Crónicas de Alasia, Libro 2: (VIII) Duelos y Desafíos

Cosecha 24

La segunda ronda de duelos empezó a primera hora de la mañana siguiente. Odalric de Orm se enfrentó a Able Konrad en el primer combate. El combate parecía decidido desde el principio. Orm era un caballero de cierta experiencia, y como miembro de la alta nobleza había sido entrenado para la lucha desde una tierna edad. En cambio, Konrad era otro de los aspirantes con suerte que había superado primero la eliminatoria, y luego la primera ronda al encontrarse con otro rival de su misma escasa experiencia. Sin embargo, para la creciente sorpresa de los espectadores y de ambos contendientes, Odalric no lograba conectar ninguno de sus golpes, ya fuera por una esquiva en el último momento o por una parada casi fortuita. Konrad no luchaba mal del todo, y supo aprovechar un momento de descuido del aristócrata para golpearle en la parte trasera de la cabeza y dejarle sin sentido.

Después lucharon Feral el Lobo y Sir Faegyn Cynnwyd, el Caballero Escarlata. Ambos eran jóvenes, diestros y en buena forma, y las apuestas estaban muy igualadas. La primera vez que Cynnwyd golpeó a Feral, pareció quedarse sorprendido por algo, un momento de distracción que casi le cuesta el combate. A partir de ahí redobló sus esfuerzos y luchó con una saña que no había demostrado en ninguno de sus combates anteriores. Los dos luchadores intercambiaron algunas palabras tensas, pero quedaron fuera del alcance del público. Feral se puso a la altura y luchó como un animal acorralado, pero al final sucumbió a la espada escarlata envuelta en cintas de tela.

Percival y Balkan se enfrentaron a continuación. Junto a la mandoble del mercenario, el estoque del espadachín parecía una aguja de hacer calceta. Las habituales tácticas de esquiva, parada y respuesta no pudieron parar el embate de la mole, y en menos que canta un gallo el enorme guerrero había partido el espadín de su rubio oponente, y Percival se rindió. Tenía demasiado frescos en la memoria los destinos de Shahin y, sobre todo, de Cathal MacAirt. Al menos Balkan había ido a partirle la espada y no la cabeza.

Edmund Carver, un alasiano alto y de poblado bigote, se enfrentó a Sir Lothar de la Runa, y al contrario de lo que ocurrió con Odalric y Konrad, aquí pasó lo que estaba previsto. El aspirante luchó valientemente. Luchó noblemente. Y cayó ante el caballero.

El siguiente combate debía enfrentar a Tarkathios con Alaea de Themis-Kar. El guerrero de brazo tatuado se estaba preparando en su rincón del campo de batalla cuando escuchó una voz atronadora a sus espaldas.

¡Kurathi!

Tarkathios se giró y vio a MacDubh desatando tranquilamente el nudo de paz de su espadón de las tierras altas. El emain de negra cabellera fue parco en palabras, pero estas fueron claras.

Tu. Yo. Ahora. 

Tarkathios miró de reojo a los guardias. Varios de ellos se acercaban a toda prisa, viendo que se avecinaban problemas. Elian el mago venía con ellos. Al kurathi no le daba ningún miedo enfrentarse a él, y menos fuera de la lona, donde podría usar todos sus dones libremente, pero estaba claro que las autoridades no iban a permitir derramamiento de sangre.

Vence a tus enemigos, y ya nos veremos en la lona.

Pero MacDhub hizo caso omiso, respondiendo:

En mi tierra, es el deber de todo hombre vengar a sus hermanos de armas. Ayudaré al espíritu de Cathal a viajar al Otro Mundo, o moriré intentándolo. 

Elian intervino entonces.

El último día, cuando el Torneo haya finalizado y se hayan coronado a los Campeones, habrá la oportunidad de presentar agravios y acusaciones ante el Barón. Si la corte decide que la acusación está fundada, podréis retar al acusado a un juicio por combate, y que los dioses den su favor a quien más lo merezca.

Que así sea -dijo el emain, empuñando de nuevo su hoja-. Nos vemos dentro de tres días. Intenta no morir hasta entonces.

Zanjado temporalmente el asunto, Tarkathios pudo volver su atención a la lona, donde Alaea aguardaba con expresión impaciente. Le miró con una mezcla de disgusto y exasperación.

Si habéis acabado de comparar espadas, es hora de que te enfrentes a alguien que sí sabe luchar. A una amazona.

Y con esas palabras empezó el duelo. Tarkathios fue rápido, pero no tanto como la guerrera, que saltó como una tigresa para acometerle con su lanza y apartarse casi al momento del alcance del espadón. Alaea inició su táctica de acoso constante, pero en su segundo salto el kurathi la estaba esperando, y le asestó un golpe brutal de lado que la dejó trastabillando. Aprovechando su momento de flaqueza, siguió presionando obligándola a pasar a la defensiva y le volvió a asestar un golpe con todas sus fuerzas, de nuevo sin reservarse nada. El segundo golpe estuvo a punto de tirar a la amazona al suelo, y se escuchó claramente el sonido de costillas rotas, pero Alaea logró ganar distancia aferrándose a duras penas a la consciencia, mientras proyectaba su lanza extendiendo su alcance al máximo de lo posible. La punta acolchada golpeó en el estómago a Tarkathios y con un resuello, el kurathi cayó al suelo derribado. Apoyándose en su lanza para permanecer en pie, Alaea fue declarada victoriosa y aclamada por el público, que parecía disfrutar con la ajustada derrota de Tarkathios.

Dos combatientes grandotes se enfrentaron a continuación. Gaul y Thaena se vieron las caras a continuación, cada uno armado con una hoja de gran tamaño. El semiorco fue más rápido y atacó a la korwyf con mesura, sin emplearse a fondo. No quería arriesgarse a otro accidente; aquello no era más que un juego, al fin y al cabo. Thaena sabía que su rival era más experimentado y mejor luchador, y si quería ganar no podía permitirse ese lujo. Las espadas chocaron y se entrecruzaron, su metálico estruendo resonó una, dos, tres veces, y cuando enmudeció, para sorpresa de todos los asistentes, Thaena seguía en pie y Gaul estaba en el suelo. Los aullidos de los apostadores fueron casi trágicos.

Otro combate enfrentó a dos figuras a las que el público consideraba pesos pesados del torneo. Por un lado estaba Eadric Tam, que se había ganado a los observadores con su maestría a la hora de pelear con su simple cayado. Por otro Rashid del Castillo de Belayne, el sûlita armado con cimitarras, tan silencioso que la mayoría creía que era mudo. Fue un duelo de tal velocidad que a la mayoría de asistentes les costó seguir los movimientos. El cayado parecía una barrera giratoria que no dejaba pasar nada mientras castigaba cualquier intento de aproximación, pero el sûlita parecía saber esquivar todos los golpes y pararlos cuando más le convenía, y evitaba cualquier intento del sarel por hacerle trastabillar o desarmarle. Finalmente, una de sus cimitarras logró dar de refilón a Tam, y unas gotas de sangre tiñeron la lona. Al instante, Rashid levantó los brazos y detuvo su ofensiva al ver que le había causado un corte a su rival, lo que le salvó de quedar descalificado. Al parecer, y tras examinar el arma uno de los jueces, una de las tiras se había cortado tras tantos golpes y había dejado al descubierto parte del filo. Tam quiso proseguir el combate, habiendo sufrido tan sólo un rasguño, y tras un segundo asalto logró desarmar a Rashid de una de sus armas, tras lo que el sûlita se rindió, concediendo la superioridad de su oponente.

Cuando le llegó el turno a Shelaiin a salir a la lona, se encontró con su rival, Samson Gylbard, alto, barbudo y corpulento. El hombretón sabía que no estaba a la altura de la severa guerrera elfa, y optó por intentar la misma táctica que le había resultado en la ronda anterior. Corrió hacia Shelaiin intentando usar su tamaño superior para embestirla y lanzarla fuera de la lona. Era justo lo que la elfa había esperado que hiciera. Se hizo a un lado con un paso calmado y le golpeó al pasar por su lado, noqueándole de un solo golpe.

El siguiente combate puso cara a cara a dos luchadores de lo más dispares. A un lado, Liotan, el monje de los Cinco Picos, venido de la lejana Teabril. Al otro, MacDubh con su espada de doble puño, llegado de las no menos remotas tierras altas de Dun Emain. El guerrero, ataviado con su kilt azul oscuro y blandiendo su claidheamh-mòr, no parecía sentirse cómodo atacando a alguien desarmado, a pesar de haber visto lo que el teabriano podía hacer. El emain tenía la ventaja del alcance, pero no le sirvió de nada contra el rápido monje. Ni un rasguño logró asestarle, antes de que el teabriano cambiara de postura, usando las manos como si fueran picos o aguijones. Golpeando con medida precisión en varias partes del cuerpo de su rival, Liotan dejó sin aliento a su rival, le golpeó ambos oídos a la vez dejándole conmocionado, y le remató con una patada giratoria en el plexo solar que le dejó fuera de combate.

Entonces le llegó el turno a Grugnir. El bajito enano entró con su daga y su escudo a la tarima de combate, donde le aguardaba Nelkur. El semiorco albino era enorme a su lado. Vestía tan solo unos pantalones de cuero, y luchaba a pecho descubierto, mostrando sus abultados músculos. Grugnir hizo lo posible por ignorar la amenaza que le había soltado el kanthiano la noche anterior, y cuando sonó la fanfarria, se adelantó hacia su rival con extrema rapidez. Golpeó a su rival con el pomo de la daga, y preparando su siguiente movimiento para fintarle una y otra vez como había hecho contra Kieran. Pero el semiorco era un torturador, entrenado para saber cuando alguien le estaba mintiendo, y su truco no funcionó. En el mismo momento en que le golpeó con la daga, Nelkur alargó la mano y la cerró alrededor del brazo del enano. Su férrea presa era como una tenaza de hierro, y Grugnir empezó a retorcerse de dolor al momento. Hizo lo que pudo para zafarse del semiorco, pero fue en vano. Nelkur le atrajo hacia sí y le agarró con ambos brazos en un torno tan imposible de abrir como los tentáculos de un kraken. Las costillas del enano crujían, al límite de la rotura, cuando el semiorco alzó a Grugnir en vilo, por encima de su cuerpo, y lo lanzó por los aires. El enano dio una voltereta en el aire para evitar dar con sus huesos en el suelo de mala manera, en el exterior del recinto de combate. Se dio la vuelta, frotándose el brazo estrujado, y vio que el semiorco le miraba satisfecho mientras le declaraban vencedor. En su mirada se veía un mensaje: “Podría haberte roto todos los huesos del cuerpo. Recuérdalo.”

[Edito: El jugador de Grugnir me ha recordado que tiró Acrobacias para caer de pie, así que no “dio con sus huesos en el suelo” ni “escupió polvo y barro”. ¡Que no se diga que mi mala memoria le quita glamour al personaje!]

Qain’naan combatió contra Will Kemp en el siguiente duelo. A pesar de la juventud e inexperiencia de su oponente, el enoquiano no se contuvo. Apreciaba su valentía y su espíritu de lucha, pero sabía donde se había metido. No le costó un gran esfuerzo despachar al muchacho y poner fin a su participación en el torneo.

El duodécimo duelo de la ronda enfrentó al guerrero kushita, Kuda, contra Alan de Plainwood, un recio hombre de Welkyn, uno de los que había viajado al sur para contratar mercenarios kanthianos para que defendieran su pueblo de las depredaciones de los kobolds cercanos. El alasiano no tuvo la menor posibilidad contra el hacha-lanza del guerrero de piel oscura, y no consiguió ni siquiera entrar a distancia cuerpo a cuerpo sin ser detenido de un contundente golpe. Al final, frustrado, Alan tiró la espada al suelo y se rindió, viendo que no había nada que hacer.

Ealgar y Beren se enfrentaron a continuación. Fue un combate de lo más igualado, en el que cualquier pequeño error podía costarle la victoria a cualquiera de los dos. Al final el sarathan logró imponerse sobre el escudero de sir Alister, y emergió de la lona triunfante.

Lomborth salió al encuentro de su rival, Aelfstan de Llanholm. El sarel de cabello rojizo era buen luchador, forjado en cien escaramuzas con los hombres del rey Laeren en su Sarland natal. En cambio, Lomborth era lento y oneroso, parapetado detrás de su escudo de madera y haciendo caer su grueso pico cada vez que su rival le daba oportunidad. Aelfstan golpeó a Lomborth una vez. Y otra. Y otra. Y una más. Y el enano no caía. El discípulo de Dumathoin encajaba un golpe tras otro sin arredrarse, y aunque no lograba contraatacar demasiado a menudo, cuando lograba acertar a su rival le hacía tambalearse. Aelfstan siguió atacando en un intento por hacer caer de una vez por todas a su oponente, pero fue en vano. Finalmente Lomborth logró darle un buen golpe en el costado y le plegó sobre sí mismo. El sarel se puso en pie a duras penas, admitiendo la derrota. ¡Es verdad que los enanos nacéis de la misma roca! ¡Y a fe mía que sois igual de duros!

El turno de otro enano llegó justo después. Tobruk combatió al misterioso Guardián de Ravengrim, Oren Vaymin. Antes de entrar, el gharadrim estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, meditando, con una expresión de intensa concentración en el rostro. De repente, abrió los ojos, y sin mediar palabra entró en el cuadrilátero. Cuando empezó el combate, éste se decantó de inmediato hacia Vaymin. El extraño guerrero parecía saber por donde iban a venir los golpes del enano antes siquiera de que empezara el movimiento, y de la misma manera su espada parecía apuntar certeramente a los lugares más desprotegidos de la anatomía de su rival. Pero Tobruk era muy duro, más duro incluso que Lomborth. Los golpes del humano apenas parecían hacerle mella, y no daba muestras de sentir ningún dolor. Durante un intercambio especialmente intenso, Tobruk tuvo una extraña sensación. De repente fue como si el tiempo se detuviera para todos excepto para ellos dos, como si la espada de su rival se moviera a la velocidad normal mientras el tiempo discurría más despacio para él. El filo cubierto de Oren se estrelló con una fuerza inmensa contra él, y por vez primera trastabilló del duro impacto. Aquello bastó para desencadenar la furia que el enano normalmente contenía. Con la ira asomando en su rostro, se lanzó de nuevo al ataque, redoblando su vigor y dándole una fuerza salida de la rabia. Pase lo que pase -dijo Vaymin-, ya has perdido. El iracundo enano hizo caso omiso, y al final su embate fue incontenible. Tobruk se hizo con la victoria, jadeando por el esfuerzo, pero en su mente seguían resonando las palabras de su rival.

Por último, Sir Alister se enfrentó a Rihat de Adad. El silencioso enoquiano blandía su larga alabarda y sabía aprovechar las ventajas que le daba. El caballero fue más rápido, pero aún así los reflejos de Rihat le concedieron el primer ataque gracias a su alcance superior. Sin embargo, enfundado en su coraza completa y cubierto tras su escudo, Sir Alister era un objetivo difícil, y el caballero demostró ser el mejor combatiente. Al acabar la lucha, Alister felicitó a su rival por el buen combate, y le dijo que su compañía estaba buscando hombres como él que quisieran poner sus armas al servicio de una buena causa. El enoquiano no respondió claramente, pero estaba claro que las palabras del caballero no habían caído en saco roto.

Así terminó la segunda ronda de duelos. El número de contendientes que seguían en liza disminuía cada vez más, y de la centena larga que se habían inscrito, sólo dieciseis habían demostrado ser los rivales más fuertes. Al día siguiente se celebrarían dos rondas, lo que obligaría a los participantes a reservar sus fuerzas e intentar ganar el primer combate sin recibir demasiados golpes. La cosa se ponía cuesta arriba, y los azares del sorteo habían dispuesto unos emparejamientos que prometían hacer saltar chispas en lona.

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