Crónicas de Alasia (LIX): Bajo la Enseña de la Rama Dorada

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales

Cosecha 2

Tras su encuentro con los extraños ogros de las ruinas élficas, los exploradores regresaron a toda prisa al camino que habían abandonado, aliviados por haber salvado el pellejo gracias a la magia de Elian. A Shelain se le revolvían las tripas de tan sólo pensar que una caterva de repugnantes ogros se habían adueñado de los restos atrás dejados por su pueblo, pero para los elfos -y especialmente para los altos elfos- el tiempo no suponía un problema. Llegado el momento, pasaran años o siglos, caería sobre los brutos con toda la furia de sus ancestros Sídhe, y reclamaría la ciudadela.

La nueva jornada transcurrió sin incidentes. Los ogros no parecían haberlos seguido, y el camino seguía serpenteando hacia el oeste, ora visible, ora casi tragado por la maleza. La pericia como guía de Gaul les permitió evitar algunos encuentros con animales potencialmente peligrosos, y al cabo de las horas, la luz solar que se filtraba por entre las copas de los árboles empezó a teñirse de morado con la llegada del crepúsculo. Aquella era una hora entre horas, dijo Dworkin a sus compañeros, el momento más mágico del día. En ese momento, bajo las últimas luces del rojo sol, una alegre música llegó a los oídos de los compañeros. Procedía de enfrente, camino abajo. En la distancia, el sendero torcía en un amplio recodo, y más allá del mismo podía verse un resplandor cálido y anaranjado. La música de flautas y violines procedía de allí sin duda alguna.

Intrigados y recelosos, Gaul y sus compañeros se acercaron muy despacio, con las armas en la mano. No se fiaban de nada de lo que pudieran encontrar en aquel bosque. A medida que se aproximaban, un coro de armoniosas voces femeninas empezaron a hacerse audibles entre la música. Asomándose por el recodo, vieron algo para lo que no estaban preparados en absoluto. Allí, junto al camino, en un gran claro rodeado de árboles, había una posada.

Era un edificio de piedra y madera de dos pisos de altura, con tejado de bálago y ramas de acebo. No era tan grande como el Hacha y el Suspiro, pero parecía un edificio capaz de albergar a un número considerable de personas, y se encontraba en un perfecto estado de conservación. La música y los alegres cantos procedían de su interior. Un cartel junto a la puerta mostraba el dibujo de un palo o una vara nudosa de color amarillo, y en él se podía leer el nombre del local: La Rama Dorada. En unas cuadras junto al edificio principal había un caballo blanco, dormitando de pie. Los exploradores se miraron, perplejos. Se encontraban a millas de la civilización, recorriendo un camino olvidado que cruzaba un bosque muy peligroso. Un edificio como aquel estaba completamente fuera de lugar.

Gaul, siempre pragmático y suspicaz, inmediatamente propuso pasar de largo y ni acercarse al extraño lugar. Pero sus camaradas estaban demasiado intrigados por aquello. Para Elian era un misterio irresistible, mientras que para Dworkin, curioso de por sí, la posada en el bosque ejercía una enorme fascinación. Shelain se mostró suspicaz, pero había sobrevivido a Durham, y no temía a lo que pudiera aguardarles en el interior. A Namat, por su parte, le bastaba con volver a probar la cerveza y dormir por una vez en una cama cómoda en vez de sobre un lecho de matojos. Así pues, el grupo se acercó a las puertas y llamó. La puerta se abrió, derramando sobre ellos la dorada luz de una chimenea encendida y las alegres notas de una animada tonadilla, y un hombre no muy alto pero muy corpulento les recibió. Tenía una larga y enmarañada barba, y una larga melena de pelo igualmente enredado le caía por las espaldas. Dándoles la bienvenida a la Posada de la Rama Dorada, se presentó como Aenghus, el mesonero. Uno a uno se adentraron en el salón, todos excepto Gaul. El semiorco siguió en sus trece y se quedó fuera, respondiendo secamente a las amables invitaciones de Aenghus el posadero. Aquel se encogió de hombros, y cerró la puerta a sus espaldas, dejando al iniciado druida en el exterior.

En el salón de la Rama Dorada, Aenghus ofreció a los exploradores comida caliente y bebida recién escanciada. Mientras tomaban asiento en una mesa, ojearon al resto de ocupantes del salón, y Aenghus les fue diciendo sus nombres mientras esperaban la cena. Al son de la música del flautista Eamonn, un joven alto y desgarbado de cabello negro que le formaba un pico entre las entradas, danzaban y cantaban tres hermosas doncellas. Sin duda eran hermanas, pues eran idénticas entre sí, salvo por el color de sus largas y espléndidas melenas: rubio platino, negro azabache y rojo fuego. Aenghus puso nombre a las extrañas hermanas, llamándolas Eithne, Niamh y Fionnghuala. Junto al fuego reposaba un anciano de larga y frondosa barba blanca parecida a una nube y no menos espesas cejas, que sobresalían puntiagudas hacia delante y temblaban mientras el viejo dormitaba. Su nombre era Eachthighern, y era un viejo cuentacuentos, un narrador de historias. El posadero se marchó para prepararles la cena, y sólo entonces los compañeros se dieron cuenta de que había otro huésped en la posada, sentado en otra mesa apartada del fuego.

Era un joven, poco más que un adolescente, pero iba ataviado como un caballero. Llevaba la armadura puesta, excepto el casco, que descansaba en la mesa junto a él. Una funda de espada vacía colgaba de su cinto, y sus rubios cabellos eran largos y le caían por la espalda en cascada. El joven caballero parecía distraído y ensimismado, y apenas parecía ver la cena ya fría que tenía en frente. Shelain observó la armadura del joven, y le pareció extraña y fuera de lugar. Al comentárselo a Elian, el mago asintió. Parecía antigua, dijo, una verdadera antigualla que, aunque parecía nueva, debía tener en realidad cientos de años. Intrigados, el mago y la elfa se acercaron a él, aunque el joven apenas pareció notar su presencia. Mientras Dworkin se dirigía al centro del salón, donde las danzantes se divertían, ellos se sentaron junto al caballero, intentaron entablar conversación. Parecía somnoliento y poco lúcido, probablemente por haber bebido demasiado. No les dijo mucho más que su nombre, Rowland el Joven. No recordaba mucho sobre lo que le había llevado hasta allí, limitándose a farfullar algo sobre una hermana desaparecida y una torre oscura. Recordaba haber llegado a la torre, pero no mucho más. Su forma de hablar, además de lenta y pesada por el ensimismamiento, sonaba anticuada, cargada de formalismos y arcaísmos, y su lengua común parecía de alguna manera más tosca, menos pulida. A Elian todo aquello estaba empezando a hacerle sentir terriblemente inquieto, sentimiento que creció aún más cuando recordó que el término Joven se había utilizado para designar no a un niño o a un hombre menor de edad, sino a un caballero que aún no se había probado en el campo de batalla… en los tiempos de la antigua Sartia, quince siglos atrás.

Aenghus no tardó en volver con un plato de venado humeante y deliciosa aguamiel, y los compañeros, hambrientos, volvieron su atención hacia tan ricos manjares. Mientras tanto, Dworkin se había acercado a las tres hermosas doncellas y se había unido a su baile. Las tres damas le rodearon, formando un corro, y sin dejar de canturrear, le pidieron que escogiera a su pareja de baile. Tenía que escoger, dijeron, llamándole Pequeño Hermano; escoger sólo a una. El gnomo tomó la mano de Fionnghuala, la doncella pelirroja, y las tres hermanas sonrieron al unísono mientras Eamonn el flautista reanudaba su alegre melodía.

Por su parte, Gaul seguía en el exterior, decidido a no poner el pie en aquel lugar que tan mala espina le daba. Se acercó a los establos y se dispuso a entablar amistad con el blanco caballo que allí descansaba. Los arreos y la silla del magnífico animal descansaban en un rincón, y estaban diseñados de una manera muy distinta a la que Gaul estaba acostumbrado, pero antes de que pudiera hacerse más preguntas, vio un movimiento por el rabillo del ojo, y se dio la vuelta rápidamente, desenfundando la espada encantada de Vonkar. Se trataba de un hombre alto y corpulento, extremadamente ancho de hombros, y de rostro simple y vulgar, que se encontraba al fondo de las cuadras cambiando el heno y el agua de los abrevaderos. El mozo de cuadras no pareció asustarse por la reacción de Gaul, pero el hombre, que parecía deficiente, miró el arma de hierro frío como si fuera una serpiente venenosa. El semiorco enfundó de nuevo, y decidió aprovechar aquella oportunidad para intentar averiguar algo más del lugar. Aunque hablar con la gente no era precisamente su punto fuerte, el semiorco no encontró complicado trabar conversación con el hombre, que parecía algo deficiente. Su nombre era Ulf, y al ser preguntado por la posada, respondió tartamudeando que siempre había estado allí. Cuando Gaul quiso saber de qué vivían, en un lugar tan apartado donde no llegaban ni viajeros ni leñadores, Ulf respondió que no necesitaban mucho. Aquello no aplacó las sospechas de  Gaul en absoluto. Dejando que el mozo volviera a sus quehaceres, regresó junto al caballo, y pronunció las antiguas palabras en el idioma secreto de los druidas que le permitirían comunicarse con el animal.

El caballo se sorprendió, pero demostró una inteligencia fuera de lo común. No recordaba su nombre, pero sabía que su dueño estaba dentro. El adepto druida le preguntó cuanto tiempo llevaba allí, y el corcel confesó no saberlo. No podía hacer mucho, puesto que el sol aún no se había puesto desde su llegada. Entonces Gaul miró al cielo, y sintió que el corazón se le encogía en el pecho. El sol no se había movido un ápice desde su llegada. A esas alturas ya debería ser noche cerrada, pero el crepúsculo, la hora entre horas, seguía arrojando su mortecina luz. Mirando con súbita furia al mozo de cuadras, el semiorco se llevó la mano a la empuñadura, pero el hombre negó brevemente con la cabeza en una muda advertencia. Gaul se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de la posada, decidido a sacar a sus compañeros de allí antes de que fuera demasiado tarde para todos. En aquel momento la voz de Ulf sonó a sus espaldas, menos débil y sin rastro de titubeos.

Esta no es una buena noche para pasarla al raso, druida. No malgastes el don que se os está concediendo.

El medio orco se giró, y por un momento, en las sombras al fondo del establo, la silueta de Ulf pareció mucho más grande, menos encorvada, más noble, y… ¿eran cuernos lo que se insinuaba en su frente? Entonces los ojos de orco de Gaul se adaptaron a la oscuridad, y Ulf seguía siendo un simple mozo de cuadras con medio seso.

En el interior de la Rama Dorada, los cuatro compañeros estaban cenando, bajando la jugosa carne con aquel delicioso aguamiel que parecía no agotarse nunca. Sus sentidos empezaban a embotarse, y la combinación del embriagador licor con los cambios de ritmo de la hipnótica música y el calor adormecedor del fuego rugiente les estaba mareando ligeramente. A veces incluso les parecía ver cosas extrañas… cuernos en la frente del flautista o pezuñas de cabra en sus pies, o la barba y el pelo de Aenghus moviéndose sola como si estuviera debajo del agua.

Dworkin ni siquiera se había acordado de cenar. Seguía bailando con Fionnghuala, la doncella de cabello de fuego. El ritmo de la música se había ido haciendo más frenético con el paso del tiempo, y mientras Eithne y Niamh giraban a su alrededor haciendo revolotear sus largas faldas, la hermana pelirroja bailaba con el gnomo con su enigmática sonrisa siempre en los labios. El mundo fuera de ese círculo parecía no existir, convertido en un vacío surcado de estrellas, tal era el endiablado ritmo del baile, y entre la larga jornada de caminatas, las carreras para salvar la vida de los ogros y el aguamiel que había fluido libremente, el pequeño gnomo cayó exhausto al suelo. Sumido en la inconsciencia, vagando por los espacios oníricos, su mente seguía atrapada en el furioso baile. Las tres hermanas se fundían en una y volvían a separarse, hablando las tres a la vez con una voz que era la misma pero no lo era.

Elige, Pequeño Hermano. Elige.

Shelain y Namat se levantaron al instante para ayudar al gnomo a incorporarse y recuperar el sentido, y entonces Elian, realizando un supremo esfuerzo de voluntad por pensar con claridad, se levantó y se acercó al anciano, Eachthighern. De alguna manera, era la clave de todo. El anciano estaba completamente despierto, con los azules ojos clavados en el abjurador.

Pensé que no vendrías nunca, mago. Tengo una historia para vosotros, y no os marchareis sin escucharla.

¿Qué es este lugar? -preguntó Elian-. ¿Quienes sois vosotros? 

La Rama Dorada viene y va, pero siempre está donde debe estar, hijo del hombre. Y esta noche debe estar aquí. Habéis hecho algo hoy que no ha sido olvidado, y nosotros siempre pagamos nuestras deudas. Por eso esta noche no debéis temer a quien os persigue, y por eso esta noche os regalo una historia.

La voz del anciano había reunido a los compañeros junto al fuego. Incluso Gaul, que había intuido a qué se estaban enfrentando y había entrado como una exhalación para impedir que sus amigos comieran o bebieran nada, se sentó a escuchar las palabras del viejo narrador, y comprendió que no tenían nada que temer aquella noche. Los cinco se sentaron, en aquel extraño estado entre el sueño y la vigilia, bajo aquel eterno ocaso, y escucharon el relato de Eachthighern:

Mucho antes que los Alor forjaran sus Nueve Reinos y el Imperio Khandiano se extendiera por toda Valorea, las dos Cortes de las hadas gobernaban las tierras mortales… 

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5 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LIX): Bajo la Enseña de la Rama Dorada”

  1. Que mal rollo de encuentro. Es que para mí lo feérico y lo de comer y beber algo que te ofrezcan me parece siempre una pésima idea xD será al de veces que le tiendo esa trampa de una forma y otra a mis PJs xD
    Y se queda en lo más interesante 😀 Pero algo me dice que cuando acabe este encuentro tardaremos bastante en volver a saber de este grupo, ya que segurop que aparecen varios días o semanas en el futuro… 🙂

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    1. Estoy contigo Ricardo; mi instinto rolero prohibe comer o beber de desconocidos. Supongo que es un deber inculcado desde pequeño con las frases ” no cojas cosas del suelo” y ” no hables con extraños ” que toda madre ha soltado alguna vez ☺
      Lo malo,en mi caso, es que siempre me puede la curiosidad, y acabo entrando/tocando/abriendo/leyendo todo lo que mi instinto me dice que no haga 😂

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    1. El rescate del nixie fue puramente aleatorio: había una variedad de actividades a las que los ogros se podían haber estado dedicando cuando llegaron los PJs, y el azar quiso que fuera esa.

      El encuentro con la Rama Dorada también fue aleatorio… es un lugar que viene y va, y no se la suele encontrar dos veces en el mismo sitio, con lo que forma parte de las tablas de encuentros aleatorios.

      Lo que no fue aleatoria fue la reacción de los habitantes de la Posada. Como máster, y conociendo el terreno en el que se está moviendo el grupo, llevo la cuenta de cómo son percibidos tanto por la Corte Luminosa como por la Corte Oscura. Salvar al nixie les ganó un favor de la primera, mientras que invadir el territorio del quickling unos días atrás les puso en el punto de mira de la segunda. Por tanto, su noche en la Rama Dorada fue bastante más favorable para ellos de lo que podría haber sido en otras circunstancias. ¡La buena obra les salió a cuenta!

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