Crónicas de Alasia, Libro 2: (I) El Torneo de Roca Blanca

Nunca en la breve historia de nuestra ciudad se habían escuchado tantos acentos distintos, se habían estrechado tantas manos de distinto color, se habían visto tantos escudos de armas distintos. El Torneo de Roca Blanca había atraído a gentes muy diversas, de uno y otro confín, y había situado en el mapa a Nueva Alasia. La joven, frágil y asediada Nueva Alasia…

Korybos de Thyanna, El Libro de las Tierras Perdidas

Cosecha 21

El gran día había llegado. La ciudad de Nueva Alasia era un auténtico hervidero de actividad, sus calles atestadas de gente. La convocatoria del gran torneo había sido un éxito más allá de lo que nadie habría podido concebir en un rincón tan apartado del mundo como la Baronía de Alasia. En consecuencia, los campos y prados que rodeaban la ciudad se habían convertido en un mar de color, sembrados de las tiendas y pabellones de aquellos forasteros que no habían podido o querido alojarse en las abarrotadas posadas y hostales. La nobleza de las Tierras Reclamadas ya había sido invitada previamente a la boda de la joven lady Cressida Ashdown, y la celebración del torneo no había hecho si no llamar a multitud de viajeros, aventureros, mercenarios y buscadores de fortuna, dispuestos a hacerse un nombre o exhibir su habilidad ante el público. La excitación era tal que el persistente rumor de que un dragón rojo había sido avistado sobrevolando los cielos de Alasia había quedado en un lejano segundo plano.

Por doquier los heraldos pregonaban los eventos en los que consistirían los festejos, que durarían una semana entera, y para quienes supieran leer, los carteles en todas las esquinas describían la programación del torneo:

El Torneo de Roca Blanca

Día 1: Bienvenida y Discurso Inaugural. Concurso de Arquería. La Carrera de Cathalien.

Día 2: Melée: Combates en Masa. El Corredor de los Audaces. 

Día 3: Primera Ronda de Duelos. Desafío Bárdico.

Día 4: Segunda Ronda de Duelos. Forcejeo Arcano.

Día 5: Tercera y Cuarta Ronda de Duelos. Justa por Puntuación.

Día 6: Quinta Ronda de Duelos y Combate Final. Justa por Desafío.

Día 7: Celebración y Coronación de los Campeones.

Los Campos de Dorvannen, justo al este de la ciudad, era donde se habían instalado las lizas para las justas y las lonas para los combates cuerpo a cuerpo, así como los serones para el concurso de arquería. También se había establecido un largo circuito que rodeaba la ciudad por completo desde el exterior, que correspondía a la Carrera de Cathalien que el Barón Stephan en persona había ideado. Multitud de puestos, tenderetes y chiringuitos ofrecían a los paseantes todo tipo de bebidas, comida y juegos de azar, y en muchos de ellos se empezaba a hablar de apuestas y favoritos. Muchos eran quienes creían que los Escudos de Piedra se alzarían con la victoria en bastantes de los desafíos; al fin y al cabo, esos enanos habían capturado a Vorlak el Mestizo y expulsado al mago Gerbal de las ruinas del castillo de Redoran. Otros hablaban del caballero que había propuesto el torneo al Barón, Sir Alister Norff, y sus extraños compañeros, que iban y venían a menudo por las Tierras Reclamadas enfrascados en sus misteriosos asuntos. También se escuchaba el nombre de Shelaiin Liadiir, la hija del Ithandir Sovieliss, el maestro de armas de Nueva Alasia, y el mago Elian Arroway, hermano del difunto paladín Norben. En las mesas donde los escribas anotaban los nombres de los participantes había largas colas, formadas por gente de lo más variopinto, provenientes de todos los rincones de Valorea.

[Para diseñar las pruebas y eventos del torneo, así como los diversos juegos y concursos  populares a los que los personajes se podían apuntar libremente, exprimí un suplemento que me fue de gran utilidad, Tournaments, Fairs and Taverns, de EN Publishing. Me gustó especialmente su sistema para resolver competiciones de una manera no binaria, que no redujera un pulso o una partida de cartas simplemente a la tirada más alta, sino que plasmara ese tira y afloja constante. 

También expliqué a los jugadores que sus personajes contaban con una ventaja sobre los forasteros recién llegados a la ciudad: ellos llevaban tiempo activos en el lugar y empezaban a ser conocidos por los lugareños. Mecánicamente, por cada 5 puntos de Fama que un PJ hubiera acumulado, ganaba una repetición de una tirada de dado (ya fuera propia o del rival), usable en cualquier momento del torneo. Eso simulaba el favor y el ánimo del público, y les daba una recompensa tangible por la Fama ganada en aventuras anteriores. También les daba más incentivos para intentar ganar Fama durante el propio torneo, por la posibilidad de conseguir otra repetición, e introducía un elemento de gestión a la hora de administrarse ese recurso. No tardamos mucho en comprobar que esa mecánica dio mucho juego y cancha a los PJs, como protagonistas que son.]

Pronto sonaron las cornetas dando el primer aviso, y la muchedumbre se agolpó ante los palcos desde los cuales el Barón y su corte presidían los festejos. Cuando volvieron a sonar las fanfarrias [al sonido de este tema en la mesa de juego], el Barón Stephan se levantó de su trono con un esfuerzo visible debido a su pierna mala, y proclamó su discurso inaugural, proyectando la voz con la práctica del que ha arengado a tropas toda una vida:

¡Ciudadanos de Alasia, bienamado pueblo, visitantes que nos honráis con vuestra presencia! ¡Hoy es un gran día! ¡Un día que os debía desde hace mucho tiempo! ¡Un día para demostrar que nuestra vida no puede limitarse a luchar por la supervivencia! ¡Desde este palco les doy las gracias a los valientes que me recordaron eso! ¡Hoy empieza una semana de celebración y festejo, como esta ciudad no ha visto en su corta historia! ¡Hagamos todos que sea una ocasión para la posteridad! ¡QUE EMPIECE EL GRAN TORNEO DE ROCA BLANCA!

La multitud estalló en vítores y aplausos mientras los pensamientos se agolpaban en la mente de algunos de los espectadores. Shelaiin tenía la vista fija en el palco, donde sabía que se encontraba su padre, el Ithandir. Sabía que no perdería detalle de su actuación, y había llegado el momento de demostrarle de una vez por todas quien era su hija. Sir Alister también miraba al palco, donde también se encontraba Sir Mathew Corven, el Lord Comandante de los Caballeros Protectores. El enorme caballero se sentía orgulloso de lo que había ayudado a crear, y se preguntaba si saldría del torneo con la ansiada capa roja sobre los hombros. Grugnir miraba a su alrededor, al gentío, pensando que era la oportunidad perfecta para que todo el mundo viera con sus propios ojos los talentos de los Escudos de Piedra, lo que sin duda aumentaría considerablemente el precio de sus servicios como mercenarios. Era imposible saber lo que pasaba por la mente de Adavia Morthelius, pero la mirada se le escapaba de vez en cuando al Castillo de Roca Blanca, en cuyas mazmorras se custodiaba el oscuro y peligroso objeto de su misión. Y Gaul miraba al cielo, intentando calcular cuanto tardaría la siguiente luna llena en asomarse. No había deseado permanecer en la ciudad para tales pérdidas de tiempo, pero era consciente de que adentrarse sólo en Wilwood era poco menos que un suicidio.

Por su parte, Deornoth contemplaba todo sin poder olvidar su reciente ordalía. Habían llegado el día anterior a las puertas de Nueva Alasia, tras detenerse en Lindar para informar de la pérdida de la pobre Brenna. En la ciudad les habían llevado al Cuartel de la Guardia, donde habían informado al Capitán Geraint de la presencia de los kanthianos y del trato recibido por ellos. Allí habían recibido cuidados y curas por parte del Padre Justin y sus acólitos, y se habían despedido de lady Marion. La joven fue llevada ante su padre, Sir Bannon, que se encontraba en la ciudad con motivo de los festejos, y desde entonces ni él ni Percival la habían vuelto a ver. A ambos se les dijo que no abandonaran la ciudad, ya que aunque el Barón estaba muy ocupado con los preparativos del torneo, recibiendo a dignatarios y embajadores y demás, tarde o temprano deberían informar con detalle a la corte de todo lo sucedido. Mientras tanto eran libres para actuar como quisieran. Deornoth no se inscribió a los combates y las justas, pelear por placer no le causaba diversión y la amenaza kanthiana pesaba demasiado sobre él; sin embargo sí se inscribió al concurso de arquería, ya que era una oportunidad para practicar ese arte sin que fuera en contra de los preceptos de honor que seguía como paladín de Gardron. Percival, en cambio, parecía deseoso de acción y de actividad tras su encierro, tortura y sus dos ejecuciones abortadas. Cambió el sable kanthiano que se había llevado tras su huida por un florete más de su estilo; ahora era prácticamente su única posesión.

La muchedumbre empezó a desplazarse como un único organismo multicelular, todos en la misma dirección: el prado donde se habían colocado los serones para el concurso de arqueros. Al llegar al lugar, Lomborth escudriñó con la mirada a todos los participantes, que ya estaban tensando sus arcos o eligiendo alguno de los que se ofrecía a quienes no poseían uno propio. Eran un grupo de lo más variopinto, pero el enano sabía, más allá de toda duda, que uno de ellos no era quien decía ser. Uno de ellos, oculto bajo un buen disfraz, era su amigo, Jack Morden, el proscrito más buscado de las Tierras Reclamadas. El sabio discípulo de Dumathoin tuvo entonces la intuición de que muchas cosas iban a ocurrir durante aquellos siete días de torneo. Y estando en Alasia, sólo había una seguridad: no todas serían buenas.

Ilustración de Paolo Puggioni

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4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (I) El Torneo de Roca Blanca”

    1. La verdad es que yo también apostaría por los Escudos de Piedra, aunque parece que hay pruebas en las que pueden brillar mucho más que en otras.

      En cualquier caso va a ser curioso el desenlace del torneo.

      Le gusta a 2 personas

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