Crónicas de Alasia, Libro 2: (V) El Corredor de los Audaces

Cosecha 22

Aquella tarde no había combates. La mayoría de guerreros que habían participado en la fase preliminar estaban o bien descansando y preparándose para los duelos del día siguiente, o recuperándose de los golpes y contusiones en las tiendas habilitadas para ello, al cuidado de sanadores, herbolarios y de los acólitos del padre Justin. Pero la ávida población de Nueva Alasia no se había quedado sin entretenimiento, pues los hombres del Barón por fin habían desvelado el Corredor de los Audaces, una gran estructura montada en la plaza principal y que había estado cubierta por lonas hasta entonces. Aquella era una prueba informal, diseñada para poner en prueba el valor, la destreza y la sangre fría de los participantes. Los mejores ingenieros de la ciudad habían trabajado en secreto en su creación, como lo atestiguaban las poleas, cadenas y engranajes que crujían y rechinaban al poner en marcha los múltiples mecanismos.

No eran muchos los que se habían presentado a intentar superar el Corredor de los Audaces, ya que para la mayoría se trataba más de un divertimento para la plebe que de una verdadera parte del torneo. Los Escudos de Piedra estaban allí, por supuesto. Grugnir, Tobruk y Sarthorn estaban dispuestos a enfrentarse a aquel pasadizo infernal. Assata y Quarion allí estaban también, una porque no participaba en los duelos y el elfo al haber sido ya eliminado. Sir Alister también estaba presente, así como Percival y Shelaiin. Los tres tendrían que luchar al día siguiente, pero eso no les había disuadido.

Tampoco había disuadido a otro de los luchadores que había superado la eliminatoria, Kieran de Stonehold. Era un apuesto duelista de aspecto elegante, vestido de negro de pies a cabeza, con una sonrisa deslumbrante que volvía locas a las féminas del público. Durante las eliminatorias había esgrimido su espada de duelo con una agilidad y precisión encomiables, ganándose la admiración del público al llevarse la mano izquierda a la espalda durante los combates para demostrar su clara superioridad. Otra de las participantes era una mujer mediana de cabello cobrizo, llamada Filippa, que formaba parte de la compañía de aventureros del guerrero Carsten. Y la última de las participantes no podía ser otra que Jassia Evereld, la kanthiana. Se le había escapado la victoria por muy poco en la gran Carrera, y ahora parecía dispuesta a darlo todo en el Corredor de los Audaces.

Y ciertamente, enfrentarse a ello no era tarea fácil. Construido como un pasadizo elevado de madera que iba de un extremo a otro de la plaza, estaba sembrado de obstáculos de aspecto intimidante a pesar de estar concebidos para no dañar seriamente a los participantes. La prueba consistía en llegar al otro lado en el menor tiempo posible, algo más fácil de decir que de hacer. El primer tramo estaba formado por una serie de estafermos que giraban a bastante velocidad a media altura, seguidos inmediatamente por otra serie de estafermos situados a ras del suelo. Justo después, una tercera rueda de estafermos giraba a ambas alturas a la vez, a velocidades distintas. Si uno llegaba a superarlos sin ser derribado (y por lo tanto eliminado), debía enfrentarse a unos péndulos oscilantes, seguidos por una zona de la que salían cuchillas y filos romos del suelo a intervalos aleatorios. Más allá una plataforma giraba a gran velocidad, obligando a mantener el equilibrio y calcular el mejor momento para saltar a través de un aro en llamas. Al otro lado, en la recta final, había un corto tramo en el que las paredes acolchadas se cerraban violentamente una contra la otra cada pocos segundos, tras lo cual por fin se encontraba la salida del Corredor.

[Esta prueba permitía el lucimiento de los personajes más ágiles y saltimbanquis, pero también permitía que otros personajes tuvieran posibilidades empleando algunas de sus otras virtudes. Cada uno de los tramos implicaba superar una tirada de salvación o de alguna habilidad para evitar el peligro, pero un uso opcional de una habilidad secundaria daba un bono si se superaba. Por ejemplo, evitar los péndulos requería una tirada de salvación por Reflejos contra CD 15, pero si se calculaba bien el momento (superando una tirada de Inteligencia CD 12) se ganaba un bono de +4. Los PJs podían optar por ir con cuidado, empleando un asalto por cada tramo y tirando a la dificultad normal, o ir a todo trapo e intentar superar dos tramos en un mismo asalto, lo que conllevaba un -4 a todas las tiradas. Sí, me gusta incluir elementos de gestión del riesgo.]

Quarion fue el primero en someterse al Corredor, y aunque el elfo demostró una considerable agilidad, no logró zafarse de las paredes aplastantes y cayó al suelo. Sir Alister tampoco logró llegar muy lejos, y ni Percival ni Assata lograron superar el Corredor. La mediana, Filippa, llevaba un buen recorrido, pero tampoco lo logró por muy poco. Cuando fue el turno de Grugnir, el enano entró en el Corredor como una exhalación y no vaciló ni un instante. Rodó bajo los primeros estafermos y saltó los segundos, colgándose de los terceros para ayudarse a superarlos. Esquivó los péndulos y rodó entre las cuchillas del suelo, saltando a través del aro y aprovechando el impulso para rodar hasta el exterior antes de que las paredes se cerraran sobre él. Había superado el Corredor de los Audaces en poco más de medio minuto de tiempo.

El público enloqueció, jaleando y coreando su nombre, pero enmudeció cuando unos minutos después, Sarthorn repitió su hazaña, logrando llegar al otro lado tan rápido como él. Siempre ojo avizor a las oportunidades comerciales, Grugnir dedicó un discurso a la multitud, postulando las incomparables capacidades de los Escudos de Piedra, una compañía mercenaria sin igual en todas las Tierras Reclamadas. Tobruk, por su parte, utilizó una táctica muy distinta, afrontando los obstáculos a la carga y resistiendo un  golpe tras otro, llegando hasta el otro lado sin ser derribado (aunque no tan rápido como sus dos camaradas). La mujer kanthiana, Jassia, parecía fría y contenida, pero la rabia y el odio se asomaban a sus ojos. Cuando subió al Corredor, logró hacer lo que muy pocos contendientes habían conseguido, y llegó hasta el otro lado sin ser tocada ni golpeada en ningún momento. Pero había sido incapaz de hacerlo tan rápidamente como los enanos. Sin decir palabra, la kanthiana se marchó con aire digno, reuniéndose con sus cuatro compañeros al otro lado de la plaza. Por su parte, Kieran de Stonehold declinó participar, asegurando que había esperado una prueba más digna y honrosa, y que se negaba a hacer el bufón para el divertimento del populacho. Se marchó del lugar entre las burlas de Grugnir, que imitaba con bastante talento el cloqueo de una gallinácea. El espadachín le dedicó una elegante reverencia quitándose el sombrero y se marchó sin más, buscando una salida rápida y lo más digna posible.

Los Escudos habían ganado la prueba del Corredor de los Audaces, pero el público no se conformó con un empate. Querían tener un nombre que gritar, así que Grugnir y Sarthorn volvieron a repetir su hazaña, y aquella vez Grugnir se declaró vencedor definitivo. Era la primera victoria real para los Escudos en el Torneo, pero los enanos estaban decididos a que no fuera la última.

La noche del segundo día llego, y Elian el mago regresaba al Hacha y al Suspiro junto a algunos de sus camaradas de aventuras. Tan sólo se había inscrito a los duelos arcanos, pero se había ofrecido a vigilar durante los duelos, para asegurarse que ninguno de los participantes hacía trampas mediante las artes mágicas, y memorizando conjuros de seguridad por si en algún momento la cosa se desmandaba. El sorteo para decidir los emparejamientos iniciales en los duelos acababan de concluir. Había sido un día agotador tras 32 batallas campales, pero al mago y a sus compañeros aún les deparaba algo más de trabajo.

Al pasar junto a la calle de las Especias, los compañeros escucharon gemidos, gritos y golpes, como si un pequeño tumulto hubiera estallado calleja adentro. Al acercarse corriendo, vieron que efectivamente se trataba de una pelea. Un hombre sólo se estaba enfrentando contra media docena, y varios cuerpos más yacían tirados en el suelo, vivos pero apenas conscientes. El hombre era Gulbrand de Ulfberg, el rubio korrman de ojos salvajes. El norteño parecía enloquecido, y repartía golpes como un animal salvaje mientras con su otra mano tironeaba violentamente del nudo de paz con el que por ley su hacha estaba atada en su funda. Sus oponentes parecían salidos de los peores barrios de Nueva Alasia. El bárbaro del norte levantó a uno por el cuello ante la mirada de los compañeros y gritando como un poseso le estrelló la cabeza contra la pared más cercana, dejándolo inconsciente al momento.

Los aventureros entraron en acción antes de que la cosa fuera a peor. Dworkin y Elian prepararon sendos conjuros de dormir, pero cayeron en la cuenta que probablemente acabarían durmiendo a las víctimas del salvaje en lugar de a él. Ogden, el extraño enano que se había unido al grupo tras hallarle en la posada faérica de la Rama Dorada, se abalanzó contra Gulbrand. No se sabía qué había vivido el enano antes de ser huesped de las hadas, ni qué le habían hecho estas, pero no era precisamente una persona estable. Afirmaba que detestaba la violencia y se negaba a luchar excepto para salvar la vida, pero cuando lo hacía parecía desatarse en él una furia asesina que no tenía nada que envidiar a la de Gulbrand. Se lanzó contra el norteño y le derribó, cosa que inmediatamente le convirtió en el blanco de las iras del descontrolado berserker. Mientras la cuadrilla de alasianos echaba a correr en todas direcciones, el grupo logró contener a Gulbrand el tiempo suficiente para que Shelaiin se plantara ante él y le conminara a calmarse de una maldita vez. El korrman respiró pesadamente, y finalmente se calmó, aunque seguía de un tremendo mal humor. Se sacudió al enano y ante las incriminaciones del grupo, respondió:

¿Es que aquí un hombre no puede defenderse cuando una cuadrilla de ratas se le echa encima sin motivo? ¡Panda de cobardes! ¡Han hecho bien en huir, o su sangre habría regado los malditos pedruscos de esta calle! ¡Temen enfrentarse a mí en la lona, así que han decidido intentarlo en las calles! ¡Bien, pues ya me habéis encontrado!

Elian le respondió, diciendo que por supuesto tenía derecho a defenderse, pero que era el anfitrión del Barón Stephan y debía acatar sus leyes. El mago le advirtió que no toleraría que derramara sangre en la ciudad y que controlara su ira, o no dudaría en reducirle con su magia. Gulbrand, que ya se estaba marchando airadamente, se dio la vuelta en ese instante.

Si intentas hacerme presa de tus brujerías, mago, te partiré en dos como a un junco. ¡Con leyes o sin ellas!

Con la llegada de todos aquellos guerreros, caballeros y amazonas, la ciudad se estaba convirtiendo en un enorme montón de leña seca, preparada para prender a la menor chispa. Eso mismo descubrió Adavia Morthelius aquella misma noche. La nigromante enoquiana no se había implicado en absoluto en el Torneo. Quizá sus pensamientos todavía los ocupaba el Amuleto de Kishad, ahora oculto en las mazmorras del Castillo de Roca Blanca, o quizá era por las oscuras profecías de las que el maestro Rahab le había hecho partícipe. Fuera como fuera, aquella noche se encontraba recorriendo los callejones cercanos a las posadas y las tabernas, en busca de mendigos y borrachos dormidos. A pesar del juramento que había recitado ante sus maestros Dra’gashi de respetar y mantener el equilibrio del Eterno Ciclo del Seràh, Adavia seguía practicando ciertos… hábitos.

La Dra’gashi vestida de negro estaba recortando con discreción algunos pelos de la barba de uno de los hombres que roncaba sobre un gran barril, cuando escuchó una voz firme y severa a sus espaldas.

Bruja.

La enoquiana de cabello plateado se volvió, intrigada. Tras ella, cortándole el paso en el callejón, había un caballero enfundado en una coraza roja de la cabeza a los pies. Una capa negra colgaba a sus espaldas, y una larga espada de funda rojiza lo hacía en su cinto. Llevaba su yelmo rojo bajo el brazo, y su cabeza estaba cubierta por una cofia de mallas, dejando ver su rostro joven de ojos duros.

Sé lo que eres -siguió el hombre-. He venido a decirte que pienso acabar contigo.

Adavia contuvo la tentación de mirar a su alrededor. Sabía que ninguno de sus camaradas Portadores estaba cerca para ayudarla.

¿Por qué razón decís eso? Vos y yo no nos conocemos de nada.

El caballero siguió hablando, haciendo caso omiso.

Ya me dirigía a esta ciudad cuando oí hablar del torneo. Venía a advertir a vuestro Barón, pero veo que he llegado tarde. Ha permitido que esta ciudad se convierta en un nido de brujos, hechiceros y monstruos. Tolera que os paséeis por sus calles, realizando vuestras sucias obras y mancillando esta tierra con el hedor demoníaco que desprendéis. No lo consentiré. Ganaré ese torneo, y vuestro Barón tendrá que escucharme. Aún está a tiempo de salvar esta ciudad del mal. Pero pase lo que pase, gane o pierda, esto lo juro por mi espada. Te encontraré, Adavia de Enoch, y pondré fin a tu inmunda vida.

Os deseo suerte en vuestro intento, caballero rojo -respondió Adà, intentando no tragar saliva demasiado fuerte.

Aunque sea lo último que haga en esta vida, Sir Faegyn Cynwydd librará al mundo de tu inmunda presencia. Pueden poner eso en tu epitafio, bruja.

Y dicho esto, el Caballero Escarlata se dio la vuelta, dejando atrás a una Adavia sorprendida, perturbada y muy, muy inquieta.

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