Crónicas de Alasia (LXV): El Cauce Plateado

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales
  • Ogden, un enano sin recuerdos tras su paso por la Rama Dorada

Cosecha 7

Gaul era demasiado duro para morir de aquella manera. Dworkin y él habían logrado regresar junto al resto del grupo con el valioso libro de conjuros de Elian y parte del equipo que habían abandonado tras huir del árbol guadaña. El recio medio-orco resistió lo bastante como para reunirse con sus compañeros y recibir las plegarias curativas de Namat. Wilwood no les estaba poniendo fácil la expedición, y en cuanto el grupo se hubo restablecido lo suficiente, tras un día acampados, se pusieron en marcha, y esta vez decidieron avanzar más despacio, extremando las precauciones e intentando evitar todos los encuentros posibles.

Ello también les permitió, un par de días más tarde, descubrir el menhir. Se trataba de un antiquísimo monolito caído, prácticamente oculto por el musgo y la vegetación, y de avanzar más rápidamente probablemente lo hubieran pasado por alto, confundiéndolo con otra roca del bosque más. Pero Elian se percató de las extrañas y muy erosionadas marcas pictográficas que eran apenas visibles en una de sus superficies, y dio el alto al grupo para examinarlo más de cerca. Gaul reconoció inmediatamente las tallas: eran una forma antigua del lenguaje secreto de los druidas.

Entusiasmado ante la primera prueba palpable que encontraban de presencia druídica en la región, el iniciado pidió un descanso en la marcha para estudiar los escritos e intentar descifrar su significado. Con la ayuda de Elian, quien no conocía el lenguaje pero tenía mucha práctica transcribiendo textos antiguos y deduciendo las formas talladas que se habían borrado con la erosión, Gaul logró traducir parte del mensaje que había contenido el menhir. Marcaba “Wyldewoode” como un centro de poder de la Vieja Fe, y hablaba de la arboleda sagrada que se levantaba en su interior. Desafortunadamente, el texto no estaba completo y no logró averiguar más sobre ello. Pero las antiguas runas y espirales contenían una vieja oración, palabras de poder para despertar a los “guardianes de lo verde” y pedirles su ayuda para defender el bosque. Gaul nunca había oído nada semejante durante su aprendizaje en Dun Emain, y tomó buena nota de las palabras de la oración, consciente que acababa de aprender uno de los secretos perdidos de los druidas de antaño. Aquello no hizo más que renovar su determinación por explorar el bosque y empezar a cumplir, por fin, la misión que le había traído a aquellas tierras.

Cosecha 8

Avanzando hacia el oeste, los exploradores encuentran finalmente un nuevo tramo transitable del viejo camino, y esta vez algo más ancho y despejado que en ocasiones anteriores. Mientras descansan por la noche acampados bajo las raíces de un inmenso árbol, el sonido de pasos avanzando por el camino en la distancia les pone sobre alerta. Eran pasos lentos y desiguales, como de arrastrar de pies, y venían acompañados de unos quedos y cavernosos gimoteos. Ante aquel sonido, Ogden, el enano que se les había unido tras la noche en la Rama Dorada, empezó a sudar profusamente, y aferró su hacha con tal fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. Claramente reconocía aquel sonido a pesar de su falta de memoria.

Invocando algo más de luz mágica para ver a una mayor distancia, el origen de los pasos quedó al descubierto. Tres criaturas avanzaban por el camino en su dirección atraídas por la luz de la hoguera, los cadáveres andantes de dos hombres y una mujer vestidos en los restos harapientos de armaduras de cuero. Los tres muertos andantes fijaron sus cuencas vacías en Ogden, alzando el tono de sus gemidos, y le señalaron les tres a una. Antes de que nadie pudiera hacer nada, se abalanzaron sobre él con un odio que nacía al otro lado del Velo.

¡No quería abandonaros! -gritó el enano-. ¡Yo no quería dejaros allí!

Como impulsados por un resorte, el resto del grupo se puso en acción al instante para cerrar el paso a las criaturas y proteger a su nuevo compañero de viaje. Gaul y Shelain interceptaron a dos de las criaturas, trabándose cuerpo a cuerpo contra ellas, mientras Ogden empezaba a defenderse de la tercera, a la que Elian, Dworkin y Namat hacían objetivo de sus conjuros y plegarias. El semiorco y la elfa pronto comprobaron que el contacto de las criaturas les robaba la fuerza vital rápidamente, y al sentir ese frío gélido que les atenazaba las entrañas se dieron cuenta que no estaban luchando contra simples cadáveres animados, sino contra tumularios.

El grupo se impuso contra las criaturas, pero Ogden, aunque había conseguido evitar sus ataques, estaba visiblemente afectado por lo sucedido. No hacía falta preguntarle para entender que acababan de destruir los cadáveres de tres de sus antiguos compañeros. Al registrar los cadáveres, Namat encontró en el saquillo de uno de ellos un puñado de monedas tan antiguas y desgastadas que sus bordes casi cortaban. Estaban hechas de un extraño metal anaranjado que Elian identificó como electrum, una aleación de oro y plata que se usaba en el mundo antiguo. Las monedas, dijo el mago, eran parecidas a las que utilizaban las tribus conocidas como los Primeros Hombres. No solo eran pre-sartianas, sino que precedían incluso a la llegada del Imperio a las tierras de Valorea. Atando cabos, los compañeros dedujeron que debieron ser saqueadas en los túmulos de los reyes muertos, de los que tanto habían oído hablar, y se preguntaron que más tesoros aguardaban allí. ¿La aparición de los no-muertos significaba quizá que los túmulos no estaban lejos de su posición? No había manera de saberlo, ya que los muertos vivientes podían andar días y días sin cansarse ni detenerse, pero era un dato a tener en cuenta. A pesar de las posibles riquezas, ninguno de los exploradores tenía la menor intención de acercarse a aquel lugar, ni aunque fuera de pasada.

Por la mañana, pues, prosiguieron su camino, y al final del día empezaron a escuchar en la distancia el inconfundible murmullo del agua corriente. Sin duda se estaban aproximando al Cauce Plateado.

Cosecha 9

El nuevo día les confirmó sus suposiciones. El sonido del agua fue creciendo mientras el  sendero proseguía hacia el oeste hasta que, saliendo del amparo de los árboles por vez primera en mucho días, vieron el curso de un ancho río cruzándose en su camino. El Cauce Plateado, cuyas aguas hacían honor a su nombre al reflejarse el sol en ellas en infinidad de destellos movedizos y parpadeantes, corría de norte a sur. Aunque tanto río arriba como río abajo las aguas parecidas más rápidas y bravías, en aquel punto llano se remansaban para cobrar profundidad y perder velocidad. El río debía unos 30 metros de ancho y unos 4 o 5 de profundidad, y sus aguas más calmadas, con su cristalina nitidez, permitían entrever el fondo.

Antaño, en aquel punto un bonito puente de piedra había cruzado el Cauce Plateado, pero el puente cayó mucho tiempo atrás, y grandes fragmentos de él aún eran claramente visibles bajo el agua. El viejo camino conducía directamente hacia uno de los extremos del antiguo puente, que todavía se erguían a ambas orillas, extendiéndose un par o tres de metros antes de desaparecer por completo en la parte central. A ambos lados del principio del puente roto se abría un desnivel de unos 6 metros que descendía abruptamente hasta la orilla. Aparentemente, no había más manera de cruzar por aquel punto que nadar hasta la otra orilla.

Dworkin, siempre curioso, se encaramó sobre los restos del puente, y echó un vistazo al fondo del río. Allí, entre montones de cascotes sumergidos y cubiertos de lodo, algo centelleaba a la luz del sol… el inconfundible brillo del oro. El movimiento del agua le impedía verlo con claridad, pero sin duda había un gran montón de monedas hundidas en el fondo, bajo los restos del puente. Los compañeros se acercaron a la orilla, y aunque ninguno se atrevió a seguir al ligero gnomo a las ruinas del puente, empezaron a buscar la manera de extraer aquellas riquezas sin tener que sumergirse y nadar, algo que deseaban evitar a toda costa. Pero nada funcionó, el tesoro estaba demasiado lejos para sus conjuros e incluso los que llegaban eran insuficientes para desplazar los cascotes.

Ante la alternativa de tener que bucear para sacar las riquezas, y sin demasiadas ganas de correr un riesgo semejante, ya que ignoraban qué clase de criaturas podían habitar aquellas aguas, los compañeros optaron por no dejar que la avaricia les cegara, y decidieron abandonar el lugar. Río abajo, tarde o temprano, deberían de poder encontrar un vado por donde cruzar sin dificultades. Recuperando el orden de marcha habitual, los compañeros se dispusieron a marcharse siguiendo el río hacia el sur, y eso no gustó nada a las criaturas que, efectivamente, habitaban aquellas aguas. En aquel momento, la superficie del agua estalló cuando una criatura del tamaño de un caballo y cuerpo draconiano surgió del río y emprendió el vuelo, seguida por otra igual. De alas elegantes y extremidades provistas de anchas aletas, los pequeños y esbeltos dragones parecían igual de cómodos volando por los aires como lo habían estado bajo el agua, Soltando agudos chillidos, los dos dracos de río describieron un amplio círculo sobre las cabezas de los exploradores y abrieron las fauces de par en par antes de lanzarse al ataque.

Las criaturas habían usado su táctica habitual, usar su propio tesoro como cebo para atraer a sus presas bajo el agua, donde los dracos contaban con todas las ventajas. El ver que en aquella ocasión no había funcionado les había llenado de rabia y frustración. Hinchando los pulmones, los dos dracos exhalaron, esputando sendas bolas de mucosidad cáustica hacia sus objetivos. Dworkin cayó envuelto en la baba corrosiva, y el gnomo profirió un grito de dolor mientras su piel empezaba a llagarse y a fundirse a ojos vista. Lo que era peor, la capa mucilaginosa que le envolvía se hacía más dura por momentos, inmovilizándole por completo. El otro draco escupió su arma de aliento hacia el grueso del grupo, salpicándoles a todos y consiguiendo enredar a Ogden y a Gaul. A continuación, mientras los compañeros se recuperaban de la sorpresa y se preparaban para defenderse de aquel inesperado ataque, los dracos empezaron a hacer picados con unos arranques de velocidad pasmosos, mordiendo a uno de ellos sin detenerse y volviendo a recobrar altura inmediatamente después.

Mientras Dworkin, Ogden y Gaul se quemaban por el ácido de los dragones, Shelain desenfundó su hoja élfica y se preparó para recibir el próximo embate de los monstruos, mientras Namat corría a auxiliar al gnomo, y Elian empezaba a pronunciar las palabras de un conjuro mágico. No había manera de huir. No tenían manera de hacerles bajar. Y en unos segundos, cuando se hubieran recuperado, los dracos volverían a exhalar su aliento de ácido sobre ellos. La elfa apretó los dientes. Aquello no iba a ser una lucha. Iba a ser una matanza.

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2 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXV): El Cauce Plateado”

  1. Ja, ja, ja, ja… Sé que no es así, pero esto suena un poco a pataleta de máster de “Por mis dados toreros que estos tíos se comen el encuentro que les he preparado con tanto mimo, aunque no hayan caído en la trampa”… 😉

    Gran narración, por cierto. Me he visto transportado a Wildwood desde mi butaca…

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