Primera Búsqueda: Ed Greenwood

Después de varios meses sirviendo de altavoz para las ideas, comentarios y opiniones de Gary Gygax, creo que es un buen momento para cambiar un poco de tercio, y dar voz a otros nombres propios de la historia de D&D y por extensión, de los juegos de rol. En Marzo de 1994, la revista Dragon empezó a publicar una serie de artículos titulados First Quest. En ellos, una serie de escritores y diseñadores de juegos relataban como fueron sus inicios en el mundo del rol: como descubrieron el juego, sus primeras experiencias, y qué les enganchó del mismo. En estos relatos, salpicados de anécdotas y curiosidades y no exentos de nostalgia, gente como Douglas Niles, Jean Rabe, Bill Slavicsek, Michael Stackpole o Steve Jackson echan la vista atrás para compartir con el lector sus orígenes roleros. 

La serie se iniciaba en la Dragon #203 y la estrenaba James M. Ward, pero espero que me disculpéis un pequeño capricho, el de ignorar por esta vez el orden de publicación y saltar directamente al número 218, en el que nos describe su Primera Búsqueda el creador de los Reinos Olvidados: Ed Greenwood. El suyo fue el artículo que me hizo descubrir esta serie, y me cautivó desde el primer momento que lo leí, allá por 1995, mientras hacía la mili en Huesca. Debo decir que no soy un gran fan de Greenwood como escritor literario. Como creador de contenido de juego me parece excelente, y sus artículos están entre los mejores de la Dragon, pero como novelista… no encajó con mis gustos. Fuego Mágico no estuvo mal como literatura de D&D puro y duro, pero las novelas de Elminster me resultaron infumables. Y sin embargo, por alguna razón esta Primera Búsqueda siempre ha sido mi favorita de todas. Supongo que es la misma razón por la que Cuenta Conmigo es una de mis películas favoritas, y por la que fui presa fácil de Stranger Things. Cuando la leáis lo entenderéis…

Nota: El principio del artículo necesita una pequeña explicación. Por aquellos tiempos, Greenwood escribía una serie en la misma revista titulada The Wizards Three, en la que describía unos supuestos encuentros entre los tres magos más importantes de tres mundos de D&D: Elminster de Faerûn, Mordenkainen de Oerth y Dalamar de Krynn. La premisa de la serie es que sus reuniones tenían lugar en la casa de Greenwood, con él escondido dentro de una armadura para escucharlo todo. De ahí que esta Primera Búsqueda empiece de esta guisa. También me he permitido la licencia de traducir un nombre propio, para conservar el pleno sentido de lo escrito.

Jugad Conmigo, Susurró Ella, por Ed Greenwood

Las lámparas estaban a baja intensidad mientras Elminster me ayudaba a meterme en la armadura. “Ay”, observé inteligentemente.

“Cierra el pico”, ordenó él ásperamente. “Si no estuvieras lo bastante loco como para pasarte días enteros escribiendo fantasías sobre mi mundo para esa gente de TSR, el ‘ensanche por teclado’ no te afligiría tan prominentemente y quizá podrías caber ahí dentro”.

Recordando lo que sucedió la última vez que me enfundé un conjunto de armadura, tomé espada en mano y partí a la batalla en la SCA (Sociedad para el Anacronismo Creativo), la incapacidad para meterse en una armadura podría no ser una mala cosa.

Cada vez que pienso en enfundarse una armadura, mi mente siempre salta a ese momento en un bancal veteado por el sol en Don Mills, Ontario, en la orilla arenosa y salpicada de helechos de Wilket Creek. Mis amigos y yo estábamos decididos a coger nuestros juegos originales y de tablero grande, DIPLOMACY y KINGMAKER, y nuestros soldados en miniatura y las reglas de Donald Featherstone para matar aquellas gloriosas tardes de fin de semana. Debatíamos sobre la Tierra Media y las obras de Lord Dunsany, Clark Ashton Smith, Jack Vance, William Morris y Fritz Leiber. Discutíamos sobre “qué hubiera pasado de ocurrir tal cosa”, y sobre lo que no nos habían contado de cuanto había allí, y ansiábamos saber más sobre las cosas de la Tierra Media de Tolkien, la Kadath de Lovecraft y muchos otros mundos fantásticos – ansias que condujeron, en última instancia, a los Reinos. Más adelante hablamos también sobre Roger Zelazny mientras una novela de Ámbar tras otra iban apareciendo y cada una de ellas era devorada. Soñábamos con ver sus relatos de Dilvish, difíciles de encontrar, publicados en una recopilación – y de todos los otros clásicos de la fantasía, y, bueno, también de chicas. (Más sobre eso en un momento.)

Lin Carter de Ballantine Books estaba llevando de nuevo a la imprenta todas las grandes fantasías en lengua inglesa, culminando con la espléndida guía titulada Imaginary Worlds (Ballantine, 1973), aún de lectura obligatoria para cualquiera que quiera saber quien es quien en la fantasía. Estas, además de una dieta constante de Conan y de la revista FANTASTIC (más tarde amalgamada con su publicación hermana, AMAZING Stories), nos mantenían retozando en mundos llenos de espadas, hechizos, dragones, hermosas princesas, castillos en ruinas y perversos magos – y también nos mantenía (a pesar de releerlo todo varias decenas de veces) siempre hambrientos de más.

He sido lector y escritor desde mis primeros días, creciendo a base de las historias de A. Merritt, Edgar Rice Burroughs, la Pimpinela Escarlata y demás, e incluso hice un intento de escribir desenfadadas historias al estilo de los Tres Mosqueteros/Fafhrd y el Ratonero Gris en las que los espadachines intercambiaban pullas ingeniosas mientras cosían a incontables malosos en los proto-Reinos. ¿La primera frase en la que los Reinos llegaron a la vida? “Ahora, en todas las tierras entre la bulliciosa Aguas Profundas y las olas centelleantes del Mar de las Estrellas Caídas, no había hombres más amados -y temidos- que el estoico espadachín Durnan, el viejo bribón bravucón de Mirt y el siempre sabio y anciano mago Elminster”. Un resumen bastante bueno del corazón de los Reinos incluso hoy, y nada mal para un niño de ocho años, ¿eh? Una vez que Carter hubo publicado New Worlds for Old, estaba enganchado.

Las cosas podrían haber seguido así tranquilamente si no hubiera sido por Gary Gygax – y por Septiembre.

Oh, me compré Chainmail, añadiendo monstruos a nuestros juegos de guerra con caballeros y castillos -ya conectados, gracias a Featherstone, en una historia persistente batalla-a-batalla de varios reinos imaginarios. Y me compré los libros originales de D&D, y jugué una partida o dos (en 1975, para los que llevéis la cuenta), pero aunque pensamos que las reglas eran una genial, no, una fascinante idea, seguían consistiendo en simplemente sentarnos juntos contando una historia fantástica, que es lo que ya habíamos estado haciendo sin regla alguna.

Entonces salió el Monster Manual original… y Septiembre vino a nosotros. Pensándolo bien, la calidad de ese libro (que cuantificaba un monstruo mitológico tras otro, y añadiendo para rematar un montón de nuevos y molones) y la brillante magia Vanciana del Player’s Handbook (explicando con precisión lo que hacían los hechizos) fueron lo que me hizo cambiar a los Reinos de un lugar nebuloso de bonitos mapas a un mundo del juego AD&D. Pero lo que de verdad me enganchó al juego fue Septiembre.

Ella llegó al pueblo para asistir a la universidad, y era con mucho lo más hermoso que yo había contemplado jamás. Amaba la fantasía y se reía con ganas de los empollones desgarbados que encontró esgrimiendo torpemente espadas de fabricación casera por las librerías de ciencia ficción locales, citando a más autores de fantasía de los que ella nunca había leído. Septiembre también vio en ellos a alguien con quien compartir su última pasión: el juego de AD&D. Y uno de esos empollones era yo.

Tres de nosotros le prometimos un “lugar genial para jugar” y cargamos un romántico montón de refrescos, patatas chips y salsa casera para mojar (una tradición que persiste a día de hoy) antes de encontrarnos con ella en el bus y llevarla (por supuesto) a nuestro lugar especial en los bosques. Lo amó a primera vista.

Y nosotros la amamos a ella. Ella salió del bus arrastrando un enorme petate y llevando puestas unas botas de espadachín y una capa, y en el momento en que nos encontramos en los bosques, ella anunció que el viaje había sido largo y que necesitaba unos momentos de intimidad. Galantemente, le mostramos los arbustos más densos, y unos minutos después descubrimos lo que había en el petate.

Septiembre reapareció en una esplendida media armadura, con la capa echada hacia atrás, guanteletes de cuero en sus muñecas. Una espada larga verdadera centelleaba en su mano.

“Venid, jugad conmigo”, susurró roncamente, extendiendo la mano. Los tres recios muchachos tropezamos los unos con los otros (y con nuestras gafas empañadas por el vapor) intentando arrodillarnos y besar su mano.

Ni qué decir tiene, ella fue la mejor Dungeon Master que jamás he conocido, antes o después. Septiembre creía en interpretar a todos los PNJs a fondo, con voces graciosas, manerismos, todo el lote. Las lágrimas corrían por sus mejillas cuando las cosas se ponían tristes, y saltaba por todo el claro con alborozo cuando intentábamos pullas ingeniosas y astutos trucos de combate -y terminábamos con cómicos accidentes, justo como en las historias. Lo mejor de todo, ella creía en terminar las sesiones de juego cuando aún estábamos hambrientos de más, y nos dejaba discutir excitadamente nuestros planes y lo que podría pasar a continuación (y así descubrir lo que esperábamos, para poder concedérnoslo la próxima vez). Ella permitió que yo floreciera lentamente en nuestro “hombre de las ideas”, moldeando los mundos en los que jugábamos preguntando y tanteando.

Ninguno de nosotros sabía que Septiembre estaría muerta en poco más de un año, con el cáncer que la mató ya entonces devorándola desde dentro. Como todos los primeros amores, ella vivirá para siempre, risueña, en el recuerdo.

Aún intento hacer de DM como lo hacía ella, tantos años después, aunque he aceptado que nunca tendré el buen aspecto de Septiembre. He intentado aferrarme a lo que teníamos, sin embargo: amor, honor y amistad.

El amor es aquello de lo que los Reinos siempre han tratado; no solo la gran pasión romántica, sino el de la gente simple y decente haciendo cosas nobles y amables por los demás, incluso dando sus vidas por sus amigos.

En cuanto al honor, aún siento -proyecto tras proyecto- que es un honor compartir “mi” mundo y sueños con los jugadores de todas partes. Estoy, y siempre estaré, agradecido a TSR por hacerlo posible, desde las páginas de la revista DRAGON #30 en adelante.

Y eso nos deja la amistad. Lo más precioso que me han dado los Reinos son amigos buenos y verdaderos, desde Dave, Ken y Tim a Victor, Andrew, John (el espléndido jugador de rol), Ian (el primer Señor del Saber de los Reinos), Jim, Anita y Cathy de mis aguerridos jugadores; a la gente creativa que ha dado forma a los Reinos conmigo: Jeff Grubb, Steve Schend, Rob King, Karen Boomgarden y Julia Martin (junto a mucha, mucha más gente en TSR), a los camaradas escribas Bob Salvatore y Elaine Cunningham; a los amigos de juego que he encontrado y conocido por todo el mundo, desde el “Tío” Wes, Grant Leslie, Craig y Nicole en Australia (¡y hola a todos en la Librería de Campbell en Toowoomba!), a Chris y Leo en Suecia, Chris y Lisa en Dallas, Steve y Jenny en Peterborough, a Mike y Roxy en Pennsylvania, Erica en Cobourg, a Terry, Steve, Helen, Lori y Doug en Houston, a Alex, Cheryl y Merle en Toronto. La lista podría seguir durante páginas. Todos vosotros habéis hecho más brillante mi vida, y sois la razón por la que sigo escribiendo en lugar de ser el médico o abogado (más rico) que mis padres deseaban que fuera.

Además, para mí, se ha convertido en un deber: alguien tiene que ser Elminster… y ya he dominado las bromas subidas de tono.

Y si alguna vez acuden lágrimas a mis ojos al dirigir otra sesión más de juego en los Reinos, es porque algo me ha enviado de vuelta a aquel bancal veteado por el sol, con helechos entre los árboles, y la clara voz de Septiembre exclama “¡Espadas brillantes!” en despedida, mientras empieza a andar de vuelta hacia el bus.

Nunca la volveré a ver, pero en los Reinos puedo reunirme con ella cada día. Adiós, Septiembre – ¡y bien hallada!

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5 comentarios en “Primera Búsqueda: Ed Greenwood”

      1. Idear historias es una cosa y elaborar una trama por escrito es otra distinta (y dirigir rol, otra más). Requieren distintas habilidades y plasmar por escrito lo que bulle en tu cabeza no le sale a todo el mundo. Al igual que ocurre con la oratoria, hay que discernir que el ritmo interior no es el mismo que el exterior y ajustarlo.

        Se ve que es un gran narrador pero no un gran escritor, pero eso no le desmerece. También puedes idear imágenes maravillosas y ser un patán como dibujante, etc.

        Le gusta a 2 personas

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