Crónicas de Alasia, Libro 2: (IV) Nuevos Contrincantes

Cosecha 21

El gran salón del Hacha y el Suspiro estaba más abarrotado que nunca. El lugar, hogar de aventureros y buscadores de fortuna, estaba ocupado por completo, y en los salones de Gorstan se cantaba, se comía, y sobre todo, se bebía. Allí se reunieron los Escudos de Piedra tras la siniestra advertencia de Jack Morden. A su llegada, fueron varios de los parroquianos los que retaron a cualquiera de los presentes a aguantar más que un enano trasegando el licor más fuerte de las bodegas de Gorstan, y los Escudos aceptaron el desafío de buena gana. El posadero abrió una barrica del fuerte Uisge-Beatha del Dun y muchos de los presentes empezaron a beber por turnos, trasegando una jarra de peltre tras otra. En cuanto uno de los bebedores no lograba dejar la jarra en el taburete central sin que se le cayera al suelo, quedaba eliminado. 

[Teníamos reglas para ello, sacadas del suplemento que mencioné en entradas anteriores. Básicamente, cada tipo de bebida alcohólica tiene una potencia, que se va sumando según vas bebiendo. La puntuación de Constitución marca una serie de umbrales que, al superarlos, van agravando el estado del PJ. Los enanos, además, tenían una ventaja inherente, pues su bono de salvación contra los venenos funciona también con los licores, aumentando su Constitución efectiva ya de por sí superior a la humana.]

El primero en caer fue Dworkin, cuyo pequeño tamaño (y por tanto mayor vulnerabilidad al licor) no le había impedido apuntarse. A la tercera jarra del potente brebaje el gnomo cayó redondo, sujetado por un previsor Gaul, que le cargó a hombros y le llevó a dormir la mona. Quarion, nunca dispuesto a ser el blanco de las bromas de la cuadrilla de enanos,  participaba también, pero el elfo no pudo mantener el ritmo de los enanos, que estaban ingiriendo cantidades verdaderamente colosales de alcohol. El único miembro de otra raza que seguía bebiendo cuando todos los demás ya estaban demasiado ebrios para sostenerse en pie era Beren. El Sarathan sorprendió a propios y extraños demostrando un higado de acero inoxidable, y seguía aguantando incluso tras ocho jarras seguidas, y después que Tobruk y Sarthorn ya hubieran dejado caer su jarra entre balbuceos e incoherencias en lengua enana. Sólo dos participantes seguían aguantando cuando la barrica de Gorstan ya empezaba a llegar al fondo: Lomborth y Beren. Ambos apuraron sus jarras una vez más, tambaleándose en sus taburetes y con la multitud jaleando, golpeando las mesas y entonando cánticos animando a uno u a otro. Ambos eran incapaces ya de comunicarse con el menor sentido, e incluso ponerse en pie era un reto imposible. Después de tan portentosas tragaderas, no estaba claro que fueran capaces de beber una jarra más sin caer en un profundo sopor etílico. Lomborth dejó la jarra en el taburete central… o al menos lo intentó. Aunque en un primer amago casi falla el taburete por diez pulgadas, logró sujetarse con una mano y soltar la jarra sin tirarla. Beren, al límite de la inconsciencia, dejó la jarra y la tumbó con un dedo, declarándose vencido.

El Hacha y el Suspiro estalló en aplausos… ¡Un hombre había estado a punto de ganar a todos los enanos en un concurso de bebida! ¡Aquella era toda una hazaña! Y el nombre de Lomborth Barbazul fue coreado como el de un héroe legendario. La música y los festejos se prolongaron muchas horas más en los salones de la gran posada, aunque no para los ebrios participantes, que se retiraron -más bien fueron retirados- para que durmieran las tremendas borracheras. El primer día del torneo había concluido, una jornada alegre y festiva que había transcurrido mejor de lo que nadie había podido imaginar. Pero ninguno de los juerguistas había tenido en cuenta que durante la mañana siguiente se celebraban los preliminares de las peleas cuerpo a cuerpo. El día siguiente muchos de ellos se enfrentarían entre ellos en las batallas campales que decidirían qué guerreros tenían la valía suficiente para combatir en los duelos personales. Y lo harían con la resaca más épica que se había dado jamás en la historia de Nueva Alasia.

Cosecha 22

A media mañana, los alrededores de los campos de batalla que se habían instalado en los Campos de Dorvannen estaban abarrotados de público. El gentío se agolpaba alrededor de los ocho cuadrados de tela blanca, de quince por quince metros y delimitados por cuerdas atadas a estacas, que servirían de escenario de uno de los eventos más esperados por la plebe: los combates cuerpo a cuerpo. Los combates se librarían con armas romas o envueltas en tela, para reducir los riesgos, y la tela blanca serviría para revelar la sangre derramada. Más de un centenar de luchadores se había inscrito, algunos para demostrar su valía y conseguir un buen empleo en la guardia o como mercenarios, otros por afán de competición, algunos creyéndose con posibilidades de ganar el premio, y otros más llevados por motivos más opacos. La primera ronda de combates consistiría en ocho melées, ocho batallas campales en las que dieciséis contendientes se enfrentarían en un todos contra todos hasta reducir su número a la mitad. Los últimos ocho en permanecer en pie pasarían a la segunda ronda, donde los combates ya serían singulares, uno contra uno.

A pesar del gran número de participantes, algunos llamaban la atención especialmente, y destacaban sobre el resto. En su mayoría eran extranjeros, llegados a Nueva Alasia para el gran torneo. El primero de ellos había sido fruto de habladurías desde que llegara a la ciudad. Era un guerrero enorme, ancho de hombros como un armario de siete puertas, de barba negra como la tez y pobladas cejas, con un aro en la oreja izquierda y la nariz rota. Había llegado envuelto en una armadura de malla y placas bastante usada, y colgando de su silla de montar llevaba un escudo rojo con el emblema de un águila negra. Le llamaban Balkan el Fuerte, y se decía que había entrado a Nueva Alasia por la puerta norte desde el Camino del Torreón, que daba a las Tierras Perdidas, donde la civilzación desaparecía por completo. Al parecer, había venido a traer una misiva al Barón Stephan, cosa que haría al finalizar el Torneo.

Odalric de Orm era un gentilhombre ardenio de noble alcurnia, que afirmaba ser pariente del rey Alexander de Castlemere. Sus modales corteses, su aspecto impecable y la calidad de su panoplia parecían dar crédito a sus afirmaciones. En las antípodas del ardenio se encontraba Nelkur de Kanth. El semiorco albino de calva cabeza era miembro de la delegación de Koran Kharr, y flexionaba sus poderosos músculos en cruel anticipación. Deornoth y Percival le reconocieron sin duda alguna; era el torturador que había prometido romperle a Deornoth todos los huesos del cuerpo. Otro luchador de aspecto salvaje era un korrman, Gulbrand de Ulfberg. El rubio norteño empuñaba un hacha enorme de doble filo, un arma que parecía tan peligrosa y poco fiable como él mismo. Y otro guerrero que había dado de qué hablar desde su llegada era Sir Faegyn Cynwydd, el Caballero Escarlata. Había llegado a Nueva Alasia sólo, montado en su caballo de guerra, sin escudero ni séquito, enfundado en su coraza esmaltada por completo y su capa negra, y se había instalado en una tienda en las afueras, evitando las tabernas y posadas de intramuros.

Otros participantes no tenían un aspecto tan peligroso. Un sarel vestido en armadura ligera, Eadric Tam, parecía dispuesto a participar armado con un simple cayado, y nadie apostaba un lobo de cobre por él. Un guardia de caravana conocido como Able Konrad parecía sólo marginalmente mejor entrenado que la caterva de campesinos que se habían lanzado a participar por la pequeña oportunidad de una vida mejor. También había una muchacha joven y menuda, de largo cabello negro y piel blanca y tersa. Era conocida en la ciudad: Alida Crawford, la hija y heredera de Sir Inghram Crawford, señor del caserío más alejado de la ciudad de cuantos aún perduraban. La joven no llegaba a los dieciocho inviernos, y aunque sus movimientos parecían demostrar entrenamiento marcial, se la veía pequeña y frágil entre tantos rudos hombretones. Y también había un enano, recién llegado a la ciudad, el enano más anciano que ninguno de los presentes había visto en su vida, incluídos los Escudos de Piedra. Era Brimmir, hijo de Thrimmir, y el hacha de guerra enana que llevaba al cinto parecía tan vieja y ajada como él mismo. Al viejo enano parecían dolerle todas las articulaciones, y rezongaba con cada paso, maldiciendo en su lengua sus desgastadas rodillas.

Otros contendientes eran ya conocidos por los aventureros, en mayor o menor medida. Sir Lothar de la Runa era uno de los Caballeros Protectores de la ciudad, así conocido por la runa que aparecía en su escudo de armas. Sir Lothar había sido elegido para representar a la ciudad en los combates y las justas. Otro de ellos era Deinal Hanvar, el guerrero carellio que había estado prometido con Lady Marion de Leaford. El  joven se mostraba hosco y ceñudo, y parecía ansioso por entrar en la lona. Otro de los conocidos era Will Kemp. Recuperado de su mala caída durante la carrera, el impetuoso muchacho no se había amilanado en absoluto, y estaba dispuesto a emular a su ídolo, Tobruk, y demostrar de qué pasta estaba hecho.

Y algunos participantes se habían dado ya a conocer en pruebas anteriores. Entre ellos se encontraban el monje teabriano, Liotan de los Cinco Picos, y Oren Vaymin, el Guardián de Ravengrim. El sûlita Rashid de Belayne también se había presentado, con sus cimitarras gemelas enfundadas a su espalda. Alaea de Themis-Kar se apoyaba en su lanza larga esperando con rostro inescrutable su turno en el sorteo, como lo hacían Feral el Lobo y su compañero de armas, el alto guerrero kushita llamado Kuda. Y algunos miembros del grupo de aventureros liderado por el guerrero Carsten también se habían inscrito, entre ellos el propio Carsten y el elfo de cabellos plateados, Elladin  Silvercrest.

Finalmente se realizó el sorteo, y los 128 participantes fueron divididos en ocho grupos. En el primero se encontraban Sir Alister, Grugnir, Lomborth y Percival (quien había tenido que regatear para poder trocar el sable kanthiano con el que había huido de Durham por un estoque más de su estilo). En el mismo grupo se encontraban Alida Crawford, Deinal Hanvar y Kuda. A Tarkathios le tocó compartir lona con contrincantes aparentemente poco experimentados, como Will Kemp y Able Konrad. Qain compartió grupo con Odalric de Orm, Sir Faegyn y el elfo Elladin. Thaena, Beren y Shahin acabaron en el cuarto grupo, junto a Brimmir, Oren Vaymin y Feral el Lobo. Quarion, Ealgar y Gaul se vieron en la lona junto a Balkan el Fuerte y Eadric Tam, mientras que Shelaiin y Tobruk acabaron en el octavo grupo, junto a Alaea de Themis-Kar y un sacerdote korrman de Authrym el Tuerto, llamado Gunnar Un-Ojo [un PJ que no había tenido ocasión de estrenarse hasta ahora].

[Para agilizar y no eternizar la escena, la ronda de eliminatorias la jugamos mediante un sistema abstracto que condensaba todo teniendo en cuenta las decisiones tácticas empleadas, los rivales potentes dentro del mismo grupo y las capacidades de cada PJ, con una tirada final decidiendo el éxito o fracaso de cada uno.]

Las eliminatorias fueron acontecimientos vistosos y espectaculares, pero depararon pocas sorpresas. Diseñadas para separar el grano de la paja, pocos fueron los luchadores curtidos que cayeron eliminados. De entre los aventureros, tan sólo Quarion (aún resacoso a pesar del brebaje reconstituyente que Gorstan les vendió por la mañana) quedó fuera del torneo, al verse el arquero superado por un grupo de enemigos que decidieron unir fuerzas contra él. El resto de contendientes pareció optar por ir a lo seguro, y no enfrentarse a rivales duros en esta fase, con lo que prácticamente se garantizaban el paso a los duelos singulares.

Pero sí sirvieron para que tanto el público como los participantes vieran en acción a los otros luchadores, y se empezaran a abrir listas de apuestas. El público inmediatamente dio como favorito a Balkan el Fuerte: su gran espadón rompía huesos a doquier incluso envuelto en telas, y parecía un coloso imparable en combate. Eadric Tam fue la gran sorpresa del día, revelando que su simple cayado en sus manos era un arma rápida y certera que dominaba a la perfección. Liotan y Nelkur lucharon a manos desnudas, el primero haciendo gala de extrañas pero efectivas posturas en combate y pasando de la defensa a la ofensa en un abrir y cerrar de ojos, y el segundo aferrando a sus rivales e inmobilizándoles en una presa férrea como la de un kraken. Los ojos también estaban puestos en Shelaiin, no en vano además de ser la hija del Ithandir, había ganado el concurso de arquería, y la gente se moría por ver en acción a los Escudos de Piedra, quienes habían ganado no poca reputación al capturar con vida a Vorlak el Mestizo y desterrar al mago Gerbal.

Con las eliminatorias superadas, los aventureros y el resto de contrincantes se retiraron a reponer las fuerzas en el banquete. Si habían esperado encontrar rivales fáciles de derrotar, habían sufrido un rudo despertar. Entre los luchadores había auténticos veteranos y verdaderos expertos en las artes del combate. Superar la siguiente ronda sería todo un reto, y llegar a la final una auténtica proeza. Y mientras servían los humeantes platos de rica carne asada, los Escudos de Piedra contemplaban con suspicacia a sus rivales, con las palabras de Morden retumbando en sus oídos, y preguntándose no por primera vez cual de ellos no era lo que aparentaba. Tenían la sospecha que a no mucho tardar la sangre teñiría no sólo las blancas telas sino también las adoquinadas calles de Nueva Alasia. El tiempo no haría más que darles la razón.

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