Crónicas de Alasia (XXXVI): La Victoria del Amuleto

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar

Halcón 13

La misma luna casi llena que brillaba aquella noche sobre Wilwood se ocultó en la mitad sur de las Tierras Reclamadas, cubierta por los gruesos nubarrones que se presentaron de repente y que descargaron toda su furia en una tormenta de verano tan intensa como imprevista. El aguacero sorprendió a los Portadores del Amuleto en su regreso a Nueva Alasia, a pocas millas de la Posada del Agua. Tras sus encuentros con sombras y estirges, Encinal y Shakar, el compañero extraplanar de Assata, necesitaban ayuda clerical urgente y días de reposo. La tormenta cayó como un reflejo del ánimo de los Portadores, que veían como día tras día su misión se volvía más y más ardua. Adà y Shahin eran los dos únicos miembros originales de la compañía que aún vivían, los únicos que se habían enfrentado realmente a la Voluntad del Amuleto, y los que más tiempo llevaban soportando la carga del maléfico objeto. Ambos tenían la sensación que la búsqueda les iba reclamando uno a uno, y que uno de los dos sería el siguiente en sucumbir a la maldición. La idea de pasar una noche como aquella al raso era la gota que colmaba el vaso, sobre todo teniendo un techo amistoso tan cerca. Por consiguiente, los cinco compañeros forzaron la marcha para llegar al edificio donde había empezado todo.

Leyman Colthard, el posadero, reconociéndoles, les abrió las puertas y se hizo cargo de los caballos mientras los Portadores entraban y ponían las capas a secar junto al fuego. La posada seguía cerrada al gran público, pues el joven mesonero se mostraba inquebrantable en ello. Guardaba también la esperanza de que le trajeran buenas nuevas y le contaran que habían logrado destruir el Amuleto. Su abatimiento fue claramente visible al conocer el desarrollo de toda la historia. Dándoles el pésame por la pérdida de sus compañeros, el posadero también les dijo que, aunque sus puertas siempre estarían abiertas para ellos, le preocupaba que hubieran vuelto a meter aquel talismán infernal en su casa. Su familia ya había sufrido bastante, dijo, y sentía verdadero pánico de aquel objeto, que su padre había dado la vida por contener. Los compañeros se disculparon, pero Leyman les respondió que tampoco hubiera podido dejarles en la calle con un tiempo como aquel. A petición de los Portadores, el buen hombre acomodó la vacía sala común para que el grupo pudiera pasar allí la noche, y se retiró. Cansados del viaje, los compañeros se repartieron los turnos de guardia, y se dispusieron a pasar la noche, con el estruendo de la lluvia y el rugido de los truenos haciendo retumbar el techo y el estallido blanco de los relámpagos filtrándose por los porticones de las ventanas.

Shahin se despertó de repente, con la sensación de haber dormido más de la cuenta, y cuando se incorporó, el aturdimiento propio de la somnolencia desapareció de golpe. Adà había desaparecido. La hechicera tenía la guardia anterior a Shahin, y no había estado allí para despertarle. El corazón del magus le dio un vuelco en el pecho al recordar que era justamente Adà quien tenía la custodia del Amuleto aquella noche. [La cara de “oh, shit!” que puso el jugador fue de traca]. Despertando a sus camaradas a voz en grito, Shahin y el resto de los Portadores se pusieron en pie. Sir Alister comprobó que la puerta de la calle seguía cerrada y que el suelo frente a ella estaba seco… nadie había entrado o salido por allí. El caballero estaba más torvo de lo habitual, pues no se le había borrado de la mente la lucha mental entre Shahin y el Amuleto que había presenciado de soslayo. Tenía la total seguridad que la bruja enoquiana había sucumbido por fin al influjo del mal. Su mirada se cruzó con la del sûlita, y ambos se pusieron a correr al unísono como impulsados por un resorte, y seguidos de cerca por Encinal, a pesar de su debilidad casi incapacitante, y por Assata, a quien aún le costaba asimilar la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Los cuatro descendieron hasta la bodega donde se encontraba el pozo que descendía al Santuario de los Kishadi… pozo que volvía a hallarse al descubierto, con su boca oscura y redonda abierta y dando paso a la oscuridad más absoluta. Sus peores temores se habían confirmado. Ninguna cuerda colgaba del borde, ni era visible ningún otro medio de bajar, pero todos sabían la verdad: Adà, y el Amuleto, habían regresado al Santuario.

Leyman tenía razón. Regresar a aquel lugar llevando el Amuleto encima fue un error catastrófico, el momento de debilidad que el objeto había estado esperando pacientemente y que no había dudado en aprovechar. No había logrado tentar a Shahin ni para salvar la vida de su amigo, pero su Voluntad no se rindió. Durante la última incursión en el Portal, en cuanto el Amuleto pasó a manos de la hechicera, la había estado tentando de una manera más apropiada a su personalidad, insinuando en su mente indicios de los grandes poderes que le conferiría. [A través de notas secretas del máster al jugador… enviadas por Telegram, lo que las hace más discretas que los típicos papelitos de toda la vida]. Los demás no sabían nada de eso, pues la enoquiana no revelaba con facilidad sus secretos, pero todos conocían la morbosa fascinación que le había producido el culto Kishadi y sus reliquias. Sabían adonde había ido, y porqué. Empalmando cuerdas y atándolas, se prepararon rápidamente para el descenso. No había tiempo que perder equipándose. Encinal, tan débil que casi no podía andar, no tenía fuerzas para bajar trepando, y se vio obligado a quedarse arriba. Permaneció al borde del foso, con una daga en la mano: no podía luchar, pero sí lo que intentaba salir de allí no era de aquel mundo, cortaría las cuerdas sin pensárselo.

Sir Alister, Shahin y Assata descendieron todo lo rápido que pudieron, y en unos minutos se hallaron en la cámara de entrada al Santuario de los Kishadi. Una especie de vibración de poder fluctuaba en el aire, y las sombras aumentaban y disminuían de intensidad rítmicamente, como el latido palpitante de un corazón oscuro. Sin pensárselo, echaron a correr en dirección a la bóveda de la Roca Negra, el centro de poder de aquel lugar, y aunque sabían lo que encontrarían allí, no pudieron evitar que el corazón se les helara en el pecho. Allí, frente al monolito que parecía bullir por las fuerzas oscuras que se agitaban en su interior, se encontraba Adà, como una reencarnación del propio Kishad de Jalur, ataviada en la réplica de sus antiguos ropajes que se había mandado hacer semanas atrás. Tenía los brazos abiertos y una expresión exultante y perversa en el rostro, con el Amuleto en una mano y la Espiral Torcida, que hasta entonces no se había podido quitar, en la otra. Antes de que sus compañeros pudieran hacer nada, la hechicera juntó ambas reliquias, y un fogonazo de poder pasó de la Roca Negra a ellos. Cuando remitió, ambos objetos se habían fundido en uno solo. El Amuleto relucía a la luz del orbe mágico de Shahin, de alguna manera más fuerte, más inteligente, más completo.

[La escena fue una de las más memorables de una saga plagada de escenas memorables. La tensión entre los jugadores era increíble, y sobre todo para el jugador de Adà, el más joven del grupo con bastante diferencia. Aunque sus compañeros no tenían manera de saberlo, Adà no se había dejado tentar, había hecho grandes esfuerzos por ignorar las insinuaciones constantes del Amuleto, por lo que éste, viéndose más poderoso gracias a la cercanía de la Roca Negra, decidió tomar por la fuerza a quien no había podido seducir. La hechicera no actuaba por propia voluntad, estaba poseída por completo. En el momento en el que el resto de jugadores empezó a declarar acciones para intentar arrebatarle el Amuleto antes de que se lo pusiera y sellara el destino de todos, le dije: “Dame tu ficha”. Dejé que todas las tiradas de la hechicera las hiciera él, pero de esa manera quedaba muy claro que en aquellos momentos, Adà no era Adà.]

Los Portadores no tardaron ni un segundo en ponerse en movimiento. Sabían lo que haría “Adà” a continuación, y si lo lograba habrían perdido la batalla definitivamente. Assata empezó a conjurar mientras Alister y Shahin corrían hacia su antigua compañera. Ella reaccionó empezando a llevarse el Amuleto al cuello mientras que en su otra mano se empezaba a acumular energía oscura y chisporroteante de aspecto letal. El gigantón intentó inmovilizar a Adà para que no pudiera ponerse el Amuleto, pero la hechicera, dotada de un vigor y celeridad sobrenaturales, se zafó de él, y el caballero estuvo a punto de sufrir en sus carnes el contacto con aquel poder oscuro que blandía. Se vio obligado a apartarse, pero había impedido momentáneamente que se pudiera poner el Amuleto. En ese instante, Assata finalizó su conjuro y un águila de plumaje níveo y ojos azules apareció en el aire en pleno vuelo, lanzándose en picado contra los ojos de Adà. Shahin aprovechó la distracción para, con un floreo de su jambiya, intentar desarmar a la hechicera y obligarla a soltar el Amuleto. No lo logró, pero cuando la poseída levantó la mano para evitar el golpe, el águila de Assata aferró el Amuleto entre sus zarpas y se lo arrebató. El ave celestial viró alrededor de la Roca Negra y regresó a Assata, dejando caer el Amuleto a sus pies antes de desaparecer de vuelta al plano celestial de donde había venido. En ese mismo instante, Adà cayó al suelo, libre de la influencia del Amuleto pero plenamente consciente de todo lo que había hecho bajo su influjo.

[Todo se decidió en un asalto de combate, dos a lo sumo, y por fortuna, los dados quisieron que los Portadores ganaran todos la iniciativa, con lo que no hubo que lamentar que el Amuleto usara el cuerpo de Adà para matar a alguno de ellos, cosa que podría haber sucedido muy fácilmente. La suerte quiso darles un respiro por una mísera vez.]

Al momento, Sir Alister la levantó del suelo como si fuera una pluma y la aferró con sus manazas, cuidando de no hacerle daño pero inmovilizándola por completo, algo a lo que la hechicera no intentó resistirse. Shahin tranquilizó al caballero, asegurándole que Adà no había actuado por propia voluntad. Pero lo hecho, hecho estaba. El Amuleto se había reunido con la Espiral, y ahora era indudablemente más poderoso e inteligente que antes. Hasta aquel momento, a duras penas habían logrado resistirse a su corrupción, sobre todo los dos que habían estado más en contacto con él. A partir de ahora, mantenerse firmes iba a ser más difícil todavía.

Adà quedó muy afectada por el suceso. Aquella noche probó en sus carnes el verdadero poder del Amuleto, supo ver por vez primera lo increíblemente peligroso que resultaba ser uno de sus Portadores. Se había visto atrapada en su propio cuerpo, sin posibilidad de resistir ni de gritar, asistiendo como una mera espectadora mientras una voluntad increíblemente antigua y maléfica hacía lo que quería con ella y la usaba para sus nefastos fines. Y aquello la cambió. Supo que carecía de la fuerza, la sabiduría y la disciplina para hacer frente a aquel reto. A lo largo de su vida había dado la espalda a los conocimientos ancestrales que ahora podían salvarla y poner fin a la maldición del Amuleto. Era una hija de Enoch, y no podía seguir huyendo. Había llegado la hora de abrazar su legado.

Sincerándose completamente con sus compañeros por primera vez, les habló de las profecías de los Dra’gashi, de las revelaciones que el Maestro Rahab le hiciera en Nueva Alasia. Se acercaban tiempos oscuros a una escala global, y el mundo parecía abocado a desaparecer en la nada. Y según los nigromantes, todo empezaría allí, en las tierras de Alasia, con la llamada de un cuerno. Ahora Adà estaba convencida de que el Amuleto jugaba un papel importante en aquellas profecías. La búsqueda se encontraba al filo de la navaja. El Amuleto era más peligroso que nunca. Y las apuestas habían aumentado hasta lo indecible. Los Portadores eran lo único que se interponía en el camino del Amuleto, y sólo había una manera de seguir presentando batalla.

Grandes cambios les aguardaban en el horizonte.

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2 comentarios en “Crónicas de Alasia (XXXVI): La Victoria del Amuleto”

    1. Pues sí, si llega a poner el Amuleto otro gallo hubiera cantado. Fue del canto de un duro. El fallo fue de lo más inocente: hasta que no ocurrió todo, no se dieron cuenta que llevar el Amuleto de vuelta a la Posada no era la mejor idea del mundo. Así, de la forma más inesperada, estuvo a punto de acabar su historia.

      Claro, tenían que asegurarse que eso no se repitiera, como se verá más adelante.

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