Crónicas de Alasia (L): La Cabalgada de Mediodía

Los Mapeadores del Norte

  • Thaena, guerrera del frío y brumoso Korheim, con sangre de gigantes en las venas
  • Qain, frío y amoral monje enoquiano, discípulo de la senda del Fantasma Hambriento
  • Tharkatios, guerrero de brazo tatuado de Kurath, con el poder de conjurar una armadura mística a voluntad
  • Flawkin, gnomo ilusionista y lenguaraz que puede estar o no relacionado con su congénere Dworkin
  • Ponto Overhill, alegre mediano flautista recientemente agregado al grupo.

Halcón 25

Todavía atónitos e indignados por lo que acababan de presenciar, los cinco compañeros decidieron seguir el avance de la caravana de esclavos a través de las calles. La presencia de los kanthianos en la ciudad traería problemas con toda seguridad, y no querían estar lejos si eso ocurría. El tétrico convoy se dirigió por la avenida principal hasta la Jarra de Lowyr, un gran mesón y posada que solía atender a mercaderes y comerciantes, con un gran patio interior donde los carros y sus mercancías podían ser aparcados a buen recaudo tras un par de gruesos portalones de madera. Sin embargo, cuando los kanthianos llegaron al lugar, encontraron un destacamento de la guardia de Nueva Alasia cerrándoles el paso. Los ocho guardias no parecían tenerlas todas consigo, pero tenían la orden de hacer cumplir las leyes del Barón, así que increparon a los líderes de la caravana. Sus hombres no habían atado sus armas con el nudo de la paz, como era obligatorio, y así se lo hizo saber la guardia. Los kanthianos respondieron con altivez.

¿Sabéis quienes somos? Traemos un cargamento destinado al propio Khoran Karr, el Señor de Typhris, y su autoridad es la única a la que estamos sometidos. 

Un murmullo se pudo escuchar entre los pocos transeúntes que todavía tenían la suficiente presencia de ánimo como para permanecer en las calles observando el encontronazo. Khoran Karr era toda una leyenda, el tirano de puño de hierro que se había hecho por la fuerza con el trono de la perversa Typhris, la mayor y más poderosa de las ciudades-estado de Kanth. Una delegación que afirmara obrar en su nombre no era algo que se pudiera tratar a la ligera. Y sin embargo, el Barón Stephan siempre se había encargado de que las leyes de Nueva Alasia, que cumplían funciones muy concretas, fueran obedecidas por todo el mundo sin excepción. La guardia estaba entre la espada y la pared, y optó por mantenerse firme en su deber. Varios de los jinetes kanthianos llevaron sus manos a las empuñaduras. Los tres traficantes de personas siguieron también en sus trece, intentando hacer valer su riqueza y posición, y lanzando no tan veladas amenazas. La cosa se puso aún más tensa cuando el sargento al mando del destacamento, con la mandíbula apretada, les replicó.

Las leyes de nuestro señor, Stephan I, Barón de Alasia, prohíben la esclavitud y el comercio de seres humanos. En estas tierras, su mercancía es un delito. 

La respuesta fue inmediata, y claramente estudiada de antemano.

Ninguno de estos esclavos ha sido… adquirido… en las tierras de vuestro Barón. Deseamos hacer noche en esta ciudad y seguir pacíficamente con nuestro camino. ¿O es que esas leyes os permiten robar la mercancía de los comerciantes y despojarles de sus posesiones? Vuestro Barón carece de la fuerza necesaria para imponer sus decretos fuera de sus exiguas fronteras. Estos esclavos son nuestra propiedad, y lo seguirán siendo, a no ser que queráis robar al propio Khoran Karr. Si lo que desea esta ciudad es una guerra, estaremos más que complacidos en asestar el primer golpe… y también el último.

La tragedia se palpaba en el aire. Por las calles cercanas se oían gritos de ciudadanos pidiendo refuerzos a gritos, y los pasos de guardias corriendo para apoyar a los suyos resonaban en las cercanías. En ese momento, el más improbable de los intermediarios, aquel a quien menos importaba el destino de los prisioneros de los carromatos, dio un paso adelante y se dirigió a los esclavistas. Qain se retiró la capucha del rostro y, en el tono calmado de una persona razonable que sabe como funciona el mundo comercial, persuadió a los kanthianos de que negarse a cumplir con el nudo de paz era contraproducente para el negocio, mientras que les decía a los guardias que, efectivamente, las leyes del Barón no podían extenderse más allá de sus fronteras, y que aquellos hombres tenían todo el derecho a conservar su propiedad, ya que ninguno de sus esclavos había sido capturado mientras gozaba de la protección del Barón.

Contra todo pronóstico, las palabras del enoquiano fueron lo bastante convincentes como para que los mercaderes accedieran al nudo de la paz, mientras las fuerzas del orden de la ciudad prometieran no interferir en sus asuntos. Para aquel entonces, el Capitán Geraint ya había sido avisado, y se había presentado en el lugar a toda prisa. A regañadientes, admitió que Qain tenía razón. No podían ordenar a los kanthianos que liberaran a sus cautivos sin provocar un grave conflicto diplomático con la perversa Typhris, un conflicto que Nueva Alasia no podía permitirse. Geraint les dijo a los esclavistas que podían hacer noche en la ciudad, pero que con la salida del sol, su presencia allí dejaría de ser tolerada. Con un saludo burlón, los esclavistas desfilaron tras las puertas de la Jarra de Lowyr, que se cerraron a sus espaldas. El capitán Geraint le agradeció a Qain que hubiera desactivado un desastre potencial, pero le pidió que la próxima vez se abstuviera de hablar en nombre de la ciudad. Ya había oficiales designados para ello. Sin perder su fría serenidad, Qain contuvo toda respuesta.

Tengo las manos atadas en esto; la guardia no puede hacer nada más. Pero por todos los dioses del Valoreon -añadió Geraint con una ira apenas contenida– que esos bastardos no van a llenar más sus jaulas con habitantes de la ciudad al amparo de la noche, no mientras esté yo al mando. 

Intercambiando miradas de comprensión, se despidieron del oficial y pusieron rumbo al Hacha y el Suspiro. En la confortable y acogedora posada que les servía de hogar, el asunto con los kanthianos era también la comidilla entre los parroquianos, pero los compañeros se fueron directos a hablar con Korybos. Tras mostrarle la copia de los símbolos hallados en la lápida junto al cruce de Falshire, el Cronista les reveló que se trataban de símbolos relacionados con Môrghul, el Dios Lich, uno de los más poderosos Reyes de la Noche. Posiblemente la lápida que hallaron fuera un simple santuario al dios oscuro, afirmó Korybos, levantado décadas atrás y no usado en mucho tiempo…

Halcón 26

Por la mañana siguiente, cuando Thaena y sus compañeros bajaron al salón principal para desayunar, encontraron el Hacha y el Suspiro sumida en un gran revuelo. El jovial y bonachón Gorstan estaba considerablemente encrespado, y sus músculos abultaban más que nunca bajo sus mangas remangadas mientras debatía e intercambiaba novedades y vehementes opiniones con varios clientes y parroquianos. Cuando Thaena le preguntó qué ocurría, el antiguo guerrero les contó que, a instancias del capitán Geraint, la guardia había montado un dispositivo de vigilancia alrededor de la Jarra de Lowyr, para evitarles tentaciones nocturnas a los kanthianos. Lo que realmente encendía al posadero, sin embargo, era el trato recibido por el Padre Justin. El anciano párroco había bajado desde la parte alta de la ciudad y se había presentado ante las puertas de Lowyr (por quien Gorstan no parecía sentir demasiado afecto), exigiendo hablar con los kanthianos. Con reticencias, se permitió el paso al viejo sacerdote, pero sus arengas y súplicas cayeron en oídos sordos, e incluso fueron recibidos con sorna. Ante aquello, y a pesar de su edad y fragilidad, el anciano pasó toda la noche llevando comida y agua a los esclavos, aún arracimados en sus celdas en el patio interior de Lowyr, y atendiendo a las heridas dejadas por los crueles látigos espinosos de sus crueles amos. Ni uno de los kanthianos movió un dedo para ayudar al buen hombre ni facilitar su tarea, y tampoco se permitió que ningún acólito entrara con él para asistirle.

Los ánimos en la posada estaban encendidos, y Gorstan manifestó su preocupación por el origen de los esclavos, temiendo que los kanthianos pudieran haber capturado a aldeanos de las partes más aisladas de las Tierras Reclamadas. Flawkin abrió la boca sobre lady Marion de Leaford antes de que sus compañeros pudieran silenciarle, y Gorstan golpeó el mostrador con su enorme puño. Quizá fuera cierto que no la habían capturada dentro de las fronteras del Barón pero ¿es que acaso importaba eso? Al ser preguntado por las posibles intenciones de los esclavistas, Gorstan respondió que, en su opinión, su presencia allí no era casual. Podían haber rodeado tranquilamente la ciudad de haberlo querido. Se trataba de un pulso, una demostración de fuerza y poder. Probablemente ahora los esclavistas regresarían directamente a Typhris, y que en ese caso lo harían siguiendo el camino más corto, el que iba de Lindar a Durham, máxime cuando las patrullas ya hacía tiempo que no lo recorrían. Indignado, el gigantón exclamó:

Las leyes de la hospitalidad y la palabra del capitán Geraint puede que protejan a esos gusanos mientras se encuentren tras los muros de Nueva Alasia, pero ellos mismos lo dijeron. El Barón no puede garantizar la seguridad de nadie ahí fuera. Cualquier… desalmado… podría emboscarles y hacerles tragar ese orgullo kanthiano. Con tanto revuelo, el capitán Geraint estará ocupado durante días, y ni siquiera él puede estar en todo, no sé si me entendéis. 

Los aventureros captaron a la perfección la poco sutil sugerencia del posadero, pero lo que insinuaba era un trabajo para héroes. Y a pesar de su victoria contra el ogro, no se consideraban como tales. Por mucho que detestaran a los kanthianos y lamentaran el destino de los pobres esclavos, meterse en camisas de once varas y ganarse enemigos poderosos no entraba en sus planes. Un enfrentamiento con los esclavistas tenía demasiadas probabilidades de acabar mal para ellos. Envueltos en un mar de dudas, decidieron ir a interesarse por el Padre Justin a la Catedral, buscando quizá algo de guía espiritual. Les recibieron los acólitos, con malas noticias: el anciano párroco estaba muy enfermo, sumido en fiebres muy altas y tremendos temblores, probablemente fruto de un agotamiento excesivo para su edad. Los jóvenes clérigos estaban sumidos en la oración, rezando a los dioses de la luz para que su anciano mentor pudiera ver el amanecer de un nuevo día.

Los Jinetes de Mediodía

  • Deornoth, joven paladín sarel en busca de una tarea noble y justa
  • Percival Whitesword, ágil espadachín alasiano ansioso de aventuras

Halcón 26

Las palabras de Gorstan en el Hacha y el Suspiro habían llegado también a otros oídos, oídos a los que les costaba más hacer caso omiso de las injusticias y del sufrimiento de los inocentes. En la sala común, Deornoth, antiguo compañero de Ponto, se alzó un rato después de que los mapeadores se hubieran marchado, tras meditar acerca de la situación. La guardia no podía actuar con autoridad legal contra los esclavistas, y como paladín, Deornoth había jurado respetar y hacer cumplir las leyes del Barón, siempre que fueran justas. Sabía que técnicamente, la ley estaba de parte de los kanthianos, pero detestaba que leyes dictadas por un hombre bueno se retorcieran para permitir maldades como aquella. Se veía entre la espada y la pared, pero sabía que no podía permanecer de brazos cruzados y seguir llamándose a sí mismo paladín. Si no podía liberar a los esclavos sin romper la ley, nada le impedía cabalgar en vanguardia de la caravana y advertir a todos los hombres, mujeres y niños de las Tierras Reclamadas de lo que se les aproximaba. Pronunciando un arenga ante los parroquianos, apelando a su sentido del deber para con sus conciudadanos, el medio elfo preguntó quien de los presentes estaba dispuesto a acompañarle en su misión. Tres hombres se presentaron voluntarios. El primero fue Percival Whitesword, muy joven también, apuesto y esbelto Llevaba una fina espada de esgrima al cinto, y se movía con el donaire y la desenvoltura de quien sabe usarla bien. Los otros dos fueron Guy Shepard, un pastor recién salido de la adolescencia, y Alric Tanner, un cazador de mediana edad.

[Percival era un PJ de reciente creación, y estrenaba la nueva clase de personaje de Espadachín, aparecida en la Advanced Class Guide de Pathfinder. Los otros dos eran PNJs improvisados en ese mismo instante.]

A lomos de caballos prestados por la guardia de la ciudad, los cuatro salieron al galope en dirección suroeste, cabalgando a toda velocidad campo a través para adelantar a la caravana, que a pesar de ser mucho más lenta, les llevaba algunas horas de ventaja. [Esto fue totalmente una versión medieval-fantástica de la célebre “cabalgada de medianoche” de Paul Revere durante la revolución americana, sólo que cambiando a ingleses por kanthianos en el famoso aviso, “the British are coming!”]. Tras advertir a todas las granjas y caseríos de la zona, la cuadrilla llegó al pueblo de Lindar bajo unas lluvias torrenciales. Tras emitir su advertencia, los lindareños les hicieron pasar tras su empalizada, y allí el alcalde de la aldea, un viejo cazador llamado Brinden, les dio la bienvenida. Mientras se secaban las ropas junto a un rugiente fuego, Brinden les presentó a dos de sus arqueros, un hombre llamado Darben, y a su propia sobrina, una joven de cabello negro llamada Brenna. Deornoth y Percival les explicaron con todo lujo de detalles lo ocurrido en Nueva Alasia, y tras ver la firmeza de Brinden y su convicción de que los esclavistas jamás lograrían poner un pie tras sus muros, los dos jinetes intentaron persuadir al curtido cazador de que, con la ayuda de los hombres de Lindar, los esclavos de la caravana podrían ser rescatados. Brinden respondió que, siguiendo las costumbres de Lindar, debía someter tamaña decisión al consejo del pueblo.

Mientras el consejo se reunía, Deornoth y Percival tuvieron ocasión de conversar con Darben y Brenna. Ambos parecían deseosos de ayudar en la liberación de los esclavos, pero quedó muy claro que acatarían la voluntad del consejo, a pesar de los intentos de los dos aventureros por persuadirles. Brinden regresó con malas noticias. El consejo había decidido evitar problemas y represalias. Brinden no dejaría que los kanthianos pusieran un pie en su aldea, pero tampoco haría nada para impedirles el paso dando un rodeo o que provocara sus iras. Darben y sobre todo Brenna se mostraron muy decepcionados, ante lo que Brinden añadió:

Así como tampoco impediré que cualquiera de mis hombres actúe siguiendo los dictados de su corazón… siempre que sus acciones no puedan conectarse en modo alguno con la aldea de Lindar.

Abrazando a su tío de rostro pétreo, Brenna se ofreció a ayudar de inmediato, y Darben no tardó en tomar la misma decisión. El alcalde abandonó la sala, argumentando que no quería saber nada de lo que se dijera allí a partir de ese momento. Junto a sus dos nuevos aliados, la cuadrilla trazó un plan. Alric y Guy cabalgarían hasta Welkyn para advertir de la posible llegada de los kanthianos, y mientras tanto, Darben obstaculizaría con discreción el avance de la caravana a lo largo del camino,  para ganar algo de tiempo para Deornoth y Percival, quienes guiados por Brenna, se avanzarían a la caravana hasta la abandonada aldea de Durham, para comprobar si el lugar ofrecía buenas perspectivas para organizar una operación de rescate.

Dicho esto, la cuadrilla se separó y Deornoth, Percival y Brenna partieron de Lindar hacia el sur. Guiados por la joven, que parecía tener buenos conocimientos del terreno, evitaron el camino, aprovechando que las lluvias habían cesado, y avanzaron en paralelo campo a través. La pericia como cazadora que la muchacha exhibía a pesar de su juventud les permitió esquivar un enorme nido de estirges que hubiera sido su muerte de haber tropezado a ciegas con él, y siguieron avanzando hasta que la noche les obligó a cobijarse entre los árboles en el lindero de Wilwood.

Halcón 27

Acercándose furtivamente a la aldea fantasma de Durham, bajo la cobertura de los árboles, Brenna, Percival y Deornoth atisbaron en una colina cercana al pueblo los movimientos fugaces y reflejos metálicos que indicaban sin lugar a dudas que había hombres apostados en su cima boscosa. Temiendo que pudiera tratarse de trasgos, gnolls o quizá bandidos, deciden alejarse del camino para no ser descubiertos e intentar llegar a Durham por el interior del bosque. De nuevo, la guía de la joven resultó crucial, y la cazadora les condujo hasta un punto privilegiado desde el que se tenía una buena vista de la parte frontal del pueblo. Sin embargo, al asomarse para otear, sus ojos les revelaron una escena que les dejó helados. Durham ya no era un pueblo abandonado. En sus calles se veía el movimiento de hombres armados y caballos, y varias tiendas de campaña estaban apostadas al pie del camino que ascendía hasta el pueblo en lo alto del risco, ahora cerrado por una alta empalizada. Sobre la vieja iglesia de Durham ondeaba una bandera que mostraba un puño cerrado y enfundado en un guantelete metálico, negro sobre un fondo morado y carmesí. Los colores de la sangre y los moratones, dijo Deornoth. El escudo de armas de Khoran Karr, el Tirano de Typhris…

[¿Recordáis que, allá por el capítulo 12, el fracaso de la incursión a la guarida kobold llevó a los aldeanos de Welkyn a emplear a mercenarios kanthianos para defender su aldea? Pues eso. De aquellos polvos, estos lodos.]

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6 comentarios en “Crónicas de Alasia (L): La Cabalgada de Mediodía”

  1. ¡Qué tensión! ¡Una entrada entera después, la pobre Lady Marion sigue presa de esos perros kanthianos! ¡Intolerable! Espero que a Deornoth y compañía les salga bien la trampa.

    Y menos mal que no hablaron con Ponto antes de partir. Seguro que lo habría echado todo a perder… 😉

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  2. Uff, esto va en crescendo cada vez más. Eres un maestro de los ritmos narrativos y los cliffhangers.

    Todos estos grupos de Nueva Alasia son distintos jugadores o los mismos pero con pjs diferentes?

    Por lo demás, una entrada redonda como siempre y mejorando en cada entrega., esta vez con intriga geopolítica de por medio.

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    1. Jo, gracias. ¡Esto anima a cualquiera a seguir escribiendo hasta en pleno verano!
      La campaña la juego con mi grupo habitual, que además somos el club de rol de mi pueblo. De los jugadores que han pasado por Alasia, algunos han llevado principalmente un personaje y otros han tenido más de uno.

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    1. ¡Gracias por el comentario! 🙂
      ¡Nada de opos! Soy más de dejar que se decida mediante combates a muerte… Bromas aparte, no lo puedo decir muy alto todavía, pero este septiembre probablemente esté mastereando alguna cosilla en las Fancon.

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