Crónicas de Alasia (LXXI): En la Morada de Gerbal

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Cosecha 15

El informe escrito por Gerbal arrojaba luz sobre muchos misterios, y los Escudos de Piedra reconocieron el enorme valor del documento tras leerlo con atención. Aquello probaba que realmente existía una conspiración darkon para desestabilizar las Tierras Reclamadas y socavar el gobierno del Barón Stephan. De la misma manera, constituía una prueba que permitiría limpiar el buen nombre de Jack Morden, el arquero de Lindar convertido injustamente en proscrito. Y encima indicaba que la prometida de Jack, Morayne, ¡seguía con vida! La joven iba a ser sacrificada durante la siguiente media luna; con el plenilunio tan reciente, aún quedaban dos semanas para ello. No podían perder el tiempo, pero al menos ahora sabían de cuanto margen disponían.

Por fortuna, parecía que Gerbal, o mejor dicho, Arakh Zuul, había metido los dedos en demasiadas tartas; probablemente aquello había impedido que alcanzara plenamente sus objetivos… aún. Y obviamente la carta no había llegado a su destinatario, alguien a quien el propio Zuul rendía cuentas y al que éste llamaba Ar-Gulâr, Señor de la Alta Hechicería. Al final, el mago al que perseguían resultó no ser el cabecilla sino un mero agente de algo conocido como la Llama Oscura. Y si estaba él, ¿cuantos más podría haber, pasando desapercibidos, manipulando subrepticiamente los acontecimientos para sembrar el caos?

Pero de todo aquello se ocuparían a su debido momento. Los túneles se cavan golpe a golpe. Ahora debían concentrar todos sus esfuerzos en encontrar a Gerbal y poner fin a su juego de una vez por todas. Sin duda habían llegado hasta su verdadera morada, y en algún lugar de aquel laberinto de cámaras y estancias aguardaba el brujo, Era hora de separar su cabeza de su cuerpo y terminar el trabajo. Con ese ánimo, los Escudos marcharon en formación cerrada hasta llegar a una sala dominada por un inmenso tapiz que cubría por completo uno de los lados, desde el techo hasta casi tocar el suelo. El tapiz mostraba el rostro de Gerbal, alzándose imponente como un gigante sobre las ruinas de Nueva Alasia, con las Tierras Reclamadas ardiendo a su alrededor. En el extremo sur, el tapiz ondeaba ligeramente, como si no se apoyara sobre la pared como en el resto de la sala, lo que parecía indicar que aquella parte ocultaba un pasaje disimulado.

Lomborth advirtió a sus camaradas que el tapiz estaba encantado de alguna manera, mientras que Grugnir calculaba que, si lograban descolgarlo y transportarlo, aquel tapiz valdría una verdadera fortuna. Al fin y al cabo, para considerarse mercenarios, estaban haciendo un montón de trabajo no remunerado. No había más manera de seguir avanzando, así que embrujado o no, había que apartarlo de en medio. Tobruk se acercó, hacha en mano, e intentó deslizarlo a un lado. En ese momento, la superficie del tapiz rieló como si fuera un líquido recién removido, y de ella surgió una criatura, y luego otra. Eran dos estatuas de cristal macizo, talladas a la perfección para representar a Gerbal hasta en los detalles más nimios. Al unísono, y sin mover los labios de cristal, las dos estatuas gritaron “¿Quien osa invadir mi fortaleza?”, antes de empezar a aporrear salvajemente a Tobruk, que había quedado entre ambas.

El combate fue corto pero duro. Las dos estatuas animadas pegaban con una fuerza inhumana, y eran más duras de lo que parecían. Los Escudos terminaron por imponerse, pero no sin verse obligados a gastar conjuros y fuerzas que hubieran preferido reservarse para el verdadero Gerbal. Tras la cámara del tapiz había una sala siniestra, predominada por un altar negro cubierto de velas rojas. Tras el altar había una estructura de madera en forma de pentáculo invertido, con grilletes para muñecas y tobillos. Comprendieron que era allí donde el brujo pretendía sacrificar a Morayne. Aquella estancia contenía dos salidas más, y después de despojarla de todo lo que pudiera tener algún valor, la abandonaron por un pasadizo que se dirigía al este.

Tras derrotar sin problemas a un centinela ogro solitario apostado en una sala de guardia, se les ofrecía la disyuntiva de avanzar por un pasadizo estrecho flanqueado por una hilera tras otra de estatuas cristalinas de Gerbal, cruzar una pequeña antesala con una columna de piedra muy sospechosa en el centro, o torcer al sur antes adentrarse en el pasadizo de las estatuas. Temiéndose una trampa, Grugnir decidió adentrarse sólo en la estancia de la columna y comprobar si ésta ocultaba algún mecanismo letal. Su instinto no le falló… pero el mecanismo no se hallaba en la columna. Nada más adentrarse en el interior de la sala, grandes hojas de guadaña afiladas como navajas surgieron de la columna y empezaron a rotar a gran velocidad, amenazando con hacerle picadillo. Ágilmente logró evitar los filos rodando por el suelo y logró atravesar la estancia. Debía hallar una manera de desactivarla si quería que sus compañeros pudieran seguirle, pero no se atrevía a hacerlo sin cerciorarse antes de no exponerse a ningún peligro. Sigiloso, se deslizó hacia la nueva puerta que tenía delante, y la entreabrió para asomar la cabeza.

Parecía un viejo estudio, con el polvo y el moho recubriendo dos sillas frente a una gran chimenea en la pared sur. En una vieja mesa entre las dos sillas reposaba un libro no menos polvoriento. Una antorcha parpadeando débilmente proyectaba sombras oscilantes, y Grugnir estuvo a punto de entrar para inspeccionar el vacío estudio. Entonces, por el rabillo del ojo captó un movimiento fugaz, y se dio cuenta de que dos de las sombras proyectadas por la antorcha habían cambiado de posición dentro de la sala… se habían movido de forma independiente. Reprimiendo un escalofrío, volvió a cerrar la puerta y se dedicó a intentar encontrar la manera de desactivar la trampa de cuchillas para poder volver junto a sus compañeros. No tenía intención de pasar ni un segundo más de lo necesario tan cerca de esas sombras animadas.

Tras examinar concienzudamente el umbral y el tramo de pasadizo en el que se encontraba, encontró algunos agujeros de cerradura muy pequeños y bien disimulados en la pared. Ya estaba sacando las ganzúas cuando recordó la llave que habían obtenido del cadáver del jefe ogro. Se ajustaba a la cerradura, y tras hacerla girar, las cuchillas giratorias se retrajeron de nuevo al interior de la columna con un sonoro chasquido. El pícaro enano volvió junto a sus camaradas, negando con la cabeza. Por aquel camino era mejor no avanzar.

Eso les dejaba el pasadizo de las estatuas, y el recodo hacia el sur terminado en una puerta cerrada. Las estatuas ya las habían catado, y sabían cómo se las gastaban. Si todas las que había en el pasadizo eran como las anteriores, intentar recorrerlo era un verdadero suicidio. Por tanto decidieron probar suerte por el otro lado, y también resultó contener un peligro mortal. Era una sala de forma cuadrada, y su parte central estaba cubierta por una gran alfombra también cuadrada. Una puerta al sur, por su posición, debía abrirse al estudio de las sombras, mientras que en la pared oeste una nueva puerta conducía a lo desconocido. Aquello tenía muy mala pinta, y efectivamente, tirando de precaución comprobaron que la alfombra ocultaba una trampa de foso increíblemente profunda. Tras bloquearla con piquetas de hierro para evitar accidentes, siguieron adelante. El aumento drástico de las medidas de seguridad les decía sin ningún género de dudas que Gerbal debía estar muy, muy cerca. Lo que no esperaban era encontrar al mago tras la siguiente puerta.

Al otro lado de la puerta se escuchaban voces, un hombre y una mujer discutiendo acaloradamente. Abriendo la puerta de una patada, los Escudos de Piedra vieron lo que había más allá. Se trataba de una alcoba. Había dos camas individuales y separadas, y sentada en una de ellas había una joven mujer humana. Su largo cabello era dorado rojizo, y sus ojos verdes lanzaban una mirada furibunda al hombre que se alzaba en el centro de la sala con pose orgullosa. Los Escudos le conocían de su largo encierro. Gerbal el mago. El hechicero se volvió hacia ellos, sorprendido, y empezó a pronunciar las palabras de un conjuro, pero no tuvo tiempo de terminarlo. Cinco enanos entraron como una tromba de agua, cargando contra el brujo con la intención de no dejarle terminar su hechizo. Habían logrado sorprender al mago, y tenían una oportunidad inmejorable. Y la aprovecharon. En unos segundos, Gerbal yacía muerto a los pies de los Escudos de Piedra. Su gran enemigo había resultado un gigante con pies de barro.

La joven humana se cubrió los ojos con las manos y estalló en llanto, tan asustada como aliviada por el posible fin de su cautiverio. Tobruk se acercó a ella, enfundando su hacha ensangrentada. Intentando calmarla, confirmó que realmente se trataba de Morayne Tanner. La joven, entre sollozos, les pidió que la sacaran cuanto antes de allí; no soportaba pasar ni un minuto más en aquel lugar siniestro. Los enanos tenían muchas preguntas para ella, y la joven intentaba responderlas a todas entre su conmoción. Gerbal no le había causado ningún daño; aparentemente su único interés por ella consistía en el poder que según él se escondía en su interior. Pero a cada nueva pregunta, el nerviosismo y la ansiedad de Morayne aumentaban, y con lágrimas en los ojos volvió a suplicar que la sacaran de allí. Tobruk se ofreció para guiarla hasta el exterior y escoltarla hasta Rasad, mientras sus compañeros acababan de registrar el lugar y las pertenencias de Gerbal. El dormitorio del mago se encontraba justo al lado de aquel, y Morayne les había dicho que guardaba todos sus tesoros allí.

Dicho y hecho, el rubio enano abrió la marcha y la joven, infinitamente agradecida, se despidió del resto de sus salvadores y le siguió hacia la libertad. Más cuando se encontraban lejos del resto, en la sala del altar, Tobruk sintió las manos de la mujer alrededor de su cuello, y de repente empezó a notar como aquellas delicadas manos empezaban a apretar con una fuerza sobrehumana. Forcejeando y retorciéndose, el guerrero fue incapaz de liberarse de semejante presa, pero logró darse la vuelta para mirar cara a cara a su atacante. Y ya no era Morayne Tanner.

Su rostro iba cambiando a la vez que su altura menguaba y sus hombros se hacían más anchos. Sus blancas manos se broncearon mientras se volvían más velludas, varoniles y callosas. Un pelo rubio empezó a poblar su rostro mientras sus rasgos femeninos se volvían más toscos y rudos, el semblante de un guerrero enano. Su propia cara. En unos segundos, su estrangulador se había convertido en una réplica exacta de sí mismo. Sus férreos dedos le impedían gritar, y a pesar de toda su fuerza, le estaba empezando a aplastar la tráquea. La presa le impedía sacar el hacha de su funda, y Tobruk supo que le quedaban unos pocos instantes antes de perder la conciencia. Entonces recordó al tejón terrible, aquella bestia malhumorada que había adoptado como símbolo de su propia furia salvaje, de su naturaleza indómita. Dejó de intentar liberarse de la presa de hierro sobre su garganta, cedió a la rabia y empezó a golpear el estómago de su doble con las manos desnudas, sin darse cuenta de que estaba arañando y desgarrando como si el tejón y el enano fueran un sólo ser.

Pasó un tiempo antes de que Tobruk se diera cuenta de que las manos de su doble habían dejado de apretar. Cuando recuperó el control de sí mismo, frente a sí yacía su propio cadáver, destripado como si un animal lo hubiera abierto a garrazos. Era como una visión de su propia muerte. Sin perder tiempo en semejantes contemplaciones, el enano salió corriendo para regresar junto a sus compañeros. Si Morayne no era Morayne, el mago con el que habían acabado tan fácilmente no era Gerbal… y el resto de los Escudos estaban en un peligro terrible.

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6 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXXI): En la Morada de Gerbal”

  1. Hola,

    Soy Lorenzo J. Calero, estoy haciendo un crowdfunding por la plataforma Verkami. Me gustaría saber si sería posible anunciar el proyecto en vuestro blog. Queremos darle difusión para que el proyecto llegue al menos a los ojos de todos los Game Master.

    Os dejo aquí en enlace de la campaña:

    https://www.verkami.com/projects/16619-manual-de-improvisacion-rol-fantasia-medieval-app

    Podría responder a cualquier pregunta o duda que tuvieseis sin problema.

    Muchas gracias por vuestro tiempo,
    Un saludo
    Lorenzo J. Calero

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola. Pues he descubierto vuestro proyecto gracias a este comentario, y me parece de lo más intrigante. Me leeré la campaña a fondo y cuando tenga la oportunidad, escribo mis impresiones. ¡Saludos, y mucha suerte con el crowdfunding!

      Me gusta

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