Crónicas de Alasia, Libro 2: (VII) Muchos Encuentros

Cosecha 23

El salón principal del Hacha y el Suspiro se había despejado de mesas y sillas, dejando un espacio vacío en el centro. Aquella tarde, después de la larga serie de combates de la mañana, estaba concebida como un festejo, y su espectáculo central era el desafío bárdico que estaba a punto de tener lugar. Era un concurso informal que se había montado semi-espontáneamente a instancias de Gorstan. Siendo los principales huéspedes del posadero quienes eran, no era extraño que muchos de los que se habían presentado salían de las filas de los aventureros. Las canciones ya llevaban un rato y el público estaba caldeado por las cervezas, la música y las risas cuando llegó el punto álgido del desafío. A la pareja formada por Adavia y Ponto el público les pidió una animada y rápida tonada local titulada “El Diablo Bajó a Durham”. Adà tocaba su laud mientras cantaba, y el mediano cantaba y bailaba subido a una mesa mientras un par de rápidos violines les acompañaban desde el público. El improbable dúo formado por Namat y Dworkin entonaron “El Poder de Tu Espada”, un épico himno guerrero a Valkar, el Padre de la Batalla. Assata y Flambard, el mediano que servía de heraldo a los Escudos de Piedra, recibieron el encargo de tocar una famosa canción de taberna, “Que los Dioses Bendigan a Charlie Mopps”, mientras que Percival y Allister, cantaron la “Balada de la Reina de Argylle”, ambos con más pasión que técnica. Los aplausos del público proclamaron como vencedores a Assata y Ponto, y ambos se enfrentaron en un último duelo musical a base de improvisaciones. Ambos fueron aplaudidos a rabiar, pero el mediano demostró ser el mejor bardo y fue coronado campeón por aclamación popular.

[Todas estas canciones estuvieron basadas en temas reales, que sonaron de fondo mientras jugábamos el desafío, claro.]

Después del jolgorio en la taberna, Sir Alister salió en dirección a la Casa Capitular de los Caballeros Protectores, pues tenía ciertos asuntos a discutir con su Lord Comandante. Se había comprometido a ayudar en la organización y supervisión del torneo, y tenía deberes que cumplir. Encontró a Sir Matthew reunido con Lord Belenor Selwyn, el senescal del Barón, y con el Capitán de la Guardia, Aldan Geraint. Los tres le recibieron y escucharon la información que les traía el gigantón. Acto seguido, le informaron de los informes que les habían llegado: Lady Marion había regresado a la ciudad acompañada de dos hombres de la ciudad. Los tres aseguraban que habían sido prisioneros de un destacamento kanthiano que ocupaba el pueblo de Durham. Aquello exigía una declaración por parte de los principales implicados, y Sir Mathew le pidió a Sir Alister que avisara a los dos rescatadores de la dama, y también al grupo que estuvo implicado en los hechos acaecidos en Durham. Se les esperaba al día siguiente tras la puerta del sol para intentar esclarecer los hechos.

El caballero transmitió su mensaje a Deornoth, y después fue en busca del rostro más conocido entre el otro grupo, la elfa Shelaiin. La encontró bajo el gran fresno, practicando sus movimientos de combate con su larga y curva espada élfica, totalmente concentrada. Alister había tomado una botella de aguamiel y un par de vasos, y esperó a que la elfa le viera para lanzarle un vaso en invitación. Shelaiin no hizo el menor gesto para cogerlo, y dejó que cayera al suelo sin inmutarse.

Me estás molestando.

Traigo una misiva para vos, y había esperado compartirla junto al contenido de esta botella. Pero no es mi intención importunaros. Mañana os esperan las autoridades, a vos y al resto de vuestra compañía. Hay un asunto que requiere vuestra presencia. Y ahora, no os molesto más, señora.

Y se marchó, dejando la botella sin abrir y a Shelaiin reanudando su rutina de entrenamiento sin una palabra más.

[Por si no resulta obvio, el Carisma de Shelaiin es menos que estelar.]

Por su parte, el compañero del caballero, Shahin ibn Shamal, también se dedicó a recorrer las calles al atardecer. Buscaba a alguien en concreto, y le encontró en la Jarra de Lowyr, bebiendo rodeado de un buen puñado de parroquianos. Gulbrand de Ulfberg estaba contando con grandes aspavientos y evidentes exageraciones sus hazañas en el norte, luchando contra trolls, gigantes y dragones. En el momento en que el sûlita se estaba acercando para unirse a su público, alguien del público demasiado cocido en alcohol tuvo la feliz idea de replicarle al korrman:

¿Sí? Pues bien que te venció una mujer en la lona. ¡Y menuda tunda te dio!

El berserker se levantó de su taburete de inmediato, con la ira nublándole la mirada y llevando la mano a su hacha, para el enorme susto de todos sus oyentes.

¡REPÍTELO SI ERES HOMBRE!

En ese momento Shahin se plantó a su lado e intervino para desactivar la situación. Con un comentario ingenioso llamó la atención de Gulbrand, y a continuación aplacó su ego herido apelando a las hazañas que había estado contando. El hombre del norte se dejó caer en el taburete y apuró su jarra de un trago, para enorme alivio de todos los presentes.

¡La gente de mi tierra es más educada, sureño! ¡Saben que no pueden insultar a un hombre sin arriesgarse a que les partan la cabeza!

Shahin se sentó con él y compartió unas jarras con el iracundo bárbaro del norte. Quería saber si tenía idea de quien podía haber organizado el ataque que había sufrido en las calles de Nueva Alasia. Gulbrand lo tenía claro: era culpa de aquella mujer cobarde, que temiendo enfrentarse a él limpiamente al día siguiente había pagado para que le mataran como a un perro. Shahin lo dudaba mucho. Probablemente se tratara de asuntos de corredores de apuestas, pero aún así, había algo que seguía sin gustarle en todo aquello.

Grugnir también salió a recorrer la ciudad por su cuenta, una vez llegada la noche. Hacía tiempo que sentía una gran curiosidad por aquel “Callejón de la Bota” que aparecía en uno de los anuncios del tablón del Hacha y el Suspiro, y que nunca había logrado encontrar. Todas sus pesquisas habían sido infructuosas, y la respuesta siempre era la misma: esa calle no existe. Pero los enanos son tenaces, y de nuevo se lanzó a investigar. Después de unas horas, seguía sin encontrar el dichoso callejón. Estaba seguro que era un lugar donde tenían lugar asociaciones ilícitas de algún tipo, de ahí tanto secretismo. ¿Un mercado negro, quizá? Al menos aquella noche había conseguido algo parecido a un indicio. Alguien había respondido a sus preguntas afirmando que, a veces, lo que no se ve a pie de calle se puede ver a ojo de águila. Estaba meditando en aquellas palabras mientras caminaba en dirección a la Jarra de Lowyr, cuando una voz femenina interrumpió sus cábalas:

Vaya, vaya, ¿a quien tenemos aquí?

[Obviamente, una excursioncilla como esa merecía una tirada en la tabla de encuentros urbanos…]

Grugnir miró a su alrededor y vio a la persona que había hablado, Jassia Evereld de Kanth. La atlética mujer estaba sentada sobre una de las cajas que cerraban la bocacalle. A su lado había otro de los kanthianos, un hombre enjuto con el cabello recogido en una cola de caballo, vestido con una túnica gris y con un pequeño libro sujeto al cinturón por varias correas de cuero.

El enano saltarín -siguió diciendo la kanthiana-. Creía que los enanos siempre ibais en grupo. ¿Cuantos sois, siete? ¿Trece?

Grugnir le siguió la corriente a la humana, mientras empezaba a analizar sus vías de escape. Fue entonces cuando comprobó que a sus espaldas se habían colocado los restantes miembros de la comitiva kanthiana, cerrándole el paso y dejándole rodeado. Nelkur hizo crujir sus nudillos, flanqueado por el arquero, Idrian, y el jinete Hederak.

Dicen por ahí que sois una compañía mercenaria. ¿Es verdad eso? Que os habéis dedicado a cobrar recompensas por la captura de bandidos y maleantes. ¿Sois lacayos del Barón? ¿O de verdad ponéis a la venta vuestros servicios? Porque si es así, quizá a no mucho tardar podamos hablar de negocios. 

Grugnir replicó escuetamente.

Si queréis contratar a los Escudos de Piedra, haced vuestra oferta. Sabéis donde encontrarnos.

Jassia asintió con la cabeza e hizo una señal a sus camaradas para que le abrieran paso al enano. Cuando Grugnir ya se estaba poniendo en marcha para irse a toda prisa, Idrian, el arquero, intervino.

No tan rápido. Todos los enanos me parecen iguales, pero creo que éste es tu siguiente rival en los combates, Nelkur. Le tenemos a nuestra merced. ¿Qué tal si te quitamos este estorbo de encima aquí y ahora?

El semiorco se volvió violentamente hacia el arquero y, aferrándole el cuello con su manaza le levantó en vilo mientras el hombre pataleaba inútilmente.

¿Acaso crees que necesito tu ayuda para acabar con ese mequetrefe? 

Y dicho esto le dejó caer al suelo mientras se volvía hacia Grugnir y le hacía un gesto pasándose el pulgar por el cuello como si fuera un cuchillo. El enano puso pies en polvorosa sin perder un segundo, contento de haber salido de aquella encerrona sin más consecuencias que aquella amenaza, pero con la sensación de que su sentencia tan solo se había aplazado hasta el día siguiente.

9 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (VII) Muchos Encuentros”

  1. El Nelkur este me recuerda a esos luchadores que boquean todo el rato sobre la paliza que le van a dar al rival y luego caen al primer asalto por exceso de confianza.

    Que no digo que le vaya a derrotar Grugnir, pero el que venza de los dos tendrá que enfrentarse a Liotan en el siguiente cruce, y eso ya veremos como acaba.

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  2. ¡Por cierto! Como esta es tu “siguiente” reseña de la campaña alasiana, aquí va mi apuesta sobre los campeones del torneo de duelos:
    – Vencedora Shelaiin Liadiir.
    – Finalista Sir Alister.
    – Semifinalistas Liotan de los Cinco Picos y Sir Faegyn Cynnwydd

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