Crónicas de Alasia (LXI): Enanos y Mazmorras

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Flambard Finnegan, cronista y poeta mediano con ínfulas de enano
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Quarion, arquero elfo súbitamente rodeado de enanos

Día Desconocido

No tenían ni idea de cuanto tiempo había pasado, ni de donde se encontraban exactamente. El lugar estaba más oscuro de lo que era natural, ya que incluso los ojos de los enanos no podían perforar del todo las tinieblas que les envolvían. Y los pasos… los pasos no cesaban nunca. Uno tras otro, uno tras otro, arrastrándose justo al límite de su visión, rodeándoles sin descansar nunca. De vez en cuando gemidos y murmullos huecos y guturales se unían al sonido, y la punta de un espadón enorme chirriando contra el suelo al ser arrastrada. El causante de aquellos sonidos, el carcelero de los Escudos de Piedra, era una pesadilla hecha carne, carne muerta que había regresado de la tumba para atormentarles una vez más. Vorlak el Mestizo, ahorcado en Nueva Alasia y enterrado en una fosa sin pena ni gloria, había regresado de más allá del Velo por la magia negra de Gerbal el Mago, o mejor dicho, Arakh Zuul, el darkon. La mole del semiogro, ya aterrador en vida, era ahora grotesca: su cuello roto por la soga hacía que su cabeza estuviera constantemente ladeada. Su carne, medio comida por los gusanos y en avanzado estado de putrefacción, parecía de alguna manera gozar de una firmeza aún mayor, con la fuerza de los no-muertos en su interior, y sus ojos eran huecos en cuyo interior ardían espectrales llamas rojizas. Lo más horripilante de todo era que el cadáver de Vorlak no era un simple cascarón reanimado y sin inteligencia… de alguna manera, Gerbal había atrapado el alma del bandido y la había devuelto a su cuerpo muerto. El Vorlak no-muerto podía hablar y razonar, pero con los retorcidos y siniestros pensamientos de un muerto en vida, ansioso de venganza y de la sangre de los vivos. No se cansaba, nunca bajaba la guardia, y tan sólo ansiaba una excusa para poder cumplir la orden que su amo le había dado: matar ante el menor intento de fuga.

Después de la visita de Zuul, los cinco prisioneros habían estado entrando y saliendo de la inconsciencia durante un período indefinido de tiempo. Las graves heridas sufridas durante su titánica lucha contra la tribu kobold habían sido sanadas lo justo para evitar que murieran, y sus cuerpos seguían por tanto muy maltrechos y doloridos. Cuatro de ellos estaban encadenados a columnas de piedra, dispuestas formando un cuadrado. Flambard, por su parte, estaba sujeto por grilletes a una pared cercana. Por el momento no les habían interrogado ni torturado, y el plan del mago parecía obvio: dar tiempo para que alguno de ellos cediera al miedo y aceptara su oferta de hablar a cambio de salvar la vida. Era evidente que el mago no contaba con la testarudez de la raza enana, o quizá contaba con romper la cadena por el eslabón aparentemente más débil: el mediano. Fuera como fuera, aquello no iba pasar, y era cuestión de tiempo que el darkon se hartara de esperar y pasara a métodos más brutales. Sin embargo, la paranoia del mago les había salvado la vida por el momento. Aparentemente, se concedía tanta importancia que ni le había pasado por la cabeza que pudieran ser simplemente cazarrecompensas, o aventureros saqueando una mazmorra sin más. Gerbal creía que había alguien tras sus pasos, una especie de hermandad, y que los Escudos de Piedra eran sus agentes. Mientras lo siguiera creyendo, al menos algunos de ellos seguirían con vida, pero en cuanto se diera cuenta de su error, podían darse por muertos… o algo peor. Tenían que escapar de allí o morir en el intento.

Tobruk forcejeaba con las cadenas constantemente intentando romperlas, pero eran demasiado duras, y Grugnir tampoco pudo escabullir las muñecas a pesar de sus intentos. Pero en cuanto tuvo fuerzas para hacerlo, Lomborth se puso manos a la obra. Como la mayoría de sus compañeros, tenía las manos atadas a la espalda, tras la columna. Eso hacía que quedaran fuera de la vista de su carcelero durante gran parte de su eterno andar en círculos, pero aún en el caso de haber podido rezar pidiendo conjuros a su dios, no podía lanzarlos sin invocar las palabras sagradas, sin mover las manos y sin las piedras que usaba para concentrar su fe en Dumathoin. Sin embargo, sí había una bendición que aún podía usar, su capacidad para conjurar y proyectar una pequeña cantidad de líquido corrosivo. Era un talento muy menor, y de escaso poder, pero podía hacerlo a voluntad… Apretando los dientes, porque sabía que le iba a doler, el druida enano conjuró algo de ácido e intentó empezar a corroer las cadenas que lo ataban, quemándose las muñecas en el proceso. En cuanto el siseo del metal comenzando a fundirse empezó a oírse, Flambard se dio cuenta de lo que estaba pasando y reaccionó al instante con una agudeza impresionante. Jugándose el tipo, empezó a llamar a Vorlak, intentando atraer su atención e impedirle oír el lento pero constante siseo y goteo del ácido.

Su táctica funcionó, y el no-muerto acudió ante el mediano, amenazándole con su espada si no se callaba inmediatamente. Haciendo gala de su ingenio de bardo y de su lengua de plata, Flambard confundió por completo al semiogro a base de pura charlatanería. Lomborth le instó a seguir con la mirada, sus cadenas estaban ya medio fundidas, pero seguía sin tener ni idea de qué hacer una vez se hubiera liberado. Sin armas, conjuros ni equipo, no tenía la menor oportunidad de enfrentarse a aquel monstruo. Entonces Tobruk sintió que alguien le tocaba el hombro por detrás, y un susurro al oído que le conminaba a disimular. ¡Era Caellum! El miembro más reciente de la compañía se había quedado atrás, fuera de las ruinas, como retén. Sus instrucciones habían sido regresar a Nueva Alasia si sus compañeros no aparecían después de dos días, pero el ex-cerrajero había decidido hacer lo contrario e investigar el paradero de sus compañeros. Había tardado en tener una oportunidad de acercarse sigilosamente sin ser visto por Vorlak, pero Flambard le había proporcionado esa oportunidad. Rápidamente, ayudado por el extraño talento que estaba desarrollando y que le permitía ver los patrones astrales de funcionamiento de todas las cosas y seres vivos, Caellum forzó la cerradura del candado que aprisionaba a Tobruk, y se deslizó como una sombra hasta la columna más cercana, donde estaba sujeto Grugnir.

Lamentablemente, Flambard no tuvo más remedio que cerrar la boca de nuevo y callarse, o ser destripado como un cerdo por el Mestizo. Vorlak empezó a reanudar su ronda, y Caellum pasó a encontrarse en una situación extremadamente delicada. Pero el siseo del ácido se había detenido: Lomborth también estaba libre. Caellum se afanó en intentar liberar a Grugnir en silencio, antes de que Vorlak llegara hasta él, pero le fue imposible. Cuando el Mestizo empezaba a girar en su dirección, el furtivo enano aprovechó su ángulo muerto para pasar de nuevo de una columna a otra, situándose tras la de Quarion en un movimiento de extrema tensión. Logró destrabar las cadenas del elfo antes de tener que repetir la jugada y volver a llegar, pasando de columna en columna, hasta Grugnir. Pero su último movimiento acabó por llamar la atención del no-muerto. Vorlak se giró hacia él, y soltando un atronador bramido, mitad grito y mitad rugido, enarboló su espada dispuesto a partir en dos al intruso. Habiendo saltado la liebre, y libres de sus ataduras, los Escudos de Piedra se convirtieron en un torbellino de actividad, pillando por sorpresa al Mestizo.

Lomborth se dirigió hacia la puerta que le señalaba Caellum y que no habían podido ver hasta ahora. Ahora reconocía la habitación en la que estaban: era la cripta donde habían luchado contra los necrófagos, justo al principio del nivel subterráneo de las ruinas. La escalera de salida estaba justo al lado. Sin dejar de correr, soltó un chorro de ácido al cerrojo de Grugnir, lo que hizo que su patrón astral se debilitara lo suficiente como para que Caellum pudiera forzarlas en un sólo movimiento de sus ganzúas. Una vez liberado, Grugnir siguió a Caellum sin perder un instante. Tobruk, por el contrario, se lanzó hacia la pared donde se encontraba Flambard. Apoyando una pierna contra la pared, tiró con todas sus fuerzas, ayudado por los frenéticos esfuerzos del mediano. Increíblemente, los clavos que anclaban a la pared los grilletes de Flambard cedieron, y el mediano quedó libre. Viendo que no necesitaban su ayuda, Quarion atravesó la puerta corriendo con sus grandes zancadas y la sujetó, a punto para cerrarla tan pronto como sus compañeros la atravesaran. Pero no les dio tiempo a cruzarla; Vorlak se había recuperado de su estupor y cargó contra ellos con una rapidez que ningún cadáver errante debería poseer.

El bardo y el batallador esquivaron el mandoblazo y se zafaron del semiogro, corriendo hacia la puerta, que Quarion cerró tras ellos de un portazo. Todos empezaron a correr en la dirección que Caellum les indicaba, mientras éste intentaba algo que nunca había probado antes: visualizó el patrón de la puerta, hundió los dedos en su imagen astral y lo distorsionó, intentando hacer que la puerta quedara bloqueada. Sin embargo, no tuvo oportunidad de averiguar si su instinto había sido acertado. La puerta estalló en mil pedazos, destruída de un único y terriblemente poderoso golpe por Vorlak, que parecía poseído de la misma furia berserker que había demostrado en vida. Tragando saliva, Caellum se dio la vuelta y salió corriendo escaleras arriba detrás de sus compañeros. Ya estaban saliendo al exterior, con la luz del sol brillando desde lo alto, cuando Vorlak lo alcanzó y lo derribó de un golpe.

En ese momento, los Escudos de Piedra interrumpieron su desesperada huida. No podían dejar atrás a uno de los suyos, y menos aún cuando se había arriesgado de tal manera para rescatarles. Como si hubieran ensayado la táctica, se disgregaron, empezando a correr en direcciones distintas, obligando a su enemigo a perseguir tan sólo a uno de ellos, mientras Tobruk, en lugar de retirarse, se ponía a gritar y a insultar a Vorlak intentando convertirse en el blanco de su furia.

¿Me recuerdas, patán? ¡Fui yo! ¡Yo te maté! ¡Fue mi hacha la que acabó con tu vida, perro de Gerbal! ¡Y volveré a hacerlo! ¡Ven a por mí, cobarde! ¡Volveré a enviarte al infierno!

Sus intentos tuvieron todo el éxito del mundo. El semiogro apuntó su espada hacia delante, agachó la cabeza, y embistió como un verdadero morlaco. Tobruk esperó, imperturbable y desarmado, hasta que el no-muerto estuvo lo bastante lejos del cuerpo de Caellum, y entonces echó a correr como alma que lleva el diablo, perdiéndose de vista por la ladera descendiente de la colina. De todos los Escudos, era el más rápido, y podía igualar a cualquier humano o elfo en una carrera. Era el único que tenía la más mínima posibilidad de dejar atrás a Vorlak. Mientras tanto, Quarion y Lomborth regresaron atrás a por Caellum. El druida empleó sus últimos retazos de magia curativa para restañar lo peor de sus heridas, y entre los dos le pusieron en pie y se alejaron del lugar todo lo deprisa que pudieron.

En cuanto Tobruk rompió la línea de visión con Vorlak, corrió todo lo que pudo y se zambulló a unos arbustos justo antes de que el centinela no-muerto se asomara por el borde. Sabiendo que había perdido al resto, el semiogro escudriñó con toda atención la ladera, intentando cobrarse al menos una de sus presas. Empezó a merodear, destrozando setos y arbustos a espadazos, pero el Forjador de Almas sonrió a Tobruk una vez más, y finalmente Vorlak el Mestizo, incapaz de dar con él, abandonó la búsqueda, cargando su espadón al hombro y regresando al interior del Castillo de Redoran.

El rubio enano dejó pasar un tiempo prudencial antes de salir de su escondite y echar a correr en dirección a la aldea de Rasad, donde sin duda sus camaradas le estarían esperando. Contra todo pronóstico, teniéndolo todo en contra, los Escudos de Piedra volvían a la partida. Gerbal, o Arakh Zuul, o como quisiera llamarse, podía prepararse. Los Escudos de Piedra no habían acabado con él. Ahora conocían su rostro, habían escuchado su voz, y sabían a lo que se enfrentaban. De nada le serviría esconderse detrás de esbirros, trampas y argucias. Había cometido un tremendo error: los Escudos de Piedra seguían con vida, y su batalla contra el mago no había hecho más que empezar.

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