Crónicas de Alasia (XXXV): Escaleras y Serpientes

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas

Halcón 13

Ajenos a lo ocurrido a los dos enanos a raíz de su anterior encuentro con los bandidos, los Exploradores habían regresado a Wilwood, decididos a hacer bueno el dicho sobre las terceras veces. El confín oriental del bosque presentaba un tipo de bosque bastante habitual, ni muy disperso ni extremadamente tupido. Se podía andar con relativa facilidad entre los árboles, rodeando las zonas donde el sotobosque era más tupido, y el camino seguía siendo visible y más o menos transitable. Se habían marcado el objetivo de seguirlo mientras pudieran, ya que mientras recorrieran sus vericuetos sería muy difícil que se perdieran.

Después de hacer noche en el bosque de manera mucho menos accidentada que en su anterior intento, el grupo avanzaba a buen ritmo. A cosa de media mañana, justo cuando estaban empezando a notar que el bosque poco a poco se iba haciendo más tupido, un recodo en el camino les reveló súbitamente una estructura creada por el hombre. Era una especie de atalaya o torre de vigilancia, que aparentemente se alzaba por encima de las copas de los árboles. Estaba construída en madera, y parecía vieja y desvencijada, podrida en partes y con claras señales de la acción devoradora de las termitas. Una escalera de mano en las mismas condiciones subía por la parte frontal, aunque lo alto de la atalaya se perdía de vista entre la frondosa canopia. Gaul comprobó tentativamente la escalera y los soportales de la estructura. No parecía muy seguro trepar por ella, pues la escalera no parecía poder soportar su peso, pero probablemente desde lo alto se podría tener una buena visión panorámica del terreno que les rodeaba. Todas las miradas se volvieron entonces a Dworkin el gnomo. Era con diferencia el más pequeño y ligero del grupo, y si alguno de ellos tenía posibilidades de poder subir a echar un vistazo, era él.

[La atalaya coincidía con bastante exactitud con la posición de una X misteriosa grabada en la Mesa del Mapa, así que al menos un grupo había recorrido la zona antes y regresado para marcar su posición. La oportunidad de examinar el terreno que les rodeaba era demasiado ventajosa como para dejarla pasar, e hicieron bien mandando al gnomo. Un explorador solitario siempre corre muchos más riesgos, pero yo había asignado un peso máximo que la estructura podía aguantar sin problema, y por cada libra de peso por encima de ese tope, las probabilidades de provocar que todo se viniera abajo aumentaban. El peso de Dworkin con todo su equipo estaba bastante por debajo de lo permitido.]

Así, el pequeño gnomo se encontró subiendo solo por la escalera, que no dejaba de crujir ominosamente a cada nuevo peldaño que pisaba. El gnomo no las tenía todas consigo, pero a la vez le impulsaba una curiosidad insaciable. La atalaya era más alta de lo que parecía desde abajo, y rápidamente perdió a sus compañeros de vista bajo las copas de los árboles. Mientras ascendía intentando no mirar mucho hacia abajo, estuvo pendiente de buscar alguna ardilla correteando por las ramas. Como todos los gnomos, Dworkin podía hablar con algunos animales, y sin duda podría obtener información charlando con alguno de los habitantes de las copas. Pero no vio ni rastro de ardillas ni pájaros en todo el trayecto.

Finalmente el ascenso culminó en una plataforma cuadrada de madera, delimitada por una pequeña barandilla que sin embargo superaba en altura al gnomo. Encaramándose para otear, vio que la atalaya sobresalía unos buenos cuatro o cinco metros por encima de los árboles más altos. Al norte de su posición, y extendiéndose de este a oeste, el bosque se parecía al que habían dejado atrás, muy poblado pero no especialmente denso. A unas siete u ocho millas de la atalaya en dirección noroeste, el gnomo llegó a atisbar lo que parecía una mancha gris entre los árboles. Si era visible desde aquella distancia, debía ser algo grande, algún tipo de formación rocosa o quizá una estructura de piedra. Hacia el oeste y el suroeste, la dirección que parecía llevar el camino, el bosque se espesaba y los árboles parecían crecer mucho más juntos y arracimados, lo que hacía imposible distinguir si el camino continuaba o no. Y el dosel verde se extendía en esa dirección hasta donde alcanzaba la vista. Hasta ese momento el gnomo no se había hecho una idea real de lo grande que era Wilwood… claramente no era un bosque que pudiera ser atravesado en un par de jornadas de marcha. En la dirección contraria, mirando a oriente, se podía ver la extensión verde de las Tierras Reclamadas, y si entrecerraba los ojos y hacía visera con la mano para protegerse del sol, casi podía distinguir en el brumoso horizonte las diminutas torres y murallas de Nueva Alasia.

Fue entonces cuando Dworkin vio algo extraño que le había pasado por alto. Era una especie de cinta ancha y translúcida, enganchada una de las esquinas de la barandilla. Intrigado, el gnomo se acercó y cogió la extraña tela, cuya longitud caía en su mayor parte por uno de los costados de la atalaya salvo el extremo que se había quedado enganchado. En cuanto vio lo que era, el corazón le dejó de latir. Se trataba de la piel mudada de una serpiente. Una serpiente que, a juzgar por la longitud y la anchura de la muda, era capaz de tragárselo entero. Lívido, se dio la vuelta al instante para marcharse como alma que lleva el diablo, y al volverse se encontró cara a cara con la dueña de aquella piel.

Un serpiente enorme, de cuerpo más grueso que los brazos de Gaul juntos, se había deslizado en completo silencio por la estructura, con la mitad de su larguísimo cuerpo aún enroscado a la escalera y la otra mitad erguida y cerrando el paso a su deliciosa presa. Había estado a punto para atacar por sorpresa cuando el gnomo se dio la vuelta. El hecho de encontrar la piel le había salvado la vida, pero ahora su rostro estaba a un palmo de las fauces abiertas de una serpiente gigantesca que se disponía a devorarle. La mente del gnomo empezó a funcionar a toda prisa durante el medio segundo que tuvo antes de que el ofidio lanzara la cabeza hacia delante con la velocidad de una flecha.

[La serpiente había conseguido acercarse con un sigilo absoluto, y si el jugador no llega a examinar la piel justo en ese momento, ese habría sido el fin de Dworkin, y el gnomo hubiera muerto sin siquiera saber qué le había atacado. Al contrario que sus compañeros de grupo, Dworkin era un personaje de nivel 1, y exceptuando un verdadero milagro, el primer ataque de la serpiente le mataría sin duda alguna. Al descubrir a la serpiente, el jugador supo que de la decisión que tomara y de la siguiente tirada de dados dependía la supervivencia de su personaje.]

El primer pensamiento que le pasó por la mente fue la comprensión de porqué no había encontrado pájaros ni ardillas al subir, seguido inmediatamente por el impulso de saltar al vacío y rezar para que la caída no le matara. Tenía más probabilidades de sobrevivir a eso que a ser constreñido y devorado por una serpiente que para un gnomo era de tamaño colosal. Pero era bastante improbable que llegara a la barandilla antes de que el ofidio le alcanzara. Finalmente, se lo jugó todo a una sola carta. Mientras la serpiente proyectaba su cabeza hacia él y empezaba a deslizar su cuerpo a su alrededor para enroscarse, Dworkin pronunció una sola palabra de poder extendiendo la palma de su mano hacia delante. El movimiento de la serpiente se detuvo al instante, su cuerpo se quedó laxo, y su cabeza cayó al suelo. A los pocos segundos, el peso de la parte de su cuerpo que colgaba por el frontal de la atalaya la arrastró, y la enorme criatura cayó al vacío con un crujido de hojas y ramas rotas. El gnomo soltó un gran suspiro de alivio, intentó controlar el temblor de las rodillas, se secó el sudor de la frente, del que hasta ese momento no había sido consciente, y bajó por la escalera de madera a tanta velocidad que se llenó las manos de astillas.

[Fueron dos tiradas cruciales las que le salvaron. La primera fue la tirada de Iniciativa, que permitió actuar al gnomo antes de ser atacado. La segunda fue la tirada de salvación de la serpiente, que como todas, hice en frente del jugador. La bicha falló por poco, y cayó presa del hechizo de dormir del gnomo. El jugador no sabía si la serpiente tenía o no suficientes dados de golpe como para ser inmune al hechizo de sueño, pero no tenía ninguna otra baza que jugar. Por fortuna la apuesta le salió bien, pero fue un verdadero roce con la muerte.]

Abajo, nadie se había enterado de nada de lo sucedido, así que cuando vieron llegar a Dworkin más pálido un cuenco de nata inmediatamente desenfundaron sus armas y prepararon sus conjuros. El gnomo les preguntó si habían visto caer a una serpiente enorme, cosa poco necesaria ya que era obvio que no había sido el caso. Si el gran ofidio había muerto a consecuencia de la caída, su cuerpo debía haber quedado colgado de las ramas y las copas. De lo contrario, el golpe habría despertado a Constrictora (nombre con el que el gnomo ya empezaba a referirse a la serpiente) y sin duda seguiría ahí arriba, en alguna parte, probablemente desconcertada y furiosa. Sin ganas de comprobarlo, se alejaron de la atalaya a toda prisa, mientras Dworkin les relataba todo lo que le había dado tiempo a ver desde arriba. La mención de la mancha gris entre los árboles les llamó la atención, pero finalmente decidieron que no se desviarían de su plan original, seguir el camino.

[Este fue uno de los momentos que todo máster de sandbox ha experimentado alguna vez, algo de lo que ya hablé en el ciclo sobre el tema: la necesidad de morderse la lengua e intentar ocultar las ganas de que se acerquen a ese lugar que claramente es un punto de interés. Pero en este modo de juego, lo que quiere el máster es lo de menos, la batuta la llevan los jugadores, y ellos deciden en qué dirección avanza su aventura. De lo contrario, si el máster toma medidas para encauzarles hacia donde él quiere que vayan o para que exploren lo que él quiere que exploren, la libertad de acción se queda en una farsa, una mera ilusión. Parte del trabajo es asumir que algunas partes de la campaña quedarán inexploradas.]

Dicho y hecho, los Exploradores siguieron avanzando por el camino, que aparentemente continuaba hacia el oeste, adentrándose cada vez más en Wilwood y metiéndose en zonas cada vez más frondosas hasta el punto de convertirse casi en un túnel verde. No hubieron andado mucho cuando el camino desapareció sin más, engullido por la maleza y el follaje. La hierba y las zarzas habían crecido en él hasta devorarlo, y los árboles le habían ganado terreno. No quedaba nada que seguir. Tras debatir un rato sobre el mejor curso de acción, decidieron que lo mejor sería intentar seguir avanzando en la misma dirección, explorando el terreno a conciencia para ver si en algún momento el camino reaparecía. Era posible que aquello fuera una interrupción puntual, y que más adelante hubiera tramos todavía al descubierto. Así lo hicieron, y comprobaron que el ritmo al que avanzaban disminuía drásticamente. Al no haber caminos, había que dar vueltas y rodeos constantes, abrirse paso entre zarzas a menudo a golpes de hacha y cuchillo, y el terreno era irregular, surcado de raíces, rocas y pliegues. Además no avanzaban en una relativa línea recta, sino que exploraban todos los ramales y direcciones posibles para que no se les pasara nada por alto. Incluso Dworkin tuvo que bajarse de Corrientucha y llevar a la mula de las riendas. A ese ritmo, y por lo que había visto el gnomo desde las alturas, cruzar Wilwood les llevaría una verdadera eternidad. La noche les recibió con un coro de aullidos de lobos en la distancia.

Halcón 14

Adentrarse de aquella manera en un bosque tan frondoso y saturado de maleza era aún más asfixiante que antes. En más de una ocasión, les había salido al paso o huyendo algún animal que había estado escondido literalmente a centímetros de ellos, y la presencia de la fauna y los insectos se hacía más notoria cuanto más se adentraban, a la vez que los vestigios de actividad humana se reducían. Tenían la impresión de haber entrado en un reino distinto, en el que eran intrusos y del que no conocían las normas y reglas por las que se regía. El que avanzaba con mayor soltura era Gaul, que ejercía de guía, y aún así marchaba con todos los sentidos puestos en no desviarse del rumbo marcado y de todo posible depredador oculto en la espesura. Tras unas horas de avance lento y farragoso, el semiorco dio el alto al grupo alzando un puño. Habían estado a punto de atravesar un entramado de finas pero sólidas redes atravesadas en su dirección. Gaul desenfundó la espada de Vonkar, aunque un arma tan larga no era muy práctica en un entorno tan enmarañado, e indicó a sus compañeros con un movimiento de ojos que siguieran con la mirada el entramado de redes en los que casi se enredan. Una zona especialmente tupida del bosque se había convertido claramente en un enorme nido de arañas, que la habían llenado de gruesas telarañas entretejidas hasta formar una especie de pequeña “cueva”, en cuyo interior colgaban varias carcasas de animales muertos de gran tamaño, envueltas en gruesas hebras.

[Esto no fue un encuentro pregenerado, sino un encuentro aleatorio que resultó en una guarida de arañas gigantes. Una vez generada, la guarida la dejé anotada en mi mapa del máster de Wilwood, y pasó a ser una localización más de la región.]

Apenas tuvieron tiempo de prepararse, cuando tres de los ocupantes del nido les saltaron encima descolgándose desde las alturas mediante hebras de telaraña. Las criaturas eran peligrosas especialmente por su veneno, pero el grupo consiguió acabar con ellas sin heridas de gravedad, y al abrir una carcasa especialmente grande y alargada descubrieron que se trataba del cuerpo reseco y desprovisto de fluidos de un ser humano, que aún llevaba encima varias cosas de valor, entre ellos una pócima de curación y un par de pergaminos mágicos. Sin duda había sido un aventurero, quizá perteneciente al grupo de Black Benn o quizá uno de los que habían marcado la atalaya en la Mesa del Mapa… aunque bien pensado, era posible que ambos grupos fueran el mismo.

Prosiguiendo su viaje, el bosque continuó durante gran parte del día igual de frondoso, pero al ponerse el sol entre las ramas y poder ver la dirección de sus rayos con una mayor claridad, Gaul se dio cuenta que no estaban en la posición que él había calculado. La espesura de Wilwood era tal que había llegado incluso a confundir las artes y conocimientos del semiorco, y no le quedó más remedio que admitir ante el resto del grupo que se habían perdido. Gaul consideraba que estaban más al sur de lo que él había pretendido, y con ello se dio una pequeña discusión en la que cada miembro del grupo daba su propia opinión de la dirección que debían empezar a seguir para recuperar el rumbo, opiniones discordantes en su mayoría. Finalmente, decidieron que lo más sensato era intentar rastrear sus propias huellas hacia atrás, y desandar lo andado para intentar localizar el punto en el que habían empezado a desviarse. Así lo hicieron, y la cosa pareció funcionar, pero al avanzar aquella vez atento a los rastros y huellas en su camino, Gaul vio algo que le había pasado por alto en el viaje de ida. En aquella zona a la que habían llegado por accidente, había otras huellas además de las suyas. Eran las huellas de dos criaturas. Unas tenían forma de pie humano, calzado con botas. La única diferencia era el tamaño. La huella debía medir el triple que el pie de Gaul. Al lado de las huellas gigantescas, avanzaban en paralelo las huellas de un canino, un perro o un lobo, igualmente enorme. Una de las dos criaturas estaba herida, pues había dejado un rastro de sangre, y por la distancia y la separación de las huellas, era el gigante bípedo.

La alarma en el grupo fue generalizada. Había gigantes en Wilwood, algo de lo que nadie había oído hablar jamás. Por un momento Dworkin, siempre curioso, propuso seguir esas huellas que jamás habrían encontrado de haber seguido su rumbo inicial, pero Gaul no quiso ni oír hablar del tema, y Shelain le dio la razón. Anotando la posición de aquel rastro en el mapa que iba dibujando Elian, siguieron retrocediendo hasta que Gaul indicó que sabía donde se encontraban y que podía encontrar la manera de avanzar de nuevo hacia el oeste. El involuntario desvío les había hecho perder la mayor parte de la jornada, sin embargo, y la noche les volvió a caer encima antes de lo esperado, con una luna grande y blanquísima acercándose inexorable a su plenitud y los aullidos de los lobos resonando por todos los confines del bosque, como en respuesta a su plateada luz.

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2 comentarios en “Crónicas de Alasia (XXXV): Escaleras y Serpientes”

  1. ¿Pero cómo…¿ ¿Se desvían del camino sin ningún problema y luego no se atreven a seguir las huella del gigante…? Bueno, por lo menos han aguantado un día dentro del bosque, estoy expectante por ver qué les deparará Wilwood en el futuro cercano…

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    1. Lo de apartarse del camino no fue exactamente por propia voluntad, pero sí, por lo demás estaban empezando a tenerle un gran respeto a Wilwood. No investigan un avistamiento curioso, no siguen unas huellas intrigantes… Iban a piñón fijo a por el objetivo que ellos mismos se habían marcado. Es como si intentaran evitar a toda costa que el bosque frustrara sus planes. Por probar… 🙂

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