Crónicas de Alasia (LV): La Colina del Cuervo

LOS JINETES DE MEDIODÍA

  • Deornoth, joven paladín sarel, atrapado entre la senda del arco y de la espada
  • Percival Whitesword, arrojado e impulsivo espadachín alasiano

Halcón 27

Durham era un nido de actividad kanthiana. Obviamente, los sureños estaban transformando el pueblo abandonado en un cuartel militar, un puesto avanzado de operaciones que no podía traer nada bueno para las Tierras Reclamadas. Desde su escondrijo en el bosque, Deornoth y Percival, acompañados de Brenna, la joven cazadora lindareña, espiaban el pueblo y discutían planes de acción. Si su compañero Darben había conseguido demorar a la caravana de esclavos en la que se hallaba prisionera lady Marion de Leaford, disponían de unas horas para actuar, pero… ¿qué hacer?

La sensatez parecía indicar que la mejor opción era regresar a Nueva Alasia e informar a las autoridades de lo que estaba sucediendo allí. Si ellos caían o eran capturados, la información que habían conseguido desaparecería con ellos, y quien sabía cuanto tardarían los kanthianos en ser descubiertos. Pero para ambos jóvenes, la idea de permitir que aquellos perros esclavistas se salieran con la suya e hicieran cuanto les viniera en gana en las tierras del Barón era un plato demasiado amargo. Deornoth argumentó que si lograban rescatar a lady Marion, una joven aristócrata, su palabra y su historia sería no sólo una prueba irrefutable, sino que crearía un verdadero impacto en la sociedad alasiana. Tenían que hacer algo, pero si no actuaban con suma precaución, se estarían arrojando a la muerte.

Antes de trazar ningún plan, le pidieron a Brenna que les dibujara un mapa de las inmediaciones de Durham, cosa que la joven hizo con un talento considerable. En la loma cercana al pueblo, conocida como la Colina del Cuervo, habían divisado el brillo del metal, lo que indicaba hombres apostados allí. Desde lo alto debía haber una buena vista de los dos caminos que llevaban hasta Durham, con lo que sin duda se trataba de vigías. Estuvieron todos de acuerdo en que si querían tener la más mínima posibilidad de actuar, primero había que neutralizar a esos vigías.

durham-hex-map

El Mapa de Brenna, mostrando el terreno en el hexágono en el que se encuentra Durham. El hexágono principal es de 2 millas, mientras que cada subhexágono corresponde aproximadamente a 400 metros. Mapa por obra y gracia de Dyson Logos.

En su mapa, Brenna les había dibujado el lecho seco de un arroyo que bajaba por la ladera noreste de la Colina del Cuervo, en la vertiente opuesta al pueblo. La joven les dijo que con las lluvias recientes probablemente ahora bajara algo de agua, pero que podría seguir siendo un buen lugar para ascender. Decidieron que su mejor opción era regresar hasta allí, subir por el lecho del arroyo y recorrer la ladera boscosa evitando cruzar el campo de visión entre la cima y el camino, que probablemente fuera lo que centrara la atención de los vigías. Su objetivo era colocarse entre la cima de la colina y el pueblo de Durham, para atacar desde la dirección del pueblo. Esperaban que aquello resultara algo inesperado para los centinelas, y les facilitara un ataque por sorpresa. Sabiendo que era un plan extremadamente arriesgado, se pusieron en marcha. Guiados por Brenna, subieron por el lecho embarrado del arroyo, intentando quedar a resguardo de toda mirada desde la cima, en la que durante su ascenso empezaron a atisbar lo que parecía una pequeña atalaya de madera. Luego avanzaron por la ladera boscosa hasta rodear la colina por el flanco sur, intentando trepar por el lado menos susceptible a ser vigilado.

[En este punto fueron necesarias tiradas de Sigilo y Percepción, para comprobar el éxito de su infiltración. Aunque no llegaron ni a verlas, evitaron a algunas de las patrullas que merodeaban por la base boscosa de la colina, y lograron llegar a la cima sin ser vistos… o eso creían.]

No obstante, los kanthianos eran más previsores de lo que esperaban, o bien no habían conseguido evitar ser atisbados en su ascenso. Al llegar a la cima plana de la colina y asomarse furtivamente entre los árboles para espiar el claro de la atalaya, Percival distinguió el brillo del acero en lo alto de una achaparrada torre de madera, y al instante reconoció los destellos como el sol reflejado en las puntas de varias flechas que apuntaban en su dirección. Al pie de la tosca torre había cuatro soldados más, con sus sables en la mano. Al momento, uno de ellos empezó a llevarse la siniestra hacia el cinturón, donde colgaba un cuerno de caza. ¡El espadachín era el único que se había percatado de que, en segundos, volarían flechas en su dirección!

[Aquí se produjo un largo debate sobre lo que debían hacer. La huida parecía lo más sensato, pero si se marchaban los soldados darían la voz de alarma y la zona se convertiría en un hervidero de actividad kanthiana a no mucho tardar. Abandonar el plan significaba abandonar también a lady Marion y el resto de esclavos a su suerte. Pero tenían muy pocas posibilidades de acabar con el centinela antes de que soplara su cuerno, y un combate como aquel sin contar con el beneficio de la sorpresa era prácticamente suicida. El jugador de Percival estaba muy tentando a cargar a pesar de las posibilidades desfavorables, emulando así a los espadachines de capa y espada en su osadía. Pero había ocho enemigos, cuatro de ellos sobre la torre de 30 pies de altura, ataviados en cuero tachonado y con arcos cortos compuestos tensados, y otros cuatro con cotas de mallas, escudos ligeros y sables kanthianos en la mano. Sus habilidades de clase le dan ciertas ventajas parando y esquivando golpes, pero aún así los números estaban en su contra. Finalmente Percival optó por mover la lengua en lugar de la espada.]

Percy reaccionó con cara de sorpresa exagerada al ver a los hombres armados. Bajó el arco que llevaba en la mano y dijo, soltando una carcajada nerviosa: “Pues no eran jabalíes, ¿lo veis?” Se giró un segundo a sus compañeros, el tiempo justo para guiñarles un ojo, abriéndose de brazos en gesto de resignación. Volviéndose hacia los guardias, sonrió y le dijo al del cuerno: “Perdonad, creo que nos hemos perdido. Buscábamos alguna presa y claramente no hemos ido por el camino correcto”. Con la mano libre hizo gesto de sacar algo del zurrón que colgaba a su espalda. “Tengo un mapa aquí, pero creo que no está bien hecho. ¿Podéis echarnos una mano e indicarnos cual es el camino a Lindar? Nuestros compañeros nos esperan allí.”

[Era una apuesta gordísima. El jugador pidió una tirada de Diplomacia para intentar convencerles, pero aquello era un farol en toda regla, así que le dije que la habilidad a tirar era indudablemente Timar. Lamentablemente no tenía rangos en ella, pero confió en su elevado Carisma para salir airoso de la situación. Si colaba del todo, el guardia del cuerno no soplaría y se acercaría a darle indicaciones en su mapa, o como mínimo, esperaba poder usar el pretexto para que se acercaran a ellos un poco más y poder luchar más favorablemente. El detalle de los compañeros fue un intento de hacer creer a los kanthianos que podían disponer de refuerzos cercanos que vendrían en su ayuda. Brenna y Deornoth intentaron seguirle el rollo lo máximo posible, usando su experiencia real como cazadores para actuar creíblemente como miembros de una partida de caza. Al final, todo se resolvió en una tirada opuesta, aplicando todos los modificadores pertinentes por situación, discurso, credibilidad, etc. La tirada grupal de los guardias fue baja, pero lamentablemente, la de Percival fue nefasta.]

Por un momento, pareció que la argucia de Percival iba a funcionar. Uno de los guardias exclamó: “¡Largáos por donde habéis venido, petimetres!” Y le dijo al que tenía al lado: “Pfft… ¿Qué clase de idiota sale al monte a cazar con un estoque al cinto?” El otro, abriendo los ojos de par en par, respondió: “Ninguno… ¡porque no son cazadores! ¡No habrían llegado hasta aquí sin evitar nuestras patrullas a posta! ¡Son espías! ¡Matadles!”

[Fue el típico momento “Que tontería de conversación”…]

La mentira de Percival no había funcionado, pero al menos había logrado algo de tiempo. El corneta no había soplado el cuerno, y todavía tenían una oportunidad de matarle antes de que lo hiciera. Replicando al kanthiano, respondió: “¿Espías nosotros? ¡Abandonad mi tierra, perros!” Antes de que los guardias pudieran readoptar sus posturas de combate, el espadachín ya se había lanzado a la carga, blandiendo su estoque, apuntando al cuello del corneta y al grito de: “¡A mí, por Alasia y el Barón!”. Deornoth exclamó: “Maldito loco… ¡Brenna, tenemos que cubrirlo! ¡Que vuelen las saetas, raudas como la justicia de Gardron!”

Percival cargó contra el soldado del cuerno, alcanzándolo antes de que pudiera llevárselo a los labios. Su estocada fue certera, y la punta de su estoque acabó clavándose en el estómago del kanthiano, aunque la cota de mallas de éste le salvó de una herida mortal. “¡Por todo lo sagrado, casi lo logra!”, profirió Deornoth. “¿Puedes acabar con ese, Brenna? Sin darle a Percy, claro…”

La flecha del arco largo de Brenna voló a modo de respuesta, silbando junto al oído del espadachín y hundiéndose en el ojo derecho del esclavista. La joven miró con media sonrisa a Deornoth y respondió: “¿Tu qué crees?” [La PNJ sacó un crítico realmente oportuno, de esos que salen justo cuando tienen que salir.] Deornoth sonrió a Brenna con descaro y le guiñó un ojo. “Si te reto a que me traigas la luna, también lo harías, ¿verdad?”. La joven respondió mientras se cubría tras un árbol y cargaba una nueva flecha. “Si salimos de ésta lo hablamos, ¿vale?” Huelga decir que para Deornoth, aquella era una excelente razón para salir con vida de la situación. Percival rezongó: “¿Dejamos el cortejo para luego, compañeros?”, mientras recuperaba su postura de combate. Justo a tiempo, pues los arcos de los kanthianos zumbaron y de repente varias flechas se dirigieron volando hacia ellos. Las flechas apuntadas a Deornoth y Brenna se perdieron entre el follaje o se clavaron en un tronco, mientras que Percival se había agachado en carrera en previsión a los disparos que iba a recibir. Eso le libró del primero, pero el otro arquero compensó su tiro y su flecha se hundió en el hombre del espadachín, con tal fuerza que su punta emergió por su espalda. El joven aulló, pero se mantuvo en pie, sabedor de que flaquear en aquellos momentos significaba la muerte.

Deornoth imitó a la joven cazadora y tensó su arco corto apuntando al enemigo más cercano. Como cada vez que lo hacía, la mente del semielfo se vació, su cuerpo tomó las riendas, y disparó. Sin siquiera mirar el vuelo de la saeta se movió hacia el árbol más cercano para buscar cobertura, confiando en que su flecha encontrara al blanco. El soldado kanthiano no logró levantar su escudo a tiempo para interponerlo en el camino de la flecha del paladín sarel. Ésta le abrió un gran rasguño en el brazo, y el soldado gruñó de dolor, pero apretando los dientes, y junto a sus compañeros, se dispuso a abatir al osado intruso que tenían delante.

Rodeado por tres enemigos, y herido por la flecha, Percival demostró las dotes de un virtuoso en la esgrima. Esquivó el primero de los espadazos, y se giró como un gato para parar el segundo que le venía por la espalda, haciendo un molinete con el filo para responder con su propio contraataque. Lo único que le salvó la vida a su enemigo fue su gruesa cota de mallas, que impidió que el estoque del espadachín le atravesara el corazón. El tercero de sus atacantes, que había cargado contra él salvajemente, blandió su espada en una estocada certera aprovechando su distracción, pero el filo del alasiano parecía estar en todas partes a la vez, y su estoque se trabó con el sable kanthiano a meros centímetros de su rostro. Durante los segundos que duró el choque de espadas, le pudo oler el aliento rancio al soldado, y ver en sus ojos que no habría la más mínima piedad si su estoque dejaba de protegerle.

“¡Mi plan llegaba hasta aquí!”, exclamó a sus compañeros, con el sudor perlándole la frente. “¿Alguna otra idea?”

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7 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LV): La Colina del Cuervo”

    1. ¿Altramuz plan? Esa es buena, me la apunto jajajaja…

      Los kanthianos, sin ser una gran potencia maligna ni nada por el estilo, han estado dando por saco literalmente desde el primer encuentro de la campaña. Creo que encabezan la lista de los más odiados por la mayoría de los jugadores… y con bastante razón, además.

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  1. Que racismo… pobres Kanthianos. Sólo tratan de traer la civilización a estas tierras, con sus acueductos y sus esclavos…
    Por cierto, que sería divertido plantearse qué habría pasado si ningún grupo hubiera limpiado Durham antes… ¿y si los Kanthianos se hubieran terminado enfrentando al maligno culto que infectaba la aldea? (lo típico, llegan unos exploradores, desaparecen, envían una partida mayor que desaparece pero uno vuelve al campamento principal con la historia de lo que está ocurriendo…).
    Habría sido algo digno de verse xD

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    1. Pues sí, son esas cosas que pasarían detrás del telón… En principio, los kanthianos se encuentran allí a consecuencia de la contratación de mercenarios sureños que hizo la gente de Welkyn, cuando los aventureros no lograron defender su aldea de las depredaciones de los kobolds. Fue entonces cuando los kanthianos descubrieron que Durham estaba vacío y abandonado, a huevo para ser reocupado. Veremos en qué acaba todo esto!

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