Fragged Empire (X): ¡Oh Capitán, Mi Capitán!

La Tripulación de la Leviatán

  • Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista
  • James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo
  • Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos
  • Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología
  • Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico
  • Thillian Kryll: Francotirador corporativo, antiguo compañero de Thanatos

Era como acabar de despertar de un sueño intensamente vívido, en aquellos momentos desconcertantes en los que aún la realidad y el mundo onírico aún no se distinguen con claridad. Leviatán había entrado en sus mentes, o ellos en la de ella. La fusión de recuerdos y emociones de ambas partes había resultado en una especie de laberinto surreal del que habían logrado emerger a base de determinación y pura fuerza de voluntad. Pero tras la ordalía mental, Leviatán les había acogido como tripulantes. Y habían presenciado algunos de los últimos recuerdos de la nave viviente antes de sumirse en su estado de hibernación cercano a la muerte. Leviatán había librado su última batalla ante la Puerta de Gabriel, y había estado a punto de morir en ella. Sólo sobrevivió porque se vio obligada a abandonar el combate. Una nueva orden le había sido impuesta, una orden que la nave sintió de una importancia extrema. La plataforma armada de Makor, en la órbita del planeta ahora conocido como Alabaster. Su destrucción era absolutamente esencial. Pero jamás completó su último viaje.

Ahora, casi un siglo y medio más tarde, Leviatán había vuelto a la vida, y tenía una nueva tripulación. Era el momento de acabar el trabajo.

La vibración de la nave y la familiar sensación de vértigo era inconfundible. Leviatán estaba cruzando el sistema a velocidad de salto. Y todos sabían hacia donde se dirigía. A través de los comunicadores, la voz de Jinx sonó alarmada. Como gran parte de las ruinas de la Gran Guerra, la antigua plataforma orbital había sido reciclada como colonia minera, una de tantas dedicadas a extraer y refinar el helio-3 que las naves de la Corporación utilizaban para crear el combustible de sus naves. Era el hogar de 10.000 civiles que ignoraban lo que se les venía encima.

Kahta comprobó el reloj de su miniterminal. ¡Habían pasado ocho horas desde que entraran en comunión con la nave! Unos cálculos rápidos le confirmaron sus peores sospechas. La llegada podía producirse en cualquier momento. Murdo decidió aprovechar su nuevo estatus como tripulante, y se dirigió en voz alta a la nave viviente.

¡Leviatán, orden de ataque cancelada! ¡Abandona la velocidad de salto de inmediato!

No era exactamente una voz lo que respondió. Era más bien como una sensación, un pensamiento dentro de un sueño, pero aún así resonó con claridad en sus mentes. Esporas, pensó Kahta. El sistema de interfaz debe haber implantado colonias de esporas en nuestro hipotálamo.

NEGATIVO. LA ORDEN DE ATAQUE NO PUEDE SER REVOCADA POR EL TRIPULANTE MURDO. ESA PRERROGATIVA PERTENECE AL CAPITÁN.

En ausencia de tu anterior tripulación, asumo el mando como capitán. Leviatán, ¡orden de ataque cancelada!

NEGATIVO. EL TRIPULANTE MURDO NO TIENE POTESTAD PARA ASUMIR EL MANDO. 

¡Sí la tengo! ¡Tu capitán murió hace un siglo, Leviatán!  

NEGATIVO.

[En ese momento, los jugadores se miraron entre sí con una auténtica cara de “oh, mierda”.]

Los cinco camaradas, repartidos a lo ancho de la nave viviente, empezaron a discutir frenéticamente a través de sus comunicadores. No habían acabado de explorar la nave, y había un detalle que habían pasado por alto hasta ese momento… ¡No habían descubierto aún el puente de mando! Lo único que tenían claro era que, si no hacían algo para impedirlo, la colosal nave reviviría de nuevo los horrores de la Guerra de X’ion sobre una población civil que nada sospechaba. Miles de vidas inocentes serían sacrificadas en vano, en un acto que podía suponer el fin de la frágil cooperación que se estaba fraguando entre las cuatro especies de Haven. Y sólo ellos, unos ex-convictos liberados para actuar como perros de búsqueda, podían hacer algo al respecto.

Establecieron un punto de encuentro y corrieron a reunirse. Tenían que llegar al puente. Quizá allí hubiera un modo manual de detener a Leviatán. Su exploración cobró en aquellos momentos un paso rápido, pues sabían que el tiempo era esencial. Pasaron por varias “salas” que parecían controlar distintos sistemas de armas. Encontraron el origen de las extrañas criaturas que les habían acosado nada más llegar, unos sacos de huevos que colgaban del techo o crecían del suelo de lo que resultó ser un bizarro almacén de munición. Las criaturas eran munición viviente. La Leviatán estaba dotada de cañones de torpedos que disparaban vainas que contenían a esas criaturas en estado “larval”. Al impactar contra el casco de las naves enemigas, las criaturas crecían desde su microscópico estado fetal a su tamaño adulto en cuestión de segundos, infestando al objetivo de horrores Nephilim que causaban estragos entre su tripulación y en sus sistemas más delicados. Una forma horrible, si bien terriblemente efectiva, de librar una guerra.

En otra cámara, una confluencia de cables, pliegues y curvas culminaban en un receso con la forma de un humanoide de aproximadamente dos metros y medio de altura. En dicho receso, por donde quedaría la cabeza, se encontraban una profusión de cilios preparados para aferrarse al cráneo. Unos orbes colgaban del techo como huevos de araña, en pleno campo de visión de quienquiera que se sentara en el poco acogedor receptáculo. Sabiendo por la información instintiva que Leviatán les transmitía que se trataba de otro sistema armamentístico, Thanatos se sentó en la silla y, superando el rechazo que le producía la biotecnología Nephilim, se conectó al sistema. Destellos de retículas de apuntado, información armamentística y diagramas de armas y distancias de alcance, todo ello en números alienígenas, inundaron su mente. Le inundó una oleada de información, de la que comprendió sólo una pequeña parte. Retazos de ella fueron proyectados de la incomprensible mente de la gran nave a la suya propia, como la metralla liberada por una granada de fragmentación. Bombas, aquel sistema controlaba las bombas. Bombas de fusión de un poder devastador. El inmenso Legionario por vez primera pudo hacerse una verdadera idea de a qué se habían enfrentado a diario sus ancestros durante la Gran Guerra. Y no pudo sino admirarles aún más.

Una brusca sacudida y el cese de la continua vibración les indicó que Leviatán había salido de velocidad de salto. Habían llegado a Alabaster.

Reemprendiendo su búsqueda con aún más brío, llegaron a lo que sin duda se trataba de la sección de ingeniería. Kahta y Jinx empezaron a trabajar en los paneles de control, cuando la Nephilim, tras activar varias pantallas de datos, hizo salir inmediatamente a todos sus compañeros. Aquella sala estaba irradiada, y los niveles de radiación gamma estaban aumentando con la renovada actividad de la nave. Como Nephilim, ella era inmune, pero sus camaradas se envenenarían tras unos minutos allí. Una vez sola, la emisaria se puso a trabajar de forma rápida pero fría, sin perder la compostura y la eficiencia que la caracterizaban. Tras unos minutos, obtuvo las esquemáticas de la nave, y por los planos supo donde se encontraba exactamente el puente de mando.

Dirigiéndose hacia allí a toda prisa, descubrieron que la puerta-iris estaba cerrada, y que Leviatán se negaba a abrirla. Tras puentearla, Thanatos forzó el iris y, armas en mano, entraron por fin en el puente de mando.

Les recibió una vasta visión del espacio, observada desde el interior de un ojo insectil imposiblemente grande. Cada faceta del ojo distorsionaba el espacio del exterior, proporcionando una surrealista visión de múltiples puntos de vista que su sistema ocular meramente humanoide no podía  esperar procesar. En el centro de ese campo de visión, una enorme esfera blanca rodeada por un gigantesco anillo se acercaba por momentos, aumentando su tamaño a gran velocidad. Apartar la mirada de esa mareante vista les permitió algo de normalidad.

Sin duda se encontraban en el puente de la nave. Una consola se curvaba alrededor de tres asientos. El del centro parecía un trono. En él descansaba el rey, o en aquel caso, el capitán. Él y la silla se habían convertido en uno, con su cabeza y su cara cubiertos por los cilios que brotaban de un tentáculo del techo. Debió morir con el resto de la tribulación pero, ¿porqué no fue él consumido como los demás? Entonces vieron que su pecho se hinchaba lentamente…

¡Seguía respirando! Muy lentamente, pero el capitán del Leviatán aún respiraba. El tentáculo de su rostro se soltó de repente. Los ojos del Nephilim purasangre parpadearon despacio, y luego rápidamente. Como un oso despertando de su hibernación, se puso en pie.

¿Cuanto tiempo he dormido? ¿Leviatán? ¿Donde estamos? Leviatán, informe de daños. 

Se dio la vuelta lentamente y vio a los cinco de la Tartarus a la entrada del puente.

¡Un grupo de abordaje! ¡Todo el personal al puente! Todo el personal… al… No. Están muertos. Están todos muertos, excepto yo.

Algo parecido a una risotada llenó el puente.

Somos viejos guerreros, Leviatán, tu y yo. Ellos serán nuestra nueva tripulación, ellos alimentarán a tu cerebro. Tendremos nuestra última batalla, vieja amiga. Leviatán, máximo impulso. Objetivo: la plataforma de armas de Makor. ¡Ahora! Por X’ion, ¡victoria o muerte!

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