Crónicas de Alasia LXXIII: El Santuario de Orcus

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adavia Morthelius, hechicera enoquiana recién iniciada como Dra’gashi
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar
  • Ealgar, aprendiz de herrero, poseedor de un misterioso tatuaje

Cosecha 12

El cuerpo de Draeglor, el campeón de Orcus, yacía a los pies de los Portadores del Amuleto. Su victoria contra aquel engendro de ultratumba les había dado una nueva confianza, y les había reafirmado en su misión. Aunque la mano que había dado muerte a Arn era la de Shahin, aquel paladín de las tinieblas era el que había forzado la situación tomando al clérigo como rehén y poniéndoles contra la espada y la pared. Ahora ya no podría seguir cumpliendo la voluntad de Orcus sobre la faz de la tierra.

Pero no había tiempo para regodearse en su hazaña. Varios de los Portadores habían quedado muy maltrechos por el combate, especialmente Shahin, cuya fuerza vital había sido consumida por el tumulario hasta casi extinguirla por completo. Tenían que adentrarse en la cámara oscura que tan celosamente había estado custodiando Draeglor, y comprobar de una vez por todas si allí se encontraba la Gema Oscura, la reliquia que estaban buscando en aquel lugar. Si más sorpresas desagradables les aguardaban en el interior, no estaban en condiciones de enfrentarse a ellas, pero ni se les pasó por la cabeza abandonar el lugar sin haberlo registrado.

En el interior se encontraba un verdadero santuario a la Oscuridad, envuelto en penumbras que ni siquiera las luces mágicas podían disipar del todo. Un altar de piedra negra se alzaba justo en frente, manchado de sangre y tallado para representar un semblante grotesco y demoníaco. Adà, con el Cetro de Kishad en mano, apuntó que se trataba de la faz del mismísimo Orcus. Una pequeña cripta lateral contenía un sarcófago de piedra, sin duda el lugar de descanso del tumulario. La maldad que emanaba del lugar les golpeó como un mazazo, y Sir Alister tuvo que apretar los dientes y obligarse a entrar ante la repulsa que le producía. Harían falta muchos rezos y consagraciones, y mucha agua bendita, para limpiar la mancha de corrupción que mancillaba el lugar antaño sagrado. Sin duda, el tumulario había sido apostado allí como custodio del lugar y líder de las fuerzas de Orcus en aquel nivel del complejo subterráneo. Aferrando un lateral del altar negro con sus enormes manazas, Sir Alister aplicó toda su fuerza y derribó el gran bloque, tumbándolo y haciendo desaparecer de su vista el rostro grotesco del archidemonio.

Mientras, el resto del grupo no perdió el tiempo en registrar la cripta de Draeglor. En el interior de su sarcófago hallaron un falso fondo, tras el que se ocultaba el tesoro de la criatura. Cientos de lobos de bronce, halcones de plata y águilas de oro se mezclaban sin orden ni concierto, y entre las monedas relucían varios diamantes medio enterrados. Tres estatuillas doradas de Orcus descansaban en un rincón, junto a una pequeña rodela de cuero y un carcaj de factura obviamente élfica. Era un gran tesoro, sin duda alguna, pero su hallazgo no sirvió para aliviar la decepción que sentían. La Gema Oscura no se encontraba allí.

Sus esperanzas de no tener que aventurarse aún más en las profundidades de la tierra en busca de la reliquia maldita morían allí. Habían descubierto distintas maneras de seguir descendiendo, pero no podían saber si todas ellas conducían al mismo lugar o si se abrían a distintos niveles. Y sabían que terribles peligros y fuerzas poderosas les aguardaban abajo, tomaran el camino que tomaran. No se encontraban en forma para emprender tal misión. Necesitaban reponerse y comprobar si la esencia vital que les había robado Draeglor regresaba con el tiempo, o si su debilidad se demostraba permanente. Y en apenas una semana se celebraría el Gran Torneo de Roca Blanca, cuyo principal artífice había sido Sir Alister. No había discusión posible: era el momento de abandonar temporalmente la búsqueda de la Gema Negra y regresar a Nueva Alasia.

Eran muy conscientes de lo que aquello significaba. Si el santuario de Orcus era tan importante para su culto, no escatimarían en esfuerzos por reclamarlo de nuevo y volver a organizar sus defensas. En su siguiente incursión al Portal de los Lamentos, el culto de Orcus estaría preparado para ellos, y les estarían esperando. Pero no les quedaba otra opción. Se marchaban del lugar con una sensación agridulce: habían obtenido la sensación de cierre que les había dado su victoria sobre Draeglor y la exploración, por fin completa, de las cuevas bajo el Portal. Cuando regresaran, deberían aventurarse aún más en lo profundo, y enfrentarse a peligros aún mayores. Pero la Gema Oscura debía ser suya. La necesitaban para destruir de una vez por todas el Amuleto de Kishad, y librar al mundo de una maldición que había provocado el terror incluso al más venerable de los maestros Dra’Gashi. Norben y Arn, los dos hombres de fe que habían iniciado aquella empresa, habían muerto para llevarla a cabo. Los Portadores no pensaban dejar que su sacrificio hubiera sido en vano.

Antes de irse, despojaron a Draeglor de su armadura de bandas embrujada con la runa de Orcus, capaz de infundir el terror en el corazón de los valientes. Ninguno de ellos deseaba semejante objeto impío para sí; lo llevarían a la Catedral para que el Padre Justin pudiera destruirla en un ritual de purificación. Sería una manera más de honrar la memoria de sus compañeros caídos.

Cosecha 14

Tras pasar un día acampados en el bosque, descansando y reponiéndose de lo peor de sus heridas, los Portadores montaron en sus caballos y emprendieron el largo viaje de regreso hacia Nueva Alasia.Optaron por viajar campo a través hasta llegar al camino que unía la capital y las siete aldeas de las Tierras Reclamadas. Si conseguían mantener el rumbo sin desviarse, ahorrarían muchas millas de viaje.

El día transcurrió pacíficamente entre ondulados pastos, pequeñas arboledas y campos verdes, pero al iniciarse el ocaso, la mirada penetrante de Shahin atisbó recortados contra la distancia la silueta de dos jinetes muy particulares que avanzaban en su dirección. Por su tamaño y color de piel, dijo el magus, se trataba de trasgos. Iban montados sobre oscuros y enormes lobos de ojos rojos. En cuanto los trasgos también les divisaron a ellos, hicieron dar media vuelta a sus monturas y las espolearon a toda velocidad para alejarse en dirección contraria.

¡Son jinetes de avanzadilla! –gritó Sir Alister, picando espuelas-. ¡No hay que dejar que regresen junto a su grupo!

El corpulento caballero salió cabalgando como una exhalación sobre Trueno, su enorme corcel negro, mientras colocaba su larga lanza en posición horizontal. Shahin espoleó a su montura gris y cabalgó tras él, desenfundando a Saif al’Qamar. Cuando los dos jinetes de huargos se vieron descubiertos y superados en velocidad por el ritmo que le imponía el caballero a su montura, cambiaron de táctica. Se abrieron cada uno en una dirección y, describiendo un amplio arco, presentaron batalla en su habitual y cobarde manera: hostigándoles con disparos de sus cortos arcos, sin frenar a sus monturas ni un momento. Eran hábiles con esa estrategia, y los trasgos habitualmente lograban grandes victorias con ella. Pero aquella vez se enfrentaban a un verdadero caballero.

Shahin había visto a Sir Alister luchando a pie junto a él en innumerables combates, y sabía de lo que era capaz el gigantón. Pero era la primera vez que le veía en acción sobre su corcel, y no pudo menos que quedar aturdido por la letalidad y eficiencia que demostraba. Hombre y caballo de guerra parecían haberse fundido en un solo ser, tal era la fluidez de sus movimientos y la compenetración que exhibían. En un instante, Sir Alister interceptó la pasada de uno de los jinetes y atravesó con su lanza a su huargo, matándolo en el acto. Desenfundando su gran espada, dio alcance al trasgo que huía y esperó a que se diera la vuelta para abatirlo de un mandoblazo mientras guiaba a Trueno con las rodillas.

Un hechizo de Assata hizo resbalar al otro huargo, dando al traste con las tácticas de hostigamiento de su jinete. Shahin cabalgó hacia él, y entre el magus y sus compañeros acabaron sin dificultades con el lobo monstruoso y con el mugriento trasgo que lo montaba. Se dieron la vuelta para ver como Sir Alister regresaba cabalgando triunfante junto a ellos. Sin duda, el caballero se transformaba a lomos de un caballo de guerra. Verlo justar en el Gran Torneo, sin duda, sería un espectáculo digno de ver.

Cosecha 16

Las puertas de Nueva Alasia estaban abiertas de par en par cuando los Portadores del Amuleto las divisaron en la distancia. Una gran afluencia de gente entraba y salía de ellas. Caravanas mercantes llegaban desde lejos, atraídas por el gran evento. Delegaciones festoneadas por banderas y estandartes de todas formas y colores y lideradas por gallardos caballeros cubiertos en acero desfilaban hacia el interior de la ciudad, futuros contendientes en las justas y combates. Al norte de la ciudad, en la distancia, habían divisado una gran comitiva que avanzaba hacia Nueva Alasia bajo el estandarte de una gran águila negra. De donde venían, era imposible decirlo, ya que el grueso del tráfico provenía del Viejo Camino del Este, la puerta de entrada a la baronía. Y desde el sur llegaba otra delegación, exhibiendo orgullosamenta la enseña del puño negro sobre fondo morado, el emblema personal de Koran Kharr, el tirano de Typhris.

Sin duda, el Torneo de Roca Blanca iba a ser todo un acontecimiento que se recordaría durante décadas. La ciudad hervía de actividad, atestada de extranjeros y forasteros de toda índole. Inevitablemente, la mirada de los Portadores se elevó hacia el Castillo del Barón Stephan, alzándose altivo sobre la Roca Blanca que le daba su nombre. En sus mazmorras, custodiado por las más extremas medidas de seguridad, encerrado en un cofre de acero aldurio cerrado con seis cerrojos, se encontraba el Amuleto de Kishad. A pesar de la carga de la que se habían liberado al entregarlo al Barón, los Portadores no pudieron reprimir un escalofrío. Los días siguientes serían un bullicio de idas y venidas, y la ciudad acogería a cientos de almas recién llegadas de todos los confines de Valorea. A la mente de Adà regresó la siniestra y apocalíptica profecía del maestro Rahab. El fin empezaría con el sonido de un cuerno, y sería allí, en Alasia.

 El Torneo de Roca Blanca estaba a punto de empezar, y en él se jugaba mucho más de lo que nadie podía imaginar.

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