Cuestión de Clase: El Bardo

A esa hora llegó Lúthien, y erguida sobre el puente que conducía a la isla de Sauron, cantó un canto que ningún muro de piedra podía detener. Beren la oyó y pensó que soñaba; pues arriba brillaban las estrellas y en los árboles cantaban los ruiseñores. Y como respuesta cantó un canto de desafío que él había compuesto en alabanza de las Siete Estrellas, la Hoz de los Valar que Varda había colgado sobre el Norte como signo de la caída de Morgoth. Luego las fuerzas le faltaron y se desmoronó en la oscuridad.

Pero Lúthien oyó la voz que le había contestado y entonó entonces un canto de gran poder. Los lobos aullaron y la isla tembló.

-El Silmarillion (J.R.R. Tolkien)

Lo hice bastante mal, y el Consejo de Bardos no me admitió. La verdad es que estos días te exigen saber mucho. Volúmenes y volúmenes de poesías, cantos, música, cálculo de estaciones, historia; y toda clase de alfabetos que debes deletrear con los dedos, y señales secretas… a un hombre le es imposible meterse todo eso en la cabeza. 

-Fflewddur Fflam, El Libro de los Tres (Lloyd Alexander, 1964)

Otra de las clases de personaje principales surgidas de las páginas de The Strategic Review, la predecesora de la Dragon Magazine, fue el Bardo. Entró en escena en el número 6 de la revista, en febrero del 76, de la mano de Doug Schwegman, quien presentaba a su creación de la siguiente manera:

Creo que [el Bardo] es una adición lógica al panorama de D&D y el que he compuesto es un batiburrillo de al menos tres tipos distintos, el “skald” nórdico, el “bardo” celta y el “trovador” del sur de Europa. Los skalds eran a menudo viejos guerreros que se convertían en una especie de historiadores auto-nombrados cuyo deber consistía en registrar las antiguas batallas, feudos de sangre y proezas excepcionales plasmándolas en verso de manera muy similar a los antiguos griegos. Tolkien, un gran estudioso de lo nórdico, copió este estilo varias veces en la trilogía del Señor de los Anillos (por ejemplo, cuando Bilbo recita los versos sobre Eärendil el Marino). Los celtas, especialmente en Bretaña, tenían una estructura mucho más organizada en la que la posición de Bardo como historiador oficial caía en algún lugar entre los Gwelfili o cronistas públicos y los Druidas que eran tanto jueces como líderes espirituales. En el sistema celta los Bardos eran entrenados por los Druidas durante un período de casi veinte años antes de que pudieran asumir sus deberes, entre los que estaba el seguir a los héroes a la batalla para proporcionar un recuento preciso de sus hazañas, y para actuar como intermediarios de confianza para zanjar hostilidades entre tribus opuestas. De lejos, la concepción más común de un Bardo es la del trovador o ministril que entretenía a las cortes de príncipes y reyes en Francia, Italia y partes de Alemania en la edad media tardía. Tal personaje no era tan digno de confianza como los Bardos nórdicos o celtas y se podría comparar con una combinación de Ladrón e Ilusionista. Estos personajes eran llamados Jongleurs por los franceses, recordados hoy por los actuales términos juglar y bufón de la corte…

Quería poner al Bardo en perspectiva de tal manera que sus multitudinarias habilidades pudieran ser explicadas en D&D. He modelado al personaje más por los tipos nórdicos y celtas que otra cosa, por tanto es un personaje que se parece más a un guerrero que a nada más, pero sabiendo algo de la misteriosa fuerza de la magia, hábil con las manos, etc.

En estos párrafos se deja constancia de cuales han sido las inspiraciones principales para la clase y se justifica su inclusión en las reglas del juego. A pesar de estos orígenes más o menos históricos y solemnes, el Bardo ha sido siempre una de esas clases proclives a generar chistes y memes, En la imagen arquetípica a nivel popular a menudo se le representa como un tipo vestido en mallas de colores, con sombrero de plumas y tocando el laúd como una estrella de rock medieval, una imagen más basada en los trovadores que en los otros dos tipos en los que supuestamente se inspira más la clase. A nivel mecánico, el bardo ha sido considerado un hombre para todo, un amalgama de habilidades picarescas, capacidad de combate y algo de magia, a lo que se añaden habilidades propias de su papel como historiador, poeta y diplomático.

En su primera versión, el bardo era una clase propia e individual, un buen luchador con algo de talento para el latrocinio y la magia. Podía usar la diplomacia para sacarse a sí mismo de atolladeros y por si eso fallaba, recibía el poder de fascinar con su música a cualquier criatura, con un 10% de posibilidades por nivel del Bardo. El tipo de criatura, su estado de ánimo y su nivel podían afectar a ese porcentaje (se menciona, por ejemplo, que los Balrogs tienen un 200% de resistencia al encanto de un Bardo). El canto de los bardos también podía negar la canción de las arpías. Un objetivo hechizado por el Bardo podía después recibir una sugestión implantada. Un Bardo también era poseedor de un gran Saber, de nuevo expresado en un 10% por nivel, y que permitía obtener conocimientos de lugares y leyendas “fuera del dungeon”, siendo este saber especialmente preciso en todo lo tocante a identificar armas y objetos mágicos. Los Bardos tenían una relación especial con ciertos tipos de objetos mágicos: los instrumentos mágicos funcionaban mejor en sus manos, pero al ser una mezcla de clases y poder usar muchos de los distintos libros que daban PX, éstos les concedían solo una parte de la cantidad habitual. La conexión entre Bardos y Druidas seguía muy presente en esta versión, y la mayoría de los Bardos eran de alineamiento neutral. Un Bardo que pasara a ser Legal perdía sus habilidades de ladrón. Los requisitos para adoptar esta clase no se especificaban numéricamente, sino que se indicaba que eran necesarias una Fuerza e Inteligencia superiores a la media, y que una mala Destreza reducía sus habilidades de ladrón mientras que un Carisma por encima de 14 aumentaba su habilidad de encantar.

De esta versión proceden también el concepto de Colegios Bárdicos. Al avanzar en niveles, un Bardo iba accediendo a estos Colegios, que servían como escalafones de habilidad y prestigio, empezando por el Colegio Fochlucan a nivel 2 y siguiendo con Mac-Fuirmidh, Doss, Canaith, Cli, Anstruth y finalmente ingresando en el Colegio Ollamh a nivel 20. De hecho, en este mismo número de la revista aparecía una serie de instrumentos músicales mágicos, creados por el mismo autor y correspondientes cada uno a uno de los cinco Colegios Bárdicos: el Arpa de Fochlucan, el Arpa de Mac-Fuirmidh, la Lira de Doss, la Lira de Canaith y la Mandolina de Cli.

En la primera edición de AD&D, Gygax incluyó al Bardo entre las clases del Player’s Handbook, pero lo hizo en un apéndice y marcando la clase como opcional, dejando su inclusión al arbitrio del DM. La versión gygaxiana del Bardo es bastante diferente a su iteración original, y se podría describir como “la primera clase de prestigio” del juego, anterior incluso a que existiera siquiera ese concepto. Los Bardos de esta edición eran prácticamente sobrehumanos, verdaderas figuras de leyenda. Para acceder a la clase no sólo era necesario tener un 15 o más en Fuerza, Sabiduría, Destreza y Carisma (ahí es nada), sino que uno debía empezar el juego como guerrero hasta llegar al menos a nivel 5 en esa clase, y antes de llegar a nivel 8, debían cambiar de clase a ladrón para de nuevo, entre el nivel 5 y 9 de esa clase, abandonar de nuevo e iniciar estudios sacerdotales como druida. A partir de ese momento ya se les considera bardos de nivel 1 bajo tutela druidica, por lo que debían conservar la neutralidad al menos en una parte de su alineamiento. Por tanto, un bardo gygaxiano era un personaje de un nivel mínimo de 11. Este es el tipo de bardo que aparece en las novelas de TSR de la época, como la trilogía de las Moonshaes de Doug Niles, y que llegada la tercera edición de D&D sería reciclado como una verdadera clase de prestigio, el “Fochlucan Lyrist”.

Los bardos gygaxianos conservaban el avance por colegios del original, no pudiendo asociarse con bardos de colegios inferiores, así como la habilidad de usar magia (druidica en este caso). También retienen su habilidad de encanto (reformulada para no incluir números superiores al 100%) y de conocimientos de leyendas, y ganan la habilidad de aquirir lenguajes adicionales según el nivel. La habilidad poética del bardo ahora puede aumentar la moral de sus asociados e inspirar ferocidad en el ataque, así como negar no sólo el canto de las arpías sino cualquier otro ataque mágico de características similares.

Toda esta excepcionalidad del bardo de primera edición desaparecería (como tantos otros elementos puramente gygaxianos) con la llegada de la segunda edición. Aquí nos encontramos al bardo ya entre las clases principales y convertido en una sub-clase de ladrón, con requisitos de acceso reducidos (Destreza 12, Inteligencia 13 y Carisma 15), sin resto de conexión druidica alguna y más cercano al trovador o juglar errante y pícaro que se convertiría en el estereotipo de la clase. Curiosamente, la restricción a un alineamiento parcialmente neutral persiste. Los bardos de segunda (no es un chiste) se convierten en magos y ladrones amateurs, con hechizos arcanos y unas pocas habilidades de ladrón según su propia progresión por nivel, Conservan su habilidad diplomática para influenciar las reacciones de los PNJs, el poder inspirador de su música o poesía, sus conocimientos variados y la capacidad de contrarrestar ataques mágicos basados en el sonido, pero los colegios bárdicos desaparecen por completo, así como su habilidad de combate parecida a la de un guerrero. Ese afán por despojar al bardo de sus orígenes célticos y druidicos (o de abrir el concepto a otras culturas) se especifica en el cuadro de texto donde se nos cuentan las inspiraciones de la clase, diciendo que aunque históricamente ése es el origen, el bardo de AD&D es un personaje más generalizado, basado en modelos como Alan-a-Dale y Will Scarlet de las historias de Robin Hood o los poetas Amergin y Homero.

La tercera edición continuó en esta linea, completando la transformación del poeta y maestro del saber druidico original en el hombre para todo, en la rueda de recambio del grupo de personajes. Ahora la única restricción de su alineamiento era que no podían ser legales, acabando de borrar ya todo vestigio de conexión druidica. El tipo de magia recibida por los bardos volvió a cambiar una vez más, esta vez pasando a ser magia espontánea como la de una reciente adición al juego, el hechicero. Como todas las clases, el bardo tenía su propia lista de conjuros, principalmente sacados de las listas arcanas pero con algunos añadidos como hechizos de curación o hechizos de acceso único para bardos. El resto de habilidades típicas se mantiene, aunque adaptadas para las mecánicas más unificadas del sistema d20. La revisión 3.5 trajo cambios significativos al bardo, haciéndolo más efectivo al aumentar los usos y la potencia de su música y sus canciones, añadiendo nuevos efectos a la lista, incluyendo algunos de nivel alto como Inspirar Grandeza o Canción de Libertad.

El bardo de Pathfinder sigue en esa línea, aunque mejorando aún más sus habilidades, hasta el punto de que muchos la consideran una de las clases más versatiles y de mayor utilidad del juego. Su dado de golpe, tradicionalmente d6, aumenta a d8, y su música de bardo pasa de ser usable x veces al día a ser usable durante un cierto número de asaltos, lo que aumenta su usabilidad al ser el jugador más capaz de gestionar su empleo y duración. A partir de un cierto nivel, mantenerla y usarla se va haciendo más fácil, hasta que a nivel 13 se puede usar como una acción libre, pudiendo combinarlo con otras acciones. También se ganan nuevos usos de dicha música, como la Endecha de Condenación, la Tonada Aterradora o la Actuación Letal a nivel 20.

El Bardo no formaba parte de las clases básicas que aparecieron en el Manual del Jugador de cuarta edición. Hubo que esperar a la publicación del Manual del Jugador 2 para que esta clase reentrara en D&D, y lo hizo con un papel principal asignado de Líder, personaje centrado en inspirar, curar y ayudar a los demás (o sea, un especialista en lanzar buffs o mejoras sobre sus compañeros), y secundariamente de Controlador (personaje capaz de encargarse de grandes números de enemigos a la vez o controlar las condiciones de la batalla mediante sus poderes). Sus poderes de clase, descritos como canciones musicales, todos giran alrededor de esos roles, permitiendo conferir vigor y bravura a sus compañeros y molestar o confundir a los enemigos. Su papel como aprendiz de todo y maestro de nada se conserva a través de su gran número de competencias y de la capacidad de elegir dotes multicláseas de todas las demás clases, en lugar de solo una como es lo habitual.

Finalmente, en la quinta edición de D&D vemos el regreso del concepto de los colegios, aunque desprovistos de su nomenclatura celta original y convertidos en distintas sendas de avance para el bardo. El Colegio del Saber se centra más en los conocimientos y en las habilidades, ganando secretos mágicos adicionales o la capacidad de usar su ingenio y su labia para distraer y confundir,  representando a la faceta más historiadora y cronista de los bardos, mientras que el Colegio del Valor ofrece ventaja más guerreras, inspiraciones en combate y magia de batalla, para representar a un bardo mas del tipo escáldico. Ambos por igual retienen el uso de conjuros, la capacidad de inspirar e influir con su música y sus características como hombres y mujeres para todo.

Esta ha sido la trayectoria de la clase de Bardo, una de las más denostadas a nivel general pero también icónica y representativa de un arquetipo básico del mito, la fantasía y la historia, ya nos quedemos con la visión del músico y truhan errante rompiendo corazones y entrando en una mazmorra laúd en mano, o con la solemne figura sabia y legendaria del poeta místico celta o del guerrero nórdico capaz de recitar de memoria las sagas de dioses y héroes. En la literatura fantástica encontramos varios ejemplos de como podría ser un bardo de D&D. En la obra de Tolkien, la música está íntimamente ligada al poder de la creación, siendo esta la Canción de Ilúvatar, y en el Silmarillion, elfos como Finrod Felagund o la doncella Lúthien (cuyo epíteto, Tinúviel, significa ruiseñor) eran capaces de entonar poderosos cantos capaces de sacudir los cimientos de las fortalezas o de sumir en un sueño encantado a sus enemigos. Obras como las novelas celtas de Stephen Lawhead, la saga Bardic Voices de Mercedes Lackey o la de Riddlemaster of Hed (traducida como Juego de Enigmas) de Patricia McKillip incluyen ejemplos claros de protagonistas claramente bárdicos. Un ejemplo de bardo de un estilo quizá más actual es Kvothe, el protagonista de El Nombre del Viento de Patrick Rothfuss. Sin embargo, para mí el mejor bardo que ha dado la literatura fantástica es Fflewddur Fflam, infatigable compañero de viaje de Taran y Eilonwy en las Crónicas de Prydain de Lloyd Alexander. El bueno de Fflewddur ni siquiera es oficialmente un bardo, sino un reyezuelo de un terruño aburrido y remoto que un buen día decidió convertirse en bardo para ver mundo y correr aventuras. Tras ser rechazado por el Consejo de Bardos, el bardo supremo Taliesin le regala un arpa encantada, un instrumento capaz de producir el sonido más maravilloso, pero cuyas cuerdas tienden a romperse cada vez que a Fflewddur le da por ponerse “creativo” con los hechos y la verdad, algo que ocurre con una frecuencia considerable…

En fin, hasta aquí la historia y la evolución de los bardos en D&D. Se trata de una clase que no deja indiferente, o la amas o la odias… o haces bromas a su costa. Todo depende de la imagen mental que tenga cada uno al pensar en la palabra bardo. Para mí es una clase con carácter propio, que permite encarnar uno de los arquetipos míticos constantes, el del poeta-guerrero, sabio conocedor de las sagas, capaz por igual de maldecir con el escarnio eterno o de bendecir con la gloria eterna. Y no sé a vosotros, pero por lo que a mí respecta, una clase capaz de emular a personajes tan dispares como Lúthien Tinúviel, Egill Skallagrímsson, Taliesin, Orfeo y Blondel de Nesle no es ningún chiste.

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4 pensamientos en “Cuestión de Clase: El Bardo”

  1. Mi problema con el ‘bardo celta’ es el mismo que el que tengo con los monjes de D&D. Que, fuera de un contexto, se me hacen muy raros. Si no haces una sociedad con ciertos aires célticos, meter bardos célticos me chirría mucho (igualito que meter Monjes en sociedades que no tengan un aire oriental, vaya). Y siempre ha sido una clase que me ha dejado algo indiferente, ni bien, ni mal.

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    1. Bueno, el concepto de poeta sagrado o mágico está presente en más culturas además de la celta, y yo creo que es un arquetipo muy trasplantable a culturas fantásticas aunque no estén basadas en la celta, sobre todo si están basadas en la tradición oral. O vinculado con pueblos no humanos como los elfos, por ejemplo (como en Tolkien). Lo veo mucho más “reflufeable” que al monje, que inevitablemente y aunque se intente readaptar nos acaba recordando al oriente.

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  2. Creo que abrir el concepto de bardo a más culturas vino bien, así es más fácil de encajar en más entornos de campaña. Hay un detalle que obvias, que fue la invención en 3.5 de que los gnomos eran bardos por naturaleza (al poner la clase como predilecta para esa raza) y a partir de ahí empezó el chiste. En mi mesa siempre ha habido bardos desde 2ª por lo que la clase nos gusta.

    Por cierto, que me llama la atención que los colegios Foclucham, Doss, Ollam, ect, existan desde los 70 y las primeras ediciones. Yo los conocía por Reinos Olvidados y parece que rescataron esos elementos de los orígenes de la clase.

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    1. Si, el tema de los gnomos iba a tratarlo al hablar de la clase Ilusionista, que también apareció sobre esa época (y por extensión del resto de magos especialistas). Aunque a decir verdad, no creo que los chistes sobre bardos empezaran ahí. Al menos en nuestro grupo y en jornadas a las que fuimos ya se daba eso mucho antes de 3ª edición (estilo “los bardos sólo sirven para tocar los… instrumentos” y cosas así). Eso sí, supongo que los bardos gnomos no ayudaron precisamente XD.

      Pues sí, los Colegios Bárdicos son creación de Schwegman ya desde el 76. Es un concepto de esos que me encanta desde que lo pude medio leer en unas fotocopias del manual de primera edición. No sabía ni que eran pero sonaban la hostia de molones, y es algo que he conservado siempre en mis campañas como elemento distintivo de los bardos. Luego acabaron adoptándolos en Reinos Olvidados, efectivamente.

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