Crónicas de Alasia (LXXV): El Poder de Zuul

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Cosecha 15

Sentado en su trono, Arakh Zuul aguardaba en su verdadero santuario. Con una sonrisa disciplente, vio a los Escudos de Piedra abrir la puerta secreta y avanzar hacia él en formación. Había ido siguiendo todos sus movimientos, escudriñándoles a través de su gran espejo. Durante su cautiverio, Zuul había cortado mechones de sus barbas, y con aquellas conexiones arcanas, sus conjuros habían funcionado a la perfección. Ni siquiera la legendaria resistencia de los enanos a la magia había podido protegerles de su mirada. Aquello le había dado la oportunidad de prepararse a conciencia. Sabía cómo luchaban, cuales eran los puntos fuertes y débiles de cada uno y el alcance de sus habilidades. Había levantado todas sus defensas mágicas, y memorizado los conjuros perfectos para la ocasión. Aquellos patanes no tenían ni la más mínima posibilidad.

Los cinco enanos avanzaron hacia el interior de la gran sala, tras un corto tramo de pasadizo. Aquel salón de techo alto era más opulento que ninguna de las estancias que habían recorrido hasta entonces, y aquella vez, la opulencia era real. En el centro del salón se abría un plácido estanque rectangular, que prácticamente dividía la cámara en dos mitades. Al otro lado, en el extremo más alejado y justo en frente de los enanos, se alzaba sobre un estrado de piedra un trono de mármol, en cuyo respaldo había engarzadas docenas de gemas que centelleaban a la luz de las grandes braseros que iluminaban la sala. Sentado en el trono, Gerbal el Infame, Arakh Zuul, se mesaba la negra barbita. Se levantó para recibir a sus invitados. Tenía un rollo de pergamino en una mano. Mientras hablaba, su cuerpo empezó a ascender en el aire, levitando por encima de su trono.

Finalmente habéis llegado a mí, enanos. Os habéis abierto paso a través de mis argucias como un ariete. Debería haber sabido que no es fácil engañar a alguien tan lerdo. Por supuesto, la recompensa a vuestra persistencia será la muerte. Creo que ya conoceis a mi guardaespaldas, ¿verdad?

Ante esas palabras, una silueta enorme salió de detrás del trono, un cadáver de ardientes ojos rojos, cuello roto y un brazo grotescamente hipertrofiado que, alzando su desmesurado espadón, bramó:

¡VORLAK MATA!

Todo el mundo se puso en movimiento a la vez, convirtiendo el salón en un remolino de actividad frenética. Sin mediar gesto ni palabra, Zuul se desdobló en seis copias idénticas, que se movían al unísono. Los seis magos desenrrollaron el pergamino que llevaban en la mano con un gesto de muñeca y empezaron a pronunciar las palabras que contenía. Mientras las runas empezaban a arder y quemar la vitela, el agua del estanque empezó a burbujear y a agitarse violentamente. Casi a la vez, un virote de ballesta voló certero desde la retaguardia de los Escudos, pero su objetivo resultó ser una de las imágenes especulares de Gerbal, que se desvaneció al ser impactada como si nunca hubiera existido. Simultáneamente, Vorlak cargó con un rugido contra el enano que iba en cabeza, Tobruk, cuya hacha le había vencido anteriormente condenándolo a la horca. El guerrero alzó su nueva espada, intentando detener el golpe, pero la fuerza de Vorlak, ya colosal en vida, se había multiplicado en la muerte. Fue como intentar detener un tsunami con las manos desnudas. La armadura del enano le protegió de lo peor del golpe, pero varias de sus costillas se hicieron añicos, y su cuerpo salió volando varios metros hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el frío suelo.

Grugnir y Caellum avanzaron, abriéndose uno hacia cada lado de la sala para rodear el estanque en un intento de acercarse a Gerbal. El mago flotaba a cuatro metros de altura, fuera del alcance de sus armas cuerpo a cuerpo y totalmente libre para conjurar sin ser molestado. Lomborth había estado rezando a Dumathoin para que endureciera su piel, y aunque el dios de las profundidades cavernosas escuchó sus oraciones, aquello le impidió llegar junto al caído Tobruk antes de que Arakh Zuul completara su invocación. El agua del estanque siguió borboteando violentamente hasta que, de repente, un chorro enorme salió proyectado hacia arriba, cobrando una forma vagamente humanoide con dos ojos de un azur profundo en el centro de su cuerpo acuoso. Con una mera palabra de poder, Zuul movió la mano de derecha a izquierda, como abarcando toda la habitación. Al instante, un enorme y rugiente muro de fuego se levantó desde el suelo hasta el techo, dividiendo a los Escudos. Grugnir y Caellum quedaron separados de sus compañeros, atrapados junto a Zuul, Vorlak y el elemental de agua conjurado por el mago, mientras que Sarthorn y Lomborth quedaban atrás, incapaces de ver lo que ocurría al otro lado, y por tanto, incapaces de disparar o lanzar sus conjuros. Pero la peor parte se la llevó Tobruk: Zuul conjuró el muro de fuego justo encima del rubio enano, que seguía intentando levantarse del suelo.

El batallador gritó de agonía mientras su cabello y su carne ardían. Con sus últimas fuerzas logró rodar hasta salir del muro, pero aquello fue lo último que hizo antes de sumirse en la inconsciencia, moribundo y a merced de las criaturas del mago. Con un mero gesto del brujo, la batalla parecía a punto a de terminar. De aquel lado, el muro de llamas no despedía calor alguno: el mago había decidido achicharrar a los dos enanos del otro lado, mientras dejaba que sus criaturas y sus conjuros acabaran con los que se encontraban en aquella mitad de la sala. Divide y vencerás. Mientras el elemental de agua cortaba el paso a Grugnir y Caellum, Vorlak se dirigió hacia Tobruk, dispuesto a rematarle de un espadazo. Grugnir corrió hacia el no-muerto, rodando hasta colocarse a sus espaldas y hundiendo su espada corta en su carne podrida. Aquello atrajo la atención del bandido cadáver. En ese instante, un grito de guerra atronador resonó en la sala, y Lomborth Barbazul apareció corriendo entre las llamas del muro, sin detenerse a pesar de las graves quemaduras. Atravesando el muro, corrió hacia Tobruk y pronunció una oración sanadora. Su compañero abrió los ojos con un gruñido, y aunque seguía herido, se puso en pie, viendo como Grugnir esquivaba los brutales espadazos de Vorlak como podía. Caellum logró zafarse del elemental y siguió avanzando hacia el mago. Sabía que no podía hacer gran cosa contra él, pero quizá su poder de manipular los patrones astrales tuviera algún efecto contra el mago.

Lomborth decidió jugar al mismo juego que Zuul. Aunque Dumathoin era una deidad de la tierra, también lo era de las montañas, y le suplicó que le enviara a uno de sus espíritus para que le ayudaran. Una suave brisa se arremolinó en la sala, convirtiendose rápidamente en un pequeño torbellino de forma vagamente humanoide. El elemental de aire de Lomborth no era tan grande y poderoso como el de Gerbal, pero voló directamente hacia el mago y sus réplicas, llevando por primera vez el combate hasta Zuul. A su vez, el ser invocado por el mago se lanzó contra Lomborth, y el enano se vio obligado a pasar a la defensiva.

Mientras tanto, Grugnir aprovechaba la ira que Vorlak sentía contra Tobruk para asestar un certero corte tras otro. Sabía que un solo golpe de la cosa le partiría en dos, y si volvía a acertar a Tobruk, tampoco lo contaría. Lo único que podía hacer era seguirle debilitando mientras su compañero se concentraba en intentar seguir con vida. Caellum se vio obligado a unirse a Lomborth contra el ser de agua; el druida tenía un conjuro preparado, pero mientras se defendía del ser era incapaz de lanzarlo sin riesgo.

Por su parte, Gerbal decidió usar el hechizo más poderoso que le quedaba. Pronunció las palabras, y al momento, los cuatro enanos sintieron que sus mentes se nublaban, sus pensamientos se dispersaban en un mar de confusión, y empezaron a ser incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, entre la realidad y los delirios que empezaban a cubrir su campo visual. Pero uno a uno, sacudieron la cabeza, rechinaron los dientes y se obligaron a centrarse en lo que estaba ocurriendo. ¡Eran los Escudos de Piedra, y no pensaban ceder al embrujo de Zuul! El darkon soltó una imprecación en su lengua natal al ver que no había logrado confundir ni siquiera a uno de sus enemigos.

Llegando junto a Lomborth, Caellum alargó la mano, tiró de los “hilos” de energía psíquica que formaban el patrón del elemental, y la criatura se giró de repente, aullando con una voz que parecía el sonido de una tromba de agua. Lomborth se separó del ser y con una palabra de poder, conjuró el fuego que nace en las entrañas de la tierra. Frente a él, una esfera llameante se materializó tras brotar del suelo. Con un gesto de la mano, la hizo rodar hacia el elemental, cuyo cuerpo empezó a sisear a hervir al contacto con el fuego.

Grugnir era muy consciente de que el mago les estaba obligando a hacer justo lo que él quería: les estaba entreteniendo y debilitándole con sus criaturas, dejándole a él total libertad para conjurar sin problemas. El elemental de Lomborth había acabado con un par de las imágenes especulares, y ahora estaban ganando algo de tiempo mientras Gerbal acababa con el espíritu aereo. Tenían que aprovechar ese respiro. Mirando a Tobruk en busca de aprobación, y encontrándola, se retiró del combate contra Vorlak con una voltereta hacia atrás para alejarse del golpe que éste le asesto al intentar retirarse. Era momento de empezar a meter presión al mago.

Sabiendo que Vorlak, por mucho que le odiara a él, seguiría a Grugnir para defender a su amo, Tobruk lo arriesgó todo a una sola carta. Dejó caer los diques que contenían su ardiente furia, y con un poderoso grito de guerra, atacó con todas sus fuerzas. Vorlak se giró hacia él y blandió su espadón en un mandoble brutal. El enano, en lugar de alejarse, se acercó más al semiogro, haciéndole variar la trayectoria de su golpe en el último momento. Como esperaba, aquello le desequilibró un instante, y entonces aferró la ancestral hoja de Redoran con ambas manos y la descargó con toda su ira sobre el no-muerto. El espada, tan afilada como antigua, cercenó limpiamente el cuello de Vorlak el Mestizo y lo separó de su cuerpo. Aquella espada acababa de ganarse un nombre.

Un negro y delgado rayo de energía impactó en el pecho del furioso batallador, arrebatándole su momento de triunfo. Sintió que el hechizo luchaba para arrebatarle sus fuerzas y dejarle tan débil como un bebé. Pero aquello sólo significaba una cosa en la mente del indomable guerrero: el mago le temía. Y aquel pensamiento fue suficiente para hacerle resistir lo irresistible. Aunque se sentía débil, aún le restaban fuerzas para levantar su espada, y mientras así fuera, seguiría luchando. Con un grito de ira, sacó una jabalina y la arrojó contra el mago. Otra de las imágenes se desvaneció, y ahora el mago sólo tenía un único doble. Una nueva pasada de la flamígera esfera rodante de Lomborth hizo que el elemental de agua se evaporara de una vez por todas, y el druida dirigió la esfera contra el mago, haciéndola saltar hasta alcanzar al mago. Un escudo mágico rieló en torno al mago, protegiendole de las llamas. Zuul rió, y exclamó:

¿Te gusta el fuego, enano? ¡Yo te mostraré una bola de fuego!

Y apuntando al grupo, gritó una orden arcana y de su dedo surgió un pequeño chorro de fuego que, al estrellarse contra el suelo, explotó en una ardiente conflagración que se tragó a los cuatro enanos. Caellum salvó la vida porque logró saltar a un lado y salir del área a tiempo, de lo contrario, la conflagración le habría incinerado en el acto. Cubriéndose los ojos para protegerse del calor, miró desesperado para ver que había sido de sus compañeros.

Grugnir se había librado de lo peor de la explosión saltando al estanque y sumergiéndose, y ya estaba saliendo del agua. Tobruk se había tirado al suelo, y aunque su capa había desaparecido incinerada y en su espalda se veían rojas quemaduras, seguía vivo, y luchaba por ponerse en pie. Lomborth, que nunca había sido demasiado rápido, había sido alcanzado de lleno. Seguía en pie, con unas heridas atroces y buena parte de sus ropas en llamas. No parecía posible que nadie pudiera encajar semejante castigo y seguir con vida. El enano apenas se movía, y todo su cuerpo humeaba, pero tenía los ojos abiertos y el ceño fruncido. El discípulo de Dumathoin seguía con vida.

Sin dar crédito a sus ojos, Arakh Zuul pronunció un rápido conjuro para rematar a aquellos condenados enanos. En ese momento, su muro de fuego parpadeó y desapareció, su duración agotada, y ni un segundo más tarde, un virote voló desde la entrada de la sala y desintegró por completo el escudo mágico del mago. Zuul soltó una nueva maldición y abortó el lanzamiento, acumulando nuevamente la energía arcana a su alrededor para formar una nueva barrera. Los Escudos no desaprovecharon el tiempo que el disparo de Sarthorn les había regalado. Grugnir empezó a disparar con su arco al mago, haciendo desaparecer el último de sus reflejos mientras Lomborth le enviaba de nuevo su esfera llameante, hiriendo al mago por primera vez, y Caellum le siguió con un desgarrón a su patrón psíquico.

Zuul recreó su barrera a tiempo para evitar un nuevo virotazo de Sarthorn, así como la última jabalina de Tobruk. Con un gruñido, el brujo pronunció un conjuro, obligado cada vez más a recurrir a sus hechizos menores. De sus dedos surgieron cuatro largas serpientes hechas de luz azulada, que cruzaron los aires con las fauces abiertas en dirección a los cuatro enanos. Los cuatro estaban muy tocados, y el mago apostó por intentar hacer caer por lo menos a uno de ellos. La táctica le salió bien. Lomborth se desplomó, incapaz de aguantar el dolor de sus múltiples heridas, y Tobruk cayó de rodillas, apenas consciente. Sarthorn seguía desgastando los escudos del mago con sus disparos, y cada vez que Zuul regeneraba su escudo le costaba más y más acumular la energía mágica necesaria para hacerlo. Grugnir siguió presionando al brujo mientras Caellum le daba su única poción mágica a Lomborth, devolviendole la consciencia a duras penas.

Sin dobles mágicos ni guardaespaldas, y obligado ya a luchar con sus conjuros menos poderosos, Zuul se negaba a creer que aquellos malditos enanos le estaban dando la vuelta al combate. Habían resistido todo cuanto les había arrojado, pero se negaba a creer que podía perder. ¡Sus enemigos estaban muy maltrechos, no podrían aguantar para siempre! Incluso tras tener que recargar su escudo por última vez, y darse cuenta de que le faltaban fuerzas para hacerlo una vez más, se creyó cerca de la derrota. Uno de sus conjuros paralizó a Sarthorn, librándole de sus constantes ataques, otro sumió a Caellum en un profundo sueño, y más serpientes mágicas atacaron a los enanos que quedaban en pie, pero nada fue suficiente. Grugnir disparó su arco con precisión y hundió un flecha profundamente en el costado del mago, haciéndole sangrar por la boca. Le quedaba aún un último conjuro. Tenía que ser suficiente. Sabía que podía hacerlos caer a todos. ¡No iban a derrotarle! Estuvo a punto de hacerlo, pero entonces recordó cuantos planes dependían de él. Huir supondría un grave trastorno, pero si sucumbía ante aquellos sucios y piojosos medio-hombres, sería mucho lo que se iría al traste con él. Su lealtad hacia la Llama Oscura era lo primero, por mucho que le pesara no zanjar aquello de una vez por todas. En lugar de pronunciar las palabras de su último conjuro ofensivo, sacó el vial que llevaba siempre oculto en la muñeca y se tragó su contenido en un santiamén.

Al momento el cuerpo de Zuul empezó a desdibujarse y volverse inmaterial.

¡Esto no acaba aquí, enanos! ¡Sufrireis lo indecible por lo que habéis hecho hoy! ¡Os lo jura Arakh Zuul!

Tobruk soltó un alarido de rabia y frustración. Después de todo lo que habían hecho, de lo lejos que habían llegado. Gerbal, Zuul, no podía escapar, no debía escapar. Si había alguna magia, por pequeña que fuera, en aquella antigua espada, era el momento de demostrarlo. La arrojó con todas sus fuerzas contra la silueta cada vez más difuminada del mago. El filo voló recto y certero, pero cuando llegó a su objetivo, Arakh Zuul ya no era más que un jirón de niebla flotando en el aire. La espada le atravesó sin más y se hundió con fuerza en la pared de detrás, cimbreando visiblemente. La forma de niebla descendió y desapareció tras el trono, perdiendose de vista misteriosamente por alguna rendija. La risa de Arakh Zuul flotó tras ella, reverberando en los oídos de los Escudos de Piedra hasta que sus ecos murieron definitivamente.

El mago había huido, pero eso apenas les importó en aquellos momentos. Habían vencido. Se habían enfrentado a un poderoso hechicero darkon, capaz de blandir magia como jamás habían presenciado, y habían vivido para contarlo. Le habían ahuyentado y le habían obligado a abandonar su morada. ¡Los Escudos de Piedra habían prevalecido!

Grugnir les conminó a moverse rápido. Quizá todavía podían seguirle el rastro a Zuul, si conseguían descubrir por donde había escapado del lugar. Una puerta lateral se abría en el santuario, y el bribón no tardó en forzar la cerradura y asomarse al interior. Apartó la cabeza justo a tiempo para esquivar el taburete que intentó estrellarse contra ella. Una mujer humana lo blandía. Era alta y esbelta como un junco, de largos cabellos dorados rojizos y una expresión de resuelta rebeldía en el bello rostro. Habían visto antes ese semblante, pero en el rostro del doppelganger, había carecido por completo del fuego y la vitalidad que ahora exhibía. Al ver a cinco enanos terriblemente maltrechos agolpándose tras la puerta, Morayne Tanner dijo:

¡Sois vosotros! ¡Estáis vivos! Eso significa… ¿Lo habéis hecho? ¿Habéis matado a ese loco malnacido?

Rápidamente, los Escudos pusieron en antecedentes a la joven. Ella, por su parte, les aseguró que no había sufrido daño alguno, salvo el de tener que escuchar repetidas veces lo grande, poderoso y astuto que era Arakh Zuul, y cómo disfrutaría sacrificando su alma a su patrón del más allá. Cuando le informaron que Jack Morden probablemente siguiera con vida, los azules ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas, aunque se negó a derramarlas. Si el mago seguía con vida, dijo, no debían perder el tiempo con ella. De regreso al santuario, Morayne cerró los ojos, y los enanos supieron que estaban presenciando el misterioso poder de hablar con el viento que se le atribuía a la joven. Aunque el viento apenas soplaba tan adentro de la tierra, la joven le oía susurrar detrás del trono, entrando por pequeña grietas. Había espacio abierto tras aquella pared, aseguró Morayne.

Examinando el trono, Grugnir descubrió que una de las gemas que adornaba el brazo izquierdo del asiento era falsa, y al pulsarla, un pasadizo secreto se abrió por detrás, revelando el túnel por el que se había marchado el mago en forma de bruma. Sin intención de volver a dejar sola a la joven, los Escudos se vendaron las heridas lo mejor que pudieron y, agotados y apenas sin fuerzas, echaron a andar en la oscuridad. Un trecho después, Lomborth vio que Zuul había recuperado la forma humana, pues había empezado a dejar huellas en la tierra suelta. No mucho después, el túnel se abría a una gran caverna por la que se filtraba la luz del sol. La caverna no tenía techo, y por el gran agujero rodeado de enormes raíces se derramaba la luz dorada del ocaso. ¡Era un acceso a la superfície!

Mientras Grugnir se preparaba para atar su garfio de escalada a su cuerda y a lanzarlo para salir trepando de allí, Tobruk sintió algo crujir bajo sus pies. Agachándose, recogió algo del suelo. Era algo rojizo y duro, del tamaño aproximado de una rodela pero más alargado. Era una escama. El enano palideció mientras la mostraba a sus compañeros. Recordaba algo que había leído en el informe de Zuul… algo referido a una bestia que había despertado, y a la que sus kobolds le ofrecían sacrificios como a un dios. Examinando el suelo de aquella caverna, lo que vieron no dejaba dudas al respecto. Huesos humanos, completamente pelados. Muchos de ellos deformados y ennegrecidos por un calor intenso. Aquel había sido el destino de los aldeanos de Welkyn capturados por los kobolds. Allí había vivido la bestia.

Gerbal tenía un dragón.

Eran demasiadas cosas que asumir tras la intensa batalla que habían librado. Su trabajo allí había acabado. Habían desmantelado el refugio del mago y le habían expulsado del lugar. Habían rescatado a Morayne, limpiando así el nombre de su prometido, Jack Morden, acusado de su asesinato. Habían recorrido un largo camino desde que dos enanos encontraran por azar los restos de un combate y decidieran investigar. Era momento de salir de allí y dar por finalizada su misión. Grugnir había logrado enganchar el garfio al borde del agujero, y tras anudar la cuerda, uno a uno treparon hasta la superfície, izando luego a Morayne.

Se encontraban en un bosque, formado por árboles de troncos muy gruesos y distantes entre sí, probablemente al sur de la colina del castillo. Los Escudos experimentaron una extraña y reconfortante sensación al encontrarse de nuevo bajo la luz del sol, algo muy curioso tratándose de enanos. Pero la alegría no les duró demasiado. Una voz extraña y aguda, parecida a la mezcla entre un ladrido y el chirrido de un lagarto, gritó algo. Varias voces más se unieron a ella, y del sotobosque y de entre los matorrales empezaron a salir pequeñas criaturas de aspecto muy, muy enfadado. Desenfundando rápidamente, los Escudos no tardaron en darse cuenta de que estaban completamente rodeados por lo que, sin duda, eran los restos de la tribu kobold que había servido a Zuul. Había una veintena, quizá una treintena de criaturas, armadas con arcos, lanzas y espadas cortas, y habían estado esperándoles. Gerbal les había dejado un último regalo a modo de despedida, uno al que, en su estado actual, no podían sobrevivir.

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2 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXXV): El Poder de Zuul”

  1. Para la próxima, sin duda Zuul recordará tener algún amiguito más cerca, porque cinco enanos son muchos enanos…

    Una estupenda escena de batalla, sí señor. Y cómo jode que se te escape el villano cuando lo tienes al alcance de la mano…

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  2. Maldita sea, y eso que pintaba un final feliz (excepto por el escape del mago, claro). Ahora nuestros héroes enanos tendrán suerte si logran sobrevivir a la tribu de esbirros.

    Por otro lado, decir que jamás pensé que una lucha entre un mago y un grupo de pjs pudiese ser tan interesante (y emocionante).

    Feliz entrada de año.

    Le gusta a 1 persona

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