Crónicas de Alasia (XXXIV): Los Escudos de Piedra

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Halcón 13

En el Salón del Hacha y el Suspiro, Gorstan frotaba con fuerza la barra para quitar un manchurrón de grasa de venado y cerveza que no se iba ni por Valkar. Mientras se afanaba, los ojos del robusto posadero no se apartaban de sus dos huéspedes más recientes, los últimos en acudir a la proclama del Barón Stephan. Eran enanos, los dos, y habían llegado a la ciudad hacía un par de días provenientes del norte, de las Montañas del Trueno. Bebían sus cervezas en una mesa apartada y parecían hacer planes en su áspera lengua. Cada día eran menos los enanos que se veían por los reinos de los hombres, y Gorstan no había esperado volver a ver a ninguno tras dejar atrás sus días de aventuras. No por primera vez, el antiguo guerrero deseó que alguno de sus viejos compañeros de andanzas le hubiera enseñado su idioma, pero bueno, tenía más trabajo que hacer y la conversación tampoco era cosa suya.

El primero de los enanos, de rubia barba y ojos azules, se llamaba Tobruk, y aunque era difícil distinguirlo entre los de su pueblo, era bastante joven. Al cumplir la mayoría de edad, las responsabilidades hacia su clan le habían obligado a salir de las montañas como parte de la escolta de una caravana hacia el sur, y aquel viaje le cambió la vida para siempre. Al cruzar las llanuras de Kanth, la caravana fue acosada y hostigada incesantemente por unos traicioneros jinetes que atacaban con arcos y flechas desde sus monturas, empleando tácticas de golpear y huir para debilitar las defensas de la caravana antes de pasar al asalto final. Cuando cayeron sobre ellos de una vez, la mayoría de enanos murieron y la exquisita artesanía de las montañas que llevaban como mercancía fue robada. Tobruk, aunque herido, sobrevivió, y fue capturado. Los incursores creyeron que un enano joven y resistente valdría un buen precio en las ferias de esclavos de la perversa Tiphris, el corazón podrido de Kanth. Presa de una rabia que nunca antes había conocido, Tobruk logró finalmente escapar, y pasó dos años malviviendo escondido en las calles de la gran urbe antes de reunir lo suficiente como para pagar un pasaje con garantías hasta la frontera. Al regresar a su hogar, descubrió que ya no encajaba allí, y que le costaba adaptarse a la estricta y regimentada vida del clan. Oyendo historias de una tierra lejana en la que enanos como él podían forjarse su propio destino, partió de nuevo de las montañas sin volver la vista atrás.

El segundo enano, Lomborth, no se parecía en nada al primero. Era más mayor, más bajo y más achaparrado, y enormemente ancho de hombros, de tal manera que recordaba a un sólido bloque de piedra. De cabello y barba cobrizos y profundos ojos de un color marrón tierra, vestía gruesas pieles y tenía a su lado, apoyados en la pared, un escudo redondo de madera de roble y un gran pico. Como muchos enanos, había pasado parte de su juventud como Guardián de la Grieta, custodiando junto a sus aliados humanos la insondable sima conocida como la Grieta del Trueno. Cuando regresó a su sociedad, después de varias incursiones a las profundidades, sintió la llamada de Dumathoin, el dios enano de las cavidades subterráneas, la roca sin tallar y los secretos bajo las raíces de las montañas. Igual que las viejas religiones humanas tenían a sus druidas, entre los enanos había unos pocos que desoían a los dioses ancestrales y pasaban a venerar la misma roca de las montañas a través de Dumathoin. Lomborth era uno de esos Discípulos, y se había encaminado a Alasia por motivos que no había revelado.

[En términos de juego, Tobruk era un bárbaro de nivel 1, de alineamiento Neutral Bueno, y Lomborth era un druida de nivel 1, de alineamiento Legal Neutral. También, para que os hagáis una idea de cómo es la logística de esta campaña, comentaros que esta sesión en tiempo de juego ocurrió el día después de la entrada anterior, pero en el mundo real la jugamos en julio del 2010… ¡cuatro años antes! Como diría el buen doctor, wibbly-wobbly timey-wimey stuff…]

Ahora ambos enanos se encontraban en aquella ciudad extraña y fronteriza, y habían decidido convertirse en socios para labrarse un destino entre humanos. En la posada habían oído hablar de otro enano, Caellum, pero al parecer se había marchado recientemente de aventuras, así que allí se encontraban Lomborth y Tobruk, decidiendo por donde empezar. Habían pasado el día buscando patrones, leyendo los anuncios de empleo y escuchando rumores de todo tipo. Varios de los más pintorescos giraban alrededor del Bosque de Wilwood. Hacía unos días un grupo había vuelto de allí, decían, y uno de ellos había perdido la cordura allí dentro. Otros rumores hablaban de extraños árboles que se movían y odiaban a los intrusos, de peligrosos bandidos, de un ermitaño loco, y de unas colinas doradas que se extendían más allá de sus confines. Con más valor que sentido común, los dos enanos decidieron que esa sería la dirección que tomarían sus pasos.

[Sólo eran dos, de nivel 1, y querían meterse de lleno en una zona de peligrosa reputación… no sé si estaréis pensando que además de enanos eran un poco suicidas, pero os puedo asegurar que yo sí lo hice.]

Así pues, ni cortos ni perezosos, abandonaron el Hacha y el Suspiro y se pusieron en dirección a la Puerta del Oeste, atravesando el abarrotado mercado desplegado en las calles. Poco antes de dejar la ciudad, Lomborth sintió que alguien le ponía la mano el hombro. Al darse la vuelta, se encontró con lo que parecía ser un mendigo: un humano sucio, vestido en ropajes deshilachados de un color indeterminado, cuyo cabello y barba grises estaban increíblemente enmarañados y llenos de pequeñas hojas, ramitas y polvo.

Con sus ojos clavados en los del enano, el hombre dijo:

Hay algo oscuro en el corazón de Wilwood.

Aturdido, Lomborth se volvió para avisar a Tobruk, que ajeno a la conversación seguía andando, y cuando se dio la vuelta de nuevo, su interlocutor había desaparecido sin dejar rastro. Aquel extraño encuentro no hizo mella en ellos, sin embargo. Eran enanos, y las rarezas de aquella gente extraña que vivía bajo el cielo nunca dejaban de sorprenderles. Con la determinación propia de su pueblo, los dos compañeros dejaron atrás la ciudad y empezaron a recorrer el camino hacia el bosque.

Poco después de rebasar la encrucijada de Lindar, el camino les reservaba una sorpresa a los dos enanos. En medio del camino había un árbol caído, y al momento, Lomborth anunció que la zona que lo rodeaba presentaba claros signos de que allí se había producido un combate no mucho tiempo atrás. El discípulo de Dumathoin demostró entonces ser un rastreador magnífico, quizá por su extraña comunión con la tierra y la piedra. Lomborth empezó a examinar los rastros, intentando obtener toda la información que fuera posible acerca de lo sucedido. El rastro debía tener un par de días de antigüedad a lo sumo, dijo. [Fueron cuatro, en realidad.] Varias huellas bajaban de los desniveles al lado del camino, mientras que todavía se podían ver gotas de sangre manchando algunas rocas y arbustos, y por la zona encontraron flechas extraviadas o con la punta rota. Todo apuntaba a que alguien había sido atacado en el camino, probablemente por bandidos.

[Y era verdad, como podéis leer aquí.]

El linde de Wilwood no quedaba demasiado lejos, pero no les daría tiempo a llegar antes de anochecer. Intrigados, los dos enanos decidieron intentar seguir el rastro del grupo atacante. Si eran bandidos, harían un favor a estas tierras encontrando su escondrijo o cobrando recompensa por sus cabezas. Y si no lo eran, de todas maneras quizá averiguaran qué diablos había ocurrido allí. Los indicios revelaba que el grupo había estado formado por cinco miembros, y uno de ellos había llegado al combate ya herido. El rastro conducía hasta el otro lado de la colina que flanqueaba el camino, a través de la ladera arbolada. Pero en una zona boscosa detrás de la colina, Lomborth dio el alto de nuevo. Mientras Tobruk vigilaba con su hacha de guerra en mano, el discípulo cogió un puñado de tierra y la olió. Las pisadas en el barro no dejaban duda alguna: antes de aquel punto, el grupo había tenido ocho miembros. Aquí había sido también donde uno de los miembros había sido herido, ya que más allá las gotas de sangre seca desaparecían. Peinando la zona, no tardaron en encontrar tres cadáveres, dos humanos y un orco, escondidos bajo unos tupidos arbustos. Habían muerto a flechazos, lo que era evidente pues los astiles de las saetas que les habían matado seguían sobresaliendo de sus cuerpos, todas con un llamativo penacho verde.

Aquello era cada vez más extraño. Un grupo de ocho posibles bandidos había sido atacado en aquel punto alejado de todo camino por un enemigo misterioso que había matado a tres de ellos y herido a un cuarto. No se habían matado entre ellos, pues las flechas asesinas eran muy distintas a las que habían visto en el camino. Arrancando una, Tobruk dijo que parecía una flecha de Lindar. Había estado en las armerías de Nueva Alasia, y había oído que los lindareños eran los mejores fabricantes de arcos y flechas de la región, y había visto alguna muestra de ellas. Aunque ninguna había tenido un penacho verde como aquel, la factura era inconfundible. El rubio guerrero, cada vez más intrigado, propuso a Lomborth que intentara encontrar el rastro del misterioso atacante o atacantes. Aquello no resulto fácil para el discípulo de Dumathoin. Sin embargo empezó a peinar la zona en un patrón espiral, abriéndose cada vez más para que ningún centímetro del terreno se le escapara. Un rastreador menos hábil no habría tenido nada que hacer, pero las pesquisas de Lomborth no tardaron en dar fruto. Efectivamente, se trataba de un solo atacante. Al parecer se había ido por el mismo sitio por el que había venido. Su rumbo en las últimas decenas de metros corría en paralelo al de los bandidos, lo que claramente indicaba que les había estado acechando hasta encontrar un buen lugar donde atacar. ¿Quién estaba lo bastante loco para atacar a ocho enemigos estando solo? Sin embargo, Lomborth no tardó en descubrir que fuera quien fuera, no parecía haber salido indemne. El rastro que se alejaba de nuevo mostraba un paso irregular y una mayor profundidad en las huellas del pie derecho, lo que indicaba que había sido herido, y probablemente había cesado su ataque a consecuencia de ello.

Ahora se les presentaba un dilema. O seguían a los bandidos para intentar ver de donde venían, o seguían el rastro del arquero solitario para averiguar quien era y qué había sido de él. A pesar de que intentar cobrar una recompensa por hallar el escondrijo de unos proscritos era tentador, ambos pensaron que alguien que se enfrentaba a bandidos quizá fuera un agente de la ley o en todo caso un bienhechor, y que si seguía con vida quizá necesitara ayuda, así que se dispusieron a seguir su rastro mientras fuera posible.

El rastro conducía al noroeste. Mientras seguían bajo las ramas de los árboles, su camino se cruzó con el de un oso pardo, que nada más verles se puso a dos patas y empezó a gruñir amenazadoramente. Tobruk aprestó su hacha, sabiendo que si no retrocedían el oso cargaría en cualquier momento, pero Lomborth dio un paso hacia delante con una mano extendida, mirando al oso a los ojos y asumiendo una postura no agresiva. Iba susurrando en la lengua de los enanos algo casi inaudible, pero muy repetitivo y de un tono casi hipnótico, sin dejar de acercarse muy muy despacio al animal. Para la enorme sorpresa de Tobruk, el oso se dejó caer sobre las cuatro patas, permitió que Lomborth le pusiera la mano sobre el hocico, y después de dio la vuelta para marcharse entre los árboles bamboleándose tranquilamente.

Vaya, con los animales de la superficie también funciona -dijo Lomborth, sonriendo jovial a su compañero como si no hubiera estado a punto de morir a zarpazos-.

Después de rodear por completo la colina arbolada, el rastro salía a campo abierto, cruzando una zona de suaves lomas y ondulaciones verdes, salpicadas de pequeñas arboledas distantes y líneas de matorrales. Las huellas, una vez al descubierto, avanzaban en línea recta y más deprisa, como intentando permanecer a la vista el menor tiempo posible, y si no variaban de dirección más adelante, se dirigían directas hacia Wilwood, a un punto bastantes millas al norte del camino. Los últimos rayos de sol empezaron a asomar anaranjados desde detrás de las ondulaciones del terreno mientras los dos enanos se afanaban por seguir el rastro, y uno de esos rayos de repente se reflejó en algo metálico en lo alto de una loma. Tobruk hizo visera con la mano para protegerse los ojos del moribundo sol, y vio que a ese primer reflejo se unía otro, y luego otro más, hasta que la cima de la suave loma pareció coronada de destellos metálicos que provenían de armaduras y de las puntas de un bosque de lanzas alzadas.

Los jinetes también les habían visto, pues de repente se echaron al galope pendiente abajo con el fragor de un trueno. Los dos enanos sabían que nunca llegarían de vuelta al bosque antes de que les alcanzaran, así que se quedaron estóicamente quietos, esperando, con las armas en la mano y los pies firmemente plantados en el suelo. Tobruk había tenido malas experiencias con jinetes humanos, y sabía que aquello significaba problemas. En unos minutos, un grupo formado por una veintena de jinetes les hubo alcanzado y rodeado, apuntándoles con las lanzas. Iban vestidos con capas toscas de lana y armaduras de escamas bruñidas, y llevaban la cabeza cubierta con cascos cónicos rematados en largos penachos parecidos a colas de caballo. Su líder se quitó el casco, revelando una melena del color de la ceniza enmarcando un rostro curtido y de piel tan bronceada que parecía rojiza.

¿Qué os trae a estas tierras, hijos de la roca? -preguntó, con el marcado acento de quién no está acostumbrado a hablar en Común-. No demoréis la respuesta, o las lanzas de los Sarathan os devolverán a la tierra de la que habéis salido. ¿Qué hacéis aquí?

La boca de Tobruk dibujo una tensa sonrisa, pero sus ojos no lo hicieron cuando respondió:

Estamos cazando. Cazando cerdos.

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6 comentarios en “Crónicas de Alasia (XXXIV): Los Escudos de Piedra”

    1. Pues se han llegado a formar siete grupos distintos, aunque no todos a la vez. Tres de ellos han sido de largo recorrido: los Portadores, los Exploradores y los Escudos de Piedra. El resto han sido asociaciones de corta duración, y sus miembros han acabado dispersándose o uniéndose a otros grupos, o se han formado muy adelante en el calendario con lo que todavía no han tenido tiempo de tener ese recorrido.

      Y sí, los Escudos se van a meter en un berenjenal interesante y muy épico… y ya se sabe qué pasa con los enanos, y si no que se lo pregunten a un tal Bilbo. 🙂

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    1. Pues sí, efectivamente. Una cosa con la que disfruto mucho y que he hecho tanto en mi mundo de Valorea como en la campaña de Alasia es incluir referencias y homenajes más o menos velados, rollo huevo de pascua, a muchos de mis referentes dentro de lo fantástico, cosas de las que guardo muy buen recuerdo y que forman parte de mi bagaje “friki”.

      Algunos jugadores se han montado una especie de concurso a ver quien pilla más referencias, y algunas han cazado. De hecho, en estas crónicas aparece más de uno de esos “huevos de pascua”. Eso si, en todo este tiempo eres el primero que me ha preguntado por la Grieta.

      La Grieta del Trueno de mi mundo no es el setting en sí, conceptualmente no tiene nada que ver de hecho, pero ya que se situaba en las Montañas del Trueno, le puse ese nombre como homenaje.

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    1. Aleatorio. En Alasia uso tablas anidadas. Uno de los resultados de la tabla principal te redirige a alguna tabla secundaria, en este caso la de Viajeros. En las Tierras Reclamadas, eso incluye la posibilidad de toparse con un grupo de fieros jinetes Sarathan, como les ocurrió a este par.

      Por lo general, procuro evitar poner cosas transitorias como encuentros prefijados en el mapa. Es decir, grupos en movimiento, fenómenos pasajeros, etc. Creo que es mejor reflejar eso mediante encuentros aleatorios.

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