Crónicas de Alasia (LIII): Los Escudos Quebrados

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Flambard Finnegan, cronista y poeta mediano con ínfulas de enano
  • Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don
  • Quarion, arquero elfo súbitamente rodeado de enanos

Halcón 28

Los Escudos de Piedra se quedaron mirando a los recién llegados con escepticismo. El elfo de largos cabellos rubios seguía apuntándoles con el arco, y las palabras del rudo enano desconocido no bastaban para ganarse su confianza. Sabían que se las estaban viendo con un mago artero capaz de todo tipo de ardides. Los compañeros tampoco bajaron las armas mientras pedían más explicaciones. Caellum, haciendo gala de su encantadora personalidad, les contó que desde que había llegado a las tierras de Alasia había cometido la insensatez de embarcarse en no una sino dos correrías fútiles, y que al oír hablar del grupo de enanos que habían acabado con Vorlak el Mestizo, supo que si quería pertenecer a una compañía que hiciera las cosas bien hechas, sólo podía ser esa. Desafortunadamente, supo de su existencia el mismo día de la ejecución del bandido, y para cuando intentó localizarles, los Escudos ya se habían marchado otra vez. Siguiendo las indicaciones de Gorstan, emprendió el camino hacia Lindar, pero allí les perdió la pista. Fue allí donde conoció a Quarion. El elfo había permanecido allí después de la disolución de su grupo tras la debacle de la guarida kobold, más a gusto entre los cazadores y arqueros del lugar que entre los muros de piedra de Nueva Alasia. El elfo había visto a los Escudos partir hacia el oeste por el camino de Welkyn, y tras compartir unas cervezas, Caellum le contrató como guía y rastreador. La pericia del elfo les había llevado hasta allí.

Los tres enanos miraron a Flambard en busca de confirmación a lo que acababan de oír. El mediano, con su talento para memorizar y retener todas las historias, habladurías y rumores que escuchaba, asintió con la cabeza. Había oído hablar de ambos, y las historias coincidían con lo que habían contado. Aunque reticentes y desconfiados, los Escudos sabían que toda ayuda que recibieran aumentaría sus posibilidades de supervivencia contra Gerbal el mago. Tras una breve negociación sobre las partes del botín y la recompensa que le corresponderían a Caellum como nuevo miembro de la compañía, los Escudos decidieron darle una oportunidad.

El elfo, por su parte, dijo que tan pronto como amaneciera regresaría a Lindar. Había cumplido con su trabajo, y tenía otros asuntos que atender. Y nada le ataba a un grupo de enanos que claramente no se habían puesto a dar saltos de alegría al verle. No obstante, quiso saber si era simplemente el oro lo que les empujaba a dar caza al mago, o si había algo más. Cuando Tobruk relató como estaban intentando limpiar el buen nombre de Jack Morden y rescatar a su amada Morayne, el arquero frunció el ceño. Había entablado una gran amistad con los lindareños, y había oído historias sobre Morden. Allí todo el mundo le respetaba, y nadie creía en su culpabilidad. Asintiendo con la cabeza, Quarion puso su arco al servicio de los Escudos para aquella misión. Así la compañía, que parecía no dejar de crecer, pasó la noche en el patio del castillo, y al amanecer se dispusieron a proseguir con su exploración.

No obstante, Caellum no les había dicho toda la verdad a los Escudos acerca de su presencia allí. De un tiempo a esta parte había empezado a experimentar extrañas y crípticas visiones. Era como si, poco a poco, su experto ojo de cerrajero hubiera traspasado su habilidad para distinguir el complejo funcionamiento interno de candados, cierres y engranajes al resto de cosas en existencia. A veces le parecía percibir elaborados patrones de energía etérea alrededor de personas y objetos, como si fuera capaz de ver los planos que habían servido para darles forma. No entendía apenas nada de lo que veía, pero intuía que no sólo podía ver aquellos patrones, sino también trastear con ellos, entenderlos y quizá hasta manipularlos. No sabía de donde le venía esa mística capacidad, pero quizá fuera algún don de los dioses enanos o algún arte perdido de los artesanos y herreros legendarios de su pueblo que de alguna manera u otra había heredado. Quizá en compañía de otros enanos podría averiguar más… y si no, al menos estaría entre camaradas competentes, que diablos.

[De esta manera, los jugadores de Quarion y Caellum, PJs “huérfanos” de grupo, se sumaban a las filas de los Escudos de Piedra… aunque el elfo aclaró en que se quedaría en tan encantadora compañía únicamente hasta que el asunto de Jack Morden estuviera resuelto. Seguro que tener que aguantar las coñas constantes de cuatro enanos y medio no tuvo nada que ver. Por su parte, el jugador de Caellum había decidido que su personaje seguiría avanzando como Críptico, una clase de personaje mística (es decir, psiónica) cuyos poderes se basan en la comprensión y manipulación de los patrones astrales de criaturas y objetos. Me pareció algo bastante apropiado a la concepción mecanística y ordenada de la vida que podría tener un enano, así que le di el visto bueno.]

Halcón 29

Junto a sus dos nuevos compañeros, los Escudos de Piedra procedieron a recorrer las salas superiores del Castillo de Redoran. La investigación les llevó a toparse con otro grupo de kobolds, que les tendieron una emboscada, derribando un enorme montón de cajas de suministros sobre Tobruk. Sin embargo, a pesar de sus cobardes trucos, las criaturejas no tuvieron ni la más mínima oportunidad. Las flechas de Quarion silbaron con una precisión increíble; aunque su rostro frío e impasible como siempre no lo demostraba, el elfo se estaba tomando su revancha por el infierno que había sufrido en la guarida de aquellos seres. Los seres reptilianos habían dejado tras de si varias trampas bastante ladinas, pero entre Grugnir y Caellum las neutralizaron sin muchos problemas. Tras un innecesario experimento con una cama embrujada que casi le costó a Grugnir sumirse en un sueño eterno, y del que se libró por la legendaria resistencia enana contra la magia, vieron que no tenían mucho más que hacer en la planta superior. Había llegado el momento de descender a los subterráneos del castillo.

[En ese momento terminamos una sesión, y cuando retomamos la partida la semana siguiente, el jugador de Caellum avisó que no podría asistir a la nueva sesión. Decidió que su personaje se quedaría atrás apostado como centinela, y el resto del grupo le asignó la misión de regresar a Nueva Alasia y contar lo sucedido si el grupo no regresaba en 3 días. Fue una de esas casualidades que acabarían demostrándose serendípicas… ]

El resto de los Escudos descendieron a las mazmorras bajo el castillo por unas escaleras en el ala oeste, y fueron recibidos por una antigua y polvorienta estatua cubierta de telarañas. Aunque sus rasgos estaban desfigurados, claramente mostraba a un mago humano de aspecto poderoso, con los brazos extendidos hacia delante y las manos acopadas como si se dispusiera a entregar o recibir algo. Flambard recordó que, según las viejas crónicas, el fundador de la Casa Redoran había sido Magnus, un mago de gran renombre. Ciertamente, eso explicaba que un mago forajido hubiera elegido esas ruinas para esconderse… ¿quizá Gerbal esperaba descubrir alguno de los secretos de Magnus Redoran?

No tuvieron demasiado tiempo para meditar sobre ello, sin embargo. El oído de Quarion percibió el sonido de pies arrastrándose lentamente al otro lado de una puerta al sur, así como ruidos de morder y mascar. Decididos a hacer frente a lo que fuera, se adentran en la cripta que aguardaba detrás, sorprendiendo a tres cadáveres humanos de largas uñas y colmillos afilados, devorando ansiosamente el cadáver de un kobold. Los tres necrófagos, al ver nuevos cuerpos cálidos con los que saciar su hambre eterna, se lanzaron al ataque. Usando la táctica en lugar de un coraje ciego, Tobruk y Lomborth aguardaron a ambos lados de la puerta de la cripta, forzando a las criaturas a salir de una en una mientras Quarion les disparaba mientras se acercaban. Dos de los necrófagos cayeron en aquella encerrona, y el tercero, demostrando un mínimo de inteligencia, decidió retirarse por un umbral que se abría al fondo, sin duda con la intención de rodearles por otro camino. Una flecha de Quarion se hundió en su espalda, pero no bastó para abatirle, y el no-muerto abrió la puerta de un empujón y se perdió en aquel umbral. Al instante, los chillidos agudos de varios kobolds gritando de pánico empezaron a resonar por la mazmorra. ¡La llegada de los Escudos estaba sembrando el caos entre los moradores del lugar!

Tras acabar con los dos primeros necrófagos, los Escudos tuvieron meros segundos para tomar una decisión. Ahora que sabían que por aquel camino había kobolds apostados como guardianes, podían optar por buscar otra ruta que les evitara. O podían aprovechar el caos que habían creado llevando al necrófago hasta los kobolds para entrar en tromba y pillar a los guardianes desorganizados. Cualquiera que hubiera seguido mínimamente su trayectoria adivinaría fácilmente por cual de las dos opciones se decantaron.

Los cinco se precipitaron tras el necrófago, con la intención de aprovechar la confusión y cruzar los puestos de guardia mientras los kobolds eran presa del pánico. Sin embargo, mientras se acercaban, antes incluso de ponerles la vista encima, oyeron como los kobolds aullaban en su dracónico idioma:

¡Intrusos! ¡Elfos! ¡Mirad esa flecha! ¡Avisad al jefe! ¡Avisad al jefe!

Lo que ocurrió a continuación sólo puede calificarse de batalla campal. Los kobolds habían huido del lugar, abandonando sus puestos gritando como posesos mientras los Escudos se las veían con el último necrófago. En lugar de retirarse al saber que las criaturejas estaban al tanto de su llegada y se habían replegado, los Escudos decidieron ir a por todas y seguirlas, dispuestos a aplastar toda resistencia. Y cometieron el peor error de su carrera.

Su persecución les llevó a un salón del trono, donde el jefe de la tribu kobold al servicio de Gerbal se había atrincherado, junto a 6 de sus mejores guerreros de élite y más de una docena de sus lacayos más corrientes. Superados tres a uno, los Escudos de Piedra intentaron retroceder, pero se encontraron con que las criaturas, aprovechando su mejor conocimiento del lugar, se movían para cortarles el paso por todas las entradas. Intentando defender los dos accesos de la sala contra una verdadera oleada de kobolds que se les echaban encima, los Escudos de Piedra empezaron a temer por sus vidas. Aunque sus hachas, espadas y flechas eran certeras y causaban estragos, pronto comprobaron que los guardaespaldas del rey eran guerreros mucho más temibles que los kobolds a los que se habían enfrentado hasta entonces, y el jefe kobold era un luchador extremadamente ágil y rastrero capaz de aprovechar el menor descuido para asestar terribles y dolorosas puñaladas. Cada pequeño error, cada ataque fallido, permitía la entrada de más y más de las criaturas, que poco a poco les iban rodeando y flanqueando de todas las maneras posibles. Incluso los que se quedaban en las filas traseras les lanzaban frascos con fuego alquímico. Lucharon ferozmente y con agallas, y los cadáveres de kobold se amontonaban a sus pies, pero finalmente los Escudos de Piedra, vencedores de Vorlak el Mestizo, empezaron a caer uno a uno.

El primero fue Tobruk, que había contenido valerosamente al cabecilla todo el tiempo que pudo. Presa de una rabia feroz, se abandonó a su parte más animal, y sintió una intensa comunión con el espíritu furioso de aquel tejón terrible que habían matado tiempo atrás. El enano, convertido en un berserker desatado, soltó sus armas y se lanzó a arañar y dar terribles zarpazos, pero la cruel espada del jefe kobold puso un pronto fin a su ira. Quarion y Flambard le siguieron a no mucho tardar, el elfo incapaz de usar su arco con efectividad en un combate tan cerrado y el mediano, tras mucho esquivar y parar golpes con la agilidad de un espadachín, cayó defendiendo valerosamente una de las entradas. Al desplomarse y dejar pasar una nueva oleada, el combate quedó sentenciado definitivamente. Espalda contra espalda, Grugnir y Lomborth se enfrentaron contra el jefe kobold y el último de sus cabecillas. El pícaro logró asestarle un golpe certero al gran kobold de escamas rojizas, y éste cayó desangrándose a sus pies, pero fue inmediatamente abatido por el guardaespaldas que ocupó el lugar de su señor.

Los Escudos habían vendido caras sus pieles: tan sólo quedaban 4 kobolds con vida, además del guardaespaldas que había derribado a Grugnir. Soltando una imprecación a Dumathoin, Lomborth, el último enano en pie, se volvió hacia la criatura que tenía delante y le dijo:

¡Tu y yo, lagarto! ¡Tu y yo! ¡Enfréntate a mi en un duelo de honor! ¡Mira a tu alrededor! ¡Tu tribu ha caído con nosotros! ¡Tu rey se muere! ¡Alguien debe ocupar su lugar! ¿Elegirá tu tribu a un cobarde? ¡Lucha conmigo si tienes valor!

El guardaespaldas, empuñando sus dos espadas cortas, miró de reojo a sus cuatro congéneres. Estos le miraban expectantes, y supo que el enano tenía razón. Tenía que hacerse digno a sus ojos si quería que le respetaran y le temieran como su nuevo rey. Aceptando el desafío, el kobold cargó contra el enano, y sus aceros chocaron con un trueno de metal. Tras unos segundos de furioso combate, Lomborth, agotado y sangrando por mil cortes, teniéndose apenas en pie, hundió su pico en el pecho de su rival, y gritó a Dumathoin su victoria.

Al instante, los cuatro kobolds restantes se abalanzaron sobre él, y lo último que sintió Lomborth Barbazul fueron sus filos atravesándole el cuerpo.

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