Crónicas de Alasia (XLIV): La Guarida de los Bandidos

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Halcón 16

El Bosque del Sauce estaba a unas pocas millas al sur de Nueva Alasia. Se llamaba así porque el Arroyo del Sauce nacía cerca de allí y lo cruzaba en su camino al sur. Los tres Escudos de Piedra se encontraban bajo sus copas, buscando cualquier indicio que pudiera llevarles hasta la guarida de Vorlak el Mestizo, uno de los más peligrosos bandidos que sembraban el terror en las Tierras Reclamadas. De alguna manera, Vorlak parecía estar implicado en el caso de Jack Morden. Como mastines de caza,  los enanos habían captado un rastro y no abandonarían hasta llegar al fondo de todo. Así, de nuevo se encontraban siguiendo a Lomborth. El discípulo de Dumathoin rastreaba y peinaba el bosque con su pericia habitual. Llevaban todo el día explorando la zona, y ya empezaba a caer el ocaso, cuando algo llamó la atención del perspicaz enano. Había estado todo el día buscando cosas fuera de lugar, piedras volteadas por un zapato, briznas rotas, trozos de tejidos e hilos, huellas en la tierra… Pero ahora, lo que le llamaba la atención era justo lo contrario. Se encontraban en una zona donde no había absolutamente nada fuera de lugar. Todo estaba como debería ser un bosque, un claro limpio y sin ningún tipo de rastro… en absoluto. Lomborth frunció el ceño, pues acababa de percatarse de lo artificial que resultaba aquello. Ni piñas mordisqueadas, ni lechos de jabalíes, ni pisadas de ciervos, ni deposiciones de conejos. Nada. Un bosque sólo podía estar de aquella manera si alguien había borrado todos esos rastros, y supo que había encontrado lo que buscaba. Los bandidos de Vorlak se habían pasado de concienzudos.

Alzando la vista a su alrededor, e indicando con un gesto a sus compañeros que se detuvieran, Lomborth percibió un atisbo de movimiento en las ramas de los árboles, y mirando de reojo para no delatarse, vio que había siluetas ocultas en lo alto de varios de ellos. Los otros dos enanos vieron hacia donde miraba Lomborth, y vieron lo mismo que él. Grugnir llegó a distinguir pequeñas plataformas camufladas con hojas y ramaje, y cuerdas disfrazadas de lianas… había cuatro de ellas, a distancias equidistantes formando un cuadrado en los cuatro puntos cardinales alrededor del claro. Los enanos se encontraban en el centro de ese cuadrado. Grugnir les guiñó un ojo e hizo un gesto de seguir avanzando como si no hubieran visto nada. El bribón pensó, acertadamente, que la prioridad de los bandidos sería mantener su escondrijo oculto, y que no harían nada si pensaban que no habían sido detectados. Pero Tobruk cometió el error de mirar a los bandidos ocultos, y vio que por los rasgos que se entreveían por debajo de sus capuchas, eran de origen kanthiano. La furia se adueño del antiguo esclavo, que no pudo contener una furibunda mirada de odio. Su mirada se cruzó con la de uno de los bandidos, y este al momento se llevó la mano al carcaj que llevaba en la cintura. Así estalló la primera batalla de los Escudos de Piedra.

Los cuatro bandidos abrieron fuego sobre los enanos, disparando con sus largos arcos de tejo. Lomborth se cubrió con su escudo de madera y Grugnir se lanzó rápidamente hacia la maleza en busca de cobertura. Dos de los arqueros centraron sus disparos en Tobruk, al que creían que les había detectado. El rabioso enano se libró de las saetas por muy poco, con un único rasguño como recuerdo. El escozor no hizo más que incrementar la furia de batalla de Tobruk, que arrojó con fuerza su lanza a uno de los bandidos mientras buscaba la protección de un grueso tronco de árbol. Los Escudos de Piedra estaban en clara desventaja, y lo sabían. Grugnir sacó un arco corto y demostró bastante pericia con él, aunque el camuflaje de los bandidos y la cobertura que les proporcionaban las copas de los árboles hacían que no fueran blancos fáciles. Lomborth sacó una honda y empezó a voltearla tras bendecir con el poder de Dumathoin un puñado de piedras que había recogido. Por su parte, Tobruk ansiaba por enfrentarse a sus enemigos cuerpo a cuerpo, y odiaba que los cobardes no bajaran a plantar cara limpiamente. Sacó un puñado de cuchillos ligeros en forma de dardo y empezó a abrir fuego también hacia arriba. Pero aún así, estaban en una situación comprometida, y sabían que acabarían sucumbiendo a los disparos de los arqueros. Los tres presentaban ya múltiples heridas, y la proverbial dureza enana era lo que les mantenía en pié. Entonces, Lomborth hundió sus manos en la tierra, clavó sus dedos en el suelo, y dijo unas palabras ancestrales de poder. A su orden, del mismo suelo brotaron raíces, líquenes y hongos que crecían a un ritmo vertiginoso, subiendo incluso por las troncos de los árboles, y que se agitaban como dotados de vida propia, intentando aferrarse y enredar a todos los que se encontraban en la zona. Aquello afectó a los arqueros en los árboles, sí… y en realidad a todo el mundo, pues las plantas creadas por la magia druídica no discriminaban a nadie. Grugnir y Tobruk tuvieron que luchar por apartarse del epicentro de esa maraña, pero los arqueros, en sus estrechas plataformas, no lo tuvieron tan fácil, y tres de ellos quedaron totalmente inmovilizados. Al cuarto le mató Tobruk: uno de sus dardos se hundió en el ojo del bandido con tal fuerza que le dejó clavado al tronco que tenía detrás.

Los otros tres, viendo que la maraña se concentraba sobre todo en las copas de los árboles, optaron por renunciar a su ventajosa posición y, a medida que se fueron liberando de la vegetación, empezaron a descender por las cuerdas camufladas que tenían a tal efecto. Uno de ellos, antes de bajar, hizo sonar un cuerno de caza con tres rápidos y bajos soplos, y los Escudos de Piedra se prepararon para la inminente llegada de refuerzos. Sin embargo, eso no ocurrió. Tan pronto como uno de los bandidos puso el pie en el suelo, recibió un flechazo entre los omoplatos, cortesía de Grugnir, que se había escondido entre la maleza y le había pillado por sorpresa. Tobruk cargó contra el que había tocado el cuerno, liberando toda su ira contra el pobre desgraciado ahora que le tenía al alcance. Tras un breve intercambio de golpes, el batallador iracundo bloqueó un torpe ataque de su enemigo y sin darle ocasión a recuperar la guardia, estrelló el borde de su escudo contra su cráneo, partiéndoselo y haciéndole caer como un fardo. Las piedras mágicas de la honda de Lomborth acabaron con el cuarto.

Muertos los bandidos, los Escudos se replegaron para hacer frente a la oleada de atacantes que sin duda llegarían atraídos por el aviso del cuerno, pero no ocurrió nada. Entonces Grugnir sugirió que posiblemente la llamada había sido una indicación para atrincherarse en el interior de la guarida que sin duda aquellos cuatro habían estado vigilando. Rebuscando por el claro, no tardaron en encontrar una gran oquedad bajo las raíces de un árbol, tapada por arbustos y malezas, y que se internaba bajo el suelo. Tras unos pocos metros, terminaba en un enorme portalón de madera, atrancado a cal y canto. Tobruk y Grugnir empezaron a intentar echarlo abajo, primero mediante la maña y luego mediante la fuerza, mientras Lomborth se arrodillaba a examinar el suelo del túnel. No tardó demasiado en decir a sus compañeros que se detuvieran. Las huellas que había visto indicaban que un gran número de bandidos ocupaba el lugar, muchos más de los que sin duda podían manejar en su actual estado. Heridos, y con los bandidos acuartelados y esperándoles, meterse allí dentro era meterse en una trampa mortal. Entonces Grugnir propuso hacer lo que se hace para acabar con un nido de ratas. Uno no se mete en el nido… se le pega fuego y se las obliga a salir, para exterminarlas conforme van saliendo.

Dicho y hecho. Los tres enanos juntaron ramas y hojas secas, las apilaron frente al portalón de madera, y les prendieron fuego. Sin embargo, la madera de la puerta era gruesa, y aunque se ennegrecía visiblemente, no llevaban consigo nada lo bastante inflamable como para hacer que prendiera en llamas. Grugnir propuso esperar igualmente, ya que si no les obligaba a salir el fuego, lo haría el humo. Pero tras aguardar un tiempo, y ver que de allí no salía nadie, y sabiendo que igualmente no estaban en la mejor forma para luchar por culpa de sus heridas, los Escudos decidieron retirarse del lugar, alejarse por el bosque una distancia prudencial para poder descansar, y regresar por la mañana al lugar a ver el resultado de su táctica incendiaria. Antes de eso, saquearon los cadáveres de los bandidos muertos, llevándose Grugnir el cuerno de caza y Tobruk uno de los arcos al que, aunque un poco largo para su estatura, podría dar mejor uso que a sus dardos. Para poner tierra de por medio, ya que no se atrevían a descansar cerca del lugar, se vieron obligados a forzar la marcha durante algunas horas, lo que les agotó incluso a ellos, heridos y tras un largo día de exploración. Al límite de sus fuerzas, y con Lomborth casi desmayado, establecieron un precario campamento y se tumbaron a descansar.

Por la noche, mientras Tobruk estaba de guardia, tres pequeñas criaturas humanoides semejantes a un cruce entre un perro y un lagarto irrumpieron en el campamento, y sus ojos como platos le mostraron al enano que estaban tan sorprendidos de encontrarles allí como él. Les reconoció como kobolds, y debían estar cazando, pues llevaban varios conejos muertos colgando de su cinto. La mirada fiera del enano y unos aspavientos con su lanza disuadieron a las criaturas, que pusieron pies en polvorosa sin causar problemas.

[Una tiradita de Intimidar unida a una moral más bien baja de las criaturas cuando no se ven en la seguridad de su guarida junto a su tribu bastó para resolver aquel encuentro aleatorio sin que mediara combate.]

Halcón 17

Por la mañana, en mucho mejor estado gracias a las oraciones sanadoras de Lomborth, los Escudos de Piedra regresaron al claro de la emboscada, para descubrir que la banda de Vorlak había abandonado el lugar. La cueva que les había servido de refugio tras el portalón estaba vacía, y estaba claro que se habían marchado a toda prisa, ahora que su escondrijo había quedado comprometido. Con eso los enanos no habían contado. A falta de plan mejor, decidieron regresar a Nueva Alasia e informar a la guardia de sus andanzas. Cobrarían la recompensa por la cabeza de los cuatro bandidos con los que habían acabado, e informarían a las autoridades del lugar exacto donde se habían estado escondiendo. Y luego buscarían una manera de proseguir la cacería del elusivo Vorlak.

El capitán Geraint había salido de patrulla, pero el sargento que les recibió, un veterano de pelo más gris que negro llamado Cordell, les pagó con sumo gusto la recompensa que se ofrecía. Se mostró encantado de que la cuadrilla de Vorlak hubiera sido desarraigada de su escondrijo, a la vez que sorprendido por la osadía que habían tenido escondiéndose tan cerca de la ciudad. En su opinión, si los bandidos se habían marchado sin presentar batalla, es que debían tener algún otro escondrijo en la región al que poder retirarse. Cuando los enanos se ofrecieron a indicar a la guardia el lugar exacto de su cueva en el Bosque del Sauce, el sargento Cordell les dijo que por la mañana dispondría de un destacamento de cuatro hombres para que les acompañaran al lugar de los hechos.

Hecho esto, Lomborth y Grugnir dedicaron el resto del día a llevar a cabo más pesquisas por la ciudad, intentando tirar más del hilo por sí daban con información nueva que pudiera ayudarles. Por su parte, Tobruk pasó el día recorriendo el perímetro de las murallas de la ciudad, intentando comprender cómo y por donde había podido fugarse Jack Morden de una manera tan misteriosa. Aunque los parapetos estaban vedados para los ciudadanos de a pié, con la caída de la tarde Tobruk entabló conversación con uno de los guardias que vigilaban desde ellos, y que acabó permitiéndole subir a ver el horizonte de las Tierras Reclamadas desde lo alto de las murallas de Nueva Alasia. Se trataba de un chico muy joven, un joven recluta de diecisiete inviernos llamado Will Kemp.

[Este PNJ fue improvisado al momento, y en ese momento no tenía ni idea de que caería tan bien entre los jugadores.]

El muchacho, de carácter afable y entusiasta, y conservando aún parte de la ingenuidad de la niñez, se mostró encantado de conocer a un enano, que para él eran seres de leyenda, y más aún al escuchar las historias de aventuras con las que “el señor Tobruk” le amenizó el turno de guardia. A su vez, el joven le contó al enano, con quien había congeniado inusitadamente, que estaba en la guardia por honrar la memoria de su padre. Éste había pertenecido a la guardia, y murió defendiendo la ciudad justo antes de nacer él, durante el ataque de una horda bugbear venida del norte. El joven Will se había alistado cuando tuvo edad suficiente para hacerlo, para proseguir con la misión de un padre al que idolatraba aunque jamás le llegara a conocer. El joven guardia le contó a Tobruk todo lo que sabía de Morden, que no era más que lo que había oído contar en los barracones, y que coincidía con lo que los Escudos ya habían oído al respecto. Pero Will también añadió que los guardias a los que había matado en su huída, llevaban un tiempo actuando de forma rara. Más hoscos que de costumbre, y compartiendo pocas bromas y bebidas con sus compañeros de siempre. Y también estaba seguro de una cosa: en los cuarenta años de historia de la ciudad, nadie, jamás, había escapado de sus mazmorras. Si Jack Morden lo había hecho, o era alguna especie de brujo… o había tenido ayuda. El enano dio las gracias al joven Kemp, sintiendo un aprecio instantáneo por el muchacho, y se despidió, meditando en sus palabras.

Ilustración de N.C. Wyeth

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4 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XLIV): La Guarida de los Bandidos”

  1. Será porque son todos enanos, pero estos tres son los que más seguridad me transmiten de todos los grupos, y los que más claras creo que tienen las cosas.

    Me gusta Will… Y si yo fuera un kobold y me hubiera cruzado con Tobruk en una noche oscura en un bosque, también me habría hecho caquita y me habría ido pitando…

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    1. No estaba planeado, pero Will se añadió al elenco de pnjs que van apareciendo espontáneamente y acaban engrosando las redes de amigos, aliados y contactos que los distintos grupos se van tejiendo.

      Si te gusta este grupo estás de suerte, porque estuvo muy activo durante esa parte de la campaña y tienen por delante una gran aventura… Además estas sesiones fueron previas al estreno de la primera peli del Hobbit, y la canción The Misty Mountains Cold se convirtió en la banda sonora oficial de los Escudos de Piedra. ¡Enanos al poder!

      (Lástima que esa canción fuera lo único bueno que salió de esa adaptación, pero eso ya es otra historia…)

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  2. Estoy enganchado al blog y las peripecias de los grupos. Llevo semana y media leyendo entre trayectos del curro a casa y viceversa, y cada entrada me deja con ganas de más.

    Dónde es posible leer el trasfondo de la campaña? Me refiero a saber algo más sobre la historia, reinos, razas y cultura. Creo que había un link en las primeras entradas del blog, pero me redirigía a WordPress y no podía entrar.

    Un saludo y genial con el blog

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    1. ¡Hola, y muchas gracias por tu comentario! Me ilusiona enormemente poder compartir con vosotros toda la diversión que nos está proporcionando esta campaña. El trasfondo de la campaña de Alasia lo puedes encontrar en esta entrada: https://traslaultimafrontera.wordpress.com/2015/10/16/campanas-sandbox-trasfondos/.

      En cuanto al mundo en el que está ambientada, todavía no he colgado información detallada al respecto, más allá de lo que voy esbozando como parte de las Crónicas. Muy posiblemente, cuando concluyan haga una serie de entradas sobre el mundo de Valorea con toda esa información.

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