El Cantar de la Tierra

Estando desbordado de trabajo en unas fechas complicadas como estas, no tengo tiempo para escribir una entrada decente. Por lo tanto, me he lanzado a compartir con vosotros un pequeño relato que escribí hace años, durante mis estudios universitarios. Originalmente lo escribí en inglés, pero hoy comparto mi propia traducción. Se trata de uno de los relatos de los que más satisfecho estoy, a pesar de su brevedad. ¡Espero que os guste!

El Cantar de la Tierra

Espero, y sueño. En mi mente somnolienta, en las profundidades de mi núcleo moribundo, ecos de las fuerzas fundamentales de la naturaleza. Soy vieja y estoy exhausta, pero aún puedo recordar como era formar parte del Uno, en épocas anteriores al tiempo. Todo lo que ha sido, lo que es y lo que debe ser estaba condensado allí, todo en uno, una única partícula de ser en los vastos mares de la nada. Y entonces—por poco sentido que tal palabra tuviera—entonces el movimiento empezó, y el Uno se convirtió en Muchos.

¿Cómo describir la insoportable soledad, el repentino y agónico dolor de ser así arrancado, una sola consciencia dividida en miles de billones, todas propulsadas a velocidades fenomenales contra los límites del vacío? Nuestro movimiento dio forma a toda la existencia, y aún lo hace, hasta aquel fatídico día en que la fuerza de la separación se desvanecerá por fin, nuestra expansión completamente desprovista de su fuerza motora, y todo deje de ser.

Adoptamos un millar de formas tras el Fiat Lux, toda forma y estado en flujo constante: soles ardientes explotando desde el interior, millones de partículas de materia cohesionándose para crear cuerpos colosales, nubes de gas que odiaban el vacío. Yo llegué al ser cerca de uno de los hornos gigantes, incapaz de resistir su ineludible atracción, danzando lentamente a su alrededor en círculos interminables. Pero al contrario que mis hermanos, mis eternos compañeros de baile, yo tuve un lugar privilegiado en el reciente universo, no demasiado lejos del corazón de fuego, ni tampoco demasiado cerca, escudada de su abrasadora mirada por el manto invisible que me cubría entonces. Aquello supuso toda la diferencia.

Aún puedo recordar la agitación de mis primeros días, las agudas punzadas en mi cuerpo cambiante, el choque de los elementos sobre mí, cubriéndome en su lucha. Fuerzas y materia se fundían por doquier, iniciando una reacción en cadena imposible de parar—del cieno primordial emergieron mis hijos. Crecieron y se multiplicaron y evolucionaron a una miríada de especies y formas, cada una hermosa en su perfección. Todos eran parte de mí, cumpliendo cada uno—desde el más diminuto hasta el más enorme—con su propio papel y función. Yo percibía a través de ellos, respiraba a través de ellos, vivía en ellos. Ellos me dieron equilibrio y me trajeron la paz.

Les sentía, como millones de insectos reptando por mi piel, incontables puntitos de luz apareciendo y desvaneciéndose a velocidades de pesadilla al empezar y terminar sus fugaces vidas, todos conectados por intrincadas redes que eran incapaces de percibir. No sé como ocurrió, pero en medio de esta explosión de vida, una especie abrió sus ojos colectivos, transcendió sus orígenes y despertó a la verdadera consciencia. Recuerdo sus impulsos y necesidades, su frenética ansia de crear, esa incontrolable compulsión por dejar una huella duradera, su completa incapacidad para advertir mis silenciosos consejos. En mi soledad aún puedo volver sobre cada uno de los pasos de su viaje.

Uno de ellos desciende, cauteloso y circunspecto, de su morada en los altos árboles. No es el primero en hacerlo, ni será el último. Aún no se encuentra muy lejos del resto de mis hijos, pero está dando sus primeros y tentativos pasos en esa dirección. Sabe que ha dejado atrás la seguridad que encontraba en las alturas, pero algo le empuja a bajar y explorar el mundo que hasta ahora era tan solo un manchurrón verde en el horizonte. Camina despacio, notando para su sorpresa que sus miembros inferiores están ahora mejor adaptados para este suelo firme que para las ramas cubiertas de musgo. En este primer paseo, se cruza con un profundo charco de agua de lluvia. Se acerca para beber de él, y entonces ve la asombrada cara que le mira con ojos curiosos desde la superfície. Tras remitir el terror inicial, atisba de nuevo al desconocido que imita cada uno de sus movimientos, y en un estallido de comprensión, se reconoce a sí mismo…

Un grupo de ellos se encuentran ahora reunidos en una gran cueva, con sus rostros taciturnos iluminados por el cálido resplandor anaranjado del fuego que salta y chisporrotea en el corazón de su hogar pétreo. Están fascinados, con toda su atención capturada por los cánticos del hombre sabio que, ataviado de pies a cabeza en pieles de animal y cargado de fetiches, afirma escuchar mi voz y conocer mi voluntad. És el mismo que ha cubierto las paredes con pinturas, añadiendo a la obra de sus ancestros nuevas bestias de ocre y carbón. La intuición de todos ellos aún no se ha perdido por completo, y me sienten como una vaga presencia justo fuera de su alcance. En su lucha por sobrevivir, me dan muchos nombres…

Están construyendo un monumento masivo, una montaña colosal de piedra toscamente tallada que intenta alcanzar ansiosa los cielos. Han aprendido a crear sus propios hogares y a proveerse a sí mismos, ya no cazadores y recolectores. Están domando mi propia naturaleza, sin recordar que son parte de mí. Han alzado el rostro al cielo, mirando al imperturbable ojo de fuego en busca de respuestas a preguntas que han olvidado. Han descubierto como grabar sus pensamientos e ideas en losas y tabletas, apenas vislumbrando el inmenso poder de su nuevo hallazgo…

Caminos empedrados conectan ahora sus ciudades y dominios, recorriendo mi piel a través de vastas extensiones. Los usan para ir de un lado a otro, a menudo en grandes números. Se visten a sí mismos en hierro forjado al fuego y blanden garras de su propia factura, decididos a imponer su voluntad a sus hermanos. Luchan y se matan unos a otros, haciendo caso omiso de mis aullidos ante el dolor que esto me provoca. El vencedor planta el símbolo de su dominación allá donde va, destruyendo ideas y creencias en su intento de implantar su única y monolítica visión del mundo. No es la primera vez que ocurre, y ciertamente no será la última…

Siguen tan curiosos e inquisitivos como siempre, siempre queriendo saber más. Han seguido la senda de la razón con dedicación y tenacidad, arrebatando grandes secretos a mi dolorido cuerpo. Ya no dependen de la fuerza y el sudor de lo que ellos llaman bestias, siendo capaces de dominar toscamente los elementos y subyugarlos para que obedezcan sus órdenes. Pero en realidad no saben lo que están haciendo, y su rápida carrera tiene un precio. Se han convertido en criaturas de ciega lógica y pasiones vacías, y han olvidado como ver de verdad. Las oscuras nubes de humo aún son insignificantes, mis grandes pulmones verdes no me duelen todavía…

Han perturbado a mi pequeña, pálida y silenciosa compañera con sus pisadas. Sus ambiciosos ojos ahora miran más lejos que nunca, sus mentes incendiadas con sueños y esperanzas sobre el Gran Más Allá donde descansan los Muchos. Su potencial infinito les está llevando a lugares que jamás habían osado soñar. Pero se niegan a escuchar mis gritos. Saben que me están matando con su hambre insaciable, como una plaga de langostas que lo devora todo a su paso, pero son incapaces de parar. Me han convertido en una mera sombra de mi yo anterior, todo el esplendor y la gloria de mis días primigenios convertidos en combustible para sus voraces ansias. Y aún así les quiero, en toda su exquisita complejidad y contradicciones esenciales, porque son los más amados de todos mis hijos…

Ahora me han abandonado. Se han ido, dejándome sola en mi multitud. Sus estragos se han vuelto insoportables, y mis sutiles avisos se convirtieron en súplicas desesperadas primero y en violentas exigencias después. Por primera vez en eones, escucharon mi voz, sintieron mi rabia inducida por el dolor, y se asustaron. Reaccionaron, pero ya era demasiado tarde. ¡Ay, jamás conocerán el intrincado esplendor y la majestuosa belleza del tapiz que han deshilachado! Han aprendido a llegar a mis distantes hermanos en el infinito, salvando distancias tan inimaginables que sus mentes no pueden manejarlas. Son capaces de moldear sus nuevos hogares, recreándolos a mi imagen y semejanza, y reinarán sobre ellos como antaño lo hicieron sobre mí. Y de esta manera los inmaculados confines del universo conocerán la magnificencia y las depredaciones de mis últimos hijos e hijas. Estoy sola ahora, yerma y estéril, abandonada por todas las criaturas que una vez se arrastraron sobre mí. Y aún así conservo la esperanza de que algún día ellos regresen, hermosos y más sabios, para darme sentido una vez más. Y así espero, y sueño.

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