Crónicas de Alasia, Libro 2: (IX) Brujos y Guerreros

Cosecha 24

Las festividades avanzaban entre una algarabía generalizada en la ciudad de Nueva Alasia. Para la gran mayoría de sus habitantes, era la primera vez que tenían ocasión de presenciar cosas de las que solo habían oído hablar en cuentos de viejas y relatos de juglar, cosas sobre las que hablarían el resto de sus vidas. Los combates cuerpo a cuerpo acababan de enfrentar a luchadores de una gran maestría, y ahora, con la llegada de la tarde, la muchedumbre se congregaba para ver como magos y hechiceros hacían lo propio, a su manera única: el forcejeo arcano.

En el centro del terreno de juego, situado equidistantemente entre ambos duelistas, un juez sostenía una pequeña esfera metálica, de unas cinco libras de peso. A una señal, el juez soltaba la esfera y ambos hechiceros recitaban su conjuro intentando “agarrar” la esfera con el poder de su magia y atraerla hacia sí. El que lograba hacer flotar la esfera hasta poder cogerla con la mano, ganaba el forcejeo. Aquel era un juego mágico de larga tradición, inventado hacía muchas generaciones en Andmaar, el reino de la hechicería, como sustituto menos letal y peligroso que los duelos de conjuros. Siendo las artes arcanas algo tan poco extendido en la mayoría de las tierras, el número de participantes de aquel desafío era muy reducido. Assata se enfrentó al mago de la delegación kanthiana, Mestemah, y a pesar de los aires arrogantes del sureño, le venció con una facilidad pasmosa. Dworkin el gnomo hizo lo mismo con el elfo Elladin Silvercrest. Elian tuvo más problemas para vencer al más extraño de los participantes: el guerrero gharadrim, Oren Vaymin. Antes de empezar, el Guardián de Ravengrim estaba sentado con las piernas cruzadas y el rostro marcado por una intensa concentración. Cuando fue el turno de enfrentarse al mago, no dijo palabra alguna ni trazó ningún gesto arcano. Simplemente posó la mirada sobre la bola de metal y esta empezó a moverse hacia él. Pero Elian prontó aferró la esfera con su propio hechizo y se negó a soltarla, tirando de ella con todo su poder. A pesar de la ventaja inicial del gharadrim, el mago dio un brusco tirón con su bastón y la bola voló hacia su mano expectante. Veo que mi concentración no es lo bastante fuerte aún -musitó Vaymin casi para sí-. Debo fortalecer mi voluntad.

El populacho lo contemplaba todo con la boca abierta, presenciando aquellos misteriosos poderes que hacían mover objetos sin tocarlos, y preguntándose de qué más serían capaces aquellos seres que los desataban tan alegremente. El mismo asombro se producía entre aquellos que, en otro rincón de los Campos de Dorvannen contemplaban otro concurso, no tan sobrenatural pero no menos prodigioso: el lanzamiento de troncos. Los más fornidos luchadores tomaban largos postes, de más de seis metros de largo, y los lanzaban por los aires, intentando que el tronco hiciera una rotación completa en el aire y cayera sobre el extremo que el lanzador sostenía inicialmente, buscando además llegar más lejos que cualquiera de sus rivales. Muchos eran quienes se veían obligados a renunciar al intento tras intentar levantar el tronco y comprobar que un lanzamiento de aquella índole estaba más allá de sus fuerzas. Otros lograron lanzar el tronco, pero no hacerlo girar por completo o lanzarlo muy lejos. Pero unos pocos demostraron una fuerza fuera de lo común. Sir Alister lanzó su tronco por los aires, pero no lo volteó lo suficiente y no cubrió una gran distancia. Sorprendentemente, Ealgar logró superar a su caballero en distancia. Gulbrand, el hombre del norte, superó a ambos, aún sin dar rienda suelta a su furia homicida. Más lejos y con mayor facilidad que nadie lanzó su tronco Balkan el Fuerte, totalmente convencido de su victoria hasta que el tronco de Gorstan, el posadero del Hacha y el Suspiro, le superó por unas pulgadas. Muchos alasianos recordaron entonces que el afable hombretón había sido en sus tiempos un guerrero aventurero, y no de escaso brío a juzgar por su lanzamiento. Sin embargo, el tronco que llegó más lejos no lo arrojó ningún hombre. Thaena Sveinsdottir sorprendió a propios y extraños venciendo a todos sus rivales, demostrando el poderío físico que le concedía la sangre de gigantes que circulaba por sus venas.

[Y sacar un 20 natural también ayudó bastante. Por cierto, era la segunda mujer que vencía al machote de Gulbrand, cosa que mis jugadores no dejaron de notar, aunque mantuvieron las coñas fuera del juego… no querían que al berserker se le fuera la pinza y verse obligados a matarle.]

En la arena de los magos, los forcejeos arcanos habían proseguido hasta que solo dos contendientes quedaron para disputarse el título de mejor mago de Nueva Alasia, siendo además compañeros de correrías: Elian y Dworkin. El primero era un mago instruido en las artes arcanas y conocedor de formulas y palabras de poder; el segundo era un hechicero que empleaba la magia de forma tan natural como respirar, que suplía su falta de adiestramiento formal con la facilidad que le daba su poder innato. El forcejeo entre ambos fue arduo y largo, muy largo. El tira y afloja se mantuvo durante minutos, mientras la intensa concentración perlaba la frente de ambos de gotas de sudor. En Wilwood se habían salvado la vida mutuamente en más de una ocasión, pero allí ninguno estaba dispuesto a aflojar. Cuando la esfera se acercaba a uno, el otro recuperaba el control y se la arrebataba, y viceversa. Finalmente, la voluntad del gnomo empezó a flojear mientras Elian seguía manteniendo una presa férrea sobre la esfera. Tras un esfuerzo inmenso, el humano se hizo con la victoria, entre los aplausos de la muchedumbre.

Con la llegada del crepúsculo, y ya recuperado de la fatiga causada por su enfrentamiento mágico, Elian acudió a la Casa Capitular de los Caballeros Protectores, con objeto de asistir a la reunión a la que había sido convocado por sir Alister el día anterior. Además de Lord Selwyn, Sir Matthew Corven y el Capitán Geraint, allí se encontraban también dos hombres y dos mujeres. Su compañera, la guerrera elfa, Shelaiin Liadiir y él mismo habían sido invitados como representantes del grupo que rescató a la joven Dhelia del pueblo de Durham. Por otro lado, Deornoth y Percival estaban allí como testigos principales y portadores de las noticias sobre la ocupación kanthiana del pueblo abandonado. La joven lady Marion de Leaford estaba allí también, en la misma calidad. Los principales oficiales de la ciudad pidieron a Deornoth y Percival que relataran sus experiencias en Durham. Los dos jóvenes lo hicieron sin omitir nada: su intención de liberar a los cautivos, su descubrimiento de la ocupación y su malhadado plan de rescate. Les hablaron del dragón que sobrevoló la aldea con un jinete oscuro en su grupa, y de los poderes arcanos que los kanthianos desataron contra él desde la iglesia de Durham. Lady Marion confirmó su versión punto por punto. Elian y Shelain se miraron con el ceño fruncido. Su grupo ya había contado la verdad de lo ocurrido en Durham a la guardia al final de su aciaga misión allí, y habían presentado las pocas pruebas materiales que tenían en su haber, así como el testimonio de Dhelia, que había corroborado todas sus palabras. A petición del Capitán Geraint, habían accedido a no revelar la verdad de lo sucedido allí, a fin de no extender el pánico entre la población y evitar posibles cacerías de brujas entre amigos y vecinos.

Quizá ha llegado el momento de dejar que la verdad salga a la luz -dijo el Capitán Geraint tras la declaración de los Jinetes. Shelain y Elian asintieron, y relataron a todos los presentes lo acaecido allí: el siniestro secreto de Durham, su enfrentamiento con la población sectaria y la derrota del avatar informe del demonio Ammon Shaffai en las cavernas bajo el pueblo. Si los líderes kanthianos habían encontrado restos del culto impío, eso explicaría su presencia en la antigua iglesia. No sabían qué pintaba el dragón en todo ello, pero todo el mundo salió de la reunión con la misma sensación: las tres cosas juntas eran muy malas noticias. Sir Matthew avisó que todo aquello sería contado al Barón de inmediato, y que habría que tomar decisiones importantes tan pronto como finalizara el Torneo.

Antes de separarse, y una vez ya a solas, lady Marion celebró su reencuentro con los exploradores, a quienes consideraba sus amigos. Les contó todo lo que le había sucedido desde que partiera de Alasia para forjar su destino. Su viaje había sido truncado por los esclavistas kanthianos mientras cruzaba Pal Sarath, y había dado con sus huesos en una de sus jaulas rodantes. Les había suplicado, imprecado y amenazado, les había contado quien era a fin de amedrentarles, pero no había servido de nada. Cada vez que se rebelaba, algún otro prisionero pagaba las consecuencias, y pronto tuvo que rendirse a la evidencia de que no tenía escapatoria… hasta la aparición de los Jinetes y la irrupción del dragón. Les dijo que aunque conservaba la fe y las ansias de libertad, que había decidido que no iba a abandonar la tierra que la vio nacer ahora que los enemigos que la habían esclavizado la asediaban. Tan solo les pidió a modo de favor que vigilaran a Deinal mientras pudieran. El joven guerrero partió en su búsqueda tan pronto como supo que había abandonado Alasia, pero no dio con su rastro y tuvo que regresar con las manos vacías. Y ahora, tras verla volver después de haber sido esclavizada y no haber podido hacer nada para ayudarla, la joven había tenido una conversación con él bajo el gran fresno, en la que dio formalmente por finalizado su compromiso. Marion temía que tantos golpes fueran demasiado para el orgullo del carellio, y que cometiera alguna otra insensatez, como la de apuntarse al torneo solamente para impresionarla. Los dos aventureros accedieron, aunque ninguno de los dos sentía un gran aprecio por el muchacho.

Mientras regresaban al Hacha y el Suspiro, ya bien entrada la noche, otra figura salía de la posada para proseguir con sus pesquisas nocturnas. A pesar del mal encuentro de la noche anterior, Grugnir no se daba por vencido. El Callejón de la Bota seguía picando su curiosidad, y encontrar su paradero ya era cuestión de orgullo profesional. Pensando en los rumores que había oído sobre ver las cosas a ojo de águila, empezó a recorrer los tejados de la ciudad, buscando algún punto lo bastante elevado como para ver las calles desde las alturas, pero los techos de las casas no eran por lo general lo bastante altos para el punto de vista que buscaba. Entonces su mirada se posó en las torres del Castillo de Roca Blanca, en lo más alto del cerro sobre el que se levantaba el barrio más rico de la ciudad. Ni corto ni perezoso dirigió sus pasos hacia allí, llegando hasta la entrada de la muralla interior que separaba el castillo y sus aledaños del resto de la urbe. Los guardias apostados le vetaron el paso, y a pesar de todos sus intentos de persuasión tuvo que volverse por donde había venido. Sin embargo, no estaba dispuesto a cejar en su empeño, y quedaban más noches durante las que explorar la Nueva Alasia nocturna…

Cosecha 25

Aquel día había dos rondas consecutivas de combates cuerpo, ya que por la tarde se daba inicio al evento más esperado tanto por la plebe como por la nobleza alasiana: las justas entre caballeros. Los octavos de final empezaron, por lo tanto, a primera hora de la mañana. El primer combate enfrentó a Able Konrad y a Sir Faegyn Cynnwydd. Konrad parecía bastante amedrentado por su rival, imponente en su armadura escarlata, pero el caballero se comportó honrosamente e intentó no abusar de su superioridad. Pero su comportamiento cambió bruscamente tras asestar un golpe certero con el plano de su hoja en el costado de Konrad. Cynnwydd abrió mucho los ojos y exclamó a voz en grito: ¡Engendro del Caos! ¡Esta ciudad está condenada! Y se lanzó contra Konrad con una saña homicida, empezando a golpearle una y otra vez con auténtico odio. Su rival tan solo pudo caer de espaldas y protegerse como pudo interponiendo su espada, y solo se salvó por los intentos del caballero de desenvolver su filo de las telas que lo cubrían. Rápidamente, Elian entró en la lona mientras varios guardias corrían a sujetar al caballero para impedir que matara a Konrad.

¡No lo entendéis! ¡Es un monstruo! ¡Un monstruo!

En ese momento, una voz se elevó entre el público.

¡A mí me dijo lo mismo ayer! ¡Ese hombre está loco! ¡Es un demente!

Se trataba de Feral el Lobo, contra el que Sir Faegyn había combatido el día anterior.

¡Es verdad, yo lo oí! -dijo alguien situado entre las primeras filas.

[Adà, que se encontraba también entre el público, podría haber dicho que ella también había recibido amenazas por parte del caballero, pero supongo que la precaución por no llamar la atención le pudo más que las ganas de que le quitaran de encima al caballero.]

Elian realizó un conjuro para detectar la presencia de fuerzas mágicas tanto en Konrad como en Sir Faegyn, y no pudo percibir rastro de ellas. Los guardias empezaron a arrastrar al Caballero Escarlata fuera de la lona, ya que su actitud le había descalificado por completo. Cynnwydd se soltó y abandonó el lugar por su propio pie, mientras juraba que estaban cometiendo un error, un terrible error.

Después del abortado combate, Balkan el Fuerte y Sir Lothar de la Runa se vieron las caras. Balkan inició su ataque con una rapidez que desmentía su tamaño, golpeando una y otra vez el escudo de su rival como si fuera un herrero golpeando incansablemente un hierro en el yunque, metódicamente y sin dar tregua. El escudo que mostraba la runa que le daba el epíteto al caballero empezó a abollarse y combarse, y prontó quedó del todo inservible, mientras que los intentos por contrarrestar daban con el muro de acero que levantaba Balkan con su espadón. Tirando los restos de su preciado escudo a un lado, Sir Lothar concedió el combate de mala gana.

A continuación se enfrentaron dos guerreras, Alaea de Themis-Kar y Thaena. La amazona sonrió a su rival, y le dijo que estaba deseosa de luchar contra otra mujer. Había visto como se comportaban los hombres en aquellas tierras, como si las mujeres fueran de su propiedad, objetos frágiles y quebradizos a los que proteger o trofeos que ganar. Le pidió a su rival que no se contuviera, y se mostró expectante, ya que ganara quien ganara, era posible que se acabara enfrentando con otra mujer, Shelain Liadiir. Era como si el destino las hubiera puesto a todas en el mismo itinerario, dijo justo antes de que sonara la corneta. La norteña era claramente la más fuerte de ambas, pero Alaea estaba más bregada en las artes del combate, y era ágil como una gata. Sabía mantenerse fuera del alcance del espadón de la rubia korrwyf mientras aprovechaba el alcance superior de su larga “garra”, y no tardó en hacerse con la victoria. Después ayudó a la vencida a ponerse en pie y le levantó la mano en señal de respeto, arrancando gritos y aplausos al público.

Y luego le tocó el turno a Shelain de enfrentarse contra quien muchos declaraban uno de los dos favoritos al título de campeón. Eadric Tam entró en la lona volteando su cayado. Shelain había visto lo que podía hacer con él, y sabía que era el rival más duro con el que se había enfrentado hasta ahora. El cayado sareliano y la hoja élfica chocaron una, dos, tres veces en otros tantos segundos. La velocidad de los ataques del sarel hacía que costara seguirlos con la mirada. Incluso Shelain, que era una guerrera experimentada en la esgrima de los altos elfos, tenía problemas para detener sus golpes, y pronto se encontró tumbada de bruces contra el suelo y rodando para esquivar los porrazos que le llovían desde arriba. Logró ponerse en pie adoptando una postura totalmente defensiva y cubrirse de la siguiente salva de su rival, llegando a asestarle un golpe de refilón. Tam se dobló como si le hubieran dado un verdadero hachazo. Algo no cuadraba, pensó la elfa. Eadric era muy rápido y certero, pero no tanto como ella había visto en sus anteriores peleas. ¿Se estaba conteniendo, quizá por pelear con una mujer? Pero no era eso. Ahora jadeaba más rápido a cada instante, y cada vez que daba un paso apretaba los dientes de dolor. El hombre seguía luchando, pero algo no estaba bien en él. Shelain le dio otro golpe menor y Tam casi hinca una rodilla. Le había dado en el costado, justo donde en el combate anterior, contra Rashid de Belayne, el sûlita le había herido por accidente. Las miradas de ambos se cruzaron, y entre jadeos él le susurró: No frenes tu mano por compasión. Quiero ver qué puedes hacer. Y redobó sus intentos por noquearla con su largo bastón. Obligada a defenderse, y comprendiendo el orgullo guerrero de su rival, Shelain prosiguió con el combate. Aun en aquel estado, Tam consiguió ponerla contra las cuerdas, pero el siguiente golpe de la elfa que logró conectar hizo caer a Tam en redondo, y por un momento temió haberle matado. Había vencido, pero la victoria le sabía amarga. Eadric Tam había sido envenenado.

5 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (IX) Brujos y Guerreros”

  1. Jooooooooooooooooooder, ¡¡¡tongo!!! ¡¡¡Tongoooo!!! ¡Ese idiota de Cynnwydd me ha estropeado la porra!
    ¿¿¿Por qué nadie me dijo que estaba mal de la cabeza???

    Por otra parte, que el cabrón del sulita Rashid envenenara a Eadric ha permitido que ganara Shelain. Después del relato de este combate, no tengo nada claro que hubiese ganado la elfa de no estar envenenado su rival.

    Enhorabuena a Thaena (ese 20, ahí) y a Elian.

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    1. ¡jajajaja es el Factor Caos! ¡En esta campaña siempre hay que tenerlo en cuenta! Y realmente es imposible saber en qué habría acabado el combate si Tam se hubiera enfrentado a Shelain en plenitud de facultades. Quizá algún día busquen despejar esa duda por su cuenta, quien sabe…

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      1. Ya dudo yo que tengan tiempo para duelos.

        En cualquier caso, mi sensación es que Eadric es superior, y eso que Shelain es mi favorita a ganar el torneo.

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