Crónicas de Alasia (XXXIII): Regreso al Portal

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar

Halcón 11

Adà había estado extrañamente silenciosa durante los dos días que duró el trayecto de regreso hasta el Portal de los Lamentos. Los Portadores del Amuleto se hallaban de nuevo ante la oquedad entre las columnas, dispuestos a entrar una vez más en aquel lugar que se había cobrado a tantos de los suyos. La hechicera se había guardado para sí las ominosas revelaciones de los maestros Dra’gashi, pero le pesaban como una losa. Sentía que el Amuleto podía estar conectado de alguna manera con aquellas profecías, y aquello hacía que temiera aún más al oscuro objeto.

Assata también miraba el oscuro portal con aprensión: era la primera ruina que exploraba en su vida. Por fortuna, su fiel amigo y compañero nunca andaba lejos. La joven kushita se concentró profundamente, intentando contactar con la mente de su eidolon, separada de la suya por vastos abismos astrales. Cuando por fin sintió su presencia, empezó a tirar de ella, arrastrándola lentamente al plano material. En la frente de la muchacha empezó a brillar con una luz purpúrea una intrincada runa, que se hacía más visible a medida que a su lado se iba manifestando un cuerpo, casi invisible al principio pero que cobraba solidez y volumen a gran velocidad. Cuando Assata abrió los ojos, Shakar ya estaba a su lado. Su cuerpo era parecido al de una gran pantera negra, pero su cabeza, de la mandíbula inferior hacia arriba, era esquelética. Una runa idéntica a la de Assata brillaba también en su frente, y pulsaba al mismo ritmo. La pantera extraplanar lanzó un rugido, satisfecha de encontrarse de nuevo en el mundo físico junto a su amiga mortal. Aunque de aspecto animal, Shakar era en realidad un Agathion, un tipo de espíritu celestial animalesco de pura bondad pero muy agresivo en la lucha contra el mal. Shakar sentía una gran curiosidad por el mundo de los mortales, y le gustaba pasar en él tanto tiempo como fuera posible para descubrir todo lo que tenía que ofrecer, algo que podía hacer gracias a su vínculo con Assata.

Juntos se adentraron de nuevo en el lugar. Habían decidido descender de nuevo a las cuevas por la escalera secreta, pero aquella vez se asegurarían de mantenerse lejos de la zona controlada por Draeglor, el campeón tumulario que les puso en jaque en su anterior incursión. En la intersección iluminada desde arriba y repleta de guano, por tanto, torcieron hacia el oeste, avanzando precavidamente para averiguar qué se hallaba en esa sección de las cuevas. El estrecho pasaje se abría a una caverna mucho más amplia, con pasadizos que se abrían en varias direcciones distintas. El extremo suroeste terminaba aparentemente en una cornisa que conducía a la oscuridad. Un poco más al norte había un recoveco en el que se abría otro túnel que no vieron hasta que se hubieron acercado bastante. Al otro lado, en el extremo oriental de la gran cueva, un pasadizo más se adentraba en la roca, justo al norte de una gran zona donde el suelo parecía haberse desmoronado y hundido. Al asomarse al borde vieron que no era demasiado profundo, y en ese momento algunas de las piedras y rocas sueltas del fondo se desplazaron como si algo las hubiera movido desde debajo. Unos segundos después una criatura surgió del pozo, arrastrándose entre los escombros. Era un gran monstruo  más grande que un caballo y parecido a un insecto, que correteaba sobre seis piernas quitinosas y de cuyas mandíbulas chasqueantes como pinzas goteaba un ponzoñoso ícor verdoso. Trepando rápidamente se abalanzó sobre ellos, mordiendo a Shahin antes de que pudiera conjurar un escudo protector. El líquido quemaba como el ácido en la herida, y el magus intentó apartarse de la criatura mientras Sir Alister y Encinal corrían al combate. Shakar rodeó a la cosa, saltándole encima desde detrás. Viéndose rodeada, la cosa abrió las fauces y soltó un chorro de ese ácido líquido verde, rociando a Encinal y a Sir Alister, y justo después Adà la aturdió con un conjuro. Entre todos pusieron fin a la bestia, a la que Shahin reconoció como un ankheg. Lo más interesante de aquello fue que, a su paso entre los escombros al fondo de la depresión, la criatura había revelado un túnel descendente que había estado cubierto, lo bastante grande para que incluso Sir Alister pudiera recorrerlo con solo agacharse un poco.

Assata decidió enviar a Shakar a explorar el túnel; su cuerpo felino era sigiloso como el animal al que se parecía, y su capacidad para ver en la oscuridad absoluta le ayudaría a pasar más inadvertido. Mientras no se alejara demasiado, ella podía sentir lo que el eidolon sentía, y si se concentraba podía compartir sus sentidos. El ser extraplanar desapareció por la abertura, y al cabo de unos pocos minutos Assata sintió un aguijonazo de dolor a través del vínculo.  Proyectó su vista a través de la de Shakar, y a través de sus ojos vio que el túnel se abría a cavernas amplias y explorables, por las que una multitud de pequeños seres voladores se abalanzaban sobre Shakar: estirges, con sus largas probóscides por delante y que, aferrándose a su cuerpo como garrapatas, bebían ávidamente su sangre a un ritmo alarmante. Con un pensamiento, rompió el vínculo que mantenía a Shakar en el mundo material, haciendo que se desmaterializara y regresara a su plano de origen. Unos segundos más y el cuerpo físico de la pantera hubiera muerto, y aunque su espíritu era eterno, su envoltorio mortal no se curaba de forma natural como la de los nativos al plano material. Necesitaría magia para devolver la salud a su compañero, magia curativa a la que no tenían acceso sin un clérigo o paladín en el grupo. La joven no se quedaba indefensa sin Shakar; podía utilizar el mismo tipo de magia para seguir invocando criaturas, pero estas serían inferiores y menos poderosas que la pantera, y sólo podía mantenerlas en el mundo físico durante un breve período de tiempo.

Visto aquello, todos decidieron por unanimidad que bajar por allí solo lo harían como ultimísimo recurso. Decidieron explorar el resto de túneles de la caverna, y descubrieron varios puntos muertos, pequeñas cavernas llenas de musgo y setas y un montón de pequeños agujeros que, como pronto averiguaron, daban paso a un entramado de galerías por las que se movían terribles ratas grandes como perros.  Si querían seguir explorando aquella sección, solo les quedaba una vía: descender por la cornisa al suroeste de la cueva. Atando cuerdas y dejándolas colgadas por si era necesaria una retirada expeditiva, bajaron a un subnivel que se encontraba varios metros por debajo. Aunque la galería natural que les esperaba continuaba recta hacia el sur, un ramal se abría inmediatamente hacia el oeste, y decidieron investigar aquel túnel lateral antes de seguir avanzando. Aquello les condujo a una pequeña gruta excavada por el hombre en la que descansaban cuatro ataúdes de madera bastante podridos. En cuanto entraron, las tapas crujieron y se abrieron, liberando a sus ocupantes, cuatro esqueletos armados con cimitarras y unos extraños medallones colgando del cuello. Rápidamente los Portadores procedieron a intentar acabar con ellos, algo que estaban logrando sin demasiado esfuerzo cuando algo apareció y cambió las tornas. Del interior de una de las paredes de piedra, una silueta incorpórea y oscura como la noche apareció a espaldas de Encinal. El ser, una especie de sombra animada, hundió una de sus manos en el cuerpo del semielfo, que empezó a sentirse débil como un niño a pesar de su gran fuerza física. La sombra la tomó con Encinal. Usando su incorporeidad para atravesar suelo y paredes a conveniencia, y las armas de Encinal y Sir Alister no parecían afectarla en lo más mínimo. El semielfo sacó del zurrón su última adquisición, una varita de curación adquirida en Nueva Alasia con parte del botín acumulado, y la usó para defenderse de la entidad con la energía positiva que desprendía. Aún así. la malévola criatura drenó gran parte de las fuerzas del norteño antes de ser destruída definitivamente en un tenso combate. La ausencia de la protección de los dioses estaba empezando a hacerse palpable, y los compañeros sintieron por vez primera la diferencia que habían supuesto los rezos y exorcismos de Arn y la fortaleza y la capacidad de presentir el mal de Norben.

[Encinal estuvo a punto de convertirse en la tercera baja del grupo en ese combate. Las sombras drenan la característica de Fuerza, y si ésta llega a 0, el personaje muere y en cuestión de asaltos se convierte en una nueva sombra bajo el control de la primera. El bardo se quedó a un pelo de sucumbir. Por fortuna no fue así, pero aquello acabó de cimentar el rechazo del personaje a aquel lugar maldito.]

Con el semielfo debilitado y el eidolon casi desangrado, los Portadores deciden que ha llegado el momento de intentar descansar y recuperar sus fuerzas, pues Encinal se encontraba al borde del desfallecimiento. Se atrincheran en la cámara mortuoria de los ataúdes, utilizando estos a modo de improvisada barricada en la entrada, y proceden a intentar pasar la noche en aquel lugar maldito.

Halcón 12

Sin embargo, las propias cavernas parecían decididas a impedírselo, como un perro rascándose unas pulgas molestas o las defensas de un organismo combatiendo un resfriado. Al poco rato, una súbita ventolera irrumpió a lo largo de los túneles, procedente de las grietas y sumideros que daban al exterior, amenazando con extinguir toda llama abierta y alborotando a las criaturas que moraban en el lugar.  Primero una pequeña bandada de estirges, y luego un enorme enjambre de murciélagos carnívoros, descendieron sobre los aventureros, que prenden fuego a las barricadas que les protegían para intentar ahuyentar a las criaturas. Los Portadores, viendo que había sido un error intentar descansar allí, deciden que deben retirarse de la zona, y usando a las criaturas conjuradas por Assata como señuelo, consiguen trepar el risco hasta la parte superior de las cavernas y se encierran en la caverna de entrada, protegida por una pesada puerta de bronce. El acoso no termina ahí, sin embargo, pues no mucho tiempo después otra sombra hace su entrada a través de la puerta, y los Portadores se ven obligados a retroceder escaleras arriba. Saliendo a la luz del sol después de una noche auténticamente infernal, los compañeros se retiran en dirección a Welkyn. Encinal y Shakar necesitan ayuda urgente, y no les queda más remedio que regresar a la ciudad. La exploración del Portal de los Lamentos se estaba convirtiendo, muy en contra de su voluntad, en una serie de razzias en las que exploraban una pequeña sección nueva antes de verse obligados a abandonar el lugar.

Aquella noche, mientras descansaban junto al fuego de un campamento improvisado en medio del campo, algo perturbó el sueño de Sir Alister, y el enorme caballero se despertó intranquilo. Lo que vio al abrir los ojos le llenó de un desasosiego aún mayor. Shahin, a quien le tocaba el turno de guardia, no estaba vigilando. Sostenía el Amuleto de Kishad frente a sí, cogido por la cadena, y lo miraba fijamente, como trabado en una colosal lucha de voluntades. El resplandor cálido y anaranjado del fuego se reflejaba en el metal negro como destellos blancos y fríos. Súbitamente el sûlita sacudió la cabeza y soltó el Amuleto como si de una serpiente venenosa se tratara. Lo envolvió rápidamente en los paños y lo volvió a meter en su petate, con la frente sudorosa y una expresión de alivio en los ojos. Sir Alister se dio media vuelta e intentó infructuosamente volver a dormir, mientras se preguntaba qué habría hecho si aquella lucha de voluntades hubiera acabado de manera distinta.

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2 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XXXIII): Regreso al Portal”

  1. Este grupo me empieza a recordar a mis tiempos de Rolemaster, cuando entramos incontables veces en la cripta que había bajo la mansión donde vivíamos, solo para volver a salir siempre al poco rato, inevitablemente escaldados por los bichos que había allí dentro.

    ¿A la cuarta fue la vencida?

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    1. Sí, la verdad es que iban con la intención de que aquella fuera una expedición larga de la que ya salieran con la Gema en las manos, pero la cosa se les puso cuesta arriba. No tiene reputación de mazmorra chunga por nada, eso está claro. El lugar que eligieron para intentar descansar tampoco era el mejor del mundo, todo hay que decirlo.

      Sólo puedo decir que sí, hubo un cuarto intento, y que… bueno, tampoco vamos a anticipar acontecimientos, ¿no?

      Le gusta a 2 personas

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