Crónicas de Alasia (LXVI): Hablando con Lobos

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales
  • Ogden, un enano sin recuerdos tras su paso por la Rama Dorada

Cosecha 9

Dworkin se estaba cociendo dentro del esputo cáustico del draco. No veía mucho de la lucha que se estaba librando a su alrededor, y el siseo de su propia piel bullendo le enfermaba. No aguantaría mucho más. En meros segundos perdería la conciencia, y todo habría terminado. Entonces, una manaza peluda se hundió en el moco tóxico, le agarró por el pescuezo y tiró de él con fuerza. Al entreabrir los ojos, lo único que vio fue una barba negra y frondosa.

Aguanta, pequeñajo. Le caes bien a Valkar, tu hora no ha llegado.

Namat recitó una plegaria, y Dworkin sintió que la piel le dejaba de arder tanto. El dolor era aún muy intenso, pero había estado a instantes de la muerte. En lo alto, uno de los dracos se enfrentaba a dos estirges que Gaul había conjurado haciendo uso de su magia druídica, intentando quitarse a los molestos bichos chupasangre de encima. El otro dragón de río ostentaba las marcas de las quemaduras de los rayos ígneos de Elian y tenía agujeros en las membranas de las alas por sus proyectiles mágicos. Shelain había sacado su arco e intentaba guiar sus flechas hacia uno u otro.

Entonces, sin pararse a darle un segundo vistazo a su paciente, el clérigo se volvió hacia uno de los seres, y con su profundo vozarrón, soltó una orden imperiosa que contenía una fracción del poder de su deidad.

Valkar te lo ordena, ¡DESCIENDE!

Incapaz de resistir la orden, la bestia escamosa se dejó caer en un descenso controlado hasta posarse en el suelo. Privado de la ventaja aérea, aquello selló su destino. Al momento Gaul y Shelain le rodearon y empezaron a atacarle sin piedad con sus espadas. Mientras tanto, el otro se había librado de las estirges y volvió a soltar un espumarajo ácido hacia el resto del grupo, pero esta vez consiguieron esquivarlo, aunque les salpicó de cientos de gotitas abrasadoras. Dworkin intentó dormirle con su magia, pero el conjuro no tuvo el menor efecto en la criatura.

Cuando el draco que había aterrizado murió a manos de Shelain, su congénere chilló de rabia, y empezó a hacer descensos en picado para morder a los asesinos de su pareja. Ahora los números estaban en favor de los exploradores, sin embargo, y presentaron una feroz resistencia. A no mucho tardar, la segunda bestia también estaba muerta, y los compañeros se dejaban caer sobre la hierba, sin acabar de creerse demasiado que habían logrado vencer.

Tras un breve reposo para recuperar el aliento y tratarse las heridas, volvieron su atención de nuevo al río. Seguían sin querer cruzar por allí, pero había un tesoro en el fondo, y ahora no tenía guardianes. Ni corta ni perezosa, Shelain se despojó de su armadura y, cubierta tan solo por el acolchamiento interior, se sumergió en las aguas y buceó hasta el fondo para rescatar el oro hundido. El nido de las criaturas era una oquedad formada debajo de varios fragmentos de puente apoyados unos sobre otros. Además de las monedas de oro, plata, bronce e incluso platino tiradas por el suelo como reclamo, había también gemas de distintos colores… y tres cadáveres abotargados, almacenados y medio devorados flotando contra el “techo” del nido. Dos de ellos eran gnolls como los que habían combatido unos días atrás, pero el otro era un humano, ataviado en los restos de una capa verde de cazador.

La elfa metió las monedas que pudo en el saco que llevaba, le quitó el zurrón al cadáver del hombre y se disponía a regresar a la superficie, cuando vio algo más. Eran las cáscaras rotas de tres huevos de un color marrón oscuro, del tamaño de un huevo de avestruz. Cuando Shelain asomó de nuevo a la superficie, salió del río a toda prisa y les dijo a sus compañeros que tenían que marcharse de allí de inmediato. Los dracos tenían crías, y no podían andar muy lejos. Aunque fueran más pequeños, no estaban en condiciones a enfrentarse a tres dragones voladores escupeácido más. No dudaron en hacerle caso, y recogiendo sus cosas rápidamente, siguieron el curso del río hacia el sur, con la intención de encontrar un modo de cruzarlo río abajo.

La fortuna volvió a sonreírles, y varias millas más adelante encontraron un lugar donde el escaso nivel del agua dejaba a la vista varias rocas que podían usarse para cruzar con facilidad. Además de un vado, era un buen abrevadero natural para los animales, y Gaul decidió echar un vistazo a los indicios que pudiera encontrar por los alrededores. Su instinto no le falló. Varios árboles estaban descortezados a una cierta altura, algo que suele pasar cuando los osos frotan sus espaldas contra ellos para marcar territorio, pero junto a esos árboles, y también pegadas a la corteza, Gaul vio un número de grandes plumas marrones, plumas similares a las de un búho, pero mucho más grandes. Se acababan de meter de lleno en el territorio de caza de osos-lechuza. Alertados gracias a esos indicios, decidieron no quedarse allí más tiempo del necesario, y cruzaron el vado hasta la orilla oeste del Cauce Plateado. Acaban de superar una frontera invisible, y todos compartieron la sensación de haber dado un gran paso en su expedición a Wilwood.

Cosecha 10

El día siguiente estuvo libre de tropiezos, pero no de revelaciones. En la corteza de un roble, Elian descubrió dos hileras de símbolos grabados a cuchillo en dos hileras. Gaul las reconoció como señales de camino de los montaraces, marcas que usaban símbolos del alfabeto druidico y que los montaraces usaban para dejarse advertencias y mensajes. ¿Pero quien podía dejar ese tipo de señales tan al interior de Wilwood? Nadie parecía patrullar el bosque, y el Barón Stephan carecía de efectivos para organizar un cuerpo de montaraces. Aunque no conocía los pormenores del sistema de señales, Gaul sí reconocía los símbolos individuales. La primera hilera contenía pictogramas para “peligro” y “sierpe”, la segunda para “sur” y “risco”. Tomando buena nota del mensaje y de su posición, y bastante intrigados en cuanto a su autoría, continuaron con su avance. Estaban siguiendo de nuevo el río hacia el norte, intentando llegar de nuevo al puente roto, y proseguir su camino hacia el oeste desde allí. Si el camino continuaba por aquel lado, sin duda lo haría por allí.

El amanecer estaba ya muy cerca, y Gaul estaba junto al fuego, montando la última guardia de la noche, cuando el vello de la nuca se le erizó y supo que estaba siendo observado. Sin moverse ni un centímetro, el semiorco miró de reojo a su alrededor, y efectivamente, allí estaban. Ojos amarillos entre los arbustos, orejas gachas y pelajes grises. Los lobos se habían acercado hasta una distancia preocupantemente cercana, y por todo lo que sabía de ellos, la manada les estaría rodeando por completo. Escapar sería muy difícil, y sería jugar exactamente al juego que los lobos querían jugar. Apelando a los secretos druidicos del lenguaje animal, Gaul se dirigió a los animales, y les preguntó qué les traía hasta allí.

Hambre -respondió un lobo grande y viejo, tuerto de un ojo-. La manada de Ojo Gris está hambrienta. El invierno se acerca rápido este año. Cuando la manada de Piel Verde se aleje de la flor roja, la manada de Ojo Gris le caerá encima. La manada saciará su hambre con entrañas calientes.

No es necesario -respondió Gaul, y sacando de su mochila un fardo con carne seca y queso, lo arrojó en dirección al viejo lobo. Ojo Gris lo olfateó unos segundos y engulló la comida glotonamente.

¿Más?

Gaul sacó otro fardo del zurrón. Tenían prácticamente todas sus raciones, ya que se habían ido sustentando de bayas druídicas. Pero antes de lanzarlo al lobo, dijo:

Sí, os daré más. Cazaré un venado para vosotros incluso. Pero antes tienes que hablarme del bosque. 

A Ojo Gris gustar Piel Verde. Piel Verde y su manada tener que irse. El Ojo de Plata en el Cielo se acerca. 

La luna llena. La anterior luna llena los exploradores se habían visto acechados y perseguidos por una manada de hombres-lobo furiosos, y habían logrado escapar de Wilwood por muy poco. Gaul tragó saliva. El sonido de la conversación estaba empezando a despertar a sus compañeros, que se quedaron muy quietos al ver al semiorco sentado frente al líder de una gran manada. Como gnomo, Dworkin podía entender su conversación.

¿Qué ocurre cuando llega el Ojo en el Cielo? -preguntó Gaul con un nudo en el estómago.

El Gran Lobo sufre. Y sus hijos sufrimos con él. Cuando llega el Ojo de Plata, llega la Locura.

¿Hay lobos de dos patas en el bosque, Ojo Gris? 

Cuando llega el Ojo, todos somos dos patas. 

Gaul y Dworkin se quedaron pálidos como la cera. Sus compañeros no sabían lo que estaba ocurriendo, pero vieron la lividez de sus rostros. El lobo siguió hablando.

El Gran Lobo sufre dolor. Mucho dolor. Cuando llega el Ojo, todos sus hijos lo sentimos también. No más hambre, solo sed. Sed de Sangre. Aullar de rabia. Correr con dos patas y matar. Todas las manadas del bosque son dos patas bajo la luz del Ojo.

No son hombres-lobo -explicó Dworkin a sus camaradas en un susurro-. Son lobos-hombre. Todos y cada uno de los lobos de Wilwood. De los cientos de lobos de Wilwood. 

Gaul alzó la vista al cielo. Debían quedar cinco, quizá seis noches para que la luna llena volviera a brillar sobre Wilwood. Y cuando lo hiciera, una horda de licántropos, los mismos animales con los que estaban conversando, les darían caza sin piedad. El druida hizo unos rápidos cálculos, y se volvió hacia sus compañeros con la mirada hosca. Llevaban más de dos semanas adentrándose en el bosque. No había manera humana de salir a tiempo. Aquella vez, correr no les serviría de nada.

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3 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXVI): Hablando con Lobos”

  1. Esto está tomando un cariz muy muy malo para ellos, pero muy emocionante para los lectores de tu blog. Además, con ésto se retoma uno de los misterios que quedó pendiente por resolver. Hay ganas de saber más.

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Gracias! Lo que me encantó de aquella sesión fue que ni yo mismo había previsto que iban a obtener información de aquella manera… El encuentro con los lobos pasó de ser una amenaza potencial a un roleo muy interesante mediante el que se enteraron de que algo estaba afectando a todos los lobos del bosque… ¡y la cara que se les quedó a los jugadores fue para verla!

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