Crónicas de Alasia (LXII): Guadañas en la Oscuridad

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales

¿ Cosecha 3 ?

Incluso mientras dormía, Dworkin bailaba. No recordaba haberse acostado en la mullida y fresca cama de la posada, pero recordaba la historia del anciano como si la tuviera grabada a fuego en la mente. Recordaba un nombre que le producía pavor. Y las tres hermanas bailaban con él en sus sueños, con su tres voces fundiéndose en una sola. Y le hablaban en susurros, en la lengua antigua y primordial de las hadas.

Ven, Pequeño Hermano. Escúchanos. El verano ha gobernado sin oposición durante siglos. Su reina yace enferma, su poder en declive. Las fuerzas del invierno regresan, y lo cubrirán todo de sombra y muerte. El gran lobo sufre, y su camada comparte su rabia. Los reyes muertos extienden su odio en el corazón del bosque. Y el príncipe oscuro ha regresado a su antigua morada y busca lo que es suyo. Ayúdanos, Pequeño Hermano. Si no eliges tu destino, el destino te elegirá a ti…

La luz del sol matinal filtrándose entre las copas de los árboles le hizo pestañear, y poco a poco logró abrir los ojos. Estaba tumbado en el suelo, sobre la hierba húmeda por el rocío. Aturdido, se incorporó y miró a su alrededor. Sus compañeros yacían a su alrededor, en un amplio claro rodeado de árboles y cubierto de hierba. Poco a poco empezaban a despertar, tan confusos como él. Rodeándoles como un círculo mágico, un anillo de setas de vistosos colores crecía en el lugar donde la noche anterior había habido un edificio de dos plantas, unos establos y un pequeño patio. La posada se había desvanecido como si jamás hubiera estado allí, dejando atrás únicamente a sus huéspedes… y no todos ellos conocidos.

Cuando el gnomo se levantó, sus compañeros ya habían cerrado filas alrededor del desconocido que se había despertado en el suelo del bosque junto a ellos. Era un enano, y parecía aún más aturdido que ellos. Vestía un tabardo de mallas, y a su lado yacía un hacha de guerra con el filo cubierto en cuero; no parecía tener más posesiones que esas. Gaul y Shelain ya le estaban interrogando, pero el enano no parecía recordar ni siquiera su nombre. Elian recordó que, durante la extraña velada en la posada, alguno de sus ocupantes mencionó al “otro huésped”, que descansaba arriba en su aposento. Gaul, fiel a sí mismo, se mostró extremadamente suspicaz, y planteó la posibilidad de que se tratara de otro truco de “esas malditas hadas”, una manera de infiltrar a uno de los suyos en su grupo. Namat se apartó la frondosa y espesa barba de la boca para poder escupir a gusto, y gruñó: ¡¡Brujas!!

Elian y Shelain, más conciliadores, intentaron averiguar si el enano recordaba cualquier cosa que les permitiera decidir qué hacer con él. No recordaba apenas nada. No sabía quien era, ni cómo se llamaba. Tenía recuerdos vagos y confusos del bosque… de caminar bajo las ramas junto a sus camaradas… de llegar a un lugar oscuro, muy oscuro… su objetivo. Y su mente recordaba aún, en imágenes piadosamente borrosas, los viejos túmulos, y los reyes muertos que moraban en su interior… sus ojos como abismos insondables en los que se hundía sin remisión, mientras sus compañeros enloquecían y morían a su alrededor. Recordaba correr sin rumbo, sumido en la demencia… zarzas desgarrando su piel… y la música, las canciones en el bosque, la luz dorada en la espesura… Recordaba correr hacia la luz, y nada más. El despertar en aquel claro del bosque, junto a un montón de desconocidos.

Los reyes muertos extienden su odio en el corazón del bosque…

Las palabras del enano hicieron que la voz de las tres hermanas regresaran en tromba a la mente de Dworkin. No tenía ninguna duda de que el enano decía la verdad, y así lo comunicó al resto del grupo. En los pensamientos de todos se encontraba el encuentro que habían tenido con el desventurado Black Benn, durante su primera noche en Wilwood. El aventurero había perdido la razón por completo, y le encontraron corriendo por el bosque tal como el enano acababa de describir. Y cuando le llevaron a Nueva Alasia, Gorstan le reconoció:

“Benn formaba parte de una de las compañías de aventureros que se alojaba aquí. No eran novatos precisamente. Sus compañeros eran una panda de bribones como él en su mayoría, pero también tenían algunos hombres de armas, y hasta un enano. Que yo sepa, querían montar una incursión a las ruinas de la Ciudad Antigua, pero alguien les convenció de que sería mejor que se foguearan un poco más y que consiguieran más oro con el que prepararse bien para una tarea semejante. Decidieron meterse en Wilwood, les oí decir mientras cenaban… hablaban de grandes tesoros y espadas mágicas. Desde entonces nadie les ha vuelto a ver.”

Sin duda, su confuso interlocutor había pertenecido a ese mismo grupo de desdichados. Fuera como fuere, no podían dejarle allí, sólo en medio de Wilwood, y no podían demorarse. Querían que aquella expedición llegara tan lejos como fuera posible antes de tener que emprender el viaje de regreso, pues la luna llena se acercaba de nuevo y no querían que volviera a sorprenderles en el interior del bosque. Si el enano sin nombre había perdido la cordura como Black Benn, no daba señales de ello; quizá su estancia de duración indefinida en la Rama Dorada había restablecido su mente… al precio de sus recuerdos. En su caso, probablemente había sido toda una bendición. Espoleados por Gaul, el grupo se puso de nuevo en marcha, siguiendo el antiguo camino, con el enano desconocido caminando torvo y callado a su lado.

Cosecha 5

El camino había desaparecido de nuevo tragado por la maleza aquel mismo día, así que se volvieron obligados a volver a avanzar despacio, batiendo cada palmo del territorio para ver si podían retomarlo de nuevo en algún punto. Tras una agotadora e infructuosa jornada, el grupo montó campamento a la sombra de un viejo roble de pocas hojas y tronco hendido y se dispuso a pasar una noche más al raso. Pero el bosque no tenía pensado dejarles descansar.  Mientras se sucedían las guardias, ninguno de los compañeros se percató de que, lentamente, centímetro a centímetro, el viejo roble se había movido. Sus ramas se habían ido acercando al suelo, de manera casi imperceptible, y sus raíces, ennegrecidas como si un antiguo fuego las hubiera chamuscado, sobresalían cada vez más del suelo. Y cuando el árbol sentiente estuvo satisfecho con su posición, atacó.

Varias de sus largas y curvadas ramas, afiladas como guadañas, se lanzaron de repente contra Gaul, que estaba haciendo guardia. El semiorco se percató de lo que estaba ocurriendo unas décimas de segundo antes de ser rebanado como un salchichón. Saltó al suelo y logró evitar la muerte, aunque las ramas le desgarraron la espalda, dejándole profundos cortes. Dando la voz de alarma, despertó a sus compañeros mientras el árbol empezaba a asestar cortes a diestro y siniestro con sus numerosas ramas. Pillados en su momento más vulnerable, los compañeros fueron atacados sin piedad por el árbol depredador. Una vez empezaron todos a moverse, y viendo que no podría matarles sigilosamente mientras dormían, el árbol guadaña centró sus ataques en  Shelain… sus oscuros apetitos le hacían anhelar la carne y la sangre de los elfos. Mientras tanto, todo intento de levantarse o moverse se veía frustrado por un nuevo latigazo de las arbóreas extremidades. El enano sin nombre, que apenas había hablado durante los días que había estado con el grupo, y se había mostrado pacífico y ensimismado, se lanzó con una fiereza extrema contra el tronco del árbol, pegando hachazos que apenas lograban atravesar la dura corteza.

Los terribles y numerosos golpes que asestaba el ser arbóreo estaban dejando mella en el grupo, y pronto estuvieron todos sangrando profusamente. Aquella criatura hubiera sido demasiado para ellos incluso en la mejor de las circunstancias. En su desventajosa situación actual, era un enemigo imposible de vencer. Los exploradores huyeron hacia el bosque con lo puesto, intentando disgregarse lo suficiente sin perderse de vista. Lograron llegar al amparo de la espesura y allí se reagruparon, alejándose lo bastante del lugar como para que al mortífero árbol no se le ocurriera perseguirles. Mientras la magia sanadora de Namat y de  Gaul se ocupaba de curar sus más graves heridas, todos miraban a su alrededor sin dar crédito. Si hasta los propios árboles les atacaban, no había ningún lugar seguro en todo Wilwood… no había refugio, no había tregua para la tensión que suponía estar cada minuto del día preparado para defenderse de un ataque.

Era el infierno, dijo el enano sin nombre. Un infierno verde. Dworkin, por su parte, se hacía otra pregunta: ¿Era aquel árbol un depredador más de los que moraban en el bosque… o era algo más? ¿Había sido enviado contra ellos a modo de silencioso y letal asesino? Después de todo, los moradores de la Rama Dorada lo habían dejado muy claro… se habían ganado enemigos en la Corte Oscura.

La voz de Elian interrumpió las cavilaciones del gnomo. Al marcharse de aquella manera, habían dejado gran parte de su equipo atrás: mochilas, provisiones, armas… y su libro de conjuros. Sin él, no podría estudiar ni preparar sus conjuros, y su poder quedaría tremendamente mermado. Necesitaba recuperar el libro a cualquier precio; todo su saber arcano se encontraba contenido en sus páginas. Regresar a la carga contra el monstruo-árbol no era una opción; aquello requeriría un sigilo considerable. Por lo tanto, Gaul miró a Dworkin y ambos asintieron. Eran los más escurridizos del grupo, y ambos podían ver bien en la oscuridad sin necesidad de luces y antorchas; si alguien tenía alguna probabilidad de lograrlo, eran ellos. Al resto les tocaba esperar y mantenerse vigilantes. Si algún otro de los peligros de Wilwood decidía presentarse cuando estaban heridos y divididos, sería su final. Juntos, el gnomo y el semiorco desaparecieron entre la maleza, de regreso al campamento abandonado.

Arrastrándose bajo los arbustos, llegaron a las inmediaciones del calvero, y comprobaron que el árbol guadaña había regresado a su posición original y seguía allí, inmóvil y de aspecto nuevamente inofensivo. Quizá era lo bastante listo como para esperar a que hicieran precisamente lo que estaban intentando. Separándose para intentar una aproximación desde dos flancos distintos, intentaron crear una distracción que les permitiera acercarse. El tronco del árbol se meció levemente en dirección al ruido que acababan de producir mediante la magia ilusoria de Dworkin: era ahora o nunca.

Dworkin logró alcanzar varias de las mochilas de sus compañeros, mientras Gaul avanzaba a hurtadillas en dirección al petate de Elian, donde se encontraba el valioso libro de conjuros. El iniciado druida llegó justo a su lado cuando una rama hendió el aire con un silbido y se clavó en el suelo frente a él. Agarrando la mochila de un manotazo, Gaul echó a correr sin mirar atrás, mientras al otro lado del claro Dworkin hacía otro tanto. Mientras se retiraba, el gnomo lanzó unos cuantos hechizos contra el árbol intentando demorarle, pero veía impotente como la enorme criatura avanzaba tras Gaul, agitando sus cortantes ramas en su dirección. Gaul llegó como una exhalación a su lado y ambos se perdieron de nuevo entre la maleza, por rincones angostos por los que su atacante no podría seguirles. Unos pasos más tarde, el semiorco cayó de rodillas, con la mochila de Elian aún aferrada entre sus manos. Dworkin se paró y volvió atrás junto a él. Gaul tenía la espalda destrozada, y era un milagro que siguiera aún con vida. Habían recuperado el libro, pero Dworkin dudaba mucho que su enorme compañero pudiera sobrevivir al viaje de regreso junto al resto del grupo, y sin él, probablemente no podría orientarse lo suficiente como para encontrarles de nuevo. El diminuto hechicero se pasó el brazo de Gaul sobre los hombros y con un esfuerzo tremendo, intentó ayudarle a ponerse en pie. Juntos, paso a paso, con la inmensa mole del semiorco apoyándose en el pequeño gnomo, empezaron a cruzar de nuevo el infierno verde.

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