Crónicas de Alasia (LXXIV): Tenacidad Enana

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Cosecha 15

Lomborth y el resto de los Escudos de Piedra vieron como Tobruk regresaba corriendo a toda prisa. El rubio batallador tenía el cuello rojo y las manos manchadas de sangre. El ex-esclavo conminó al resto del grupo a seguirle hasta la sala donde se había enfrentado a su doble malvado. Allí estaba, otro Tobruk muerto en el suelo, destripado salvajemente. Los ojos de los enanos pasaron de uno a otro, y Grugnir desenfundó rápidamente su espada.

¿Cómo sabemos que el verdadero Tobruk eres tu, y no él?

Ante esa frase, el resto de los Escudos sacaron sus armas también. A Tobruk se le cortó su habitual elocuencia. Era cierto, no tenían forma de saberlo. Aquella criatura había sabido cosas que sólo la auténtica Morayne Tanner podía haber sabido… y no habían sido detectadas como malevolas o mágicas ante los conjuros de Lomborth. ¿Cómo demostrar que decía la verdad? Intentó aducir que la criatura probablemente podía imitar ropajes, pero no armas de verdad, y desenfundó su hacha para demostrar su autenticidad, pero aquello no sirvió de nada, ya que sus camaradas replicaron que había tenido tiempo suficiente para equiparse con las cosas del auténtico Tobruk. En consecuencia, los Escudos obligaron a Tobruk a desprenderse de sus armas y a dejarse atar las manos. Si era el verdadero Tobruk, dijeron, no opondría resistencia. A regañadientes, el guerrero accedió, sabiendo que si Gerbal era tan astuto como estaba demostrando, podría aprovechar aquel momento de debilidad para atacarles. Entonces cayó en la cuenta de lo rápido que se había querido marchar la falsa Morayne del lugar del combate contra “Gerbal”… y comprendió la razón.

Conminando a sus compañeros a regresar al lugar de la batalla, el rubio enano comprobó que su corazonada era cierta. En lugar del cadáver del mago que habían matado había un cuerpo humanoide de carne blancuzca, extremidades delgadas y un siniestro rostro sin nariz. Al cabo de un tiempo, los dobles muertos recuperaban su apariencia inicial, de ahí las prisas por sacarles de allí. Si esperaban un poco, el tiempo demostraría que Tobruk decía la verdad. Así fue, y a no mucho tardar, los Escudos de Piedra pudieron reanudar la búsqueda, ahora que sabían que tan sólo habían acabado con un señuelo.

Sólo les quedaba un camino por recorrer, uno ominoso y de mal augurio: el pasadizo flanqueado por las estatuas cristalinas del mago. Enarbolando sus armas y apretando los dientes, sin quitarles los ojos de encima, la compañía empezó a desfilar entre ellas. Pasó exactamente lo que estaban temiendo. Tan pronto como se hallaron en mitad del pasadizo, tan lejos de su entrada como de su aparente salida, cuatro de las estatuas cobraron vida, dos delante de ellos y dos cortándoles la retirada. Eran exactamente tan duras y fuertes como las anteriores con las que habían combatido, y aquella vez los Escudos no tenían margen de maniobra. En cabeza, Tobruk y Grugnir se enfrentaban a dos de ellas, mientras Lomborth y Caellum hacían otro tanto con las de la retaguardia. Desde el centro de la formación, Sarthorn disparaba su pesada ballesta con una frialdad y una calma encomiables, colocando sus virotes con una precisión que muchos elfos envidiarían, a pesar del caos del combate cuerpo a cuerpo. Tras un duro intercambio, las estatuas yacían rotas por los suelos, y los Escudos de Piedra tuvieron que hacer un pequeño alto para reponerse de los duros golpes recibidos. Confiaban en ahorrar fuerzas y recursos para cuando por fin le echaran el guante a aquel maldito y escurridizo mago, pero la desigual lucha les había pasado factura. A aquellas alturas, retroceder no era una opción. Tenían muy claro que Arakh Zuul sabía que estaban allí, y que les estaba esperando tras sus múltiples trampas, ardides y guardianes. Aquello sólo podía acabar en un cara a cara, y no iban a ser los enanos quienes dieran su brazo a torcer.

Lo que les aguardaba al otro lado del pasadizo pareció darles la razón. Llegaron a una gran cámara rectangular, que contenía cinco puertas: ellos habían llegado cruzando la de la pared norte, mientras que en frente tenían dos más, y una a cada lado, este y oeste. Tan pronto como pusieron los pies en la sala, una voz atronadora y conocida retumbó desde todos los rincones a la vez.

Necios, habéis accedido a mi santuario interior. Elegid sabiamente y quizá viváis para enfrentaros a mí.

Los cinco enanos no podían estar más exasperados. Con cada paso que daban, con cada nuevo artificio y truco, odiaban más y más al mago. Sin duda, sólo tenían una posibilidad entre cuatro… el resto conducirían a una muerte segura. Y lo peor era que no había ningún indicio, nada que les sirviera para optar por una puerta en lugar de otra. Era cuestión de puro azar, un juego cuya apuesta eran sus propias vidas. Tras muchos debates y discusiones, y tras asegurarse por activa y por pasiva que la sala no ofrecía ningún otro medio oculto para seguir adelante, se vieron obligados a tomar una decisión. Optaron por empezar a investigar la puerta al este. Tras comprobar que no ocultara trampas y mecanismos, Grugnir abrió la puerta. Detrás había un pequeño espacio, en el que apenas cabía una persona. Sólo uno de ellos podría entrar. Aquello cada vez tenía peor pinta. Antes de hacer nada, decidieron comprobar las otras tres puertas… con idénticos resultados. Uno de ellos tendría que entrar en uno de los huecos y ver qué ocurría. Encomendándose a Barin, Grugnir traspasó la puerta del este, y nada ocurrió. No, claro que no, pensó el bribón, Gerbal es demasiado astuto para esto. Se volvió y cerró la puerta a sus espaldas. Entonces sintió una sensación de vacío en el estómago, el mundo se volvió negro a su alrededor, y de repente, se encontraba en otro lugar. Lo reconoció en el acto, por el doppelganger muerto en el suelo. El pelirrojo enano soltó una risotada. Si las dos criaturas que moraban allí hubieran seguido vivas, le habrían despezadado entre las dos y probablemente una de ellas le hubiera reemplazado, infiltrándose en el grupo sin que nadie sospechara nada. Muy listo, el mago. Volvió rápidamente junto a sus compañeros, asegurándose de no desviarse ni un ápice del camino ya explorado y de no tocar nada que le pudiera acarrear problemas estando lejos del grupo.

Ante el relato de Grugnir, decidieron que el próximo en entrar en una de las puertas-trampa debía ser Tobruk. Si la puerta enviaba a quien la cruzara a una nueva emboscada, el guerrero era el que tenía más probabilidades de sobrevivir. Tobruk desenfundó su nueva espada. La habían encontrado durante su exploración de las ruinas de Redoran, antes de descender al santuario interior de Gerbal. Tobruk prefería las hachas y las lanzas, pero aquella espada le transmitía una sensación de seguridad y firmeza, un arma forjada por artesanos que nada tenían que envidiar a los herreros enanos. La habían hallado en el interior de una de las estatuas de Magnus, el antiguo mago que construyó el castillo y dio origen al linaje de los Redoran. Dicho linaje moriría con Baltek Redoran el Fuerte, uno de los legendarios Barones de la Fama, y ahora Tobruk empuñaba una espada que procedía de aquellos tiempos casi míticos. Si tenía que luchar sólo contra lo que Gerbal le pusiera por delante, aquella sería el arma que quería tener en la mano. Asintiendo con la cabeza a sus compañeros, atravesó la puerta y la cerró a sus espaldas. Como le había sucedido a Grugnir, sintió que su esencia se disgregaba y volvía a materializarse en un lugar distinto. Escuchó un ¡click! bajo sus pies, pero nada ocurrió. Al mirar a su alrededor, vio que estaba en la sala de la gran alfombra cuadrada, la que cubría una trampa de foso de enorme profundidad. Por fortuna, las piquetas de hierro con las que Grugnir y Caellum la habían asegurado aguantaron, o de lo contrario su nueva espada no le habría podido salvar la vida. De nuevo, los beneficios de una exploración metódica y concienzuda se habían manifestado, salvándole de una muerte cierta.

Con aquello, ya sólo les quedaban dos puertas por elegir, una al sur y una al oeste. Lomborth propuso seguir de manera metódica y abrir la del sur, pero Sarthorn, que normalmente no entraba en demasiados debates, tanto por su carácter torvo como por ser el más nuevo miembro del grupo, opinó que debían abrir la del oeste. Según el mapa que habían ido trazando, no habían encontrado nada más al sur que aquella cámara, y creía probable que el subsuelo del castillo no se extendiera más en aquella dirección. Teniendo en cuenta que las dos puertas cruzadas les habían teletransportado, no parecía importar mucho, pero aún así las razones de Sarthorn convencieron a los demás, y aquella vez fue de nuevo Grugnir quien atravesó la puerta del este. Cuando la cerró a sus espaldas, nada ocurrió. Intento volver a abrirla para salir, y comprobó que era imposible. Los esfuerzos de sus compañeros desde el exterior indicaban que ellos tampoco podían. Quizá aquella era la trampa letal que se escondía allí, una prisión inescapable donde morir de inanición. Negándose a perder la esperanza, empezó a aplicar su ojo clínico a paredes, suelo y techo, buscando cualquier indicio de una salida, y descubrió que la pared que tenía en frente ocultaba una puerta secreta. Marcando con un trozo de tiza el mecanismo, la abrió y cruzó al otro lado.

La puerta secreta se cerró tras él. Al contrario que el resto de cámaras que habían visto en aquellas ruinas, se encontraba en un salón ricamente decorado en oro y mármol. Al norte de su posición se alzaba un trono sobre un estrado elevado. En el trono se sentaba Gerbal el mago, con su expresión de suficiencia desdibujada por la ira.

¿Osáis perturbar el santuario del poderoso Gerbal? ¡Pagaréis por vuestra insolencia!

Grugnir echó a correr hacia la cobertura más cercana mientras el brujo se levantaba y empezaba a pronunciar palabras de poder y a gesticular con las manos. Pero mientras corría, Grugnir le miró a los ojos y soltó una carcajada. Fuera quien fuera aquel individuo, no estaba formulando un verdadero conjuro. ¡Era otro farol! Cambiando la dirección de su carrera, cargó escaleras arriba hacia el falso mago. Efectivamente, ningún rayo mortal ni bola de fuego salió disparada en su dirección, y con un grito inhumano, el doble del darkon se preparó para defenderse. Unos segundos más tarde, Lomborth entró en la sala y se unió al combate, y luego Tobruk. Para cuando Caellum entró en el falso salón del trono, otro doppelganger yacía muerto a los pies de Grugnir. ¿A cuantos tendrían que matar antes de que el maldito cobarde se atreviera a dar la cara?

Junto al salón del trono había un lujoso aposento, aunque avisado del engaño, Grugnir rápidamente se dio cuenta de que todo cuanto había allí carecía de verdadero valor. Un par de frascos contenían un líquido etiquetado como “pociones de extra curación”, pero los Escudos prudentemente las dejaron donde estaban. Y aquello era todo. No había mago, ni manera de proseguir. Todos sus enormes esfuerzos habían sido en balde, sus fuerzas malgastadas en combatir señuelos y pistas falsas, mientras probablemente el verdadero Arakh Zuul ya se encontrara muy lejos de allí, oculto en cualquier otro agujero infecto, tramando la siguiente fase de su plan, fuera el que fuera. Habían fracasado.

Pero no, no podía ser. Habían oído en su mente la voz de Morayne Tanner cuando estuvieron cautivos. Arakh Zuul había estado allí en persona para verles derrotados. Y la carta que habían interceptado era demasiado elaborada para ser una pantomima. Todo lo que sabían, lo que habían visto, de Zuul hablaba de su desmesurado ego. No. El mago no había huido. Se creía demasiado poderoso. Jamás se rebajaría a abandonar su hogar y trastocar todos sus planes por un puñado de enanos demasiado testarudos para rendirse. No, Gerbal tenía que seguir allí, y se le acababan los rincones donde esconderse.

Revigorizados por esa idea, los Escudos de Piedra empezaron a registrar el lugar palmo a palmo, sin dejar piedra sin revolver. Y encontraron lo que estaban buscando. En la pared del sur, un mecanismo oculto tras un falso bloque de piedra. Cruzando sus miradas, ceños fruncidos y armas en mano, los Escudos presionaron el botón y vieron como una sección del muro se levantaba ante ellos, recortando sus siluetas contra la luz que manaba del interior.

El momento del enfrentamiento definitivo había llegado.

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