Crónicas de Alasia (LVIII): Las Ruinas Élficas

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas
  • Namat, clérigo de Valkar, padre de la batalla, de orígenes tribales

Cosecha 1

El vendaval del día anterior había derribado árboles y desbrozado parte de la maleza y el sotobosque. Tras su encuentro con el malévolo duende Prigg, y con su ominosa amenaza aún retumbando en sus oídos, la compañía de exploradores, inmunes al desaliento, siguió avanzando a través de Wilwood. Gaul el medio orco abría la marcha como siempre, seguido de Dworkin y Elian, y Namat y Shelain cerraban la comitiva. Fuera o no por los efectos del vendaval sobre el bosque, el antiguo camino había reaparecido de repente, después de bastantes millas tragado por la espesura. Cuando el camino cruzó un claro formado por árboles viejos derribados por el temporal, pudieron ver que el camino, si no cambiaba bruscamente de dirección, parecía conducirles directamente a unas colinas arboladas que sobresalían por encima del bosque.

A Dworkin le había fascinado el encuentro con el quickling. Él mismo tenía sangre feérica corriéndole por las venas, pero nunca se había topado cara a cara con un miembro de aquel pueblo antiguo y misterioso. Por su parte, Elian viajaba en silencio, cavilando. Era un abjurador, y eso significaba que su magia tenía como objetivo proteger y salvaguardar, tanto a sí mismo como a sus compañeros. Pero durante su encuentro con el sanguinario duende lo único que había podido hacer fue engañarle para que se marchara. Tenía que encontrar nuevas maneras de emplear su magia para que fuera el escudo que necesitaban contra todo aquello de lo que el acero de Gaul y Shelain no podía protegerles.

El camino trepó aferrado y serpenteando por la ladera de una de las colinas, y cuando el recodo que servía para cambiar de vertiente les ofreció un magnífico mirador natural, los exploradores aprovecharon la ocasión para otear el terreno circundante. Al oeste se distinguía un hilo centelleante entre los árboles, bajando en línea recta de norte a sur. Gaul comentó que podría tratarse del Cauce Plateado, un río que supuestamente atravesaba Wilwood. Unas millas al norte de su posición, las aguas de un lago lanzaban blancos destellos entre el verdor de los árboles. Otro río partía de él y avanzaba en dirección oeste hasta unir sus aguas a las del curso anterior.

Entrecerrando los ojos, a Gaul le pareció ver algo a orillas del lago, y al ser avisada por el semiorco, Shelain se cubrió los ojos con la mano para que su vista de elfa le permitiera atisbar mejor aquello a lo que se refería. Efectivamente, unas ruinas se alzaban a orillas del lago, y Shelain no tardó en identificar su orígen. Parecían los restos de una antigua fortaleza élfica, parcialmente hundida en las aguas del lago. Las partes que permanecían en tierra firme estaban rotas y desmoronadas, con las antaño gloriosas torres y murallas de irisado mármol verde tornadas en escombros en su mayor parte. Shelain se sintió inmediatamente llamada a investigar aquella maravilla, aquel residuo de la antigua gloria de su raza. Sin duda, aquella ciudadela había pertenecido al grandioso reino élfico de Adaredhel, que había ocupado gran parte del continente antes de la llegada del ser humano y sus razas parientes. Y esa llamada se redobló cuando sus ojos de elfa le permitieron ver varios delgados hilillos de humo elevándose desde la fortaleza medio anegada. Alguien, o algo, estaba ocupando las ruinas.

[Otear el terreno es extremadamente útil al explorar las tierras salvajes, y es algo que personalmente recomiendo a todos los grupos de “pateadores de hexágonos” que hagan siempre que tengan oportunidad… La información obtenida puede no tener precio. Aprovecho también para aclarar que en la campaña de Alasia, los elfos, además de recibir sus bonos habituales a las tiradas de Percepción, también pueden otear el horizonte a mayor distancia y percibir más detalles que las otras razas.]

Tras informar a sus compañeros, pronto el grupo decidió abandonar el camino momentáneamente y desviarse al norte para investigar aquellas ruinas. Sólo Gaul se mostró partidario de seguir explorando el camino, obcecado en su misión de atravesar Wilwood, pero en cuanto vio que estaba en inferioridad ante el resto, se puso de nuevo en cabeza sin quejas ni protestas y empezó a guiarles hacia el norte, en busca del lago. Habiendo oteado el territorio desde lo alto, y tomado nota de varios puntos de referencia, no tuvo problemas en mantener la orientación, y unas horas más tarde los compañeros se asomaron con precaución al lindero que se abría a orillas del lago, y contemplar las ruinas élficas de cerca.

Los restos de la fortaleza estaban enmarcados por dos secciones de muralla que aún se mantenían en pie, en los lados suroeste y sureste. La fortaleza, muralla incluída, estaba rodeada por un viejo foso que, a pesar de haber perdido profundidad con los siglos y haberse llenado de juncos y lodo, seguía lleno de agua, probablemente filtrada desde el lago.  Una barbacana semiderruída aún se mantenía en pie por el lado oeste, en frente de la posición que había tomado el grupo; una gran piedra había sido colocada sobre el foso a modo de tosco puente. Una de las torres sobresalía por encima de las aguas junto a la orilla, que llegaba hasta lo que en su día probablemente fuera un patio de armas, y otra torre caída se podía ver derrumbada justo debajo de la superfície del agua. Un edificio se mantenía en pie en el interior de las murallas, y el esqueleto de una torre rota a media altura aún se alzaba en la esquina intacta que formaban las dos secciones de la muralla.

Y efectivamente, las ruinas estaban ocupadas. Sobre la barbacana, cuyo techo utilizaban de plataforma de vigilancia, se alzaban dos corpulentos y feos ogros, empuñando sendas lanzas largas con las que podrían llegar a pinchar sin ninguna dificultad a cualquiera que intentara pasar por la puerta que tenían debajo. Supuestamente estaban montando guardia, aunque no parecían especialmente alerta y se distraían con facilidad. Junto a la orilla, cerca de las torres anegadas, había tres más de las grandes criaturas, pescando con toscas redes junto a una serie de enormes troncos que habían vaciado y tallado para convertirlos en canoas apropiadas a su tamaño. En el centro del patio había varias hogueras encendidas, el humo de las cuales había avistado Shelain desde la colina. Junto a ellas, tres monstruos más se afanaban en despellejar animales y asarlos en grandes espetones. Una cuarta criatura se encontraba en el patio, divirtiéndose enormemente con la tortura de una pequeña criatura humanoide, cuya piel centelleaba con el mismo color azul-verdoso de la superfície del lago. Los gritos de agonía del pequeño ser llegaron con claridad meridiana a oídos de los exploradores con cada golpe brutal o chasquido de huesos rotos.

Dworkin inmediatamente miró a sus compañeros… ¡tenían que hacer algo al respecto! Gaul frunció el ceño y negó con la cabeza. No podían enfrentarse de ninguna manera a todo un clan de ogros, pero incluso a él se le hacía difícil ignorar los gritos de dolor. Por las expresiones de Elian y Shelain, vio que estaban de acuerdo con el gnomo, y Namat, por su parte, parecía tomarse aquello como una oportunidad más de obtener la gloria y el favor de su dios, el Padre de la Batalla. Juntos, intentando no delatar su posición, empezaron a trazar un plan de acción.

Para adentrarse en las ruinas, era necesario o bien trepar la muralla, o rodearla por el lado norte tras cruzar el foso. Una aproximación acuática desde el lago también era posible, aunque fue desestimada casi al momento. [Los jugadores de rol y el agua… ¡todo un clásico!]. Las criaturas estaban lo bastante lejos como para intentar ocuparse de cada grupo por separado, pero para ello tendrían que ser extremadamente rápidos y silenciosos, y había muchas posibilidades de que aquello saliera mal y se las tuvieran que ver contra toda la familia a la vez. Dworkin propuso un plan alternativo. Con su magia tenía posibilidades de hacer que el ogro que torturaba al ser cayera dormido; los otros ogros estaban lo bastante lejos como para no oir las palabras del conjuro, y probablemente pensaran que el otro había decidido echarse una siesta. Quizá eso bastara para que la criatura huyera, si es que le quedaban fuerzas suficientes para ello. Pero para eso, Dworkin tenía que acercarse lo bastante al ogro como para poder afectarle con su hechizo. Necesitaría rodear la fortaleza sigilosamente por el lado norte, y acercarse entre los arbustos y la maleza sin ser visto.

Era la mejor oportunidad que tenían, pero aquello entrañaba un gran riesgo para el gnomo, y Gaul se ofreció a acompañarle. No se le daba mal esconderse en entornos naturales, y si el plan fallaba, Dworkin contaría con su apoyo. Mientras tanto, el resto del grupo aguardaba en su escondite entre los árboles, preparados para intervenir si las cosas se torcían. Mostrándose todos de acuerdo, los compañeros se dividieron en dos grupos, y Dworkin y Gaul se alejaron arrastrándose entre la maleza antes de que les diera tiempo a arrepentirse. Reptaron sobre sus vientres en un círculo bastante amplio, intentando minimizar los riesgos mientras fuera posible. Una vez situados, empezaron un lento y tenso avance en dirección al patio de las ruinas élficas. Cada vez, el ogro torturador estaba más y más cerca de Dworkin, y el gnomo pudo ver mejor la criatura con la que se estaba ensañando. No superaba el metro veinte, y su cuerpo, claramente femenino, tenía la piel de color azul-verdoso, con muy leves atisbos de algo parecido a escamas casi invisibles en brazos y piernas. Sus dedos en manos y pies eran palmeados, y tenían una membrana semitransparente entre ellos. Su largo cabello, ahora ensangrentado, era del color de las algas, y estaba decorado con conchas y piedrecitas de colores. Apenas se movía, pero seguía con vida por los estremecimientos y gemidos que soltaba al ser golpeada contra el suelo entre risotadas. Los azules ojos de la criatura se cruzaron con los de Dworkin durante un instante.

Sólo era necesario avanzar un par de metros más, y el ogro estaría a su alcance, pero entonces, el ogro olfateó el aire, se rascó una oreja, y miró directamente en su dirección. Soltando un grito en su gutural lengua, se levantó y señaló en su dirección, mientras todos los otros ogros de las ruinas miraban a ver qué estaba ocurriendo. Aquel gritó desató el infierno. El ogro cogió su lanza y echó a correr hacia Dworkin, mientras los otros dejaban sus quehaceres para unirse a la refriega. El gnomo se retiró a toda prisa hacia atrás, mientras Gaul corría para adelantarle y hacer frente al ogro que cargaba como un toro bravo. En ese momento, las flechas de Shelain y Namat volaron de entre los árboles en dirección a los dos ogros centinelas, en un intento de atraer su atención y que los gigantes no abrumaran a Gaul.

Entonces, del interior del edificio se asomó una silueta, que se tuvo que agachar para pasar por el umbral, y el ogro más enorme y corpulento que habían visto jamás salió al patio de armas para ver quien estaba interrumpiendo la paz en sus dominios. Su cabello era gris, y parecía más viejo y duro que los demás. Tenía un ojo blanco, probablemente a consecuencia de una herida, pero el otro evaluó la situación con rapidez, denotando una mayor inteligencia y sentido táctico de lo que era habitual en aquellos brutos. Como los demás, llevaba una larga lanza en la mano, lo que unido al alcance natural que le daba su tamaño, le convertía en un oponente extremadamente peligroso. En su frente, llevaba una marca grabada a fuego, y en sus muñecas la piel estaba más pálida y cicatrizada, como si hubiera llevado grilletes durante años y años. Detrás del patriarca ogro salieron dos hembras, algo más bajas pero igual de peligrosas que los ogros varones. Si la situación inicial ya había sido terriblemente peligrosa, esta nueva aparición dejó claro a los compañeros que aquella era una lucha que no podían ganar.

[Los seguidores de las Crónicas probablemente se habrán percatado que éste es el segundo ogro que aparece en la campaña con una marca en la frente, señales de esclavitud y luchando con armas de asta, de manera muy poco habitual para su especie…]

Pero Dworkin y Gaul no tenían posibilidades de huir. El gnomo no era capaz de dejar atrás a los gigantes, y la distancia que le separaba de Shelain y los demás era muy larga. Gaul se retiraba poco a poco mientras se iba defendiendo como podía de la lanza del primer ogro, pero varios más se acercaban a él a toda prisa. Namat y Shelain seguían disparando, pero ya estaban preparándose para empuñar sus armas y salir en defensa de sus compañeros. Elian no disponía de magia útil a tanto alcance, pero sabía que tenía que hacer algo. La sangre de los Arroway, la sangre del león, le empujaba a proteger a los demás. Repasó brevemente los recursos de los que disponía, y supo que había una sola cosa que podía intentar.

Saliendo de su escondrijo entre los árboles, y exponiéndose a convertirse en un objetivo fácil, el mago corrió hacia la esquina de la muralla, donde la torre rota aún se alzaba, y sacó un pergamino del tubo de marfil que llevaba prendido al cinto. Era un conjuro que se había estado reservando para añadir a su libro cuando regresara a Nueva Alasia y tuviera algo de tranquilidad, pero si no lo empleaba ahora, probablemente ninguno de ellos regresaran con vida. Rezó a Arkath, el Dios Brujo, por que aquello funcionara, aferró la vitela con una mano y su bastón de mago en la otra, y pronunció a pleno pulmón las palabras de poder que estaban inscritas en él. A medida que leía, las runas mágicas iban ardiendo, consumiendo el pergamino con el poder que iban liberando. Entonces, Elian hizo un gesto hacia delante con la mano libre y golpeó con fuerza su bastón contra el suelo.

Una potente racha de viento surgió del mago, arremolinando sus ropajes blancos, golpeando la ruinosa torre y haciendo que sus piedras milenarias se tambalearan, sacudidas por el vendaval. Sudando, imprimiendo todo el poder arcano del que fue capaz, Elian redobló su concentración, y su voluntad hizo que el viento aumentara aún más su fuerza. Al principio no pasó nada. Pero un segundo más tarde, un crujido empezó a escucharse por encima del aullido del viento, y de repente, las piedras que formaban la torre empezaron a desplomarse una tras otra, como un castillo de naipes. Con un atronador retumbo, la torre se colapsó como un árbol talado, cayendo sobre los dos ogros que custodiaban la entrada y aplastándolos bajo toneladas de mármol verde. El ensordecedor estruendo y la gran nube de polvo hicieron que todos los ogros se volvieran hacia el lugar, y vieran al mago, plantado de pie junto a la torre ya inexistente, convertida por su poder en una montaña de escombros. Gaul y Dworkin no se quedaron a ver el espectáculo. Echaron a correr como alma lleva al diablo, y el semiorco izó en volandas al gnomo al pasar a su lado con sus grandes zancadas, cargándolo como si no pesara nada.

[Aquel fue un verdadero “momento Gandalf” por parte de Elian. En circunstancias normales, aquel hechizo no habría bastado para derribar aquella torre en ruinas, pero el dia anterior, un verdadero huracán había azotado el bosque, por lo que juzgué que había una posibilidad de que estuviera lo bastante debilitada como para que el hechizo de Elian acabara el trabajo. Le pedí al jugador que tirara un d20; si sacaba por encima de 15, el hechizo sería lo bastante potente. El dado rodó, la tirada fue un éxito, y el momentazo en la mesa fue épico.]

Los ogros se sumieron en el caos, y el pánico cundió entre ellos.  Algunos empezaron a correr hacia el interior del edificio, buscando refugio, y otros empezaron a disgregarse a los cuatro vientos, aterrados de aquel poderoso mago. El cacique ogro, furioso, intentaba ladrar órdenes y obligarlos a reagruparse sin éxito. Los exploradores, ya reunidos, regresaron al bosque a toda velocidad, decididos a poner tierra de por medio antes de que los ogros recuperaran el valor y salieran tras ellos. Mientras se marchaban, Shelain escuchó un leve chapoteo en el agua, y al volverse sin dejar de correr, la elfa vio el atisbo de un cuerpo verdoso sumergiéndose en el lago en medio de la confusión, dejando tras de sí un anillo de ondas concentricas. Algún día, cuando fuera lo bastante fuerte, regresaría a aquel lugar y desvelaría sus secretos, pero por el momento, habían logrado su cometido. Para la noble elfa, era victoria suficiente.

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5 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LVIII): Las Ruinas Élficas”

  1. Por un momento he tenido una sensación de déjà vu con cierto otro grupo que planteó otro plan similar… ¡Menos mal que estos salvaron el pellejo gracias a ese pergamino!

    (Aunque ya podrían haberse acordado antes de él y haberlo usado como distracción para salvar a la pobre víctima, ¿no? 🙂

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