Crónicas de Alasia (XXXVII): Maestros, Propuestas y Despedidas

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar

Nota: Esta entrada es un poco especial, y no sólo por su doble (o triple) extensión. Gran parte de lo narrado en ella se jugó como intercambio de e-mails entre los participantes de la campaña, ya que era la manera más práctica de jugar un período de tiempo prolongado en el que cada personaje actúa por su cuenta. Por tanto, el texto de la entrada adapta y resume el contenido de aquellos e-mails. Se podría decir, pues, que esta entrada no tiene un único autor sino seis. Normalmente intento no poner voz directa a los personajes, ya que no me corresponde a mi interpretarlos sino únicamente narrar sus vicisitudes. Los diálogos que incluyo hoy son una transcripción de lo escrito por los propios jugadores. Debido a la extensión de la entrada, he obviado por una vez todo comentario masteril. Os agradeceré enormemente que dejéis cualquier duda, pregunta u opinión en la sección de comentarios, y desde allí responderé a todas ellas. 

Halcón 14

Las revelaciones de Adà habían caído sobre los Portadores como un jarro de agua fría. La misión había comenzado como cumplimiento de una promesa hecha a un espíritu sin reposo, pero ahora sabían que formaba parte de algo mucho mayor, y la responsabilidad que tenían en sus manos era poco menos que abrumadora. Habían estado al borde del desastre con Adà, y no podían permitir que aquello ocurriera de nuevo. Tras los sucesos en la cámara de la Roca Negra, Assata había envuelto el Amuleto y lo había recogido sin dudar. Ella aún no había cargado nunca con él, y supuso acertadamente que sería sobre quien menos influencia podría ejercer. Aun así sintió sus susurros extraños filtrándose en sus pensamientos, pero como invocadora, la joven kushita estaba acostumbrada a contactar con entidades ultraterrenas, y rápidamente cerró la mente a su influjo. Sumidos en un torvo silencio iniciaron el regreso a Nueva Alasia, cada uno perdido en sus propias reflexiones. No estaban preparados para una búsqueda de aquella magnitud, y si no encontraban la manera de estarlo, el precio a pagar sería terrible.

Al llegar al Hacha y el Suspiro, pidieron un reservado a Gorstan. El afable posadero tenía varias chanzas preparadas para recibirles, pero al ver su expresión se le borraron de la mente. De todos sus huéspedes, aquellos eran claramente los que recorrían una senda más oscura, y el aventurero retirado que aún había en él sabía muy bien que algunas cargas no están hechas para compartirlas. Reunidos alrededor de una mesa redonda, los Portadores compartieron sus pensamientos, y decidieron hacer un alto en su búsqueda para recuperarse, investigar y prepararse adecuadamente para el camino que les aguardaba. Cada uno a su manera, todos necesitaban armarse contra la oscuridad a la que se enfrentaban.

ENCINAL

La mañana siguiente, cuando los Portadores se encontraron en el salón de la posada para compartir el desayuno, Encinal ya les estaba esperando. Llevaba todas sus posesiones encima, y al verle todos entendieron que aquello era una despedida.

Tengo la sensación que nos enfrentamos a algo que claramente nos supera. He visitado la biblioteca de la catedral con la esperanza de obtener información que nos allanara el camino, pero esas esperanzas están agotadas. Por eso, compañeros, debo partir. Marcharé en busca de bibliotecas más grandes donde pueda hacerme con mayores conocimientos. Empezaré por Stonehold, la ciudad de la que provengo. Durante mis días en la Academia oí a hablar de un legendario maestro del saber, Gabrieth Ordeyl. Buscaré la Torre de la Estrella y veré qué secretos puede contarme. En cuanto me sea posible regresaré a Nueva Alasia con todo lo que consiga averiguar. Sólo espero que no sea demasiado tarde. Parto ahora, con la primera caravana. Guardad esto, esta varita tiene el poder de curar heridas. La conseguí con el botín del grupo, y allí a donde me dirijo no me será necesaria. A vosotros os va a hacer un servicio mucho mayor. Os escribiré, compañeros.

Shahin asintió levemente con la cabeza, y respondió.

Ve con mi bendición, camarada. Siempre serás un Portador de  Sombras. Que halles solaz en tus viajes. Envía correspondencia al Hacha siempre que descubras algo que pueda sernos de ayuda. Si la carga que portamos acabara por aplastarnos, caería en paz sabiendo que una última línea de defensa aún existe en ti.

El espigado magus aceptó el obsequio de despedida. Con una inclinación de respeto, se llevó la mano al corazón, luego a los labios y finalmente al ceño en el tradicional saludo de las tierras de Sûl. Con lágrimas en los ojos, el joven medio elfo se marchó apenado, sabiendo que era posible que no volviera a reunirse con sus amigos jamás.

Adà saludó amistosamente a Encinal mientras se marchaba. Siempre se había mostrado simpático y había sido una gran ayuda, le echaría de menos en la compañía.

No todos pueden llevar este peso encima -pensó-. Cada uno de nosotros tiene su propia misión, después de todo.

Volviéndose hacia los demás, dijo: Hemos perdido un par de brazos fuertes y una mente despierta. Me temo que no estamos en nuestro mejor momento…

Por su cabeza pasaron las caras de sus antiguos compañeros, Arn y Norben, y estuvo a punto de añadir algún comentario punzante, asegurando que los habían tenido peores. Decidió ahorrárselo.

Necesitaremos músculo nuevo. Y buen acero.

Sir Alister apuró su cerveza y se puso en pie.

Es cierto -dijo-. Y creo que yo puedo hacer algo al respecto.

El caballero había tenido una idea, y aunque no sabía si sería posible llevarla a cabo, sabía a quien tenía que dirigirse. Con un breve saludo se despidió de sus compañeros y salió de la posada, con rumbo a la Casa Capitular de los Caballeros Protectores.

EL APRENDIZ DEL HERRERO

Al salir, Sir Alister se cruzó con un muchacho que a grandes zancadas entraba por la puerta en ese mismo instante. Tenía la piel tostada y el pelo negro, con algunas trenzas por los costados, y a pesar de que sus rasgos denotaban una medida de sangre élfica en sus venas, su aspecto era completamente desaliñado. Vestía un delantal de cuero desgastado y cargaba con una caja de llena de enseres. Su brazo derecho estaba cubierto por entero por un tatuaje oscuro, parecido a una serie de nubes en espiral. Se dirigió a la barra, dejó allí la caja y miró de lado a lado. Se dirigió hacia el tablón de anuncios e hizo un recuento rápido de lo que leía. Con un gesto de desesperación volvió la barra, se sentó en un taburete y apoyó la cabeza en la madera mientras esperaba que Gorstan le recogiera la mercancía. Musitando para si mismo, se dijo entre dientes:

Otra vez, nada para mí. Eso significa otro mes en la herrería…  ¿Es que nunca va a partir una nueva compañía en busca de aventuras y tesoros?

SHAHIN

El magus miró al muchacho de soslayo. Había visto, o había creído ver, un furtivo movimiento en el oscuro tatuaje de su brazo. Sacudió la cabeza mientras se levantaba él también.

La imaginación me juega malas pasadas -se dijo-, ya empiezo a ver sombras acechantes en todas partes…

Despidiéndose de Assata y de Adà, abandonó también la posada. Había estado pensando mucho en todo lo que había aprendido desde su llegada a las tierras de Alasia. La senda que había elegido era exigente, requería dominar espadas y conjuros por igual. Su estilo de combate intentaba aprovechar ese hecho, y maximizar su principal ventaja en el cuerpo a cuerpo, su agilidad y rapidez. Pero no era un luchador especialmente fuerte, y sabía que sus golpes carecían de potencia cuando no estaban apoyados mágicamente. A su llegada a Nueva Alasia, bajo la luz de la luna llena, había sacado por fin de su letargo a Saif al`Qamar, la cimitarra encantada que había rescatado de su santuario en las arenas, pero antes de poder manejarla debía convertirse en un espadachín digno de blandirla. Y en Nueva Alasia sólo había una persona capaz de enseñarle a serlo: el maestro de armas del Barón, Sovieliss de Liadiir.

Ithandir de Liadiir

El Ithandir Sovieliss de Liadiir

Tras preguntar a un par de soldados, Shahin encontró al maestro de armas del castillo en un pequeño patio de entrenamiento, tras los barracones de los soldados. El elfo de largo cabello negro superaba los dos metros de estatura, e iba ataviado con una magnífica armadura en tonos cobalto con remates y exquisitos adornos dorados, y prendía su capa azul con un broche enjoyado del mismo tono, el emblema de su casa. Sovieliss de Liadiir, más conocido en el castillo como Ithandir (“maestro de espadas” en élfico), clavó en el suelo la espada con la que había estado entrenando a un grupo de jóvenes reclutas, y se volvió para observar con el ceño fruncido como el desconocido se acercaba a él.

Estás muy lejos de tu tierra, morador de las arenas. ¿Quien eres y qué te trae hasta aquí?

El delgado sûlita se había detenido en el límite del patio de entrenamiento mientras proseguía la rutina de combates, aguardando el saludo del maestro. Sólo al oír al alto elfo hablarle hizo una inclinación con respeto y cruzó la invisible línea que separaba la zona de entrenamiento del resto del mundo. Como todo practicante de un arte marcial sabía que debía mostrar respeto hacia la escuela. Entrar sin saludar podía ser considerado un desafío y, aunque no temía cruzar sus armas con ningún estudiante con ganas de hacer oír, eso no era lo que le había llevado hasta allí.

Llevaba en la mano un largo fardo. El mismo que sus compañeros habían visto atado a su petate desde que se unió a ellos. Dentro, Saif Al’Qamar parecía vibrar con expectación, pues sin duda sabía que todo aquello era por ella.

Mi nombre es Shahin ibn Shamal, shalafi… con todo respeto quisiera mostraros lo que llevo en este hato, pues sin duda apreciareis su contenido. 

Shahin reclinó el arma envuelta en paño sobre el anverso de su mano derecha mientras la sujetaba con la izquierda; ofreciendo el nudo del paquete al maestro de espadas. Cuando éste abrió el fardo las delicadas curvas de una empuñadura asomaron: nada de joyas ni relieves, tan solo las lineas sencillas de una empuñadura simple. No obstante, lucía bruñida con el brillo de la plata más pura bajo el pálido sol de la mañana, sugiriendo la nobleza del metal con el que estaba forjada.

Un poco de vuestro tiempo osaría pediros, Sovielis de Liadiir, para narrar el nombre y origen de esta arma y explicar mi presencia aquí.

El adusto elfo asintió con un gesto de la cabeza.

Esta es Saif Al’Qamar, Ithandir, tomadla y apreciad su equilibrio. Su ligereza. Su origen está en las tierras de Sùl, un lugar aislado de antiguo poder llamado el Oasis de la Luna. Allí la encontré, después de seguir muchas pistas y augurios, atrapada en una forma inferior. Mucho he investigado sus misterios aunque solo hace unos días me fue posible despertar su forma actual.

Ante tal exquisitez, no obstante, me he dado cuenta que mis habilidades no hacen justicia a su linaje. Por eso quiero pediros con toda humildad que me ayudéis. La maestría de vuestro pueblo con las espadas es legendaria. He visto que las armas tradicionales, la hojas curvadas del pueblo élfico, se parecen mucho a esta… estoy convencido que sólo a través del estilo fluido de vuestra esgrima puedo sacar a relucir todo el potencial de Saif Al’Qamar.

Ya veis que mi cuerpo es delgado y liviano, puedo moverme rápido y con precisión más para hacer mella en mis oponentes preciso del uso de la magia. Es un estilo que aún estoy desarrollando, pero me doy cuenta que para superar mis limites físicos necesito un maestro.

Grandes portentos se acercan y es mi deber estar a la altura…  ¿Querréis ayudarme? 

Ithandir sopesó apreciativamente la cimitarra que le ofrecía el desconocido, mientras escuchaba su relato con atención. La volteó un par de veces, calibrando su ligereza y escuchó como silbaba al cortar el aire a su paso. Ciertamente, era un arma excelente. Luego, observó a su dueño con el mismo ojo crítico, antes de responder.

Tienes razón, hijo de Shamal. Saif Al’Qamar no es un arma corriente; necesita un portador que esté a su altura. 

Le devolvió la cimitarra a Shahin con la empuñadura por delante.

Demuéstrame qué sabes hacer con ella. 

Y le tendió uno de los paños que se usaban para envolver los filos durante los entrenamientos, mientras hacía una señal a dos de sus alumnos para que se prepararan para una nueva ronda contra el recién llegado. Aprestando su arma, el magus se puso en guardia.

Los dos reclutas estaban bien entrenados, y sabían lo que hacían. Inmediatamente empezaron a moverse en círculos alrededor de Shahin, intentando rodearle y buscar sus flancos desprotegidos. Lamentablemente, no podían competir ni con la agilidad del sûlita ni con sus conjuros de protección. Bajo la atenta mirada de Ithandir, el combate fue cobrando velocidad con cada nuevo amago y finta. Viendo que sus acometidas no lograban acercarse a su objetivo y sus pocos golpes certeros se estrellaban contra un escudo invisible, arremetieron con más fuerza, intentando presionar con la ventaja de los números. Tampoco fue suficiente, y Shahin no tardó en haber marcado a ambos.

En ese momento, el maestro de armas elfo levantó una mano para detener el combate. Los dos reclutas le saludaron respetuosamente, y se retiraron a beber agua del pozo y a secarse el sudor. Sovielis de Liadiir se acercó al magus y dijo:

Magia y espada. Mi pueblo enseñó ese arte al tuyo hace mucho, mucho tiempo. Y no lo haces mal del todo… Pero cometes un error. Un verdadero Cantor de Espadas no usa la magia como una muleta. No es una herramienta en la que apoyarse, ni soluciona las deficiencias en la técnica. La espada y la magia son uno, fluyen al unísono. Has empezado a darte cuenta por ti mismo, pero aún te queda mucho por aprender. Tu mente aún hace la distinción. Cuando ambas sean indistinguibles para ti  entonces estarás preparado para aprender a luchar como un elfo. Yo no soy un Cantor de Espadas. Soy un simple guerrero, y mi único poder está en los brazos con los que empuño a Daerwen -y recalcó sus palabras desclavando del suelo una larga y sinuosa espada curva de largo mango, cuyo filo plateado reflejaba la luz del sol con un curioso tono rojizo-. No puedo enseñarte todo lo que deseas. Pero sí puedo prepararte para que, llegado el momento, puedas aprender por ti mismo. Eres ágil para ser un Hombre, pero no aprovechas bien todas las ventajas que eso te da. Domina el acero, halcón del desierto. El resto llegará a su debido tiempo.

Sin esperar respuesta, Ithandir se volvió hacia los dos reclutas que se habían enfrentado a Shahin y les hizo una señal.

¡Repetimos! Y esta vez… a or û-angol -dijo, mirando a Shahin y para regocijo de sus dos alumnos-. Nada de magia.

ASSATA

Assata tenía una única preocupación: restablecer la salud de Shakar, perdida por el ataque de un verdadero enjambre de estirges que habían estado a punto de acabar con su vida. La joven kushita ascendió hasta la Plaza de la Catedral, esperando hallar en el poder de la fe una curación para las heridas de su fiel compañero. Además, otro motivo la animaba. Durante sus tiempos de artista ambulante por las Tierras Reclamadas, había oído historias acerca del Portal de los Lamentos, y del lugar sagrado que antaño fuera. Y había oído hablar de que aquel santuario era el lugar de descanso de varias reliquias sagradas de la época de la antigua Alasia. Después de hablarle de ello a Encinal, el semielfo investigó en la biblioteca de la catedral, pero sólo logró obtener una mención de dos de ellas, un cáliz y una piedra.  Quizá algún miembro de la Iglesia tuviera mayores conocimiento de ellas.

La atendió el sumo sacerdote en persona, el viejo Padre Justin. Tras exponerle su caso, el anciano clérigo no pareció aprobar demasiado lo que estaba escuchando. La conjuración de una criatura salida de los dioses saben qué plano de existencia no era algo que le resultara cómodo para sus creencias o sus instintos, pero viendo que la muchacha parecía sincera en su preocupación, y compasivo por naturaleza, el anciano prometió rezar a los dioses y suplicar que devolvieran la salud a la criatura. Eso sí, a cambio de la promesa de que ésta nunca sería desatada contra la ciudad o sus habitantes, y de una donación monetaria que la iglesia destinaría a ayudar a los pobres y necesitados.

Padre Justin 2

El Padre Justin

Decidida a no desaprovechar la ocasión que se le presentaba, Assata le preguntó al padre Justin acerca de los objetos sagrados sobre los que habían leído en la biblioteca de la Catedral. El anciano clérigo se mostró interesado por el tema.

He oído hablar de ellos, claro. El Cáliz de Elhanir y la Piedra de Tir Sadhene. Forman parte de las leyendas de la región, y de la historia de la Iglesia en estas tierras. Esta noche, además de rezar por el bienestar de vuestro… compañero, consultaré los códices sagrados que tengo en mi haber. Sin duda ellos son más fiables que mi gastada memoria. Venid mañana, jovencita. Vuestro amigo recuperará las fuerzas y quizá pueda contaros algo más sobre las reliquias que buscáis.

La joven respondió con agradecimiento.

Gracias, Padre Justin. Debe saber que nunca pondríamos en peligro a nadie. Shakar y yo le damos nuestra palabra de respetar y proteger a la ciudad y sus habitantes mientras nuestras vidas nos aten a esta tierra. Nuestro camino nos ha llevado por muchos lugares y siempre nos ha animado el afán de llevar la diversión y la alegría a sus moradores, esa era nuestra vida antes de embarcarnos en una empresa tan peligrosa como crucial. Shakar ha sufrido graves heridas por defender estas tierras, y su cuerpo esta débil.  Gracias de nuevo, Padre Justin. Toda información que pueda darnos nos será de utilidad.

ADÀ

Adà tenía muy claro hacia donde debía dirigir sus pasos. Había esperado hasta que todos sus compañeros se marcharan, pues era algo que tenía que hacer sola. Shahin se había ofrecido a acompañarla hasta el castillo, pues había deducido que era lo que tenía en mente, pero ella rechazó la oferta amablemente. Tras unas breves indagaciones, la pálida hechicera averiguó que los maestros Dra’gashi seguían alojados en el Castillo de Roca Blanca, la morada del Barón Stephan. Tras ser anunciada por un sirviente, Adà fue escoltada por una doncella hasta la pequeña cámara que los dos maestros compartían en la primera planta del castillo. Ninguno de los dos Dra’gashi pareció sorprenderse de verla allí; sabían que volvería a ellos.

Maestro Ial-Thas’ak                                     Maestro Rahab

La hechicera les expuso los motivos que la llevaban allí; les habló del Amuleto y de su creciente capacidad para influenciar a sus portadores, y de la amenaza que éste suponía.  De lo que le había obligado a hacer. Les contó toda la verdad acerca de su aprendizaje fallido como Dra’gashi, y de como abandonó el culto seducida por el poder hereditario que corría en sus venas, un hecho que los maestros ya conocían. Y cuando les dijo que deseaba terminar lo que había empezado años atrás y les pidió que completaran su adiestramiento  para ayudarla a destruir el Amuleto, el maestro Ial-Thas’ak, alto, fuerte y adusto, sólo dijo:

No. 

No podemos enseñarte nada, Adavia Morthelius. Lo que tú deseas es nuestro poder, no nuestra sabiduría. Comprendemos que tu necesidad es grande, pero aún no has demostrado estar preparada para abrazar el Equilibrio.

El maestro Rahab, extremadamente anciano y de aspecto frágil, la observó de arriba a abajo.

Adavia, no eres la mujer que eras cuando abandonaste los templos de Ramath. Tu presencia aquí hoy, ante nosotros, da fe de ello. Pero veo tu alma. Tu corazón, tu sangre, te empujan a la anarquía, al desorden, al caos. Superaste las pruebas de iniciación; sabes lo que somos. Nigromantes, nos llaman… pero sólo nosotros comprendemos y tenemos por sagrado el delicado equilibrio entre la vida y la muerte. Y ese conocimiento es poder. No puedes obtener lo uno sin lo otro. Los Dra’gashi comprendemos el equilibrio de todas las cosas, y comprendemos y aceptamos nuestro papel en el Gran Ciclo del Seràh. Los extranjeros nos consideran magos oscuros que pervierten la vida… pero se equivocan. La muerte es una parte natural de la vida e igual que no la buscamos, tampoco intentamos escondernos a su llegada. El bien y el mal que tanto preocupan a clérigos y teólogos son intranscendentes… el universo se sostiene sobre el delgado filo que separa al Orden del Caos. Los Dra’gashi hacemos lo que es necesario para mantener ese Equilibrio… incluso aliarnos con las fuerzas del Orden cuando la balanza se desequilibra demasiado hacia el otro lado. Eso está ocurriendo ahora, Adavia. El Amuleto del que hablas es tan sólo un síntoma, pero habrá otros, muchos otros. Por eso no podemos permitir revelar nuestros secretos más profundos a alguien cuya misma sangre empujará al lado de la entropía contra la que ahora luchamos. ¿Lo comprendes?

Ial-Thas’ak retomó la palabra.

Si aceptamos enseñarte, si aprendes nuestros secretos y te conviertes en uno de los nuestros, deberás luchar contra tu propia naturaleza. Deberás jurar proteger y restaurar el Equilibrio y hacer todo lo que esté en tu mano para asegurarte que el Gran Ciclo del Seràh continúa en su eterno girar. Deberás renunciar al poder que hay en ti  bruto y crudo, y sustituirlo por conocimiento y sabiduría. ¿Lo harás? ¿Serás capaz de hacer lo que sea necesario para unirte a nuestra Orden? ¿O volverás a abandonar el camino cuando mejor te convenga? Esta pregunta sólo se te formulará una vez. ¿Entregas tu vida y tu alma a la orden de los Dra’Gashi, Adavia Morthelius?

No sentaron especialmente bien las palabras de los maestros Dra’Gashi en la joven. Orgullosa, altiva y prepotente, nunca habría permitido a nadie hablarle de ese modo sin soltarle una ristra de amenazas o comentarios ofensivos en tono sarcástico. Se apartó un mechón de pelo de la cara en silencio.

En Ramath era una niña. Ahora soy una mujer.

Se quedó callada unos segundos, sopesando sus siguientes palabras. ¿Un discurso sobre cómo había tenido que sobrevivir para justificar sus tendencias? ¿Una respuesta audaz para salir del aprieto? Miró fijamente a los dos maestros. Sus ojos azabaches brillaban como si de una llama negra se tratasen.

Soy Adavia Morthelius, hija de Enoch y heredera del maestro Ros’Gaal. Mi alma y mi vida siempre pertenecieron a los Dra’gashi. Vuelvo a casa.

El maestro Rahab se limitó a asentir brevemente con la cabeza ante las palabras de la hechicera. Ial-Thas’Ak la miró y en sus ojos se asomó un casi imperceptible amago de aprobación. Dijo:

Así sea. Tu iniciación empezará mañana. No será fácil, lo sabes. En las próximas semanas tendrás ocasión de demostrar con hechos la convicción que expresan tus palabras. Tu aprendizaje estaba bastante avanzado cuando te marchaste la primera vez. Sabes lo suficiente para dar el paso que separa a un estudiante de un iniciado, así que iremos directamente al grano. Y… habrá que buscar un lugar más discreto. Lo que verás y oirás durante la iniciación no es para el resto de los mortales. 

Cuando su colega más joven terminó de hablar, Rahab se levantó con esfuerzo y esta vez sonrió.

Bienvenida a la Orden, Adavia.

ALISTER

Por su parte, Sir Alister llegó a la Casa Capitular de los Caballeros Protectores, como había tenido intención de hacer desde que llegara a las tierras de Alasia. Cuando se presentó como caballero errante solicitando una audiencia con el Lord Comandante, fue recibido por el mismo, Sir Matthew Corven. Alister ya había hablado una vez con Corven, y el joven comandante le había hecho extensiva la oferta de unirse a la orden si demostraba sus dotes en la liza y su lealtad a Nueva Alasia y su gente. Ahora que volvía a tenerle delante, Alister volvió a sorprenderse de lo joven que era Sir Matthew.

Sir Matthew Corven 2

Sir Matthew Corven

Tendréis que demostrar que merecéis llevar la capa roja, sir Alister. Yo personalmente no dudo de que así es, pero las normas de la orden son estrictas, y nadie está por encima de ellas. Deberéis someteros a duros desafíos, y no todos serán en el campo de las armas. Vuestro honor, lealtad e integridad serán puestos a prueba, y si comprobamos que estáis hecho de metal noble, os arrodillareis y jurareis nuestro código ante el Barón y ante los Dioses, y seréis nombrado Caballero Protector. Pero veo en vuestra mirada que hay algo más que queréis decirme… ¿de que se trata, Sir?

Entonces Sir Alister le reveló la idea que había estado acariciando. Los Portadores  necesitaban refuerzos, y los simples mercenarios no pasaban el corte, como el caballero había comprobado días atrás. Necesitaba las mejores espadas de la región, aquellos que hubieran demostrado su valor y su pericia ante sus propios ojos. Y había una manera de encontrar esas espadas: organizar un torneo como jamás se hubiera visto en Nueva Alasia. Cuando Alister compartió su idea, Sir Matthew se frotó la barbilla pensativo.

Me gusta la idea. En esta ciudad nunca se ha celebrado un torneo como los dioses mandan desde que yo tengo uso de razón. Y creo que con todo lo que está sucediendo últimamente, a la gente le vendría bien. Pero me temo que sólo hay una persona que pueda autorizar algo así, y esa persona es el Barón Stephan. Es a él a quien debéis formular esta propuesta. Vamos, os acompañaré al castillo. El Barón no os negará una audiencia si yo estoy con vos. Creo que le gustará la idea… nunca ha dejado de ser un guerrero. Pero pensad bien cómo se lo planteáis  y tened por seguro que en su senescal, Belenor Selwyn, tendréis un hueso duro de roer. Vamos, no perdamos más tiempo.

Un rato más tarde, Sir Matthew y Sir Alister se encontraban en el salón del trono del Castillo de Roca Blanca, ante el Barón Stephan y Lord Selwyn, con los yelmos debajo del brazo. El Barón Stephan era un hombre de edad avanzada, pero aunque se le veía cansado, estaba ligeramente entrado en carnes y sus elegantes ropajes no lograban ocultar la hinchazón de su rodilla izquierda, seguía conservando un porte marcial y un aura de autoridad y nobleza que Sir Alister pocas veces había visto antes. El caballero se imagino al Barón de pie, ataviado no con ropajes de corte sino con armadura completa, con el cabello y la barba blancos como la nieve y con una espada en la mano, y supo que aún hoy era un hombre al que no dudaría en seguir a la batalla. La voz del senescal interrumpió sus pensamientos:

Sir Alister Norff, exponed vuestra petición al Barón.

Baron Stephan

El Barón Stephan I de Alasia

Mostrando un profundo respeto y admiración, Sir Alister hincó la rodilla en el ornamentado suelo y con voz humilde se dirigió al Barón.

Gracias por recibirme, mi señor. Tengo una proposición que haceros. Como bien sabéis  la vida en estas tierras es dura, y se avecinan tiempos oscuros y difíciles para todos. He encontrado a la población decaída y con miedo. Pero todavía ignoran que lo peor está por llegar. Mi señor, no vengo a traer el miedo a esta gran morada. Mi única intención es reunir a los mejores hombres que podamos encontrar, que estén dispuestos a combatir el mal que nos acecha. Por eso quiero proponerle que organice un torneo. En primer lugar, aquello proporcionaría diversión y júbilo al pueblo, y en segundo nos permitiría encontrar alguna espada digna de acompañarme en la cruzada que estoy librando junto a un grupo de valerosos compañeros. Necesito hombres y mujeres valientes y dispuestos a todo para salvar el reino. Se trata de una empresa tan peligrosa que ya se ha cobrado la vida de dos de nuestros mejores hermanos de armas. El torneo también podría ayudarnos a recaudar fondos para semejante misión.

El corpulento caballero se mantuvo arrodillado, cabizbajo. Detuvo sus labios escondiéndolos tras su oscura y frondosa barba, esperando la respuesta del Barón. Stephan escuchó con atención las palabras del enorme caballero, pero fue Lord Selwyn el que habló.

¿Un torneo? Me temo, buen caballero, que no os hacéis a la idea de lo que supone organizar un evento de tales características. Hay que comprar provisiones, preparar los terrenos, acomodar a los asistentes, enviar mensajeros con la suficiente antelación… Preparar un torneo requiere meses, Sir Alister, ¡meses!  Y ¿recaudar fondos? Un torneo es un inmenso gasto para quien lo organice, un agujero negro… ¡Nadie gana dinero con un torneo! Excepto el vencedor, claro, pero eso…

En ese momento el Barón interrumpió a su senescal. Su voz era grave y profunda.

Nunca hemos celebrado un torneo en Nueva Alasia.

El senescal respondió, un poco alarmado por el tono de voz de su señor.

No, mi señor, pero…

El Barón levantó una mano pidiendo silencio.

Nunca, en los 40 años de historia de esta ciudad. Con todo lo que está sucediendo últimamente… Un espectáculo memorable podría ser lo que necesita la gente en estos momentos. Algo que les recuerde que la vida no son sólo problemas y preocupaciones. Y, ¡dioses, como echo de menos una buena justa! ¿Podría hacerse, Selwyn? 

El senescal pensó unos instantes, claramente contrariado.

Quizá, mi señor, pero no antes de dos o tres meses, y con un coste considerable para las arcas de la ciudad. No veo como el beneficio que podamos obtener pueda ser superior a las pérdidas.

El Barón asintió con la cabeza, dándole vueltas al asunto. Luego miró directamente a Sir Alister y le increpó:

Habéis hablado de una oscuridad que se avecina, y de una cruzada de la que formáis parte, una empresa peligrosa. ¿Qué es lo que ocurre? ¿De qué se trata? Soy el responsable último de estas tierras y de sus gentes. Contádmelo todo.

Entonces el caballero le reveló a su señor todo cuanto sabía de la búsqueda del Amuleto. Cuando el Barón hubo escuchado la historia que le relató Sir Alister, se mesó la barba y dijo:

Un asunto de magia negra… Dadme un enemigo contra el que blandir una espada, y sabré como enfrentarme a él. Esto… requiere de sabios y sacerdotes. Vuestra compañía ha jurado destruirlo, decís. Os habéis impuesto una tarea muy dura, sin duda… una búsqueda digna de héroes. Si lo lográis  estas tierras y todos sus habitantes estarán en deuda con vosotros. No, no sé mucho de brujería y amuletos malditos, pero una cosa está muy clara. Si ese artefacto del que habláis es tan malvado y peligroso, y puede intentar controlar vuestras acciones, es demasiado arriesgado llevarlo de un lado a otro. Si algo os ocurre en las tierras salvajes o en una oscura mazmorra, el amuleto quedará abandonado y en manos del primero que lo encuentre. Y si logra domeñaros, que los dioses nos amparen. Estará más seguro aquí, en el castillo, en las cámaras acorazadas. Mañana lo traeréis y lo encerraremos a buen recaudo, donde no pueda ejercer su impía influencia sobre nadie. Esperará aquí, custodiado por mis mejores hombres, hasta que hayáis reunido todo lo necesario para destruirlo.

Tras unos instantes de silencio, el Barón Stephan continuó hablando.

Pero volvamos al tema del torneo. Me agrada la idea, como ya os he dicho, pero debo dar la razón a mi senescal. Es demasiado precipitado. Estoy dispuesto a escuchar vuestros planes, no obstante. Sin duda, no os habríais presentado ante mí si no tuvierais alguna idea en mente. ¿Qué proponéis  Ayudadme a convencer a Lord Selwyn, y quizá tengáis vuestro torneo.

Sir Alister se había anticipado a aquella petición, y pasó a exponer toda la logística que había planeado en su cabeza. Él se encargaría personalmente de supervisar la organización y el reclutamiento de manos entre la población para participar en la preparación del evento, y se comprometió a sufragar con sus propias ganancias parte del coste para que no recayera por entero sobre la casa del Barón. Cuando finalizó su exposición, Sir Matthew tomó la palabra de su camarada para dirigirse también al Barón.

Estoy de acuerdo con Sir Alister, mi señor, sus ideas son factibles. Quizá sobreestime la disposición de nobles y comerciantes a gastar su oro en tales eventos, pero… ¿y si lo hiciéramos coincidir con un evento para el que ya tienen planeado gastar su dinero? El Festival de la Cosecha es dentro de cinco semanas, y los preparativos para la feria ya han empezado. Y lord Ashdown quiso que la boda de su hija se celebrara durante el festival… ¡Todos los nobles de la región ya están invitados!

Los ojos del Barón recobraron algo de brillo ante las sugerencias de sus dos caballeros.

Mirando al senescal, preguntó: El Festival de la Cosecha… ¿Podría hacerse, Belenor?

Lord Selwyn respondió: Bueno, quizá, pero…

Selwyn, ¿si o no?

La mirada del senescal demostró una inmensa resignación.

Si, mi señor. Probablemente.

El Barón Stephan palmeó con fuerza el brazo de su trono.

¡Que así sea! Tendréis vuestro torneo, Sir Alister. ¡El Torneo de Roca Blanca! Justas, combates a pie y concurso de arquería. Y porque no, duelos de magos… si hay participantes para ello. Carreras y concursos para los plebeyos. Quiero que mañana mismo salgan mensajeros hacia las Siete Aldeas, a todas las mansiones y señoríos, a las ciudades de Kanth y a los campamentos Sarathan más cercanos. Ordenad a todas las caravanas que salgan hacia el norte que lleven consigo la noticia .. ¡Un Gran Torneo en Nueva Alasia!

Espero que no faltéis a vuestra promesa de ayudar a Lord Selwyn con la organización, Sir Alister. Y contad a vuestros compañeros mi decisión de custodiar el Amuleto aquí, en el Castillo. Espero que me lo traigáis mañana… cuanto antes esté a buen recaudo, mejor. Podéis retiraros, mis buenos caballeros. Vuestro Barón agradece vuestros servicios.

No había duda: la audiencia se daba por terminada. El silencio se llenó con el sonido marcial de los pasos de los dos caballeros al abandonar el salón.

EPÍLOGO

Todos los Portadores se habían marchado ya del Hacha y el Suspiro cuando Gorstan se acercó a la mesa donde se había repantingado el joven tatuado con el mandil de herrero.

A esta invita la casa, chico. ¿Qué, el bueno de Baldwin no te da tregua, eh? ¿Quieres un consejo? Mira a esos que salen por la puerta… ¿Los has visto? Son tipos duros, y misteriosos. Creo que están enfrascados en algún tipo de búsqueda… misión… cosa. Algo peligroso, sin duda, ya que en poco más de un mes han perdido a varios de los suyos. Y para colmo, hoy uno de ellos les ha abandonado. ¿Ves por donde voy? Haz lo que quieras, chico, pero si yo fuera tu, intentaría codearme con ellos y averiguar si les podría ser útil en algo. A no ser que te quieras pasar el resto de la vida golpeando un yunque. Y tu no eres de esos, ¿no? No, no lo eres… Pero bueno, lo dicho. A esta invita la casa, la próxima te la cobro. La oferta es sólo para aventureros…. ya me entiendes.

Y dicho esto, el corpulento posadero le guiñó un ojo al medio elfo, le soltó una sonora palmada en la espalda, y regresó a su puesto de mando tras la barra.

Gorstan

Gorstan

Ehm… Gracias,  Gorstan… ¿Y cómo dices que se llaman?

Mientras lavaba una jarra de cerveza tras otra, Gorstan respondió a la pregunta del chico.

El gigantón es Sir Alister. Creo que es un caballero errante. Si él es grande, tendrías que ver a su caballo. La mujer pálida se hace llamar Adà, y aunque parezca una bruja… bueno, nada, puede que sí lo sea. El sûlita espigado es Shahin Iván nosequé, y la chica de piel oscura es la más nueva, su nombre era Assata, si no recuerdo mal. Si te pasas por el cementerio, podrás visitar a los otros dos… No sé a qué se dedica esta compañía, pero es peligroso de narices. No es para cualquiera, chico… pero tú no eres cualquiera, ¿eh? -dijo, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al tatuaje del semielfo. 

El joven, Ealgar, hundió la mirada en su jarra de cerveza, y no dijo nada más.

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2 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XXXVII): Maestros, Propuestas y Despedidas”

  1. Buena entrada coral, sí señor. Y la eficacia del clásico consejero tiñoso al lado del noble de turno nunca falla. Bien por Sir Alister, de ese torneo puede salir algo de músculo para el grupo.

    Eso sí, debo decir que me esperaba algo más de… carácter por parte de Adà cuando le han leído la cartilla. Pero supongo que uno debe hacer lo que debe hacer… 🙂

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    1. ¡Gracias! Lo del consejero tiñoso es un clásico, si, pero también yo me ponía en su piel, y a ver quien es el pringao al que le toca el currazo de moverlo todo, gestionarlo y organizarlo todo, ver como se financia… algo que en el fondo ve como un capricho de su señor y sus caballeros.

      Lo del torneo fue absolutamente inesperado para mí. Se le ocurrió entre sesiones al jugador, y cuando lo planteó me pareció una idea grandísima que no podía desaprovechar para nada. Son estas cosas las que hacen grande un sandbox, así que cogí el balón que me tiraban y, p’alante.

      Y lo de Adà, es cierto que la Adà del principio de la campaña habría reaccionado con más insolencia. Y sí, era lo que pensó que había que hacer. Pero además fue un cambio que yo vi bien llevado por parte del jugador. Acababa de pasar por la pérdida de dos compañeros y por la experiencia más traumática de su vida, ser poseída por el Amuleto. Eso le hizo replantearse su trayectoria y si había hecho mal dando la espalda a las tradiciones de su pueblo. Cuando conoció a los maestros, empezó a considerar la idea de abandonar su senda hechicera y convertirse en dra’gashi, y yo le dije que las reglas de retraining estaban abiertas si se disponía de tiempo y el mentor adecuado.

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