Crónicas de Alasia (LXIV): Los Escudos Reforjados

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Flambard Finnegan, cronista y poeta mediano con ínfulas de enano
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Quarion, arquero elfo súbitamente rodeado de enanos

Cosecha 5

Tras escapar de las mazmorras del Castillo de Redoran, la pequeña aldea de Rasad se había convertido en el refugio y asilo de los maltrechos miembros de la compañía de los Escudos de Piedra. Los aldeanos les habían visto llegar en terribles condiciones, desperdigados y sin aliento, desprovistos de armas y equipo, y ahora, el miedo a lo que pudiera habitar en las entrañas de las ruinas cercanas era visible en los ojos de la mayoría. La posada del Dragón Dorado les había dado cobijo, y poco a poco, los cuatro enanos, el mediano y el elfo empezaron a reponer sus fuerzas.

Durante su estancia, Grugnir, que era el que menos maltrecho estaba, indagó en el pueblo, intentando averiguar si había algún sacerdote o mujer sabia que supiera de remedios y curaciones. La voz popular le llevó hasta una pequeña cabaña en las afueras, donde vivía la Vieja Tess. Según los aldeanos, la anciana era la comadrona del pueblo, conocedora de remedios naturales y plantas curativas. El pintoresco enano llamó a la puerta, y fue recibido por una mujer de edad muy avanzada, encorvada de espaldas y con un ojo ciego. La mujer le hizo pasar y siguió removiendo el caldero que estaba hirviendo en el fuego, desprendiendo un fuerte olor a hierbas. La anciana, tras espantar a su negro gato Grimalkin del asiento, invitó a Grugnir a sentarse, y ambos charlaron durante un rato. La Vieja Tess proporcionó a Grugnir vendas y emplastos que ayudarían a sus compañeros a sanar más rápido, a cambio de cualquier objeto de plata y hierro del que pudieran desprenderse. Grugnir se marchó de allí sin tenerlas todas consigo, agradecido por la ayuda prestada pero llevándose la sensación de que la anciana era más de lo que aparentaba… o mejor dicho, exactamente lo que aparentaba.

Los días pasaron, y los Escudos empezaron a recobrarse física y moralmente de su derrota y cautiverio. Inmediatamente, empezaron a trazar nuevos planes. Sabían que habían perdido una batalla, pero se negaban a dar por perdida la guerra contra Gerbal. Necesitaban reorganizarse y volver a pertrecharse debidamente, pero si el brujo darkon creía que se había librado de ellos, es que no conocía la testarudez de los enanos. Grugnir y Caellum, sigilosos, recuperaron el cofre con algo de equipo sobrante que, precavidamente, los Escudos habían escondido a las afueras del Castillo de Redoran. Era a todas luces insuficiente, pero si tenían suerte, estarían lo bastante bien equipados para el viaje de regreso a Nueva Alasia. Allí se reabastecerían y planearían su segunda incursión a las ruinas.

Así, al amanecer siguiente partieron de regreso a la ciudad, sombríos y cabizbajos, pero con el ánimo encendido y un gran odio hacia su enemigo. El hechicero había arrancado a Vorlak el Mestizo de la tumba a la que ellos le habían enviado. Sin duda lo utilizaría como un terrible y mortífero guardaespaldas. La misión se les antojaba más dura que nunca, pero había algo que arrojaba un rayo de esperanza. Durante su cautiverio, todos habían escuchado una voz de mujer en sus cabezas, una voz que les apremiaba a despertar y a prepararse para la visita de Gerbal… una voz que sólo podía pertenecer a Morayne Tanner, la prometida de Jack Morden, apodada como “la bruja de Lindar” por su aparente capacidad de “hablar con el viento”. ¡Morayne estaba aún con vida, y en manos de Gerbal! Los Escudos no pensaban permitirlo.

Durante su paso por Lindar, Quarion se despidió de los Escudos de Piedra. Su incorporación al grupo había sido completamente casual, pero ahora que conocía su verdadera historia, sentía que tenía una tarea propia que cumplir: Buscaría a Jack Morden y se encargaría de hacerle saber lo que los Escudos de Piedra estaban haciendo por él y por su amada. Los lindareños nunca confiarían lo suficiente en los enanos para revelarles nada acerca de Morden, pero el elfo había sido acogido como un aldeano más. Si alguien tenía alguna posibilidad de conseguirlo, era él. Agradecidos, y a pesar de la animosidad y las chanzas con las que habían recibido al elfo, los Escudos nombraron a Quarion miembro honorífico de la compañía antes de despedirse de él y proseguir su camino hacia Nueva Alasia.

Cosecha 9

Al poco de llegar a Nueva Alasia, ya instalados cómodamente en el Hacha y el Suspiro, Flambard les dio otra noticia a sus compañeros enanos: Dejaba la compañía. El mediano (que seguía insistiendo en sus raíces enanas) se había comportado de manera valerosa y leal durante su lucha, pero su cautiverio y estar a punto de morir a manos del Vorlak no muerto habían sido demasiado para él. Sentía que era el eslabón más débil de la cadena, y no quería suponer una carga para sus amigos. Aunque los cuatro enanos le insistieron en que ese no era el caso, y de que se alegraban de tenerle luchando a su lado, el bardo había tomado su decisión. Sin embargo, aunque no deseaba seguir siendo un miembro combatiente de la compañía,, tampoco quería dejar a sus camaradas en la estacada, y les propuso un nuevo arreglo: la compañía necesitaría a alguien que trabajara en la retaguardia, contando las historias de sus hazañas, reclutando a nuevos miembros, llevando las cuentas, estableciendo relaciones con otros gremios y con la nobleza local, y haciendo que su leyenda se extendiera. Flambard podía ser ese alguien. Todos estuvieron muy de acuerdo en que era un papel que le encajaba como anillo al dedo, y así Flambard Finnegan se convirtió en el agente, cronista, amanuense, reclutador y bardo oficial de los Escudos de Piedra. Les prometió que antes de que se marcharan de nuevo habría encontrado a alguien que le sustituyera como combatiente.

[Así, Flambard pasó a ser otro de los personajes retirados voluntariamente por su jugador, y se convirtió en un PNJ controlado por el master. Me resulta curioso el número de veces que ha ocurrido a lo largo de la campaña, a pesar de la pérdida de puntos de experiencia que ello conlleva. Pero también creo que es algo que encaja muy bien con el concepto de la campaña, y creo que es importante que los jugadores se diviertan llevando personajes que disfruten plenamente, así que raramente pongo objeciones a ello, si se hace bien.]

Flambard cumplió su palabra. Unos días después, el mediano les presentó su primer reclutamiento. Se trataba, como no, de un enano de las montañas. Sarthorn era un ballestero barbinegro, un veterano curtido en la defensa de la Gran Grieta del Trueno, y acababa de llegar a Nueva Alasia como parte de las comitivas que empezaban a llegar en respuesta al gran torneo que se estaba preparando. Afirmaba ser el mejor con una ballesta en las manos, y tras someterle a varias pruebas, los Escudos comprobaron que no exageraba demasiado. Sarthorn había venido a participar en el concurso de arquería del torneo, pero entretanto necesitaba trabajo. Y a los Escudos de Piedra, que se preparaban para luchar contra un mago oscuro, alguien con buena puntería sin duda les podría resultar de lo más útil. Así, Sarthorn firmó su contrato como nuevo miembro de la compañía, y los Escudos de Piedra, reforjados tras su ordalía, cambiados pero más decididos que nunca, empezaron a preparar su regreso a las ruinas del Castillo de Redoran. El segundo asalto estaba a punto de empezar.

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4 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LXIV): Los Escudos Reforjados”

    1. ¡Efectivamente! Aunque mi Grieta del Trueno no tiene nada que ver en concepto con aquella aventura (se trata de una enorme sima de cientos de kilometros que se abre a la infraoscuridad, y que una alianza de enanos y humanos defienden y vigilan desde hace siglos), si que el nombre lo puse en homenaje.

      Y estoy de acuerdo, Flambard era un personaje que molaba tener en el grupo… pero su jugador optó por retirarlo. Pero no desaparece de la campaña, tan sólo cambió de manos. ¡Algo es algo!

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