Crónicas de Alasia (XXIX): Visiones de Destrucción

EL LIBRO DE LAS TIERRAS PERDIDAS

Crónicas y Anales de la Reconquista de Alasia,

por Korybos de Thyanna

Día 8 del Mes del Halcón, 977 de la Era Actual

El grupo de aventureros al que he bautizado en estas notas como los Portadores del Amuleto regresaron ayer al Hacha y el Suspiro, más pronto de lo que esperaba. Su número era el mismo, pero no su composición. Ni todos los que partieron han regresado, ni conocía a todos los que han vuelto. Arn Rooc, el Justicar de Grymn, ha perecido en el Portal de los Lamentos, en circunstancias que sus compañeros todavía no me han aclarado del todo. La tensión parece haberse adueñado de ellos, a juzgar por la discusión que mantuvieron en un reservado de la posada. Tengo un mal presagio acerca de esta búsqueda, que ya se ha cobrado a los dos que la iniciaron, ambos hombres bendecidos por la gracia divina. ¿Acaso han perdido sus compañeros el favor de los dioses? Rezo por que no sea así, ya que lo que tienen en su poder me aterra sobremanera. 

Los Portadores han pasado hoy el día en la ciudad, cada uno ocupado en sus propios asuntos. Shahin Ibn Shamal, el sûlita de cabello claro, parecía distinto. Marcado. Quizá se trata de la imaginación de un viejo, pero me ha parecido ver una fiera determinación que no había visto antes en él. Sea como sea, ha pasado gran parte del día en los laboratorios de su compatriota Al-Azhred. Creo que se ha gastado una gran suma de dinero allí. También ha estado en el Bazar del Aventurero, donde al parecer ha intentado que Barlen Cotton le tasara un objeto encantado. La magia de éste superaba a Cotton, así que no ha tenido más remedio que acudir al coleccionista, Vitelius Ardos. Con Athor ya cayendo del cielo, se ha sentado con su nuevo compañero, un gigantesco caballero errante, y juntos han escrito una nota en el tablón de anuncios. Al parecer, creen necesario aumentar sus filas, y a mi me parece una sensata decisión… si pueden encontrar a alguien de confianza.

El caballero, Sir Alister Norff de nombre, había sido visto en Nueva Alasia en otra compañía. El gigante se ha presentado y me ha contado que sus hermanos de armas fueron masacrados por los bandidos de Vorlak el Mestizo mientras escoltaban a una caravana. El propio Norff habría muerto también si no lo hubieran encontrado los Portadores de camino al Portal de los Lamentos. Parece que el caballero se siente en deuda con ellos y ha decidido pagarla ayudándoles en su misión. Sea como sea, ha pasado el día averiguando donde se podían contratar mercenarios (aunque parecía dudar un poco del honor de aquellos) y ha arengado a los aventureros y parroquianos del Hacha y el Suspiro acerca de la lealtad y el deber de proteger a estas tierras y sus gentes. Por la tarde, antes de ponerse a escribir la nota con el sûlita, se ha ido a hablar con Sir Matthew Corven, pero el contenido de su conversación no me ha sido revelado todavía. 

La mujer pálida, Adà de Montaigne, ha pasado el día entero fuera. Ha recorrido la ciudad de punta a punta, visitando no solo al Padre Justin en la Iglesia de la Luz, sino también los hospicios y las casas de curación. Ha sido bastante hermética acerca de lo que estaba buscando, pero creo que tiene que ver con la extraña espiral que lleva colgada al cuello, la espiral que es una de las cuatro reliquias de los Kishadi y que ya llevó a la tumba a otra hechicera, la desventurada Auria. No me ha contado mucho del resultado de sus pesquisas, pero me ha traído notícias. Al parecer una delegación proveniente de alguno de los reinos norteños llegó ayer a Nueva Alasia, exigiendo hablar con el Barón Stephan urgentemente. Ese evento me intriga. ¿Qué hacen unos embajadores oficiales en un lugar abandonado por los dioses como esta antigua baronía? ¿Qué pueden querer de Stephan? Mañana hablaré con Gorstan, a ver si le ha llegado algún rumor al respecto. Si no es así, quizá suba hasta el Castillo a prestar mis respetos al Barón… hace tiempo que no lo hago, al fin y al cabo.

Y hablando de norteños, el medio elfo Encinal ha recorrido los bazares, comercios y tenderetes en busca de equipo y utensilios para el grupo. Se le debe dar bien el regateo, ya que ayer también fue el encargado de salir a vender el botín que él y los suyos trajeron de vuelta. Ese muchacho es más fuerte de lo que aparenta, a juzgar por como trajina sin esfuerzo esas montañas de chatarra. Sea como sea, parece que ha sido una jornada provechosa para él: si sabes donde buscar, se puede encontrar casi de todo incluso en una ciudad en el trasero del mundo como ésta. Por un momento me ha parecido que alguien le seguía cuando ha entrado por las grandes puertas de la posada, pero se encontraba a plena luz y allí no había nadie, así que probablemente mis gastados ojos me jugaron una mala pasada otra vez.

Adenda: Estoy sentado casi a oscuras en un rincón del Hacha y el Suspiro acabando de escribir estas notas a la mortecina luz de las ascuas que se van apagando en la chimenea. Gorstan se afana en la cocina; siempre es el último en acostarse y el primero en levantarse. A oscuras, cuando cree que no le ve nadie, se sienta a mirar su vieja y enorme hacha como otro hombre miraría el grabado de la esposa que ha perdido… pero nunca la toca. En la media penumbra veo a alguien junto al tablón de anuncios, contemplando con atención la última de las notas que se ha añadido allí. Es una mujer, y nunca la había visto antes.

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón

Halcón 8

Las puertas de piedra de la muralla de Nueva Alasia reciben una vez más a los Portadores del Amuleto, y de nuevo la compañía regresa con el cadáver de un amigo a hombros. El cuerpo de Arn es llevado a la Catedral de Nueva Alasia, y el Padre Justin les da permiso para que el clérigo sea enterrado en el cementerio de la Catedral, como corresponde a su rango y a su posición. Dejando a su difunto camarada a cargo de los acólitos del lugar, los supervivientes se retiran al Hacha y el Suspiro, para descansar, beber en honor a Arn, y a decidir qué van a hacer a continuación. La doble pérdida de Arn y Norben había supuesto el fin de todo apoyo divino para la misión, y el Portal de los Lamentos había demostrado no ser un buen lugar al que adentrarse sin la protección de un sacerdote consagrado. Pero antes de preocuparse de todo aquello, quedaba una cuestión por resolver: qué hacer con las posesiones de Arn. Después de una tensa discusión producto más de la crispación por los sucesos recientes que de una verdadera falta de entendimiento, los Portadores deciden entregar la parte del botín que correspondía a Arn a la Iglesia de Grymn, mientras que las posesiones materiales del clérigo son preparadas para ser enviadas a su familia, en la próxima caravana que parta hacia Carellia.

[En contra del estereotipo de los jugadores avarientos repartiendose las cosas del muerto, la discusión no fue, en ningún caso, sobre si quedarse las pertenencias de Arn o no, sino simplemente sobre quien era su legítimo receptor.]

Resuelto aquel triste asunto, y viendo que la muerte de Arn había originado una gran falta de confianza entre ellos, los dos Portadores originales que quedaban, Adà y Shahin, deciden compartir con Encinal y Sir Alister toda la verdad de la misión a la que se enfrentan, toda la historia del Amuleto y les revelan la importancia de su búsqueda. Shahin comparte la tentación a la que le sometió el Amuleto, ejerciendo su Voluntad de nuevo por primera vez desde que lo derrotaran en el Santuario de los Kishadi. El sûlita teme que cuanto más tiempo pase cada uno en posesión del Amuleto, más fácil pueda ser para éste intentar seducir o tentar a su Portador actual, y no confía en poder volverlo a ignorar. Quizá, compartida, la carga del Amuleto fuera más llevadera. Sir Alister aceptó entonces convertirse en Portador de pleno derecho, y entrar en la rotación para custodiar el oscuro objeto. Encinal, sin embargo, decidió quedar fuera y no ser un Portador. Argumentó que lo más prudente era que al menos uno de ellos quedara libre de la influencia del Amuleto por completo, por si la teoría de Shahin era cierta. El resto  lo consideró una idea acertada, y así se cerró la cuestión. Renovando su entrega a la misión, y anteponiendo ésta a sus sentimientos personales, todos deciden que su deber es regresar al Portal de los Lamentos y encontrar de una vez por todas la Gema Negra. Sir Alister hace una propuesta al grupo que, si bien no le gusta, cree que podría ser necesaria: contratar a espadas de alquiler para engrosar sus filas y poder hacer frente a los peligros del lugar ahora que estaban privados de la bendición de los dioses. Todos estuvieron de acuerdo, pues en sus mentes compartían además otro objetivo: volver a enfrentarse con Draeglor, el Campeón de Orcus responsable directo de la muerte de Arn, y vengar a su amigo costara lo que costase. [A la vez, como jugadores le tenían bastante respeto, por no decir miedito, y dado que no habían visto sus capacidades en combate, sospechaban que era un desafío que les superaba. El jugador de Adà era el más deseoso de volver a por él, independientemente del peligro, pues allí se había quedado su objeto más valioso, el Cetro de Kishad, y estaba ansioso por recuperarlo.]

Así, mientras Encinal hacía los preparativos para el envío de las posesiones de Arn, Sir Alister empezó a recorrer las tabernas y tugurios de Nueva Alasia en busca de candidatos que estuvieran dispuestos a prestar sus espadas para tan peligrosa aventura. Mientras tanto, Shahin se marchó a visitar al afamado alquimista Al-Azhred, un compatriota de las Tierras de Sûl que tenía su taller en la ciudad y vendía todo tipo de pócimas, brebajes, ungüentos e ingredientes exóticos. El dia de despertar a Saif al’Qamar de su sueño se aproximaba. Adà, por su parte, salió de nuevo hacia la Catedral. Sabía que si no se quitaba pronto la Espiral Torcida del cuello, ella sería la siguiente en morir, y a no mucho tardar. Desgraciadamente el Padre Justin no pudo eliminar la maldición, y la hechicera pasó el resto del día buscando en vano un remedio para su maldición por toda la ciudad. Finalmente, agotada, se metió en una taberna cualquiera, a tocar el laúd, meditando silenciosamente para sus adentros.

El caballero no tuvo demasiada suerte en su búsqueda de mercenarios. Tan sólo encontró a un par de tipos dispuestos a acompañarles, pero además del hecho de no parecer gente de fiar, pidieron un salario que la compañía no podía permitirse. Los intentos de apelar al honor y al deber de los dos hombres de armas cayó en saco roto, y antes de despedirse, le dejaron claro que no tendría suerte buscando a alguien que quisiera meterse en un lugar tan infame como aquel, sobre todo después de que empezaran a circular rumores de que cada expedición regresaba con un nuevo cadáver a cuestas. Tan solo las mejores espadas de la baronía aceptarían un trabajo así, dijeron antes de irse, y el caballero se quedó a solas, acabándose su cerveza y reflexionando sobre aquellas últimas palabras.

[Las tiradas de reacción de los mercenarios no fueron demasiado bien, salta a la vista.]

Por su parte, Shahin, tras pasar gran parte del día en los laboratorios de Al-Azhred, había visitado el Bazar del Aventurero con la esperanza de que su dueño, Barlen Cotton, le tasara la mágica lámpara negra de los Kishadi. Por desgracia, el calydonio jamás había visto algo parecido, y su habilidad como perista mágico no bastó. Shahin no había tenido más remedio que subir al barrio noble y visitar a Vitelius Ardos, un andmar acaudalado conocido por ser un excéntrico coleccionista de reliquias, antigüedades y objetos encantados. Ardos le había ofrecido un generoso precio por la lámpara, pero el magus había preferido conservarla por un tiempo más. Mientras regresaba por las calles de Nueva Alasia hacia los salones de Gorstan, una idea afloró a su mente. Cuando llegó, Sir Alister estaba allí, hablando con los parroquianos, que habían formado un corro a su alrededor. El enorme caballero estaba soltando un inspirado discurso sobre el honor, la lealtad y el deber, y sobre la responsabilidad de defender aquellas tierras que contraía todo aventurero que llegaba a ellas. Cuando el caballero terminó su arenga, que fue bastante bien recibida, ambos se sentaron juntos, y acabaron pidiendo pluma y pergamino al cronista Korybos. El tablón de anuncios de la posada, pensaron, no tenía porqué servir únicamente para recoger avisos… también podían colgarlos ellos. Redactaron un anuncio pidiendo a aventureros veteranos para una búsqueda peligrosa, el típico cartel que ellos mismos habrían estado buscando si no se hubieran visto con aquella misión entre manos. Se cuidaron mucho de no revelar detalles innecesarios acerca de la misión. Shahin, además, le propuso a Sir Alister incorporar un mensaje cifrado en el texto, un código arcano que sólo fuera capaz de comprender alguien versado en las artes arcanas y que tuviera buenos conocimientos de los mundos más allá del plano material. Con un poco de suerte, alguien así vería la misiva, comprendería el mensaje, y los Portadores podrían encontrar un refuerzo que las meras espadas no podían proporcionar.

En la otra taberna, un pequeño grupo se había reunido para escuchar la música bella pero tétrica y extraña de Adà. Uno de ellos, tras entablar una breve conversación con la joven, hizo un comentario de pasada acerca de su acento, diciendo que hoy mismo habían llegado dos viajeros a la ciudad que hablaban con un deje muy parecido. Ante aquello, la hechicera enarcó las cejas e instó a su interlocutor a que le contara todo lo que sabía de aquellos recién llegados. Eran dos, dijo el muchacho, Will, que había estado de guardia en la Puerta del Este aquel mismo día: un anciano y un hombre más joven, ambos muy pálidos y macilentos y vestidos de negro. Aparentemente, eran dignatarios de algún tipo, aunque viajaban sin escolta de ningún tipo. Dijeron que el Barón Stephan les recibiría en el Castillo de Roca Blanca, y tras intercambiar unas palabras con el sargento de guardia que Will no había podido oír, les habían dejado pasar y les habían guiado hasta el castillo. La hechicera se puso en pie de inmediato, pues tuvo la certeza de saber qué eran los recién llegados. Saliendo a toda prisa de la taberna, su primera intención fue dirigirse cuesta arriba hacia el barrio noble de camino a la fortaleza del Barón, pero supo que sus puertas estarían cerradas a aquellas horas, así que regresó al Hacha y el Suspiro. Por la mañana, pensaría en la mejor manera de ser recibida.

[Aunque pueda parecer preparado dado lo que ocurrió en la sesión anterior, no es así. La llegada de estos PNJs a Nueva Alasia era uno de los eventos programados de antemano,  que ayudan a hacer que el mundo gire independientemente de los jugadores, y fue diseñado incluso antes de que los jugadores crearan a sus personajes. La serendipia fue brutal, y creo que se pudo aprovechar al máximo.]

Halcón 9

En la sala común de la posada, la mañana transcurrió despacio, tan sólo amenizada por las constantes y crecientemente inverosímiles anecdotas que tras la barra Gorstan iba contando sobre sus días de aventurero. Uno tras otro, los interesados por el anuncio del tablón se presentaban ante los Portadores, y éstos los iban rechazando uno por uno. Ninguno de ellos había siquiera sospechado la presencia de un mensaje oculto. Llegada ya la hora de comer, cuando el sûlita ya pensaba que su idea había sido una perdida de tiempo, alguien arrojó el cartel sobre su mesa, y una voz de mujer pronunció las palabras de respuesta al enigma que había planteado. El heredero del viento alzó la mirada, y vio a una joven delante suyo, con los brazos en jarras y una expresión de curiosidad en el rostro. Su piel era oscura como la madera de ébano, y llevaba el pelo peinado en una serie de finas trencitas. La kushita, pues la piel de la joven la marcaba como proveniente del otro lado del Mar de las Estrellas, vestía con las ropas holgadas de una artista ambulante, y no parecía una peligrosa aventurera o una poderosa maga, pero Shahin supo nada más verla que acababa de encontrar lo que estaba buscando. Su nombre era Assata Silil, y desde aquel mismo instante quedó destinada a formar parte de la Búsqueda del Amuleto.

[Assata era, como es de suponer, el nuevo personaje del jugador de Arn. Se trata de una invocadora, una clase de personaje aparecida, como el caballero, en la Guía Avanzada del Jugador. Como su nombre indica, su magia se centra en la conjuración de criaturas y efectos, y su baza principal es la capacidad de invocar a voluntad un pokemon eidolon, una criatura extraplanar única con la que comparte un vínculo especial.]

Adà no había participado de todo aquello. Por la noche le había contado a Korybos el Cronista lo que había sabido de los dignatarios extranjeros, y el hombre se mostró muy interesado. Cuando a primera hora de la mañana Korybos le dijo que iba a visitar al Barón, y que él podía lograr que la dejaran entrar en el Castillo, la joven no dudo en aceptar la oferta y acompañarle. A las puertas del Castillo de Roca Blanca, los guardias les pidieron nombre y razón de su visita. La joven se presentó y, por fortuna, su fama se había extendido lo bastante por Nueva Alasia como para que los guardias hubieran oído hablar de ella, pero aún así no la hubieran dejado entrar si Korybos no hubiera respondido por ella. Una vez en el interior, tras dar las gracias nuevamente al cronista, Adà se despidió de él y se dirigió a los primeros miembros del servicio que encontró. La hechicera les dijo que había sabido que dos de sus compatriotas habían llegado aquella misma mañana, y que deseaba intercambiar noticias con ellos si era posible. Después de que un paje llevara el mensaje a los invitados extranjeros del barón, Adà fue escoltada hasta las dependencias donde los dos embajadores se hospedaban, y allí fue recibida por los dos enoquianos.

Uno de ellos era un hombre extremadamente anciano y de aspecto frágil, que la observó de arriba a abajo, con un gesto de reconocimiento. El otro era alto, fuerte y adusto, y tenía una larga melena de cabello prematuramente cano. Ambos vestían tal y como ella había sabido que lo harían, con las túnicas oscuras de unos Maestros Dra’Gashi. El más anciano, que estaba sentado en una butaca cuando entró, clavó sus ojos en ella.

Te conozco -le dijo con voz frágil-. Eres la renegada.

Sin dejarse avergonzar, Adà saludó a ambos con una profunda inclinación de cabeza. Se hallaba ante uno de los más sabios y venerables Nigromantes de Enoch, y aunque hubiera abandonado aquella senda años atrás, no había enoquiano que no sintiera respeto, admiración y algo de temor por aquellos sacerdotes-brujos. La hechicera dijo que simplemente venía a presentar sus respetos. El Dra’gashi más joven se presentó como el maestro Ial-Thas’ak, y al venerable anciano como el maestro Rahab.

Pesa una oscuridad sobre tí, hija de Enoch -dijo el anciano-. Una oscuridad que proviene del otro lado del Velo. Dejame verla.

Por unos instantes, Adà sintió miedo. El anciano había sentido al Amuleto, pues era el turno de Adà como Portadora. ¿Pero era seguro mostrárselo? No lo había visto desde que Norben lo envolvió entre paños. Finalmente, tras unos momentos de duda, la hechicera lo desenvolvió, y sosteniendolo por la cadena, lo mostró a los maestros Dra’gashi. Rahab estrechó los ojos, como escrutando ávidamente en sus profundidades. El metal negro del Amuleto reflejaba la luz del fuego y la devolvía blanca y fría. Con un gesto, el anciano maestro le indicó a Adà que lo guardara de nuevo.

Debes librarte de él. Algo que no debería existir quiere entrar a través suyo. No puedes dejar que eso ocurra.

Entonces Adà les contó a sus compatriotas todo acerca del Amuleto, la Espiral Torcida y su maldición, y las reliquias que les faltaban por encontrar. Se sorprendió verse a sí misma sincerándose ante la misma orden a la que había rechazado y dado la espalda no tanto tiempo atrás, pero no pudo evitarlo. Era como quitarse un peso enorme de encima.

No puede ser una coincidencia, maestro -dijo Ial-Thas’ak al anciano-. Esto forma parte del todo, sin duda. El Seràh nos ha puesto en el camino correcto.

Los giros del Gran Ciclo son tortuosos -respondió el maestro Rahab-. Hemos hecho el largo camino desde Ramath para traer una advertencia, aunque me temo que caerá en oídos sordos. Muchos otros han sido despachados a otras cortes y reinos, pero aquí es donde empezará todo.

Adà les miró sin comprender, y el maestro Ial-Thas’ak tomó la palabra.

Hace unos meses, un terremoto puso al descubierto una sección de catacumbas bajo Ramath que habían permanecido milenios sepultadas y sin descubrir. En ellas la Orden halló cientos de rollos de pergaminos conservados en recipientes de arcilla. La mayoría eran ilegibles, o no tenían ningún sentido. Pero el Maestro Rahab estudió algunos de ellos, descifrando los glifos ancestrales. Contenían un aviso, un conjunto de antiguas profecías. Hablaban de un tiempo de grandes conflictos, en el que la creación entera se tambalearía al borde del abismo. Ese códice seràhico nos advierte de un tiempo de oscuridad y sufrimiento que resultará en el fin de los tiempos si todos los pueblos de Valorea no se alzan como uno solo. Y todo empezará aquí, con la llamada de un cuerno. Todo empezará aquí, en Alasia.

Adà se quedó mirándoles estupefacta. Los Dra’gashi eran guardianes del equilibrio entre la vida y la muerte, y consideraban ésta última como una parte natural y necesaria de la existencia, no algo a lo que temer. Nunca intervenían en la política fuera de las Tierras Muertas de Enoch, donde eran considerados brujos y magos negros. Aquello no tenía precedentes. Las palabras que pronunció el maestro Rahab acabaron de helarle la sangre.

Me asomé más allá del Velo. Lancé mi visión más allá, mucho más allá de lo que ningún otro Dra’gashi haya logrado jamás. Por un momento fui uno con el Seràh, con lo que fue, lo que es y lo que está por venir. Lo trascendí. ¿Y sabes lo que vi? Nada. El camino del mundo se corta, Adavia de la Casa Morthelius. La madeja se disuelve. El Ciclo Eterno se rompe. No hay futuro. No hay mañana. NO VI NADA.

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5 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XXIX): Visiones de Destrucción”

  1. Genial como siempre, pregunta para calibrar lo valientes que pueden ser los jugadores.
    Cuando muere un personaje y el jugador debe hacerse uno nuevo, le dejas empezar en el mismo nivel que el que tenia antes? un nivel menos? desde el nivel 1? Porque tener que empezar desde el 1 debe dar panico a los jugadores que lleven mucho tiempo con sus personajes.

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    1. Mi idea original, al empezar a planear la campaña, era ser old school al máximo en ese sentido, y al morir un personaje, empezar de cero. La experiencia de ir rodando la campaña me demostró, sin embargo, que aquello era un castigo muy excesivo: con el máster absolutamente imparcial y los dados tirados en abierto, la muerte podía acechar en cualquier encuentro, y el hecho de llevar a tantos grupos a la vez con un único director significa que el avance de cada grupo es necesariamente más lento, con lo que hacerles empezar de 1 sería simplemente atroz. Por tanto, lo que se decidió fue que el nuevo personaje empezara con la mitad de puntos de experiencia que el fallecido. Con el sistema de Pathfinder, eso significa normalmente un nivel menos, la misma penalización que resucitar al fallecido. Pero de esta manera, si el PJ estaba lo bastante avanzado en experiencia, el nuevo se puede quedar bastante cerca de volver a subir de nivel. Y si, la posibilidad de perder a un personaje al que le han cogido cariño y que llevan tiempo evolucionando les da bastante miedo, como es lógico, pero creo también que eso da una intensidad y emoción a las sesiones muy importante.

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    1. La idea era que a medida que exploran y/o avanza el calendario, se van revelando tramas subyacentes, y esta era una de ellas. Fue pura casualidad que uno de los jugadores se pillara para su personaje el trasfondo “Iniciado Dra’gashi”, pero quedó muy molón en juego.

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