Crónicas de Alasia (XXXII): Cosas Extrañas en los Lindes del Bosque

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón
  • Dworkin, excéntrico hechicero gnomo de raíces silvanas

Halcón 10

Con los bandidos entregados y la recompensa sonando en sus bolsas, los Exploradores de Wilwood no tardaron en ponerse en marcha de nuevo, esperando que aquella vez nada les impidiera llegar hasta los lindes del gran bosque y adentrarse en su espesura. En tiempos, Wilwood había sido mucho más pequeño y menos salvaje, el territorio de caza favorito de Ottger Cathalien y los Nueve Barones de la Fama. Había dejado de ser una reserva mucho tiempo atrás, y era imposible saber qué se ocultaba en su interior. Con eso bien presente, el grupo partió de nuevo, y aquella vez alcanzaron su objetivo sin incidentes.

[En ningún momento se plantearon intentar seguir el rastro de los bandidos que les habían emboscado en su primer viaje para intentar descubrir su escondrijo, ni nada parecido. Tenían un objetivo marcado, y no se distrajeron del mismo. Eso tendría repercusiones más adelante… aunque no para los Exploradores.]

Uno a uno se adentraron en la floresta, cambiando la luz del sol por los umbríos vericuetos teñidos de verde bajo las ramas de los viejos árboles. Gaul marchaba delante, sirviendo de guía a su manera hosca y áspera. La inexperiencia del resto en un terreno como aquel parecía irritarle. A la menor ocasión recogía las bayas que encontraba en su camino, para bendecirlas con una oración druídica y que les sirvieran de sustento. Detrás suyo marchaban Elian, apoyándose en su bastón de mago y con la Espada del León al cinto, y Dworkin, que montaba alegremente en Corrientucha para seguir el paso de sus compañeros. La marcha la cerraba Shelain, y no únicamente por cubrir las espaldas a sus amigos. A la guerrera elfa le molestaba estar cerca de Gaul, ya que éste portaba la espada de Vonkar, forjada en hierro frío, y aquello le producía malestar y sudores fríos. No todos los elfos sufrían esa aversión, pero la Casa Liadiir se contaba entre los escasos Altos Elfos que aún quedaban en Valorea, y aquel tosco metal no besado por el fuego era anatema para ellos.

De esta manera se adentraron en Wilwood, y para todos, fue como cruzar una frontera invisible, como si hubieran dejado atrás la seguridad y las certezas del mundo civilizado y racional y se hubieran metido de lleno en el país de la aventura y el mito. Tras unos pocos pasos, el exterior había desaparecido de su vista, e incluso los sonidos del campo abierto dieron paso al silencio del bosque, roto esporádicamente por el canto de las aves o el correteo de animales entre la maleza. De cuando en cuando el golpeteo de un pájaro carpintero se escuchaba a lo lejos, o una rama se agitaba con el salto de una ardilla, y poco a poco se dieron cuenta que el bosque no era silencioso en absoluto, y todos sus sonidos y la luz turbia daban una atmósfera extraña al lugar. Durante la primera milla o así, el bosque era bastante disperso, aunque la densidad de las copas era suficiente como para que el cielo solo fuera visible a retazos. Los árboles no estaban demasiado apiñados, y aunque el sotobosque era abundante, hubieran incluso podido ir montados a caballo de haberlos tenido. Sin embargo, poco a poco el bosque se fue cerrando más y más, y pronto los compañeros se vieron obligados a empezar a dar rodeos para evitar zonas cubiertas de zarzas, maleza densa o grupos de árboles arracimados que se retorcían intentando evitarse. La sensación persistente de que allí cualquier cosa podía salir de repente de detrás de un arbusto y plantarse a menos de un metro de uno empezó a hacer que cualquier sonido o movimiento extraño fuera causa de alerta. Gaul, con su acritud habitual, les dijo que ni siquiera se encontraban aún en un bosque espeso de verdad, pero incluso él avanzaba más despacio de lo normal y con toda precaución.

[El grupo avanzaba con movimiento cauteloso, para tener menos posibilidades de encuentros o al menos poder detectarlos y evitarlos con más facilidad. Entre el terreno y su movimiento precavido, avanzaban bastante despacio, pero al no tener problemas de raciones gracias a las bayas buenas, decidieron que seguirían avanzando de aquella manera.]

Habían entrado en el bosque con la tarde ya muy avanzada. El crepúsculo casi pasó inadvertido bajo las copas de los árboles, y la noche sucedió al día de manera abrupta. Los compañeros buscaron un pequeño claro donde acampar, y eligieron una pequeña hondonada protegida por un lado por un grueso tronco caído y con un arroyuelo cercano en el que rellenar los odres. Al poco rato, se encontraban sentados alrededor de una crepitante hoguera cercada por un círculo de piedras. Aunque no necesitaban cocinar, el fuego les mantendría calientes durante la noche y ahuyentaría a las bestias. Habían ido avanzando hacia el oeste, o al menos eso afirmaba Gaul. Su objetivo era hallar indicios del viejo camino que antaño había cruzado el bosque de parte a parte. Aunque llevara mucho tiempo sin usar y probablemente la maleza se lo habría tragado, seguir su recorrido ayudaría sin duda a reabrirlo y establecer una ruta hasta las tierras allende del bosque. Por el momento el camino era aún visible, más parecido a una trocha o senderuelo, y de suelo muy desigual, pero claramente discernible y transitable. Tras una cena a base de bayas encantadas, una sola de las cuales llenaba como un banquete, los exploradores se repartieron los turnos de guardia, y se dispusieron a pasar su primera noche en Wilwood.

Si el bosque estaba cargado de los sonidos de la vida salvaje durante el día, durante la noche el coro de la madre naturaleza era aún más espectacular. A los grillos, el croar de las ranas y el crujido de las ramas y las hojas con la brisa se unían los ululatos de los búhos, los cantos de las aves nocturnas y los aullidos lejanos de los lobos. Elian estaba de guardia, viendo como dormían sus compañeros, o en el caso de Shelain, como la guerrera permanecía sentada ante el fuego, sumida en un profundo trance. El mago sabía que los elfos no dormían, sino que descansaban buceando en sus recuerdos y memorias, que en algunos casos tenían siglos de antigüedad. En ese momento, las orejas de Corrientucha, la mula de Dworkin, se agitaron, y el animal las irguió soltando un resoplido. Un instante después, también Elian empezó a oírlo; el sonido de hojas y ramas partiéndose en el suelo, de maleza apartada bruscamente y con prisas, y los pasos de algo que se acercaba hacia ellos corriendo desde la espesura. Apenas había tenido tiempo de levantar una protección arcana y dar la voz de alarma cuando alguien entró en el claro desde las zarzas y se abalanzó sobre el mago.

Era un hombre. pálido y sudoroso, lleno de arañazos y cortes, recibidos sin duda al correr como un loco entre la maleza. Iba vestido con una muy sucia armadura de cuero blando, y de su cinto colgaba una funda de espada vacía. Su largo pelo negro estaba enmarañado y lleno de ramitas y hojas, y su rostro estaba desencajado por lo que parecía un terror tan absoluto que le había destrozado la mente.

¡Los Reyes! -exclamó, aferrándose a Elian con fuerza-. ¡Los Reyes Muertos! ¡Sus ojos! ¡Sus ojos!

Y en ese momento su voz se convirtió en un gruñido y empezó a intentar arañar la cara del mago. El resto del grupo se estaba poniendo en pie a toda prisa, aún medio aturdidos. Gaul cogió al demente, inmovilizándole con fuerza, y este pareció calmarse. Cuando el medio orco le soltó y Shelain le pidió que les contara qué le había ocurrido, el desconocido se dejó caer en posición fetal y se sumió en un estado catatónico, meciéndose ligeramente hacia atrás y hacia delante mientras no paraba de farfullar.

¡Los Reyes Muertos en sus túmulos muertos! ¡Sus ojos! ¡Sus ojos!

Y de repente se levantó como impulsado por un resorte, engarfiando los dedos como garras para saltar al cuello de la elfa. El bastón de Elian resplandeció con un fulgor plateado, y el pobre hombre cayó al suelo, sumido en un profundo sueño, descansando por primera vez en mucho tiempo, a juzgar por su estado. Los exploradores intercambiaron miradas intranquilas, y se prepararon por si algo o alguien aparecía en persecución del extraño, pero la calma había regresado al bosque. Aquello les planteaba un dilema: ¿qué hacer con aquel sujeto? No podían abandonarle a su suerte en medio del bosque, y seguir su camino como si no pasara nada. Pero llevarle con ellos quedaba descartado, a la vista de sus imprevisibles reacciones. Cuando despertara se verían obligados a atarle para que no supusiera peligro alguno ni para los demás ni para sí mismo. Lo más humano, decidieron, sería dar media vuelta y llevarle a Nueva Alasia, donde con suerte podrían averiguar quien era y encontrar a quien se hiciera cargo de él. Resignados, y con las siniestras palabras del demente resonando aún en sus oídos, se dispusieron a continuar con su interrumpido descanso entre los árboles.

[Aquello fue un encuentro generado aleatoriamente, usando las tablas de encuentros de la región de Wilwood. Era un encuentro único, es decir, de los que aparecen una sola vez y luego son tachados de la tabla, y la verdad es que llegó en buen momento para servir de preludio y de ominosa advertencia al grupo nada más empezar su exploración del gran bosque. Obtener un resultado aleatorio e intentar hacer de él una escena interesante es uno de los retos con los que más disfruto detrás de la pantalla.]

Halcón 11

Los Exploradores desandaron lo andado y regresaron por el camino del oeste a Nueva Alasia, llevando al pobre hombre atado. Al examinarle con más detalle, vieron que temblaba constantemente y que estaba anormalmente pálido, ojeroso y macilento, y muy frío. Los ojos salvajes del hombre constantemente miraban hacia atrás, hacia los árboles que iban alejándose a sus espaldas, sin dejar de farfullar entre dientes palabras ininteligibles. Cuando llegaron al Hacha y el Suspiro, Gorstan les recibió con extrañeza. Sabía que habían partido con la intención de llevar a cabo una larga expedición, y ya era la segunda vez que regresaban de aquella manera. Cuando le mostraron a su “cautivo” y le preguntaron, el fornido posadero le reconoció tras unos instantes de desconcierto.

¡Que me aspen si no es Black Benn! ¿Qué demonios le ha ocurrido?

Cuando los Exploradores le contaron las circunstancias que rodearon a su súbita aparición, Gorstan se dejó caer pesadamente en una silla.

Benn formaba parte de una de las compañías de aventureros que se alojaba aquí. No eran novatos precisamente. Sus compañeros eran una panda de bribones como él en su mayoría, pero también tenían algunos hombres de armas, y hasta un enano. Que yo sepa, querían montar una incursión a las ruinas de la Ciudad Antigua, pero alguien les convenció de que sería mejor que se foguearan un poco más y que consiguieran más oro con el que prepararse bien para una tarea semejante. Decidieron meterse en Wilwood, les oí decir mientras cenaban… hablaban de grandes tesoros y espadas mágicas. Desde entonces nadie les había vuelto a ver. 

Wilwood se había tragado ya a un grupo de aventureros, pues. Los Exploradores supieron entonces que, sí querían seguir adelante con su expedición, les convenía ir con mucho, mucho cuidado, y no cometer errores. De lo contrario, el siguiente rostro enloquecido y macilento que viera Gorstan podría ser el de uno de ellos.

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4 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XXXII): Cosas Extrañas en los Lindes del Bosque”

    1. Te hago un copiar-pegar, editado para evitar spoilers a mis jugadores.

      Aventurero Enloquecido: Un aventurero solitario, pálido, medio muerto y con la fuerza vital robada por los XXX del bosque. Apenas recuerda lo sucedido, y balbucea sobre los “guardianes de los túmulos” y “los reyes muertos”. Podrá dar vagas indicaciones acerca de la dirección general hacia los Túmulos. Tirar su clase y raza en la tabla de Aventureros, pero estará drenado hasta nivel 1, y afectado por un conjuro permanente de Locura.

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