Crónicas de Alasia, Libro 2: Prólogo

El tiempo se había convertido en un borrón confuso, largos períodos de inconsciencia alternados con una sucesión de dolor, preguntas y más dolor. Los días y las noches se entremezclaban, y al mirar entre los ojos amoratados apenas era posible distinguir cual era cual. En algunos momentos de agónica lucidez incluso recordaba como se llamaba. Deornoth… Él era Deornoth. 

Y cuando su nombre volvía a él, también lo hacía la consciencia de su fracaso. Habían sido capturados por los esclavistas kanthianos. Su temerario intento de rescate había estado a punto de tener éxito, pero su pequeña partida de incursores había sido incapaz de tomar la atalaya defendida por los arqueros. La vital información que poseían sobre la presencia kanthiana en las tierras de Alasia jamás había llegado a oídos del Barón, y aquellos perros sureños seguían con sus planes de defender y fortificar el abandonado pueblo de Durham. Y era culpa suya.

Habían decidido, él y el pobre Percival, emprender un loco intento de rescate. No sólo habían arriesgado sus propias vidas, sino que habían convencido a Brenna de Lindar para que les guiara hasta allí, a pesar de la desaprobación manifiesta de su tío, Brinden, el alcalde del pueblo de cazadores y monteros. Y ahora…

Deornoth no había vuelto a ver a Brenna desde su captura, ignoraba por completo cual había sido su destino. No así el de Percival. Tenían al joven espadachín encerrado en algún otro lugar, y desde la jaula de madera que compartía Deornoth con una docena de esclavos le había visto como le devolvían a rastras a donde le tuvieran metido después de otra sesión más de “caricias y preguntas”. Al menos seguía vivo, y aunque magullado y apaleado por los cuatro costados, no parecía faltarle nada importante… aún.

Porque los kanthianos querían saber, y no se detendrían hasta obtener lo que buscaban.  Primero estuvieron un tiempo ablandándoles a base de palizas, tenazas y hierros candentes, para que se les pasaran las ganas de inventar mentiras. Las preguntas llegaron después, y eran siempre las mismas. ¿Quién os envía? ¿Cuales eran vuestros objetivos? ¿Donde está el resto de vuestros hombres? Y vuelta a empezar. Al parecer, creían que formaban parte de un pequeño destacamento enviado por las autoridades alasianas para realizar operaciones encubiertas hostiles. Si acababan convencidos del todo, quizá Percival y Deornoth acabaran de iniciar una guerra.

El paladín sabía que no iban a salir con vida de allí. Los líderes-mercaderes del campamento kanthiano habían dejado muy claro a sus hombres que les querían con vida hasta que uno de los dos hablara. Pero había maneras de hacer sufrir a un hombre sin causarle daños permanentes, y ellos dos habían matado a amigos y compañeros de sus captores. No les bastaba con intentar romperles, querían venganza. Y en cualquier momento a alguno se le iría la mano.

Los rostros de los soldados kanthianos iban cubiertos por velos sujetos a sus intimidantes cascos, pero en los momentos en los que era capaz de concentrarse a pesar de la agonía, Deornoth miraba no a los rostros de aquellos hombres sino al interior de sus almas. La mayoría parecían mezquinos y ruines, pero ninguno de ellos poseía la clase de oscuridad absoluta en el alma que el dios de Deornoth le permitía percibir. Aunque muchos de ellos disfrutaban bastante con las torturas y castigos, la mayoría hacían simplemente lo que se les mandaba. Los tres mercaderes que les comandaban, sin embargo… aquellos sí eran hombres condenados a ojos de Gardron. Su corazón estaba podrido por el mal.

Un alboroto rompió la duermevela de Deornoth. Su jaula se encontraba junto a varias más al borde de la antigua arboleda de Durham. Los kanthianos la habían despejado de árboles y maleza hasta convertirla en una suerte de plaza, dejando a la vista a la vieja estatua de la Dama Verde que los anteriores habitantes del pueblo habían profanado vilmente. Aunque Deornoth era el siervo de Gardron, ver a aquella diosa de la Vieja Fe de su tierra natal tratada de esta manera le hizo encoger el corazón. Cuando vio el tocón colocado a los pies de la estatua a modo de tajo de verdugo casi se lo detuvo en el pecho.

De un edificio de piedra y madera, más guardias sacaron a Percival. Estaba maltrecho y magullado, pero lo peor eran sus ojos. Eran los ojos de alguien completamente quebrado. Estaba roto, y los esclavistas lo sabían. Habían encontrado todos sus límites del dolor y los habían traspasado uno a uno. Quizá Percy había contado todo lo que sabía, o quizá se había venido abajo y no podía decir más que incoherencias y lamentos. Fuera como fuera, para los kanthianos ya no era de ninguna utilidad; habían acabado con él.

¡Perros sureños! ¡Soy un hombre de Alasia, no un perro que podáis apalear por la calle! -gritaba el muchacho mientras lo arrastraban hasta el tocón. De una patada en el dorso de las rodillas le obligaron a postrarse, y ante los ojos de Deornoth, le colocaron un saco en la cabeza antes de forzarle a apoyarla en el tajo. Un fornido guardia se encontraba a su lado, empuñando una pesada hacha de un solo filo. El arma de un verdugo. Deornoth forcejeó con los barrotes que le encerraban, pero estos no cedieron ni un ápice.

¡No podéis matarme! ¡Cómo me vais a vender luego! ¿Es que no sois esclavistas? ¡Nuestros compañeros saben que estamos aquí y fueron a avisar al Barón! ¡Si nos liquidáis lo pagaréis caro, panda de cobardes!

Los gritos desesperados de Percival fueron inútiles. El capitán de los guardias, un hombre de estatura media y velo retirado, levantó la mano, y al hacerlo el verdugo alzó el hacha sobre el chico. Dio la señal. Percival volvió a gritar.

¡Soy el sobrino del Barón Stephan!

El hacha alzada subió ligeramente mientras el verdugo cogía impulso, y acto seguido empezó a descender con fuerza.

¡ALTO!

El filo se detuvo a escasos milímetros del cuello de Percival.

El capitán de los soldados se acercó al reo, retiró el saco de su cabeza, le agarró del pelo para levantarle la cara y estudiar su rostro detenidamente.

Podría ser -dijo-. Tiene la sangre del León.

Nunca había oído que Stephan tuviera familia -dijo uno de los guardias. El capitán respondió.

Yo tampoco. Pero si es cierto, nos es más valioso con vida. Averiguaremos si dice la verdad. Mientras tanto, encerradle con la dama. Y no volváis a tocarle un pelo.

Desde las jaulas de madera donde se hacinaba con otros esclavos, Deornoth vio como bajaban a su compañero Percival del tajo y le arrastraban hasta la antigua oficina del Comisario de Durham, un achaparrado edificio hecho de sucia piedra de un tono gris mortecino, con barrotes de hierro en todas las ventanas. Un grupo de guardias se acercó a la jaula de Deornoth. Al frente iba el verdugo, corpulento y de aspecto brutal, con músculos como melones, que se había retirado el velo para mostrar el rostro de un semiorco albino. Pegó su nariz que casi parecía un hocico y le dijo al sarel, en un común con fuente acerto kanthiano:

Tu amigo el señorito se ha librado por ahora. Tú no tendrás esa suerte. Esta noche será tu turno, y yo mismo me encargaré de ti. Hablarás, aunque tenga que romperte todos los huesos del cuerpo uno a uno.

Deornoth esperó a que los guardias se hubieran marchado,  antes de echar un vistazo a sus compañeros de prisión. Nueve personas además de él, de todo género y edad. La mirada de todos era de miedo, y en algunos casos resignación. Una de las mujeres más mayores le miraba como si temiera que en cualquier momento fuera a provocar un alboroto que acabarían pagando todos.

No temáis, no os pondré en riesgo si no es para que salgamos todos de aquí.

La mujer respondió.

La joven dama tenía el fuego de la rebeldía como tú… pero a ella no la tocaban. Cada vez que abría la boca para protestar, para pelear o para intentar protegernos, éramos nosotros los que recibíamos los latigazos.

Aguzando sus sentidos heredados de su mitad elfa por si se acercaban los guardias, Deornoth asintió con la cabeza.

Templar esa llama con algo de sabiduria no es descabellado. Es muy propio de Brenna, sin duda. ¿Sabéis dónde está?

¿Brenna? La mujer de la que hablo se llama Marion. Si te refieres a la joven de pelo oscuro que llegó con vosotros, será mejor que la olvides. Pasó una noche ahí dentro… -dijo, señalando con la cabeza al edificio de piedra-, con ese… -y entonces señaló al semiorco-. Al día siguiente la cargaron en una caravana y se la llevaron con un montón más. Ahora debe de estar de camino a Tiphris. Dijeron que sacarían una buena suma por ella en el Bazar de la Carne.

Deornoth palideció, e hizo un gesto a la anciana para que siguiera hablando, pero la mujer miró a los guardias de reojo y se negó a decir una palabra más.


En el interior del edificio, la antigua oficina del Comisario de Durham, los dos guardias kanthianos abrieron la puerta de una de las celdas y arrojaron al vapuleado cuerpo de Percival al interior sin ningún miramiento, y se marcharon sin más. El rostro del alasiano estaba lleno de cardenales y su labio estaba partido, pero a pesar de las contusiones y una pequeña hemorragia interna que le hacía escupir sangre, seguía con vida. Conservaba el cuello de una pieza… por ahora.

Entreabriendo lo que podía el ojo medio sano, vio borrosamente que desde la celda de enfrente alguien le observaba con preocupación. Era una mujer joven, de largo cabello rubio, y aunque las ropas que llevaba estaban sucias de barro y sangre, por su rostro terso y sus manos delicadas era obvio que ella sí era de origen noble.

Los ojos azules de la mujer se clavaban en Percival.

¿Estás bien? ¿Puedes hablar?

Escupiendo la sangre que se le acumulaba en la boca, Percy se secó con las mangas y se peinó con la mano el el flequillo rubio ensangrentado

Puedo hablar, sí… No os preocupeis por mí, hacedlo por ellos.

Su mirada se fijó en la dama por unos segundos, para luego recorrer toda la sala, tratando de encontrar una manera de salir de allí. ¿Las cerraduras? A la mejor los barrotes de la celda, o unas llaves colgadas de la pared, o…

¿Lleváis mucho tiempo aquí? ¿Os encontráis en buenas condiciones? Y lo más importante, ¿cuál és vuestro nombre?

Me llamo Marion, hija de Sir Bannon de Leaford, ¡y ciudadana libre de Alasia! Me capturaron en el Pal, de camino al puerto de Sephrend. Y sí, estoy bien… no me han tocado. Cada vez que protestaba o me rebelaba, esos hijos de perra lo pagaban con alguno de mis compañeros de jaula. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí? ¿Os envía Elian?

¿Los barrotes de las ventanas? ¿Algún utensilio para forzar la puerta o la cerradura? ¿Algo para usar como arma? Debo salir de aquí, rescatar a todos y advertir a mi “tío” antes que me corten el pescuezo de verdad.

Es un placer, Lady Marion. Yo Soy Percival Whitesword. No conozco a ningún Elian, pero he venido a sacaros de aquí.

Si se me ocurre una manera de hacerlo que no nos mate a todos,  evitó añadir a la frase.

Pues está funcionando de maravilla… -respondió la joven-. No tardarán en descubrir la mentira que les has contado.

Improvisar es mi segundo nombre, Lady Marion. No os preocupéis. ¿Vistéis llegar conmigo a un tipo recto como una escoba, un caballero? Trabajamos juntos, estad atenta a lo que hagamos. Confiad, y estaremos de vuelta en Nueva Alasia antes que podáis decir “el Barón és un doppelganger”.

La miraba fijamente a los ojos, de pie cogido a los barrotes de su celda. Trató que su voz sonara firme y segura, como si no fuera la primera vez que estaba en esa situación.

Decís que cuando armáis alboroto otro prisionero recibe el castigo… Podemos jugar con ello. Si os veis con valor, cuando yo diga “Gardron”, ¡alborotad! Gritadles, insultadles, que vengan a por nosotros… Podría ser útil para provocarlos.

Marion le miró con el  escepticismo pintado en la cara.


Durante el tiempo que se prolongó su encierro, Deornoth intentó hacerse una idea del estado físico y mental de sus compañeros de jaula. Parecía que los esclavos habían catado de primera mano lo que implicaba intentar rebelarse, y no parecían tener ganas de repetirlo. Lo más devastador era ver como muchos de ellos se estaban acostumbrando a ser tratados como animales y no personas. De vez en cuando un guardia les llevaba un bol grande con gachas y un cubo de agua, y todos se abalanzaban hacia ellos como cerdos en su pocilga. El medio elfo hacía lo que podía por intentar mantener su espíritu e intentar que calara en ellos el mensaje de que una rama sola es quebradiza, pero el fajo es fuerte. Pero no era fácil cuando al menor atisbo de conversación restallaban los látigos. También intentó calar a alguno de los guardias para ver si alguno sería sobornable, o susceptible a mostrarse más piadoso, pero sus rostros ocultos hacían muy difícil leerles.

Sus intentos por intentar encender el fuego de la resistencia en los esclavos se topó con una mezcla de miedo y rechazo. Deornoth vio que se había excedido en su confianza intentando espolear a esas personas a que se unieran a él en rebelión… Por supuesto que le daban la espalda, ¿quién era él? Un joven, casi un niño en realidad, un esclavo recientemente capturado que creía saberlo todo sobre cómo escapar de esa situación. Esas personas llevarían en esas jaulas ¿semanas, meses? Y él había pretendido al primer respiro que le daban sus captores erigirse en líder y salvar el día.

¿Donde está tu humildad escudero? Acepta que estas aquí por tu propia mano y discúlpate por tu soberbia. 

Y así lo hizo, en susurros se disculpó ante sus compañeros de celda y empezó a interesarse por su sufrimiento, por sus historias. Abrió su corazón y con él una puerta. Quizá no le seguirían, pero poco a poco empezaron a hablar con él e, hilvanando las historias de todos, se empezó a tejer un nuevo entendimiento. Por ellos supo que habían pasado dos semanas desde que les trajeran inconscientes al campamento. Para intentar sacar el ánimo de los esclavos del pozo en el que se habían hundido por los castigos y vejaciones, y también para intentar no pensar en el horrible destino de Brenna, Deornoth empezó a hablarles poco a poco de la Dama Verde y de su culto. A realizar oraciones en su nombre, pidiendo su protección para todos ellos, incluso haciéndoles partícipes a todos, formando círculos de manos entrelazadas cuando los guardias les daban un momento de respiro. En una ocasión, uno de los muchachos reunió valor para hablar en susurros a Deornoth. Era un joven sarathan, y entendía algo el kanthiano.

Son supersticiosos estos kanthianos, dijo en voz baja. No les gusta un pelo estar aquí. 

Este un lugar antiguo -asintió Deornoth-. Viejos poderes actúan aquí. Se siente en el aire… y en la tierra. Ojalá se los trague a todos.

La estatua los pone nerviosos, creen que provocarán su maldición. Algunos han tenido pesadillas, les he oido hablar entre ellos.

¿Qué tipo de pesadillas, amigo? ¿Lo sabes? Corren historias de este lugar, toda su gente se desvaneció misteriosamente de la noche a la mañana.

Ellos también han oído esas historias. Por eso están así. Pero sus tres líderes parecen decididos a quedarse aquí. Y son los cuervos. Han soñado con cuervos.

En mi tierra se dice a menudo que se puede oír la voz de la Dama en el trino de los pájaros y en el murmullo de los arroyos.

Aunque los cuervos no trinan, sino que graznan. ¿Profanar su arboleda habrá sido suficiente para incurrir en su ira?

¿Así que sus líderes son tres? ¿Los has visto? ¿Que sabéis de ellos?

Son altos y estirados -respondió otra de las esclavas-, y pasan casi todo su tiempo allí arriba – dijo la mujer, señalando a la iglesia en lo alto del promontorio rocoso que dominaba sobre el pueblo-. Los guardias les temen más a ellos que a la maldición de Durham.

El crujido de una puerta abriéndose hizo enmudecer a todo el mundo, y los esclavos regresaron a sus rincones, temblando de miedo. Un grupo salió del edificio de la Posada del Lobo Invernal y se paró en la antigua arboleda, lo bastante cerca de las jaulas como para que Deornoth les viera bien y pudiera escucharles. Un soldado, con el velo retirado y uniforme de oficial, iba al frente, e iba hablando con un grupo de kanthianos que no iban vestidos como guardias. Uno era el brutal semiorco albino que había amenazado con torturar a Deornoth aquella misma noche. Otro era un hombre largirucho y delgado, de cabello castaño despeinado, que llevaba a la espalda un arco compuesto y un carcaj a la cintura. El tercero era un soldado con una cicatriz en la mejilla izquierda, con espuelas en las botas y un largo sable muy ligeramente curvado al cinto. El cuarto era de estatura media e iba envuelto en un pesado manto de color morado oscuro, casi negro, y sujeto con varias correas de cuaro al cinto llevaba un pequeño pero grueso libro de tapas de hierro. La última era una mujer esbelta y menuda,  de pelo corto y negro y andares gráciles, enfundada en una armadura de cuero, y que por toda arma llevaba un par de dagas al cinto.

El capitán que iba al frente estaba diciendo: … lord Athuramn ha encontrado algo  importante debajo de la capilla, y no quiere que le molesten. Ya sabéis cual es vuestro cometido. Además de vuestra misión principal, representaréis a nuestra bandera, y al honor del Tirano de Typhris. Haced lo que se os ha ordenado y dejadnos en buen lugar.

El dispar grupo asintió y se prepararon para montar en los caballos que les tenían preparados. Antes de eso, el semiorco se apartó del resto y se acercó a la jaula de Deornoth.

Parece que no vamos a tener oportunidad de conocernos mejor, elfito. Por ahora. Tengo trabajo, la diversión tendrá que esperar. Pero si sigues de una pieza a mi regreso, no volverás a librarte de Nelkur, te lo prometo.

Y se alejó dando la espalda a la jaula y sus ocupantes.

Con voz serena y templada Deornoth le respondió:

No olvidaré tu promesa, Nelkur de Kanth. Cuenta con que haré lo posible por estar en condiciones cuando volvamos a encontrarnos.

No había odio ni ira en su voz al decir las palabras. Solo certeza y determinación.


Tres días después de aquello, Percival aún no había encontrado nada que le sirviera para escapar. Los guardias kanthianos no parecían muy listos, pero de ahí a encerrarle junto a un arma o una salida fácil… Marion le miró con sus ojos azules.

Sigues intentando improvisar sobre la marcha, ¿no? Me han estado preguntando desde que llegasteis. Saben quien soy, por eso no he corrido el mismo destino que vuestra amiga. Piensan sacar un buen rescate por mí. Les he dicho que es cierto lo que les dijiste, pero el embuste no va a durar…

En el exterior, un grupo de guardias escoltaban al capitán, que se acercaba de nuevo al edificio-prisión. Llevaba el rostro descubierto y una expresión de rabia que no auguraba nada bueno. Deornoth comprendió al instante lo que ocurría: se había destapado el engaño. El sarel intentó llamar la atención al capitán.

¡Capitán! ¡Unas palabras, Capitán! Por favor.

El capitán de la guardia se paró en seco. Volvió la cabeza y echó a andar hacia la jaula, seguido por su escolta. Se plantó ante Deornoth.

Habla.

En vista a mi situación, Capitán, mi honor me impele a reconocer la superioridad marcial de las tropas del Tirano y sus oficiales. 

Hizo una respetuosa genuflexión. Gardron, perdóname. 

Dado que estoy a vuestra merced, humildemente os pido el honor y la hospitalidad de ofreceros mi servicio con el fin de mejorar mi situación. 

Como muestra de buena fe dejad que os diga algo. En Sarland, mi tierra, conocemos bien la Vieja Fe… -cabeceó en dirección a la estatua- y los portentos que se rumorean entre vuestros hombres poco tienen que ver con la Dama, creo, sino con algo más oscuro.

El Capitán entrecerró los ojos. Estaba claro que él mismo había tenido esas pesadillas.

Soy un soldado. Mi lugar está frente a las tropas en el campo de batalla, no vigilando a gente encerrada como si fueran ganado. Pero mis señores ordenan, y yo obedezco. Ponte en pie. Ha llegado la hora.

Hizo una señal a un par de sus hombres, que se dirigieron hacia el edificio-prisión. Mientras tanto, el Capitán empezó a abrir la jaula con la intención de sacar a Deornoth. Éste intentó mantener la serenidad hasta ver qué le deparaba la situación, y lanzando una mirada a sus compañeros de cautiverio para tranquilizarles. Le llevaron hasta la plaza, no muy lejos de la estatua. Entonces el medio elfo vio algo.

Sobre la estatua había un cuervo.

El elfo lo miró intencionadamente, para que todo el mundo se fijara también. Concentró su percepción, pero no había ni rastro de maldad en la negra ave. En ese momento, dos guardias de velo morado entaron en el edificio y se acercaron a las celdas.

Te ha llegado la hora, “sobrino del Barón”. Y tú sal también, “milady”. Necesitas ver qué hacemos con los que se pasan de listos.

Percival y Marion fueron sacados al exterior, el espadachín manteniendo su pose fanfarrona hasta el último instante. Ya veréis cuando se entere mi tío… -dijo, guiñando un ojo a Marion.

Percival también vio al cuervo, y vio que no había solo uno. Otro se posaba en lo alto del edificio-prisión. Otro en la rama del único árbol que seguía en pie. Varios más en alfeizares o veletas. Sus ojos amarillos parecían expectantes.

Mierda. Bichos listos. Saben cuando va a haber una ejecución.

Los guardias condujeron a Percival y Marion al centro de la arboleda, donde Deornoth aguarda de pie junto al capitán y dos guardias. Estaban situados de tal manera que quedan a la vista de todas las jaulas de esclavos.

El capitán alzó la voz para ser escuchado con claridad por todos.

TODOS SOIS PROPIEDAD DE KORAN KHARR, GRAN SEÑOR DE TIPHRIS. SERÉIS VENDIDOS EN LOS MERCADOS DE TODA KANTH. ALGUNOS TENDRÉIS UNA BUENA VIDA. OTROS TRABAJARÉIS EN LAS MINAS DE SAL HASTA VUESTRAS MUERTES. A OTROS OS AGUARDAN LAS ARENAS DE COMBATE, Y A OTROS OS ESPERAN DESTINOS AÚN PEORES.

PERO ESTOS HOMBRES QUE VEIS AQUÍ NO SON COMO VOSOTROS.

En ese momento, tanto Deornoth como Percy vieron algo muy sutil, un pequeño destello metálico entre unos arbustos, en la boca de una de las calles que daba a la plaza. Duró apenas un segundo.

ESTOS HOMBRES HAN ATACADO A MIS HOMBRES. LOS HAN ASESINADO. Y HAN INTENTADO ENFRENTARSE AL PODER DE TIPHRIS. SU DESTINO NO ES LA VIDA DEL ESCLAVO.

El capitán lanza una orden:

DE RODILLAS.

Dos de los guardias que les flanqueaban desenfundaron sus sables.  Deornoth dijo:

Solo los esclavos se arrodillan, Capitán, y como bien habeis dicho… Nosotros NO somos esclavos.

Así sea, respondió el capitán, y levantó la mano para dar la orden de ejecución a sus hombres.

Entonces Percival se vino abajo de nuevo.

¡Piedad, por favor!– Percy se agarró a uno de los guardia a su lado, el que no tenía el arma desenvainada, cogiéndole de la solapa-. No pueden matarme, soy el sobrino del Barón! ¡¡Piedad, por Gardron!!

Lanzó una mirada fugaz pero serena a Marion. Confía en mí. Y otra mirada, un poco más abajo, hacia el cinto del soldado al que se había agarrado. Y hacia su sable. La mano hábil de Percival descendió disimuladamente, como si quisiera agarrarse todavía más a la ropa del guardia pero sin tocarlo, mientras que la izquierda seguía tirándole de la ropa cerca del cuello. Ante la invocación de Percy, Marion jugó su papel.

¡Soltadles, bastardos! ¡No tenéis ningún derecho a estas tierras! ¡Somos alasianos! ¡Somos gente libre!

En ese momento, los esclavos de las jaulas, previamente alentados por el espíritu y  las palabras de Deornoth, se pusieron en pie uno a uno. Hasta el más marcado a latigazos se alzó.

Ante aquella situación, varios de los guardias apostados en el perímetro de la “plaza” sacaron sus látigos y empezaron a dirigirse a las jaulas para poner orden. Entonces Percival aprovechó la confusión para intentar desenfundar el sable del guardia al que se había agarrado. Pero no funcionó. Al ver el intento de Percival, el guardia se lo quitó de encima con un empujón, dió un paso atrás y desenfundó su arma, uniéndose al guardia que ya se dirigía hacia él por orden del capitán. Ambos levantaron sus sables al aire, y el acero centelleó con el sol. Se empezó a oir el chasquido de los látigos al golpear a los esclavos en las jaulas, que gritaban de dolor pero también de rabia, lanzando exclamaciones de libertad e insultos contra los kanthianos, mientras el tercer guardia blandía su arma contra Deornoth.

El plan (si es que se le podía llamar así) no había salido bien, y ahora solo quedaba luchar y morir en pie en lugar de ser ejecutados como a perros. Maltrechos, desarmados y rodeados, era algo que no tardaría en ocurrir.  Todo pasó en un segundo. Saltando como un león, Percival escapó de los dos guardias que estaban a punto de abatirle y saltó hacia uno de los que rodeaban a Deornoth. Actuando antes de que pudiera reaccionar, con un ágil movimiento de muñeca se encontró con el sable kanthiano en la mano y preparándose para recibir a tres soldados que se le acercaban decididos.

Los guardias del perímetro empezaron a descolgarse los arcos para darles un rápido fin, mientras Marion echaba a correr hacia los dos aventureros, pero antes de que pudiera alejarse, el capitán la agarró del brazo.

En ese instante, estalló un estruendo provocado por el graznido de decenas de cuervos, y el batir de sus alas al alzarse todos a la vez, formándose una enorme bandada que se levantó de repente alejándose del pueblo. Los guardias levantaron la mirada al cielo, asombrados y visiblemente perturbados. Alguno murmuró una oración a cualesquiera dioses adoraran en la pérfida Tiphris, y otros no pudieron evitar mirar de reojo a la estatua profanada de la Dama Verde. Pero Deornoth, criado como un hombre de los bosques en la lejana Sarland, reconoció el comportamiento de los animales. No era sobrenatural, sino todo lo contrario. Algo les había asustado. Estaban huyendo despavoridos.

Justo entonces la luz del sol se amortiguó como si una nube hubiera tapado el disco de Athor, y un sonido empezó a escucharse, repetitivo, rítmico, ominoso. El batir de unas alas enormes. Un largo cuerpo de escamas rojas como la sangre tapó el sol, y su sombra cayó sobre Durham. El grito del capitán reverberó en la arboleda.

¡¡¡DRAGÓN!!!  

La sierpe sobrevoló la arboleda a baja altura, sierpe a cuyos lomos se sentaba una figura vestida de negro. Al instante estalló el pánico, y el campamento kanthiano se convirtió en un absoluto caos.

Con la aparición del dragón, Percy y Deornoth se convirtieron en el menor de los problemas de los kanthianos. Aún así, el capitán seguía aferrando a Marion mientras gritaba órdenes a sus hombres. Percival se giró hacia él, mientras Deornoth se volvía hacia los arbustos donde había visto el reflejo metálico y gritaba: ¡Cubridnos!

El capitán vio venir a Percival y desenfundó su sable con su mano libre, pero al grito de Deornoth una flecha silbó desde el arbusto y se hundió en su hombro. Otra flecha de otro arbusto abatió a un guardia que se interponía en el camino del sarel, mientras Marion echaba a correr en dirección a Percival. Cuando los tres pasaron junto a los arbustos, de ellos salieron tres hombres, vestidos como cazadores de Lindar. Uno de ellos era Darben, quien les había acompañado en su misión inicial junto a Brenna

¡Rápido, a los caballos! -gritó el lindareño-. ¡Os cubriremos la retirada mientras podamos!

¡Darben! ¡Bendito seas! ¡Me alegro de verte! -exclamó el paladín.

Darben lanzó su espada corta a Deornoth. ¿Y Brenna?

El sarel la pilló al vuelo y con gesto torvo, respondió. No està aquí. La trasladaron, creo. Muchos días atrás.

Darben frunció el ceño y apretó mucho los labios, pero asintió. Con un gesto de la cabeza les indicó que se movieran. Tres soldados se acercaban a la carrera al lugar y él y sus dos hombres tensaron sus arcos para recibirlos.

¡Avisad al Barón de lo que ocurre aquí!

Recordando de sus exploraciones iniciales que los kanthianos tenían los caballos atados junto a las puertas de la empalizada, los tres ex-cautivos intentaron llegar hasta allí evitando a los soldados y guardias que corrían por todas partes. El dragón no había atacado al campamento aún, pero estos ya le lanzaban flechas inútilmente. Desde lo alto del pueblo, de la roca donde se alzaba la vieja iglesia, un relámpago blanco-azulado se alzó, disparado directo hacia el dragón. Sin embargo, se detuvo de repente como si se estrellara contra algo invisible, y se desvaneció en volutas de energía arcana.

Distraídos momentáneamente por el espectáculo, Percival y sus compañeros se toparon de bruces con dos guardias que salieron corriendo de detrás de una esquina, y que parecían tan sorprendidos como ellos mismos. Deornoth dio un paso hacia delante y se interpuso entre los kanthianos y sus acompañantes. Levantó la espada corta, pero en vez de golpear al sorprendido soldado, retuvo el golpe y, señalando al dragón, le dijo: Esto nos supera a todos. ¿Seguro que queréis hacer esto ahora?

Los dos kanthianos alzaron la vista al cielo el hacia el cielo, y salieron por patas.

Tras dejar atrás a los sorprendidos guardias, llegaron hasta los postes donde tenían atados a los caballos. Los animales estaban afectados también por el miedo del dragón, y estaban piafando y relinchando febrilmente. Al ver como se aproximaban a los caballos, los dos guardias que vigilaban las puertas de la empalizada empezaron a empujar las grandes puertas hacia el interior, intentando cerrarles el paso. Mientras, a sus espaldas, empezaban a resonar gritos de ¡Los prisioneros escapan! ¡Los prisioneros escapan!

¡Miserables! -profirió Deornoth.

Una flecha silbó cerca. Con cada segundo que pasaba, los guardias se acercaban más y no tardarían en estar a distancia suficiente para disparar con posibilidades de acertar. Percival saltó sobre un caballo y le liberó de un tajo. Espoleó su montura con la osadía y el donaire que le caracterizaba, intentando derribar a uno de los guardias que cerraba las puertas para dar más tiempo a sus compañeros. Marion le seguía de cerca, pero Deornoth no era un gran jinete, y empezó a quedar atrás.

Los gruesos portalones de la empalizada se iban cerrando justo detrás de las monturas de Percival y Marion, y pegándose al cuello de su animal, Deornoth rezó a la Espada Justa y cerró los ojos. Su caballo atravesó de un salto el estrecho hueco restante que quedaba justo antes de que desapareciera del todo. El sonoro thunk de varias flechas clavándose en la madera repetidamente se escuchó por encima del sonido de los cascos al galope. Un rugido atronador resonó mientras el dragón rojo viraba hacia el este y empezaba a batir las alas para alejarse de Durham, mientras las flechas describían parábolas por encima de la empalizada en un intento vano de acertar a ciegas a los fugitivos.

Sin detenerse a mirar hacia atrás, siguieron al galope tendido por el camino del norte, el camino que conducía lejos de los esclavistas, a la civilización, a  la seguridad.

A Nueva Alasia.

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