Fragged Empire (XII): Nueve Vidas

La Tripulación de la Leviatán

  • Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista
  • James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo
  • Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos
  • Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología
  • Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico
  • Thillian Kryll: Francotirador corporativo, antiguo compañero de Thanatos

En el silencio cargado de estática del puente de Leviatán, todas las miradas estaban puestas en Murdo, que seguía anonadado. Nathaniel Sark no había muerto entre las llamas, como él había creído. ¡Si incluso había visto su cadáver ennegrecido! Había sido su mejor amigo durante mucho tiempo, desde que se conocieran trabajando para el Consorcio Minero Dray, sondeando meteoros en busca de minerales valiosos. Las duras condiciones de trabajo y la explotación laboral compartida les unió, y cuando lograron dejar la Golden Nugget y conseguir una nave propia, iniciaron su propio negocio como socios. Fue Sark quien tuvo la idea de realizar “tareas complementarias”, y quien contactó con ciertos “asesores” en busca de pequeños y siempre lucrativos desvíos. Fue en uno de ellos cuando ocurrió el accidente. ¡Malditos montones de chatarra kaltoranos! Mientras pilotaba, Nathaniel le informó de que uno de los manguitos del control inercial del pequeño esquife que se habían agenciado para “transportar” unas cajas de mercancías del Conglomerado Recuento de Bajas se había soltado, y el volátil Helio-3 empezaba a filtrarse en la sala de máquinas. Mientras corría a por el aerosol de espuma aislante que Sark le había pedido escuchó la deflagración. Nada pudo hacer por él. Días después llegó a Alabaster-4, para darle a la viuda de Sark la noticia de que lo era, y de que su difunto había hipotecado su futuro para dar ese pequeño golpe, y por tanto, le había dejado como único legado su enorme deuda. Por supuesto, tenía que haber previsto que con un cadáver a bordo, los oficiales de aduanas serían concienzudos en sus registros. Su nave, la Horizonte, fue confiscada, el cargamento “transportado” desapareció, y Murdo fue enviado a UBIK sin darle tiempo a enterrar a su amigo. Y ahora…

La fría voz de Sark volvió a desgajar el silencio.

Se acabó el tiempo, socio. ¿Cómo vamos a hacer esto? ¿Por las buenas o por las malas?

Kahta apagó el comunicador. Había estado escaneando la nave enemiga, cuyo código de transpondedor estaba asociado al nombre de “Nueve Vidas”. Era una nave de guerra de diseño corp; no era más grande que la Tartarus, pero estaba diseñada para el combate, y las lecturas de energía indicaban que estaba preparada para abrir fuego de inmediato. A Thanatos, que había dejado de sangrar por las heridas que la Nephilim le había parcheado parcialmente, no le había hecho falta un barrido de sensores.

La Tartarus no tiene nada que hacer contra esa nave. No tendríamos tiempo ni de pasar a velocidad de salto.

Kahta sonrió, algo que rara vez hacía.

La Tartarus no. Pero no estamos en la Tartarus… 

Mirándose entre ellos, se pusieron todos en marcha como accionados por un resorte. Mientras Murdo se sentaba en la silla del capitán y ordenaba a Leviatán que pusiera los escudos a máxima potencia, Thanatos y Jinx corrieron a sendas estaciones de armas, distribuyéndose en los puestos de combate. Krill permaneció en el puente, a los mandos de una consola de operaciones tácticas, mientras Kahta corría a la sección de ingeniería. Todos sintieron el júbilo de Leviatán a través de las esporas neurotransmisoras que llevaban implantadas en el cerebro cuando la antigua nave de guerra viró sobre sí misma preparándose para la batalla una vez más.

Los primeros disparos de energía de la Nueve Vidas impactaron contra los escudos de la Leviatán sin apenas hacer mella en ellos, y al instante sus laterales se abrieron para liberar dos escuadrones de cazas no tripulados que se lanzaron como un enjambre contra la inmensa mole viviente. A Sark siempre le habían gustado los drones. Mientras Kahta intentaba desesperadamente que los motores de salto acumularan suficiente energía Ley como para abrir un portal, Krill se esforzaba por llevar a cabo contramedidas y evitar que los sensores de la Nueve Vidas fijaran las partes más vulnerables de Leviatán como objetivos. Los cazas no tardaron en rodearles y pegarse a su trasero, y empezaron a acribillar impunemente a la inmensa nave Nephilim, a pesar de los intentos de Murdo por sacudírselos. Mientras tanto la Nueve Vidas seguía abriendo fuego con sus cañones blaster, y cada nuevo impacto agotaba un poco más los escudos.

Kahta, ¡sácanos de aquí ya!

¡Es casi imposible, no estamos en espacio abierto! ¡Esto está lleno de basura espacial, nos encontramos al límite del pozo de gravedad de Alabaster, y el panel de las glándulas refrigerantes está en llamas! ¡Voy a tardar 3,5 segundos más de lo previsto!

[Aquella fue nuestra primera prueba del sistema de combate entre naves, y resultó muy tenso y táctico. Los jugadores decidieron que no tenía sentido quedarse a combatir y arriesgarse a que su botín viviente resultara dañado, por lo tanto su objetivo era acumular los suficientes éxitos como para abrir un portal de salto en pleno combate y desaparecer con su mercancía intacta, mientras su enemigo se colocaba a sus espaldas y desplegaba todo su potencial ofensivo contra ellos. Por fortuna, una nave tan grande como la Leviatán tiene unos escudos de gran capacidad… Fue una sesión sin tregua, pero muy divertida, y realmente el sistema da ocasión para que todos los tripulantes tengan cosas que hacer durante la batalla.]

Thanatos y Jinx empleaban las baterías de cañones de ácido para destruir cazas a la menor ocasión que tenían, pero cuando la Nueve Vidas se movió para interceptar su camino y pillarles en un fuego cruzado, pasó durante un segundo por el ángulo de disparo de Thanatos, y el Legionario reaccionó disparando uno de los torpedos orgánicos. El proyectil sólido se estrelló contra la nave corp, atravesando sus escudos y hundiéndose en su casco, y al instante, la munición viviente que contenía empezó a abordar la nave. Jinx no pudo evitar un escalofrío al saber que acababan de liberar las mismas armas vivientes que habían estado a punto de acabar con ellos varias veces, y no pudo evitar recordar las sensaciones de sus antepasados al verse masacrados por esos mismos horrores Nephilim. Fuera como fuere, aquello obligó a la Nueve Vidas a retirarse, pero no sin devolver antes el disparo, y aquella vez el rayo les alcanzó de lleno. La Leviatán se sacudió por el impacto, con graves daños en el giroestabilizador de cola. Jinx soltó los mandos de su torreta y salió corriendo hacia la sección de popa con un extintor en la mano. Murdo comprobó los escudos: estaban a un 3% de su capacidad. Un impacto más, por nimio que fuera, les dejaría indefensos, y lo peor de todo, les impediría pasar a velocidad de salto, pues entrar en un portal sin escudos destruiría la nave en décimas de segundo.

Iba a gritar a Kahta una vez más, cuando el peculiar zumbido y la sensación de oídos taponados se adueñó de él, y las estrellas alrededor de la nave empezar a rielar, teñidas de la luz purpúrea que bañaba la nave. De repente, todo a su alrededor se convirtió en un borrón y sintió que el estómago se le salía del cuerpo cuando la Leviatán desapareció,  arrastrada por la pequeña Linea Ley generada por sus motores de salto, dejando atrás el campo de batalla a una velocidad inimaginable. Los últimos rayos de la Nueve Vidas atravesaron el espacio vacío donde un segundo antes había estado la Tartarus.

Kahta lo había logrado. Habían escapado con vida de la emboscada. Habían dejado a sus espaldas a un Sark vivo y cabreado, y la próxima vez que se encontraran, ya no tendrían un Leviatán Nephilim que les protegiera. Pero ya se preocuparían de aquello más tarde. Había llegado el momento de reunirse con Milo y poner fin de una vez por todas a aquel maldito encargo.

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