Crónicas de Alasia (XL): Cazadores Cazados

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas

Halcón 16

Dos días después de su involuntario desvío, los Exploradores de Wilwood seguían avanzando penosamente a través de la espesura. El camino no había vuelto a reaparecer, y si había gigantes en el bosque como las huellas encontradas parecían sugerir, habían logrado evitar un encontronazo con ellos. Los coros de aullidos se habían vuelto más y más intensos y numerosos con cada noche, y la noche anterior apenas habían podido pegar ojo. Por eso, cuando poco después de levantar el campamento y reanudar la marcha, con el sol aún turbio del alba, el relincho cargado de terror y dolor de un caballo resonó en el bosque, haciendo levantar el vuelo a una enorme bandada de pájaros, los Exploradores se miraron perplejos entre sí, dudando de sus propios sentidos. Un griterío de voces humanas en pánico llegó a continuación, y soltando sus petates, los compañeros echaron a correr en dirección del escándalo.

Gaul iba en cabeza, corriendo a grandes zancadas y desenvainando la espada de Vonkar. La maleza no parecía molestarle en su carrera, casi como si la propia hierba y maleza se apartaran de su camino para dejar paso a un iniciado druida. Elian y Shelain corrían tras él, avanzando como podían entre el sotobosque. A Dworkin él bosque también le reconocía como a uno de los suyos, y tampoco le molestaba la maleza, pero era incapaz de mantener el paso del semiorco, y se vio obligado, no sin cierto temor, a dejar atrás a Corrientucha, su mula. Cuando Gaul salió al claro de donde provenían los gritos, vio un espectáculo dantesco.

En la gran explanada abierta se encontraban los restos de lo que a todas luces había sido el campamento de una aristocrática partida de caza. Ahora era el escenario de una gran mortandad. Hombres y caballos muertos yacían por doquier entre charcos de sangre, y una de las nobles bestias había sido partida limpiamente en dos. Una de las tiendas se había colapsado por completo, sin duda cubriendo piadosamente más restos humanos. Atados a un tronco caído quedaban dos caballos con vida, piafando y relinchando con los ojos desorbitados por el pánico. En el suelo, en mitad del claro, había el cuerpo de un escarabajo enorme, de más de tres metros de largo y quizá media tonelada de peso, con unas mandíbulas horizontales tan largas como cimitarras y aún más afiladas, todavía goteando sangre. El caparazón del colosal insecto estaba ensartado por lanzas y multitud de flechas. Al otro lado del claro, los supervivientes se defendían como podían de otra de esas bestias. Un hombre joven vestido en una armadura de cuero se interponía valientemente entre el escarabajo y los ocupantes de la tienda, que incluían a un hombre de edad avanzada ataviado con ropajes suntuosos y a una joven mujer rubia que se abrazaba al anciano. En la otra tienda, dos muchachos con librea de sirvientes se escondían, temblando.

Gaul no interrumpió la carrera ni un solo segundo. Se lanzó contra el escarabajo con un grito de guerra más orco que humano. Al verle entrar a la carga seguido por sus compañeros, el noble de blanco bigote gritó:

¡1000 águilas de oro al que mate a la bestia!

[Esta escena resultó de un resultado de “encuentro doble” en las tablas de Wilwood. Por un lado me salió tirar en la tabla de viajeros, y obtuve una partida de caza noble. Por otro lado, obtuve un resultado de criatura y me salió un escarabajo cercenador gigante. Pensando como podía combinar ambos, esta me pareció la solución más evidente.]

Los compañeros no necesitaban tal acicate. Gaul se estrelló contra la criatura con la fuerza de un meteoro, esquivando por los pelos una dentellada de mandíbulas, y descargó el hierro frío de su espada, pero desafortunadamente la coraza quitinosa del insecto soportó el golpe, y el bicho centró toda su atención en él. Al ver aquello, el joven guerrero que había defendido la tienda aprovechó para sacar al anciano y a la joven de allí y llevárselos a la espesura. Mientras Shelain cruzaba el claro a la carrera, Elian se paró justo cuando tuvo al escarabajo a la vista y pronunció las palabras de un conjuro que enviaría un torrente de proyectiles de magia pura contra la bestia… pero su sorpresa fue mayúscula cuando la energía mística parpadeó entre sus dedos y se desvaneció sin el menor efecto.

El escarabajo la siguió tomando con Gaul, incluso cuando Shelain se unió al combate. El semiorco, atado por los sagrados juramentos druidicos, no podía llevar armaduras pesadas o forjadas en metal, y claramente las pieles que vestía eran incapaces de protegerle contra aquellas guadañas que le buscaban constantemente. Se defendió como pudo, pero finalmente fue alcanzado con un chasquido. Gaul desvió las mandíbulas con un mandoble, evitando que la bestia le cortara la cabeza, pero aún así fue herido de gravedad.

[El escarabajo hacía 2d6+7 puntos de daño, y hacía críticos por doble daño con un 18 o más. En ese momento, Gaul se libró de la muerte porque la tirada de confirmación del crítico falló, convirtiendo el golpe en un impacto normal.]

Dworkin vio lo que había ocurrido con la magia de Elian, y se apartó unos pasos de él antes de intentar lanzar sus propios hechizos. Su encantamiento salió de forma normal, pero no pareció tener en la criatura el mismo efecto que había tenido sobre la serpiente de la atalaya [el escarabajo tenía demasiados Dados de Golpe para ser afectado por un conjuro de Dormir]. Shelain logró flanquear a la criatura, y su curva espada élfica se hundió entre sus placas quitinosas, salpicando ícor anaranjado y haciendo que el escarabajo se volviera hacia ella. Entonces Gaul, soltando toda su rabia, cogió la espada de Vonkar con ambas manos y la hundió en la cabeza de la criatura, ensartándola hasta la empuñadura y dejando al monstruo clavado al suelo. [Esta vez le tocó a Gaul hacer un crítico… y él si confirmó.]

El joven guerrero, que ya corría para regresar al combate después de haber dejado a los nobles a salvo, se frenó en seco ante la vista del enorme y ensangrentado semiorco en pleno estado de furia berserker. Ignorándolo, Gaul se dejó caer entre jadeos fatigados, y empezó a rezar a la madre tierra para que curara sus heridas.

Dworkin empezó a cruzar el claro en dirección al campamento, mientras le señalaba a Elian una zona en el suelo cubierta por unos curiosos brotes purpúreos.

Hierba de Bruja. Crece en todas partes aquí, en Wilwood. Aléjate de ella. Si se te pegan sus esporas, tendrás problemas para lanzar conjuros todo el día.

El aristócrata y la joven estaban saliendo también de su escondite, pálidos ante los restos de la masacre. El noble, un hombre fornido de unos sesenta años, se acercó a ellos y se presentó.

Soy Sir Bannon Leaford. Os debemos la vida, caballeros… y dama. Esta es mi hija, lady Marion de Leaford, y este valiente joven es mi futuro yerno, Deinnal Hanvar, de Carellia. Os he prometido oro por matar a la bestia, y los Leaford siempre cumplen su palabra. La mayoría de mis hombres han muerto aquí, y después de lo que acaba de ocurrir, temo por mi hija en este maldito bosque. Acompañadnos a Leaford Hall, y tendréis vuestras mil águilas, y otras quinientas por vuestra protección. 

Los compañeros accedieron, y se presentaron a su vez. No podían abandonar a aquella gente a su suerte. Por su parte, la joven miraba a Gaul con una mezcla de asombro y temor, y al ver a Dworkin se le iluminaron los ojos. Era la primera vez que veía a un gnomo, y era como ver aparecer a un personaje de leyenda ante sus ojos. Entonces, el joven guerrero, que no pasaba por mucho de los veinte inviernos, ladró una orden a los dos sirvientes que aún se escondían. Los muchachos salieron, compungidos y temblando, sin que la muerte de la bestia sirviera para apaciguar su terror. Enfundando su espada, el joven, iracundo, dijo con un marcado acento carellio:

Esto es culpa de Hiram, maldita sea su estampa. ¡Menudo montero! Nos mete de lleno en esto, y a la primera oportunidad huye como un perro. Si jamás le pongo las manos encima, deseará haber muerto a manos de estas cosas.

En esto la joven intervino.

No es culpa de Hiram. Te dije que esta partida de caza no traería nada bueno, padre. La caza no es un juego, y menos en Wilwood. 

Deinnal, el prometido de la joven, se acercó a ella, mientras sonreía condescendiente.

¿Ya estáis de nuevo con esas paparruchas paganas, mi señora? 

Llegando a su lado intentó abrazarla con gesto protector, pero la chica se zafó de sus brazos y se apartó, con cara de pocos amigos. El carellio, ocultando pobremente lo molesto que se sentía por el rechazo, se volvió hacia los aventureros.

Gracias por vuestra ayuda -dijo, a regañadientes-. Eramos diecisiete cuando dejamos Leaford Hall, y doce buenos caballos. Sir Raymund Talgar y su esposa han muerto, y también su hijo. Esos malditos bichos infernales…

Gaul habló por primera vez desde el fin del combate.

La chica tiene razón. Aquí no pintáis nada.

El prepotente joven iba a responder airado, cuando Elian intervino.

Yo mediría mis palabras, carellio. Tienes delante a uno de esos paganos que tanto desprecias, y acaba de hacer lo que tú no has podido. 

El ceño del muchacho se frunció hasta lo indecible. Su honor estaba siendo insultado.

¿Y qué has hecho tu, mago, además de no saber formular ni tus propios conjuros? La fuerza y el acero han salvado nuestras vidas, no los trucos sucios y cobardes de un mago.

[Aquí el jugador de Elian dio con la mejor respuesta que se podía esperar… una cita friki.]

Con una palabra de poder, Elian creció a ojos vista, convirtiéndose rápidamente en un verdadero gigante que duplicaba la estatura del guerrero, mientras exclamaba con un vozarrón atronador:

¡DEINNAL HANVAR, NO ME TOMES POR UN HECHICERO DE TRES AL CUARTO! 

El anonadado guerrero dio un paso atrás, llevando la mano a la empuñadura de la espada, y la cosa probablemente hubiera llegado a las manos si Sir Bannon no hubiera intervenido, intentando imponer la calma. A Shelain no le pasó inadvertida la mirada brillante que la joven Marion lanzó a Elian cuando éste puso en su sitio a su prometido, pero no dijo nada. Después de aquello, el carellio, altivo, guardó las distancias con el grupo y no volvió a dirigirles la palabra.

Mientras Dworkin permanecía junto a los dos aristócratas, el resto amontonaron los cadáveres. No tenían tiempo para enterrarles a todos, pero levantaron un túmulo común para que sus almas pudieran cruzar el Velo en paz. Hecho aquello, se pusieron en marcha, con rumbo al exterior de Wilwood. Aquella demora era enormemente inconveniente para los exploradores, pero en conciencia no podían hacer otra cosa, y la recompensa les vendría muy bien de todas formas.

Durante la jornada, Dworkin y Elian entablaron amistad con la joven Marion, que sentía una gran curiosidad por el gnomo y que había quedado fascinada por la magia de Elian. La doncella se había opuesto desde el principio a aquella cacería. Les contó que, en contra de toda tradición familiar y cultural, ella veneraba en secreto a la Dama Verde, y se consideraba una seguidora de la Vieja Fe, a pesar de conocer muy poco sobre ella. Creía que los escarabajos habían sido el castigo de Herne el Astado por frivolizar con el rito sagrado de la caza. Como muchos gnomos, Dworkin era también un seguidor de la Dama Verde, y por lo tanto, la joven noble cosió al gnomo y al mago a preguntas. También le fascinaba Gaul, especialmente cuando se enteró de que era un iniciado druida, pero el semiorco no se mostró interesado en la joven en absoluto y siguió centrado en su tarea de encontrar el mejor y más breve camino para salir del bosque. También quedó muy claro que Marion no soportaba a su futuro esposo, y aunque no lo confesó, le encantó ver como alguien era capaz de rebajarle los humos. A cambio, la joven les habló de una leyenda que había oído varias veces de niña en Leaford Hall, una historia sobre el gran mago Nadrath, y su Tomo de  Conjuros, que se decía que seguía perdido en algún lugar de las Tierras Perdidas, más allá del río Corwen. Aquello era increíblemente jugoso para cualquier mago ávido de nuevos conocimientos arcanos, y obviamente Elian tomó buena nota de ello.

El camino de regreso era mucho más rápido que el que habían seguido para avanzar. Al explorar en busca del camino perdido, los compañeros peinaban grandes áreas de terreno al avanzar, haciendo que su avance fuera extremadamente lento y pesado. Ahora, el único objetivo de Gaul era salir del bosque cuanto antes, y rápidamente logró desandar lo andado y retomar el camino que llevaba al exterior, con lo que empezaron a avanzar aún más deprisa. Aún así, necesitarían al menos otra jornada para abandonar los confines de Wilwood, y la noche empezó a caerles encima, con la brillante luna derramando su plateada luz desde el cielo. Los cantos de los lobos la acompañaban. Ya estaban buscando un lugar donde acampar, cuando un sonido entre los matorrales les puso en alerta. Alguien avanzaba pesadamente entre la espesura, y se acercaba lentamente a su posición. Las espadas centellearon al salir de sus fundas, y cuando el autor del sonido apareció finalmente, vieron que se trataba de un hombre.

Era un tipo achaparrado, algo mugriento y muy, muy peludo. Llevaba una barba oscura, larga y espesa que no dejaba ver su boca, y los ropajes con los que cubría su armadura eran toscos y de aspecto poco civilizado. Iba armado con una lanza, que usaba a modo de bastón, y parecía completamente desorientado. Al verse rodeado de gente armada que le apuntaba con sus espadas, resopló, haciendo que se le movieran los bigotes.

Si sois bandidos, no tengo nada, así que ya os podéis largar. Una misión sagrada me trae a este bosque, así que si lo que queréis es pelea, por Valkar que la tendréis.

Ante la mención de Valkar, el dios valoreano de la fuerza bruta, el heroísmo desbocado y la gloria en combate, los aventureros respiraron en parte aliviados, pero antes de fiarse del todo le preguntaron al extraño quien era, y qué hacía merodeando en solitario por un bosque tan peligroso como Wilwood.

Mi nombre es Namat, y soy un profeta de Valkar. El Padre de la Batalla me ha traído hasta aquí a través de una visión. El tótem de mi tribu es el abuelo lobo, y él me ha hecho llegar la visión de Valkar. Este bosque está afligido. El Espíritu del Lobo que mora en él sufre, y hasta que su sufrimiento no sea aliviado, el bosque no conocerá la paz.

Aquellas palabras, pronunciadas entre los coros de aullidos que se iban intensificando a medida que la luna se alzaba más en el cielo, les llenó de un extraño desasosiego. Pero su intranquilidad creció todavía más con el hallazgo que hizo Shelain mientras montaban el campamento. Llamando a Gaul, le señaló una huella muy reciente que había encontrado. Eran huellas de un ciervo a la carrera, perseguido por lo que parecía un lobo. Eso ya había sabido interpretarlo la elfa, pero cuando ella le mostró al semiorco lo que le  llamaba la atención, el rostro habitualmente imperturbable de Gaul se oscureció hasta lo indecible.  En un punto, las huellas del lobo indicaban que había dado un salto durante su persecución… pero al caer, en lugar de las cuatro huellas lobunas que debería haber habido, sólo había dos, más alargadas, aún lupinas pero más extrañas, profundas… y bípedas.

[Todas aquellas sesiones, al acercarse la luna llena, durante las noches en el bosque, les ponía de fondo a los jugadores sonidos de aullidos de lobos como banda sonora… y cada día aumentaba un poco más el volumen. Hizo maravillas con el ambiente de las partidas, y cuando llegó este momento, la tensión se palpaba en el aire.]

Gaul alzó la vista al cielo, y se maldijo por no haberse dado cuenta antes. Aquella misma noche era el plenilunio. La luna llena iluminaba el bosque, y los aullidos se volvían cada vez más cercanos, numerosos y frenéticos. Un sudor frío empezó a recorrerle la frente.

¡DEJAD EL CAMPAMENTO! ¡COGED SÓLO LO QUE SEA IMPRESCINDIBLE! ¡NOS VAMOS YA!

Las señales habían estado allí, mientras la luna iba creciendo con cada noche. El Espíritu del Lobo sufría. Los aullidos elevándose desde todos y cada uno de los confines de la espesura, cada vez más cercanos. La luna llena le devolvía la mirada como un ojo de plata en el cielo. Si no abandonaban Wilwood, ni uno de ellos volvería a ver la luz del sol. La cacería había empezado, y esta vez, ellos eran las presas.

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3 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XL): Cazadores Cazados”

  1. Moooola

    Por cierto, el tipo barbudo con el que se encuentra, ¿fue otro encuentro aleatorio o algo que metiste para advertirles?
    Por otro lado, toda la historia de los dos prometidos y que ella fuera seguidora e la vieja fe, ¿lo improvisaste, lo tenías de alguna forma determinado (por ejemplo, una lista de nobles locales con sus historias) o salió aleatoriamente de alguna manera?

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    1. El tipo barbudo no es ni más ni menos que el nuevo fichaje del grupo, un clérigo un tanto… especial. Llegó a Alasia movido por esa visión, y pasará a unirse a la compañía que está explorando el bosque más a fondo.

      Lo de los nobles mayormente lo improvisé. Sabía que una de las mansiones nobles de las Tierras Reclamadas se llamaba Leaford Hall, pero aún no había creado a sus habitantes, así que el encuentro me dio la ocasión de hacerlo al momento. Fui tirando de lo que se me iba ocurriendo, y salió así. Decidí que habiendo en el grupo varios seguidores de la Vieja Fe, sería interesante mostrar un poco más como funciona el mundo en cuanto a las religiones imperantes, y como se resiste a morir ese substrato de paganismo ancestral que aún es adorado por algunos, pero que aún así cae cada día más en el olvido.

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