Crónicas de Alasia (LXX): Luna de Sangre

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales
  • Ogden, un enano sin recuerdos tras su paso por la Rama Dorada

Cosecha 12

Namat pronunció una breve pero sonora oración a Valkar. Al instante, la luz del Padre de la Batalla inundó el bosque nocturno, revelando su presencia y la de sus compañeros ocultos a los orcos. El barbudo clérigo comprendía el lenguaje orco a la perfección, y había entendido hasta la última palabra del intercambio entre Gaul y los jinetes de Ur Grakka. Se llevaban prisionero a su camarada, y conocía a los orcos tanto como los odiaba: nada de lo que les dijera Gaul les iba a hacer cambiar de opinión. No tenía ningún sentido seguir ocultándose como rateros cuando Valkar exigía acción. Dos niños que van a pelearse se empujan unos a otros veinte o treinta veces antes de decidirse a pasar a los puñetazos… pero esa no era conducta para un clérigo del Señor del Hacha. Valkar tenía poca paciencia con los cobardes y los indecisos, y Namat había aprendido de sus enseñanzas que el que pega primero, pega dos veces.

¡Traición! ¡Emboscada! -gritó el gran orco tuerto, y por fin llegó la hora de la batalla.

Gaul miró con furia asesina a Namat mientras desenfundaba la Espada de Vonkar justo a tiempo para defenderse de dos de los jinetes. El resto de los orcos espoleó a sus emplumadas monturas y las azuzaron contra los compañeros, aún entre los arbustos. El líder, por su parte, se retiró sobre su ave de pico de hacha y empezó a entonar un cántico, elevando su voz para implorar al Ojo Rojo que intercediera en su ayuda.

Los exploradores no tardaron en reaccionar. Gaul se defendió como pudo de sus atacantes. No sólo tenía que evitar los toscos alfanjones de sus parientes, sino también defenderse de los zarpazos y terribles picotazos que las enormes y agresivas aves de monta le lanzaban sin descanso. Pronto su propia sangre empezó a teñir sus brazos de rojo, bajando hasta sus manos y volviendo resbaladiza la empuñadura de su espada. Por su parte, Elian empezó a cubrir al grupo con sus conjuros protectores, y Dworkin lanzó un hechizo sin abandonar la cobertura de los matorrales, durmiendo a una de las monturas en plena carga y haciendo que su jinete cayera rodando por los suelos. Ogden cargó contra el orco caído con un aullido salvaje fuera de lugar en el normalmente pacífico enano, mientras Shelain, haciendo girar su hoja élfica como un muro de acero frente a ella, se interpuso en el camino de dos de los jinetes orcos, protegiendo al Viejo Silas, y empezando una vez más la fría danza guerrera que la convertía en un terror en el campo de batalla. El último de los jinetes cargó directamente contra Namat, y su alfanje abrió una larga y roja línea diagonal en el macizo pecho del sacerdote, que cayó de rodillas antes de poder reaccionar.

En ese instante, el orco tuerto, que claramente era algún tipo de shamán, pronunció un grito gutural y señaló a Dworkin, quien ya estaba empezando a repetir su conjuro de sueño. De repente, el gnomo sintió como si sus nervios oculares estallaran en llamas, y tras unos instantes de dolor inenarrable, todo su mundo se quedó totalmente a oscuras. El poder del Ojo Rojo había destruído para siempre su visión, dejándole poco menos que incapacitado como hechicero. Viendo lo que acababa de hacer el shamán, Elian centró toda su atención en él. Era una amenaza mágica, y como abjurador era su deber contrarrestarla. En ese momento, mientras el cruento combate rugía a su alrededor, empezó una suerte de duelo de conjuros entre el siervo del Ojo Rojo y el mago con la sangre del León Blanco. El brujo orco lanzó un nuevo conjuro, pero Elian había preparado un contraconjuro nada sutil. Tres dardos luminosos brotaron de la punta de sus dedos y se hundieron profundamente en el pecho del orco, interrumpiendo su concentración y haciendo que sus palabras de poder se perdieran en un grito de dolor.

Gaul estaba luchando por su vida, consciente de que todos sus compañeros estaban demasiado ocupados para darle apoyo. Arriesgándose, se apartó como pudo de sus dos atacantes y pronunció una orden en la lengua de los druidas. Al instante, las hierbas del suelo y las ramas de los árboles parecieron cobrar vida, extenderse por voluntad propia, y empezaron a aferrar a orcos y aves primitivas por igual. Sus dos oponentes y el orco tuerto se vieron inmovilizados por el poder de la Madre Tierra, y aquello dio un breve respiro a los compañeros. Su conjuro no los retuvo mucho tiempo, pero si el suficiente como para que Shelain se encargara de sus dos enemigos y corriera a su lado. Sin embargo, uno de los jinetes se había zafado de la prisión vegetal, y justo cuando la guerrera llegaba junto a Gaul, el orco abatió al druida de un poderoso tajo asestado con las dos manos.

Con el shamán neutralizado entre las plantas de Gaul y los contraconjuros de Elian, los compañeros que quedaban en pie finalmente pudieron la vuelta a uno de sus combates más sangrientos hasta la fecha. Al perder a sus jinetes, algunas de las aves se perdieron en el bosque, y los compañeros acabaron con las que siguieron atacando como si estuvieran rabiosas. Cuando todo terminó, Namat y Gaul yacían en un charco de su propia sangre, y Dworkin, de rodillas, se cubría los ojos con las manos. Ogden estaba herido; el pico de un ave había abierto una brecha en su pectoral, pero el enano seguía en pie haciendo gala de la robustez de su especie. El shamán orco seguía con vida. Se había rendido al convertirse en el último miembro vivo de su partida, a cambio de que le perdonaran la vida. Fue capturado e inmovilizado; tenía mucho por lo que responder.

Elian y Shelain corrieron junto a sus camaradas caídos. Se encontraban a las puertas de la muerte. Descorchando la última pócima curativa que le restaba al grupo, Elian abrió los labios de Namat y vertió el mágico líquido en su garganta. Shelain estuvo a punto de detenerlo, pero Elian sabía lo que hacía. Tan pronto como el sacerdote abrió los ojos, confuso y sorprendido de seguir vivo, el mago le señaló a Gaul con urgente apremio. Namat suplicó a Valkar que salvara la vida a su compañero, y el Padre de la Batalla respondió a sus plegarias. El medio orco dio un espasmo, arrebatado de las mismas garras de la muerte, y tosió sangre mientras se incorporaba, malherido pero vivo al fin y al cabo.

[Aquello tuvo todos los visos de una Total Party Kill en toda regla, aunque al final lograron evitar el fatal desenlace por pura suerte… o más bien por mala suerte del master en los últimos asaltos del combate. Los orcos y sus monturas eran un hueso demasiado duro de roer, y sólo los dados y alguna táctica bien pensada les salvaron el trasero. La discusión que se produjo en la mesa de juego a raíz de la decisión no consensuada de Namat fue, digamos, interesante, y el jugador de Namat tuvo que dar más de una explicación. Por suerte la sangre de los pjs no llegó al río, pero aquello les dejaba en muy mala posición para su huida del bosque.]

Tras un breve reposo y emplear todo el poder de su fe en restablecer las heridas de sus compañeros en la medida en que Valkar se lo permitió, Namat examinó los ojos de Dworkin, y le confirmó al gnomo sus peores sospechas. Sus retinas no mostraban la más mínima reacción a los estímulos: había perdido la vista de manera permanente. Mientras tanto Gaul, cubierto de vendajes, junto a Elian y  Shelain, se dedicaron a interrogar al shamán tuerto. Su nombre era Gothrak, y por él supieron que los orcos del Escudo Hendido, su clan, tenían en Wilwood una gran ciudad, a la que llamaban Ur Grakka. Los orcos antaño habían dominado lo que hoy los hombres llamaban las Tierras Reclamadas, y habían sido expulsados de ellas cuarenta años atrás, cuando el Barón Stephan inició su reconquista de Alasia. Ahora vivían en un feudo constante con una tribu de gnolls que habían llegado al bosque una decada atrás. El shamán les advirtió que el Escudo Hendido estaba aguardando el momento de recuperar lo que era suyo, y que entonces los gnolls podrían quedarse el bosque entero si lo deseaban. Las Tierras Reclamadas volverían a conocer la mano del orco, y los humanos invasores no conocerían la piedad.

Haciendo honor a su palabra, los exploradores no torturaron al orco ni le hicieron daño alguno. Elian le preguntó a la hosca criatura si podía invertir lo que le había hecho a Dworkin. Gothrak respondió negativamente.

Pero lo que el Ojo Rojo quita, el Ojo Rojo lo puede devolver. Los grandes shamanes de Ur Grakka pueden pedirle al Ojo lo que Gothrak no se atreve. Llevadme a Ur Grakka y el pequeño ratón recuperará la vista.

Gaul, que se había criado entre orcos, advirtió el motivo de la insólita proposición. El shamán tenía prisa por llegar a la seguridad de la ciudad antes de que la luna llena se asomara en el cielo y, solo y sin montura, no estaba seguro de poder lograrlo. También sabía que, aunque probablemente no mentía, aceptar esa propuesta era una muerte segura: los orcos no tendrían con ellos la consideración que ellos le habían mostrado al shamán. Cogiendo el alfanje del orco, Gaul cortó de un certero golpe las cuerdas que le ataban.

Vete. Vuelve a tu Ur Grakka y no intentes darnos de caza de nuevo. Te hemos vencido una vez y volveremos a hacerlo si es necesario. Corre y quizá sobrevivas a la luna de sangre.

El shamán obedeció a toda prisa. Los compañeros se quedaron mirando como desaparecía en la noche, con la esperanza de que su muestra de compasión les fuera devuelta en futuros encuentros. Ninguno de ellos lo creía realmente.

Cosecha 14

Desde su encuentro con los orcos de Ur Grakka, el viaje de los compañeros a través de Wilwood se había convertido en una huida desesperada, una pesadilla constante. Habían abandonado toda pausa para comer y reposar y habían apretado el paso hasta el límite de sus fuerzas. Llevaban dos días andando casi sin parar, deteniéndose únicamente cuando el Viejo Silas se desplomaba incapaz de dar ni un sólo paso más. El pobre anciano estaba demacrado y ojeroso, desvariaba más de lo normal, y estaba empezando a dar señales de febrilidad. Estaba claro que su viejo corazón no soportaría aquel ritmo endiablado mucho tiempo más. A menudo Shelain, Namat y Gaul se turnaban para ayudarle a andar, a pesar de que el semiorco ya llevaba a cuestas al ciego Dworkin. Habían aprovechado el conocimiento sobre el camino adquirido en sus exploraciones anteriores, y forzando la marcha hasta límites insospechados, los exploradores lograron cubrir una gran distancia en aquellos dos días infernales. La magia de Namat les permitió avanzar durante más horas cada día, devolviendo la vitalidad perdida hasta que Valkar dejaba de responder a sus peticiones.

Y aún así, el tan ansiado lindero seguía sin aparecer. Según los cálculos de Gaul, debían de estar ya muy cerca, y había confiado en poder llegar antes de que cayera el sol. Pero los últimos rayos dorados del crepúsculo empezaban a desaparecer entre las hojas de los árboles, y Gaul supo que estaban perdidos. Tras un breve ocaso, la noche se adueñó del bosque con una rapidez pasmosa que les recordó que el verano había tocado a su fin, y en lo alto, como un enorme ojo de plata puro y brillante, la luna llena asomó con todo su esplendor sobre las copas de los árboles. Como si de una señal se tratara, un coro de aullidos fantasmales empezó a resonar a muchas millas de distancia, y otro mucho más cercano se elevó en respuesta. En meros instantes, todo Wilwood hervía con los aullidos de los lobos, cuyas voces iban cambiando en pleno grito, haciéndose más graves, más profundas, menos lupinas y más monstruosas.

¡Corred! ¡No os paréis ahora! ¡Corred, corred!

El grupo sintió que el cansancio desaparecía casi por completo, sustituido por la pura adrenalida provocada por el terror. Sin mirar atrás echaron a correr por sus vidas mientras los aullidos de cientos de hombres-lobo sonaban cada vez más cerca. Durante unos angustiosos minutos sintieron que la inmensa manada se aproximaba a una velocidad que ellos jamás lograrían superar, atraídos hacia ellos por lo que parecía un odio salvaje. Cuando a los aullidos empezaron a unirse los sonidos de ramas rompiéndose y maleza siendo apartada con fuerza, Shelain, que iba a la cabeza de la carrera, atisbó a una veintena de metros por delante una abertura entre los troncos. Una vasta extensión de campo abierto se abría más allá. ¡Era el lindero! ¡El límite del bosque estaba al alcance de la mano!

Entonces sucedieron dos cosas prácticamente a la vez. Por detrás del grupo, un puñado de las criaturas lupinas empezó a hacerse visible. Corrían como poseídos, a cuatro patas a pesar de que claramente eran bípedos, con largas garras afiladas y fauces babeantes, rugiendo y gruñendo y cubriendo terreno a una velocidad pasmosa. Y casi en el mismo momento, el Viejo Silas se desplomó, incapaz de dar un paso más y ni siquiera la magia de Namat consiguió ponerle en pie.

Maldiciéndose a sí mismo, Gaul dio la vuelta y corrió hacia el anciano que se había quedado atrás. Correr en la misma dirección de la que venían docenas de licántropos furiosos fue lo más difícil que había hecho en toda su vida. Atado a su espalda, Dworkin, incapaz de ver nada, se dio cuenta de lo que estaba pasando, y rezó a la Dama Verde con todas sus fuerzas. Mientras uno tras otro, sus compañeros cruzaban el lindero y abandonaban el infierno verde de Wilwood, el semiorco levantó al anciano y, con el viejo en brazos y el gnomo a la espalda, echó a correr de nuevo hacia la salvación.

Los hombres-lobo le pisaban los talones, lo bastante cerca ya como para que todo el dolor y agonía que transmitían los aullidos que las bestias lanzaban a modo de gritos de guerra se le contagiaran. Había un poder visceral en aquellos aullidos, un profundo dolor que le nublaba la mente y le hacía querer rendirse y abandonar, mostrar la garganta en rendición y aceptar la muerte. Y estuvo a punto de hacerlo, igual que Dworkin. Pero ambos sacaron fuerzas de flaqueza, y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se negaron a escuchar el canto de la parca. Imprimiendo todas la fuerza que pudo a sus largas zancadas, Gaul saltó al otro lado del lindero mientras unas largas zarpas desgarraban ya su capa de viaje.

En ese momento sus inhumanos perseguidores se detuvieron en seco, su carrera cortada en seco por algún poder desconocido. Los ojos de Shelain, que observaba desde el exterior con el corazón en un puño, por un momento vislumbraron un misterioso fogonazo dorado cubriendo el umbral arbóreo durante un instante, y las feroces bestias se perdieron de vista de nuevo hacia el interior del bosque, totalmente incapaces de abandonar sus confines.

Nadie se paró a hacerse preguntas. Siguieron corriendo tanto tiempo como sus exhaustos pies pudieron llevarles, antes de desplomarse sobre la hierba, bajo cielo abierto, bajo un manto oscuro cubierto de estrellas, sin rastro de árboles.

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7 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXX): Luna de Sangre”

    1. Pues sí, el pobre gnomo acabó pagando el pato. Y sabiendo que en Nueva Alasia no había ningún clérigo tan poderoso como para devolverle la vista… fue un momento durillo. Pero así es la vida, los malos no contienen los golpes y también van a por todas, exactamente como los jugadores.

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    1. Pues sí, y eso que es un personaje que se define como Neutral en alineamiento, y que dice que no va de héroe… y aunque sea a regañadientes, ya van unas cuantas de estas. Al final habrá que añadir a su ficha la palabra “Bueno” detrás de “Neutral” XDDD

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      1. Qué va… empezó Neutral, por el tema del aprendizaje druidico, pero cuanto más tiempo pasa en compañía de toda esta tropa, más se le está contagiando la vena heroica… o quizá es que él siempre se ha creído Neutral a pesar de que sus actos le delaten como Bueno. En cualquier caso, esa es la evolución que ha ido tomando el personaje… un héroe reticente, podríamos decir.

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