Crónicas de Alasia (LXXII): El Secreto de Lindar

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales
  • Ogden, un enano sin recuerdos tras su paso por la Rama Dorada

Cosecha 15

Tras semanas en el bosque, la muchedumbre de Nueva Alasia parecía atronadora, turbulenta y mareante. Después de estar acompañados durante largos días únicamente por los sonidos salvajes de la espesura, ahora se encontraban rodeados de gente por todas partes, transeuntes atareados que caminaban sin vigilar constantemente que algo terrible les saltara encima en cualquier momento, que no necesitaban estar pendientes de huellas y rastros para evitar una muerte atroz, que podían permitirse el lujo de charlar y mostrarse escandalosos sin temor a atraer atenciones peligrosas. La ciudad parecía más bulliciosa que cuando se marcharon, más vital y colorida, y los exploradores no tardaron en averiguar la razón: un gran torneo como jamás se había visto en la Baronía estaba a punto de celebrarse. Cansados hasta los huesos y al borde de la extenuación, con los talones llagados y las plantas de los pies doloridas, los compañeros tenían un único objetivo.

Cruzaron las puertas del Hacha y el Suspiro agotados pero triunfantes, y fueron recibidos por las miradas intrigadas pero aliviadas de los parroquianos, aunque estaba claro que su supervivencia había hecho perder a más de uno el dinero apostado, y por supuesto, también por la espumosa y dorada cerveza de Gorstan. Frente a un gran y humeanto cerdo asado, y rodeados por una multitud curiosa, los exploradores relataron sus aventuras en Wilwood: sus encuentros con dracos y orcos, su noche en la posada de las hadas y su segunda huida de los hombres-lobo del bosque. Tras aquel banquete capaz de resucitar a los muertos, cada uno de los miembros del grupo se retiró ansiosamente a sus aposentos, donde les esperaba el mayor tesoro que en aquellos momentos sus mentes podían concebir: una cama mullida, caliente y a salvo. El único que no lo hizo fue Namat, que agarrando su parte del botín, salió a las calles nocturnas en busca de otro tipo de solaz.

Cosecha 16

Tras un sueño reparador aunque no carente de pesadillas, los exploradores dedicaron el día a distintas tareas, la más acuciante de las cuales era hallar una cura para la ceguera de Dworkin. Para su desaliento, comprobaron lo que ya sospechaban: tal milagro escapaba al poder de todos los sacerdotes de Nueva Alasia. Ni siquiera en el Bazar del Aventurero pudieron hallar un remedio para los ojos del gnomo. Sin embargo, aún quedaba un lugar por visitar: la tienda de redomas y elixires de Al-Ahzred el Alquimista. El sûlita tenía un un ungüento capaz de devolver la vista al gnomo pero, inmisericorde, puso un alto precio a sus conocimientos. Gran parte del botín hallado en el cubil subacuático de los dracos tuvo que ser entregado al alquimista, pero el potingue funcionó según lo prometido, y Dworkin sintió que poco a poco sus ojos empezaban a recuperar su buen funcionamiento.

Por su parte, Shelain visitó a su padre, el Ithandir Sovieliss de Liadiir. Encontró al maestro de armas preparando su inminente partida. Al día siguiente encabezaría una expedición de guerreros hacia las ruinas de la Ciudad Antigua, la primera Alasia que había caído en manos de la oscuridad hacía mil años. Las ruinas se abrían como una llaga abierta y purulenta en la faz de aquellas tierras, y el Barón deseaba saber qué anidaba allí y si había posibilidades de retomar aquel lugar de tan enorme valor simbólico. En su último encuentro, la brecha entre padre e hija parecía haber dado indicios de empezar a cerrarse, pero en aquella ocasión, después de que Shelain le contara sus aventuras en el bosque, el alto elfo pareció reconocer tácitamente el valor y las habilidades marciales de su única hija, y Shelain sintió que por primera vez en su vida, se miraban de guerrero a guerrero. Cuando ella le habló de las ruinas élficas halladas en Wilwood, el Ithandir le dijo:

Antaño, hija, gran parte de Valorea estuvo bajo el amparo de nuestro pueblo. Adaredhel, un gran reino como jamás el mundo ha visto otro, ocupaba casi todo el continente, y estas tierras no son la excepción. Nuestro nombre, nuestro linaje, procede de aquellos tiempos, allí se encuentran las raíces de nuestra casa. Quien sabe qué vestigios de nuestra antigua gloria permanecen aún a la sombra de árboles centenarios. Si regresas a Galen Ardh, a Wilwood, manten los ojos bien abiertos. Quizá halles fragmentos de tu propia historia.

Se despidieron no con un abrazo, sino estrechando los antebrazos como los orgullosos guerreros que eran.

De regreso a la posada, la elfa decidió recabar más información sobre aquel torneo del que hablaba todo el mundo; su espíritu combativo la llevaba a desear medirse contra adversarios de la talla de los que sin duda acudirían al evento. Sin embargo, comprobó que no todo el mundo se preparaba para el festival. Sir Mathew Corven, el lord comandante de los Caballeros Protectores, también se preparaba para el viaje. Habían llegado rumores de movimientos extraños al sur de las Tierras Reclamadas, cerca de la frontera. Algunos incluso aseguraban haber visto actividad en la abandonada aldea de Durham. El caballero había ordenado a algunos de sus mejores hombres a que partieran con él para comprobar la veracidad de aquellos rumores. Ante aquello, la elfa frunció el ceño. ¿Sería posible que algo estuviera renaciendo en Durham? ¿Acaso su trabajo allí no había terminado?

Mientras tanto, en la plaza del Mercado, una figura de lo más llamativa estaba dando una arenga en frente a una gran multitud. Namat, después de una larga noche en las mancebías de la ciudad, parecía otra persona. En algún momento de su monumental jarana se había rapado el cabello al cero, y se había tatuado el cráneo con símbolos de valor y fortaleza. Tras la resaca, y tras asimilar todo lo sucedido en Wilwood, había decidido que su deber era asegurarse que todos los ciudadanos de Nueva Alasia supieran los peligros a los que estaban expuestos. Vociferando desde lo alto de su improvisado púlpito, el clérigo de Valkar advirtió a la población de que los orcos del bosque preparaban una invasión para recuperar sus tierras ancestrales, y que se debía construir un muro que les impidiera el paso, y les advirtió de las hordas de hombres-lobo que en cualquier momento saldrían de la espesura para provocar un baño de sangre. Se avecinaba una guerra, pregonaba Namat, y los alasianos debían prepararse para ella. Aunque muchos le tomaron por un fanático zelote, un falso profeta de la calamidad, el mensaje estaba lo suficientemente revestido de verdad como para que calara hondo entre muchos otros. Para cuando la guardia de la ciudad puso fin a su perorata, su mensaje ya había sido transmitido, y la semilla de la duda y el miedo había sido plantada.

Y, ajeno al caos que estaba propiciando su compañero, Gaul había regresado a la biblioteca de la Catedral. Los misterios de Wilwood seguían fascinándole, y quería saber más acerca de las leyendas de las que les había hablado Elian. Allí encontró libros que hablaban sobre las Tres Bestias de Wilwood: el protector Espíritu del Lobo, el vigilante Rey Alado y la sanguinaria Gran Sierpe. Según las leyendas, cuando los primeros druidas llegaron a la región las bestias ya moraban en Wilwood, como encarnaciones de las distintas facetas de la naturaleza. En todas ellas, el Espíritu del Lobo aparecía como una entidad noble y benigna, aliada de la humanidad y en armonía con los ciclos naturales del bosque. ¿Porqué entonces enviaba a sus hijos como bestias asesinas con la llegada de la luna llena? Algo había roto aquel sagrado equilibrio, y Gaul sabía que su deber como druida era restablecerlo. Costara lo que costara.

Cosecha 17

Un largo e intenso debate bajo el techo de Gorstan decidió el siguiente paso de los exploradores. Se intercambiaron duras palabras con Namat respecto a su discurso de terror, que no había dado con sus huesos en un calabozo por bien poco. El clérigo, sin embargo, no se arrepentía, pues creía estar cumpliendo con su deber. Gaul deseaba regresar a Wilwood a pesar de todo, pero era consciente de que necesitaban un mejor plan de acción si no querían verse de nuevo en la misma situación desesperada. Shelain deseaba combatir en el torneo, pero los rumores sobre Durham le pesaban como una losa, y deseaba asegurarse de que todo estaba bien por aquellos lares. Elian y Dworkin les recordaron que el Viejo Silas seguía allí con ellos y, que hicieran lo que hicieran a continuación, debían llevarle hasta Lindar, pues después de lo vivido, el anciano no estaba para hacer el viaje por sus propios medios.

Tras adquirir monturas, pues, los exploradores se pusieron en camino de nuevo, aquella vez en dirección a Lindar. Unas horas más tarde avistaron la empalizada de la aldea de cazadores, y el humo de las chimeneas sobre las casas de piedra y madera. Fueron bien recibidos, y más al ver que el Viejo Silas cabalgaba con ellos. El anciano buscador de oro era el excéntrico local, pero aún así un personaje muy querido por todos los lindareños, y se encontraba entre los pocos colonos originales que habían fundado la aldea y que aún seguían con vida. Al no verle regresar antes del plenilunio, lo habían dado por muerto.

Tras despedirse de Silas, los exploradores se detuvieron a remojar el gaznate en el Árbol Hueco, la única taberna de Lindar. Sin embargo, no se les permitiría estar mucho rato allí. A no mucho tardar, un grupo de hombres de gesto torvo les indicó que Brinden, el anciano de la aldea, deseaba reunirse con ellos. Por sus miradas, la invitación no era opcional. No queriendo problemas con aquella gente, los seis camaradas siguieron a sus escoltas hasta la casa de Brinden, que hacía las veces de consistorio. Allí el alcalde les recibió. Se trataba de un veterano cazador y hombre de campo cuyo cabello se había tornado al gris no demasiado tiempo atrás. Claramente, Brinden había estado hablando con Silas, y sabía de la indiscreción que el anciano había cometido. Ahora quería tomar la medida a aquellos que podían conocer o intuir el secreto de la aldea. Viendo a través de sus intentos de tantearles, los exploradores le revelaron las conclusiones a las que habían llegado. Habían recorrido el bosque y habían visto los indicios: señales de camino advirtiendo de peligros, humos de hogueras de campamento, y cadáveres ataviados como los cazadores de Lindar. Y Silas había revelado accidentalmente aún más información con su desliz verbal y su actitud reverente ante la tumba de Elora, la giganta del bosque. Brinden se sentó en su silla junto al fuego y asintió.

Es inútil seguir fingiendo con vosotros, pues. Sí, así es. Lindar no sólo es el hogar de cazadores, leñadores y fabricantes de arcos. Algunos de nosotros tenemos, o hemos tenido, responsabilidades más grandes. Nuestros montaraces han patrullado el bosque en secreto durante cuarenta años, y gracias a ellos, las Tierras Reclamadas son el lugar que son hoy en día. El Barón ha hecho un buen trabajo con los caminos y los campos abiertos, sí. Pero no puedes mandar a caballeros y soldados a un lugar como Wilwood y esperar que regresen de una pieza. Vosotros ya lo habéis comprobado. Mis hombres velan por la seguridad de todos, desde las sombras verdes, sin esperar nunca reconocimiento ni gratitud. Son cazadores, sí, pero sus presas no son siempre venados y jabalíes.  

Cuando Elian le preguntó porqué actuaban en la clandestinidad, si lo que hacían era en beneficio de toda la población de Alasia, Brinden resopló.

Somos gente independiente, mago. Informar al Barón de nuestras actividades significaría ponernos bajo sus órdenes, y tener que acatar decisiones que probablemente no nos gustarían. Esta aldea y sus moradores son mi máxima prioridad, y no quiero que eso cambie. Si tengo que elegir entre su seguridad y la de un colectivo más numeroso, quiero hacerlo libremente, porque me lo dicte mi conciencia, no porque me lo ordenen. Y más tarde o más temprano, alguien desearía dar a mis hombres y sus habilidades un uso más… militar… y eso es algo que no pienso consentir. Simplemente, es más sencillo actuar por libre si nadie sabe lo que estamos haciendo. Y por supuesto, también está nuestro juramento a los Voadkyn.

Los colonos como mi padre, que fundaron este asentamiento hace ya casi medio siglo, provenían todos de la vieja Sarland. Eran cazadores y monteros, muchos de ellos ealdormen, miembros descastados de la antigua nobleza sarel. Y por supuesto, se trajeron sus tradiciones consigo. Veréis que no hay iglesia dentro de nuestro muro. Nuestro templo es el bosque, nuestros dioses son los de la Vieja Fe. Durante sus primeras exploraciones, los fundadores entraron en contacto con Rhynn Pwyll y su compañera Elora, los últimos Voadkyn de Wilwood, y forjaron un pacto que aún hoy se mantiene. Los nobles gigantes enseñaron a los primeros lindareños los secretos del bosque, artes ya olvidadas por los hombres y, desde entonces, los montaraces de Lindar custodian en secreto el extremo este del bosque, sirviendo como primera línea de defensa para las Tierras Reclamadas.

Pero hace cinco años todo cambió, con la llegada de la maldición de la luna llena. Al principio, mis hombres sospecharon del ermitaño loco que vive en la espesura, pero ni siquiera el mejor de mis montaraces, Jack Morden, fue capaz de hallarle. Fue entonces cuando los Voadkyn decidieron buscar al Espíritu del Lobo para averiguar la verdad. Fueron atacados salvajemente, y Elora perdió la vida.

Dworkin, absolutamente fascinado, preguntó a Brinden si era posible que Rhynn Pwyll viajara junto a un animal. No podía olvidar el gigantesco rastro que habían detectado tanto tiempo atrás.

Así es. El fiel compañero de Pwyll es Cadarn, un lobo tan gigantesco como él.

Eso confirma nuestros temores –dijo el gnomo-. Encontramos sus huellas hace un tiempo… huellas ensangrentadas.

El rostro de Brinden se ensombreció.

Rhynn Pwyll jamás deja rastro de su paso… a no ser que desee ser encontrado. Creo que lo que encontrasteis fue una petición de ayuda. Que Herne proteja al buen rey Pwyll, aunque temo que ya se encuentre más allá de todo auxilio. Este es un triste día.

Uno a uno, los compañeros le dieron su palabra a Brinden de que el secreto de Lindar estaba a salvo con ellos. El viejo montaraz lo sabía, y por ello les había confiado información que jamás había revelado a forastero alguno.

Vamos a poner fin a la maldición de Wilwood –dijo Gaul-. Restableceremos el equilibrio del bosque. Pero no podemos hacerlo solos.

El viejo alcalde asintió con la cabeza antes de seguir hablando.

Mis montaraces nunca se aventuran más allá del Puente Roto, ni se acercan demasiado al Risco… aquello es territorio orco. Y en el corazón del bosque se encuentra el Valle de los Túmulos, donde los reyes muertos de los primeros hombres moran. Desconozco si tiene alguna relación con la maldición, pero sus nieblas eternas crecen y extienden sin parar, tragándose más y más bosque año a año. Pero Rhynn Pwyll creía que la raiz del problema se encontraba en el Espíritu del Lobo, y yo confío en su sabiduría. Algún mal le aqueja, y ese mal se refleja en todos sus hijos.

Le sanaremos –dijo Elian-, y acabaremos con la maldición para siempre. Pero no sabemos cómo hacerlo.

Junto a Brinden, los Exploradores de Wilwood debatieron largo y tendido. Una nueva misión se abría ante ellos, una búsqueda tan ardua que su éxito era apenas concebible. Sólo había tres maneras de lograrlo, cada cual más incierta y cargada de peligros. Podían intentar encontrar al Ermitaño Loco, el extraño eremita que habitaba en algún lugar del bosque, y convencerle de que revelase todo cuanto pudiera saber. Su segunda opción era intentar hallar al legendario Rey Alado, de quien se decía que veía todo cuanto ocurría en el bosque y que nada escapaba a su mirada. Y por último, podían intentar encontrar a Rhynn Pwyll, el Último de los Voadkyn, si es que no era ya demasiado tarde.

Un soplo de aire frío entrando por la ventana les recordó que el verano había tocado a su fin. El otoño estaba a punto de nacer. Y la luna llena había empezado a acercarse de nuevo. Decidieran lo que decidieran, el tiempo jugaba en su contra una vez más.

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6 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXXII): El Secreto de Lindar”

  1. ¡Magnífico! Me encanta cómo las diferentes tramas entran y salen unas de otras, tejiendo un estupendo relato coral. ¡Ríanse de ello otras “partidas-río”! 😉 Y ahora se nos abre una nueva puerta con esa nueva misión, sí señor.

    Por cierto que empiezo a estar fascinado por la evolución de Namat. Este hombre la va a acabar liando parda, ¿verdad?

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    1. ¡Pues apostaría a que sí, la va a liar, pero no lo sé! ¡El futuro, siempre en movimiento está! Hasta aquí ha llegado todo lo que hemos jugado con este grupo, por lo que a partir de ahora, yo sólo puedo especular igual que vosotros.

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  2. No siempre comento para no resultar pesado pero, como siempre, extraordinario. Me encantan esta serie de relatos donde se ve como un sandbox puede tener una historia consistente detrás (cosa que algunos dudan).

    Espero que todavía nos queden muchos capítulos por delante. Es mi novela de fantasía de cabecera ^_^.

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    1. ¡Esto me da una alegría brutal! Me sabe mal, pero tengo que decir que a las Crónicas les queda lo mismo que al año… cuatro días. La entrada número 75 será la última, ya que hasta aquí ha dado todo lo que hemos jugado por el momento. ¡Pero no es el fin! En nuestro grupo lo consideramos el final del primer libro, o el final de la primera temporada, para los más televisivos. A partir de ahora, sólo podré ir relatando a medida que vayamos jugando, con lo que lógicamente el ritmo va a ser mucho, mucho más lento.

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  3. Secundo los comentarios que me preceden. Es increíble cómo poco a poco vamos conociendo más y más de la ambientación a través de las exploraciones de los personajes. Me encanta también el trasfondo que hay detrás, mucho más complejo de lo que se intuía en un principio.

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  4. Desde el principio, mi intención fue que la campaña de Alasia fuera revelando sus secretos y misterios a fuego lento, y en consecuencia de la exploración de los aventureros. En estos años de juego han empezado a salir muchas cosas a la luz, y se ha empezado a perfilar mucho de lo que hay detrás del trasfondo… y aún queda mucho por revelar. Creo que de esta manera ha resultado más gratificante para los jugadores, y espero que también para los lectores. Muchos momentos satisfactorios se han dado al mirar hacia atrás, a detalles que en el momento de jugarlos no parecían importantes, y luego descubrir que todo estaba relacionado.

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