Crónicas de Alasia (XXIII): La Caída del León Blanco

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold

Llama 25

Los Portadores del Amuleto habían partido de Welkyn para explorar el territorio al este de la aldea. Sus suposiciones, basadas en el diario de Bórr y en el viejo mapa hallado bajo la Posada del Agua, les llevaban a creer que el Portal de los Lamentos se hallaba más allá del río Aguasverdes, en el interior de una región abrupta y boscosa. Norben Arroway cabalgaba en cabeza. El paladín tenía el corazón puesto en la búsqueda, con la total convicción que le daba saber que estaban haciendo lo correcto. El justicar Arn Rooc iba a su lado, no menos firme en su decisión de acabar con el mal del Amuleto. Shahin ibn Shamal y Adà de Montaigne montaban en segunda fila. La hechicera enoquiana sentía en su piel el maleficio que pesaba sobre ella por culpa de la Espiral Torcida, pero aún así le fascinaba el poder sombrío de aquellos objetos, mientras que el magus sûlita tenía demasiada experiencia con maldiciones ancestrales y reliquias olvidadas como para tomarse el asunto a la ligera. En la retaguardia, marchaba Encinal, más consciente de la peligrosidad de su misión con cada nuevo paso que daba. Sus compañeros le habían hecho partícipe de todo antes de salir de Welkyn, y ahora sabía a lo que se enfrentaban realmente.

Cruzaban los campos sin caminos y las lomas de la campiña alasiana en dirección sureste. Si no erraban en sus cálculos, más tarde o más temprano darían con el curso del Aguasverdes, y podrían empezar a buscar una manera de cruzarlo. Llevaban dos jornadas de viaje sin incidentes cuando avistaron al frente un pequeño farallón, un promontorio formado por varias formaciones rocosas. Hacia allí se dirigieron, creyendo identificar su presencia en el viejo mapa, según el cual el río estaría justo detrás. Llegaron junto al pequeño promontorio y empezaron a seguir su trazado cuando Shahin, haciendo honor a su nombre, avistó algo que se movía sobre las rocas. Hasta casi el mediodía había estado lloviendo con fuerza, y a la luz plomiza del sol oculto por los grises nubarrones, vio que se trataba de un león. No era un animal cualquiera. El pelaje de la bestia era blanco, no del blanco roto y marfileño de un león albino, sino de un blanco puro como la nieve recién caída, que no mostraba la menor mancha de barro. Su espléndida melena era también nívea, y en sus ojos de un azul cobalto, con los que les observaba con atención, resplandecía una mirada de inteligencia poco propia de un animal. Parecía la estampa de una verdadera bestia de virtud, majestuosa y altiva. Mientras el sûlita indicaba a sus camaradas lo que estaba viendo, el león blanco se alzó sobre la punta más alta del farallón, clavó su mirada directamente en los ojos de Norben y lanzó un poderoso rugido. Shahin advirtió que no le parecía un animal terrenal, y Arn puso voz al pensamiento que estaba empezando a formarse en la mente de todos: el león blanco era el símbolo y el estandarte del antiguo y noble reino de Sartia. De nuevo el león blanco rugió, y Norben comprendió que la extraña bestia, de alguna manera, le estaba retando. Sintiéndose profundamente honrado, el paladín desmontó de su caballo, se adelantó y desenvainó la espada encantada que habían hallado en el Santuario de los Kishadi. Su pomo de marfil representaba una cabeza de león. Con una reverencia, el joven aceptó el desafío, y el león saltó de las rocas para plantarse frente a él.

[El León Blanco era un encuentro prefijado, y en su descripción venían preestablecidas sus preferencias a la hora de elegir a alguien digno de enfrentarse a él en combate ritual. Resultó que Norben cumplía absolutamente todos los criterios: alineamiento legal bueno, hombre de armas, un elevado Carisma, la dote de Sangre del León, y portar la espada en cuestión. Era matemáticamente imposible que eligiera a otro personaje.]

Ambos contendientes se saludaron respetuosamente a su manera, y acto seguido, empezaron a rodearse mutuamente en busca de una abertura por la cual atacar a su rival… el combate había empezado. Los compañeros de Norben se miraron entre sí. Adà parecía dispuesta a usar su magia con disimulo para asegurar la victoria de su compañero, pero tanto Arn como Shahin se mostraron en contra. Aquello era algo que debía resolver el paladín sin ayuda de nadie. El duelo empezó bien para Norben. A pesar de la ferocidad de los ataques del león, que lanzaba zarpazos y dentelladas a diestro y siniestro, el paladín logró defenderse y resistir una y otra vez los embates del animal, hasta que después de un bloqueo, logró apartar el cuerpo de la bestia lo suficiente como para hundir la punta de su espada en su vientre. La primera sangre era suya. El pelaje níveo del león se tiñó de rojo, pero era una herida poco profunda, y muy su pesar, Norben comprobó que el duelo no había terminado. Si quería vencer, tendría que matar a tan noble bestia. El león redobló sus ataques, y aquella vez el paladín flaqueó. El pie se le deslizó hacia atrás en el barro, y el felino cerró las fauces en torno a su cuello. Adà empezó a pronunciar un conjuro, pero Arn la frenó. Incapaz de liberarse, Norben cayó al suelo y el león aprovechó para abatirlo con sus garras delanteras mientras le desgarraba con las traseras.

Apartándose del cuerpo del paladín caído, el león blanco bajó la cabeza, como si estuviera abatido, y en sus ojos se asomó una tristeza infinita. Saltando de nuevo hacia las rocas, la fantasmal bestia despareció por donde había venido sin proferir ni un sonido más. Los Portadores corrieron junto a Norben, tirado en el barro, y comprobaron lo que Arn ya había intuido: a pesar de los fieros ataques del león, en el cuerpo de Norben no se veía herida alguna. Pasados unos instantes, el paladín recuperó la consciencia, y se puso en pie. Sentía en su interior que había sido puesto a prueba. Había sido sometido a una importante prueba, y había fallado. Los Portadores siguieron su camino, incapaces de comprender realmente lo que acababan de vivir pero conscientes, a un nivel u otro, de la excepcionalidad de.lo ocurrido.

Llama 27

Los instintos exploradores de los Portadores se habían demostrado certeros. Poco después de su encuentro con el León Blanco habían hallado el Aguasverdes, y tras seguir su curso río arriba durante varias millas, habían encontrado un vado por donde cruzar sin demasiadas complicaciones. En aquellos instantes, llevaban ya casi dos días  explorando a conciencia las colinas boscosas donde el mapa situaba el Portal de los Lamentos. Terminando de peinar la zona, encontraron un par de desgastados obeliscos de mármol blanco medio ocultos por el follaje, que se alzaban al inicio de un antiguo sendero que conducía a través del espeso bosque y ascendía por las arboladas laderas. El sendero se fue haciendo más abrupto en algunos puntos conforme iba cruzando las colinas, pero una sensación de paz les envolvió mientras lo seguían hasta otro par de obeliscos, que se alzaban para dar paso a una hondonada junto a un gran lago maloliente y cubierto por completo de lodo. El croar de cientos de ranas llenaba el ambiente, pero su atención se centró en los dos pequeños templetes gemelos que se alzaban a un lado del claro. Eran edificios antiguos, de idéntica arquitectura clásica: ambos se alzaban sobre una base cuadrada, con una hilera de columnas a su alrededor sosteniendo sendos techos en forma de v invertida. Los Portadores supieron que se hallaban sobre la pista correcta: aquello tan sólo podía ser el Valle de los Santuarios sobre el que habían oído hablar. Como clérigo de la religión valoreana, Arn les pudo decir que se trataba de antiguos santuarios a dos deidades que muy a menudo son veneradas en conjunto: Gardron, dios del honor y el valor, y Heimthar, dios de la vigilancia y el deber. Desmontando para iniciar un reconocimiento del terreno, al aproximarse vieron que ambos no sólo mostraban claros siglos de un abandono centenario, sino que parecían haber sido profanados a conciencia no mucho tiempo atrás. Muchas de sus columnas estaban agrietadas o rotas, Los bajorrelieves de las fachadas habían sido destrozados a propósito, y se veía en ellos marcas de hollín, pintadas escritas en sangre y manchas de todo tipo de mugre. Arn frunció el ceño al verlo, y Norben sintió un profundo pesar al ver lo profundamente que había sido mancillado un lugar tan sagrado.

Cuando el grupo se adentró en la estancia única en el interior del santuario de Gardron, vieron la gran estatua del dios con la cabeza tirada en el suelo y el rostro hecho añicos a martillazos, la hoja de su espada alzada rota y tirada en el suelo, y su escudo de la verdad profanado con un símbolo impío que tanto Arn como Adà reconocieron al instante: el símbolo de Orcus, el príncipe demoníaco de los no-muertos. En la base de la estatua había una inscripción en el sagrado lenguaje celestial. Arn lo tradujo a la lengua común: “Pronuncia, oh guerrero valeroso y de corazón firme, las virtudes triples de la Espada Justa”. Norben, como devoto seguidor de Gardron, las conocía de memoria y las llevaba grabadas en el corazón. Eran el credo mediante el que vivía su vida. “Verdad, Honor y Coraje”, dijo al momento. Entonces, el pedestal de la estatua se deslizó hacia atrás, revelando unas escaleras descendentes que conducían a una habitación oculta bajo la principal, libre de toda señal de profanación. En ella colgaban varios tapices, perfectamente conservados a pesar del paso del tiempo. Uno mostraba a Gardron con la espada alzada en la misma pose que la estatua originalmente debió tener, otro a Gardron combatiendo contra una horda de seres demoníacos durante la Guerra de las Lágrimas, el tercero a un grupo de paladines del Gardron montados y a la carga contra un enemigo desconocido, y el último mostraba a un gran guerrero matando a un dragón rojo con una espada sagrada. Norben había crecido con las leyendas de Karith, uno de los más célebres Paladines del Sol y la Espada, y reconoció la figura al momento. Aunque claramente valiosos, a ninguno se le ocurrió cometer sacrilegio en aquel lugar, sobre todo porque los dos hombres de fe del grupo no lo hubieran permitido jamás. Tras los tapices, no obstante, parecía haber puertas secretas. No estaban especialmente bien escondidas, pero estaban protegidas por magia divina, y aparentemente, sólo alguien ordenado como paladín de Gardron pero más ascendido en las filas de la orden que Norben tenía el poder de abrirlas.

Al salir del lugar, gracias la precaución de detectar auras mágicas en la sala principal lograron evitar que varios de los símbolos de Orcus inscritos en la sala estallaran en su presencia, claramente colocados como trampas mágicas por quien hubiera profanado el lugar. Andándose con mucho más tiento, se adentraron en el santuario de Heimthar, y antes de poder fijarse bien en su contenido, descubrieron que aquel no estaba desocupado. Media docena larga de esqueletos animados les salió al paso, con el odio hacia los vivos brillando como ascuas en sus cuencas vacías y gimiendo como un coro de voces de ultratumba. Los Portadores del Amuleto se prepararon para defenderse, pero lo que parecía una simple escaramuza se convirtió en un combate desesperado a vida o muerte cuando los esqueletos demostraron ser mucho más peligrosos de lo que inicialmente aparentaban. Conteniendo a tres de las criaturas a la vez, Norben protegió con gran valor el cuerpo de un inconsciente Encinal, bloqueando un ataque tras otro, cuando, en un terrible giro del destino, uno de los no-muertos superó sus defensas con un certero corte de su cimitarra. Ante la mirada horrorizada de sus compañeros, el noble paladín cayó fulminado, con la cabeza separada del cuerpo. La triste mirada del león blanco regresó al instante a sus mentes. La Búsqueda del Amuleto acababa de cobrarse a su primera víctima.

Ilustración de Lucie Bilodeau.

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4 comentarios en “Crónicas de Alasia (XXIII): La Caída del León Blanco”

  1. ¡Saludos!

    Hace varios días que te he descubierto y te sigo, aún voy por la entrada XIII, no he leído nada de esta pero escribo aquí por ser la última entrada.

    ¿Cuando creaste el mapa del mundo que criterios seguiste? ¿Seria posible ver más mapas de tu mundo?

    Yo he dirigido en varios escenarios planteados como sandbox con mis jugadores pero nunca con una estructura tan sólida como la que has expuesto tu, estoy creando un nuevo mundo siguiendo tus pasos así que toda la ayuda será bien recibida. En mi caso, nunca he tenido más de un grupo a la vez pero siguiendo tus relatos me parece casi un crimen que no exista un grupo formado por…. ¡Villanos! Eso si que sería un mundo vivo con un épico final que incluiría una lucha a muerte entre grupos…

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Bienvenido, y gracias por el comentario!

      Alasia, donde se centra la campaña, es una región relativamente pequeña dentro del gran continente de Valorea. El mundo en sí lo empecé a crear al poco de iniciarme en el rol, hace ya la tira, y con el tiempo lo he ido puliendo, expandiendo y desarrollando. Tengo la intención de presentar el mapa del mundo en el blog cuando tenga tiempo de dejarlo bonito (ahora mismo es un fajo de mapas hechos a mano, uno a nivel continental y una veintena de mapas de hexágonos a nivel “nación”).

      A nivel de campaña, tengo también dos juegos de mapas hexagonados. Uno es de la región de Alasia entera, con hexágonos de 6 millas, y luego un submapa de cada región a escala de 2 millas por hex, que es el que uso en juego para calcular el movimiento de los pjs. Estos mapas, obviamente, no puedo colgarlos para no destripar la campaña entera a mis jugadores, pero tienes varias muestras de ellos repartidas por el blog, con la info que los jugadores ya tienen y por tanto puedo mostrar.

      Mi criterio fundamental para crear el mapa de Alasia fue el de crear regiones bastante delimitadas, con un nivel de peligrosidad creciente cuanto más lejos de la ciudad se hallan. Eso en cuanto a los criterios más de juego; en cuanto a la geografía, me dejé llevar por lo que me parecía divertido e interesante en primer lugar, y lo que me parecía lógico y realista en segundo lugar… dejando siempre margen a la fantasía, claro. No sé si he respondido muy bien a tu pregunta… 🙂

      En cuanto a lo del grupo de villanos… ¡no le des ideas a mis jugadores! XD Bromas aparte, personajes jugadores de alineamiento malvado los hay en la campaña, aunque de momento no les ha dado por formar una liga de supervillanos. También hay otros personajes que, si bien no son malvados, están jugando con magia muy pero que muy oscura, y aún está por ver como acabará la cosa. ¡Vete a saber si tus palabras no serán proféticas!

      Bueno, pues nada, si tienes más dudas o comentarios, no dudes en dejar tus comentarios por aquí, por mi parte haré lo que pueda para ser de ayuda.

      ¡Saludos!

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