempo atrás. Por sus actos les conoceréis.

Cosecha 27

Y así llegó el último día del Gran Torneo de Roca Blanca, y la gran ceremonia de clausura tuvo lugar con toda la pompa y boato que tal ocasión merecía. Tras un grandilocuente discurso del Barón, los vencedores de las distintas pruebas y concursos fueron agasajados, y los Campeones del Torneo fueron coronados bajo el sol de principios de otoño.

Primero, Stephan nombró Campeón de las Justas a Sir Alister Norff, y le agradeció personalmente su honorable acto ante el misterioso Caballero del Espino. En las tabernas y pabellones ya se estaban empezando a componer canciones y baladas sobre “Sir Alister y el Caballero Verde”, sin que nadie por el momento osara preguntarse qué ocurriría cuando el plazo transcurriera y el caballero tuviera que acudir por propia voluntad a que le cortaran el pescuezo. Como premio, el Barón hizo entrega a Sir Alister de un conjunto de armadura de placas ornamentada y de unas magníficas bardas de malla para su enorme corcel.

Después Stephan convocó al estrado a Shelain de la Casa Liadiir. Nombró a la guerrera Campeona de los Duelos y Primera Espada de la ciudad de Nueva Alasia, y declaró que el maestro herrero, Baldwin Oswald, estaba forjando una espada élfica digna de ese título, bajo las instrucciones del Ithandir Sovieliss. Si el Maestro de Armas, que se alzaba a la diestra del Barón, sintió alguna emoción al ver a su hija recibir aquellos galardones, no lo demostró en absoluto. A continuación, Stephan nombró también a Shelain Campeona del Concurso de Arquería, y le hizo entrega de los premios anunciados. El primero era un largo arco de tejo negro de Lindar, fabricado para ella según su altura y la fuerza de su brazo. El segundo era una hermosa flecha, tallada toda ella a partir de una única pieza de la más pura plata. Era larga y estilizada, y su astil estaba recubierto de sinuosas espirales y estilizadas runas élficas.

Desde el público, los Escudos de Piedra observaron la entrega de la flecha de plata a la elfa. Sin duda, aquella era la flecha que tanto interesaba a Jack Morden. El proscrito les había pedido ayuda al respecto, pero el ataque a Grugnir y los calamitosos sucesos posteriores hicieron que aquello quedara olvidado por completo. Ahora los enanos observaban la ceremonia con mil ojos, preguntándose como reaccionaría el montaraz. No tardaron en descubrirlo.

Tan pronto como la flecha pasó de las manos del  Barón a las de Shelain, una voz clara y potente se escuchó desde las alturas.

¡Elfa! 

Todos los ojos se volvieron hacia el tejado más cercano. Un arquero encapuchado  y vestido con ropas verdes y pardas de cazador tensaba un largo arco negro y la apuntaba con brazo firme.

¡Entrega la flecha, y nadie sufrirá daño alguno!

Shelain miró al hombre de la capucha con el ceño fruncido, mientras los dos guardias  personales del Barón echaban mano a las espadas. El capitán de la guardia, Aldan Geraint, se levantó de su asiento con el rostro rojo de ira.

¡Es Morden! ¡Cogedle!

El arquero gritó mientras meneaba la cabeza en negación:

¡Un movimiento y el Barón muere! 

A sus palabras, varios arqueros más aparecieron en otros tejados, todos encapuchados o embozados, y apuntando a la zona del palco o a los guardias más cercanos.

Grugnir y el resto de Escudos miraron también al arquero, anonadados. ¡Morden acababa de destruir toda posibilidad de limpiar su nombre y demostrar su inocencia! ¿Tan desesperado estaba para arriesgarse a semejante farol? ¿Porque sin duda era un farol, verdad? Tobruk no esperó a averiguarlo, y echó a correr en dirección a Shelain y al Barón, intentando llegar junto a ellos antes de que ocurriera

El arquero volvió a hablar en tono tajante.

¡No lo repetiré, mujer! ¡Dame la flecha! 

Shelain alzó el rostro, que en aquel momento fue más parecido al de su padre que nunca, y dijo simplemente:

No. Si la quieres, baja y cogela tú mismo.

Si le pasó por la mente que quizá con sus palabras acababa de condenar a muerte al Barón, no lo demostró. El encapuchado se encogió de hombros, y dijo:

Como quieras. 

Y en lugar de disparar, silbó. Desde varios puntos alejados de la ciudad se alzaron flechas en llamas, dejando una estela brillante incluso a la luz del día. Las flechas trazaron amplias parábolas y al caer, el resplandor anaranjado de las llamas empezó a verse reflejado en las calles. Jack Morden había prendido fuego a la ciudad. Mientras la atención de todos los presentes se desviaba por momentos hacia los distintos focos del incendio, Morden y sus hombres echaron a correr por los tejados intentando perderse de vista.

Cuando Tobruk llegó junto a Shelain, el Ithandir ya estaba gritando órdenes.

¡Yo llevaré al Barón hasta la fortaleza! ¡Vosotros atrapad a ese hombre! 

En el caos que se había desatado, la prioridad de los guardias y de muchos de los presentes, fueran lugareños o aventureros, fue intentar encontrar los focos del incendio y evitar que la ciudad fuera pasto de las llamas. Shelain se lanzó por las calles en la dirección en que Morden se había perdido de vista, seguida por uno de los guardias del Barón. Tobruk hizo lo mismo por el lado opuesto, intentando formar una pinza que cortara la fuga al proscrito. Y tras tantos días de inactividad viendo el torneo desde las gradas, el espíritu de espadachín del joven Percival saltó ante la oportunidad de pasar a la acción, y ágil como él solo, se subió a los tejados en persecución de uno de los arqueros encapuchados.

Tan pronto como Shelain y el guardia doblaron una esquina y quedaron fuera de la vista, el soldado que le seguía los talones dijo:

Dama Shelain. Tenéis que dejarme ver esa flecha. Por favor.

La reacción de la elfa fue girar sobre sus talones y con todo el impulso de su carrera pegar un puñetazo directo al rostro del guardia. Con  una reacción de gato, el hombre dio un paso atrás esquivando el golpe. El brusco movimiento hizo que el casco cónico le cayera de la cabeza., pero Shelain no necesitaba verle el rostro para reconocerle de los carteles. Era el proscrito, Jack Morden. ¡Astuto bastardo!

Shelain desenfundó su espada, dispuesta a dejar que respondiera por ella.

¡Alto, alto! ¡Os lo suplico! -dijo el proscrito, con los brazos en alto-. ¡Yo no tengo nada que ver con todo este desastre que se ha organizado! ¡Os lo juro! ¡Nunca amenazaría al Barón! Les pedí a los enanos que me ayudaran a hablar con vos, pero al parecer se les han complicado las cosas. Sólo necesito verla, necesito saber si es… 

Shelain sacó la flecha y se la mostró, sin soltar su espada. Pero el sonido de los pasos de más guardias a la carrera les interrumpió. A la elfa le había parecido sincero, y de haber querido, la podía haber apuñalado por la espalda mientras la seguía.

No… no estoy seguro. Yo…

La elfa le cortó.

Dime donde puedo encontrarte, o con quien puedo contactar. Y lárgate.

El viejo Tanner, en Lindar. Hablad con él, él sabrá qué hacer. Y gracias.

Y dicho eso, se fue corriendo por un callejón, justo a tiempo para evitar al grupo de soldados que pasó junto a la elfa.

Mientras tanto, Percival vio su oportunidad. Sin saber que le estaba siguiendo, y creyéndose fuera de la vista, uno de los encapuchados se bajó del tejado hasta un callejón junto a la muralla y quitándose la capa y la capucha, echó a correr. Percy saltó sobre él desde el tejado. Ambos cayeron al suelo hechos una madeja, y el espadachín le asestó un sonoro puñetazo que le rompió la nariz. El tipo levantó las manos en señal de rendición.

Tobruk no había conseguido alcanzar a ninguno de los arqueros. Quería atrapar a Morden antes de que lo hiciera un guardia con la mano de la espada suelta, y preguntarle qué en nombre del Forjador era todo aquello. Por lo menos pudo comprobar que los arqueros habían disparado a montones de paja colocados estratégicamente para arder con fuerza pero separados de las casas y edificios, al parecer destinados más para provocar un buen espectáculo que daños de verdad. Entonces escuchó ruidos de chocar de espadas y de gruñidos contenidos en una calleja cercana, y corrió raudo hacia allí. Lo que vio le dejó sin habla.

El encapuchado que había exigido la flecha y que había amenazado al Barón estaba allí, atacando ferozmente a un soldado de la ciudad con dos cimitarras que blandía a velocidad de vértigo. Tenía la capucha echada hacia atrás, y no era Jack Morden. Era el sûlita que había estado a punto de asesinar a Grugnir. Rashid de Belayne. El soldado se defendía como podía del terrible embate, y estaba de espaldas contra la pared, acorralado y medio caído, aferrando su escudo con dos manos e interponiéndolo a la desesperada. Y aquel guardia sí era Jack Morden.

Tobruk cargó. No pensó, ni trató de resolver aquel acertijo. Simplemente se dejó llevar, y algo afloró en él. El mundo se tiñó de rojo, y sus pensamientos se volvieron tan salvajes y bestiales como los de aquel terrible tejón que una vez había reconocido como un espíritu afín. Sin pararse en desenfundar sus armas, extendió los dedos como si fueran zarpas de acero y saltó contra el sûlita, arañándole el pecho y abriendo cuatro sangrientos surcos en su torso. A través de las rasgaduras de su justillo, pudo ver que en la piel del sûlita había tatuado una especía de símbolo parecido a una estrella. Pero eso no le importó en absoluto.

El sûlita y Tobruk se entablaron en un combate frenético, y mientras Morden tiraba su abollado escudo a un lado y buscaba la espada que había perdido, alguien más apareció en el callejón. Shelain. La elfa había seguido su dirección tras dejarle marchar. Quizá para cubrirle las espaldas, quizá para comprobar que le había dicho la verdad. Fuera como fuere, la elfa vio lo que estaba ocurriendo, y al momento percibió algo en la mirada de Rashid. Los ojos de aquel hombre parecían muertos, desprovistos de vida, extrañamente fijos. Y supo lo que le ocurría. Rashid de Belayne estaba embrujado. No era dueño de sus actos, su mente estaba dominada por una voluntad que no era la suya. Con un grito de batalla élfico, la guerrera se unió al combate, gritando a Tobruk que no le matara.

Por unos segundos, Rashid aguantó contra ambos. Pero solo unos segundos. Cuando cayó abatido, elfa y enano se volvieron hacia Morden. El proscrito se limpió la sangre del labio, se recolocó la cota de mallas y dijo:

No sé como podéis luchar con estas cosas. Pesan un quintal… 

Y dándoles las gracias con un solemne cabeceo, se perdió entre las calles. Tobruk y Shelain no se dijeron nada, pero por una vez, elfa y enano pensaron lo mismo. Otro tema más a tratar en el Concilio de Stephan. ¡Y ay si le ponían las manos encima a quien había tenido la feliz idea de organizar aquel torneo!

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