Crónicas de Alasia (XXII): Retorno a Durham

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón

Llama 23

Once días después de su segunda partida, Elian y su compañía cruzaron de nuevo las puertas de Nueva Alasia. Traían consigo a Dhelia, la hija de Enhara, de la Tienda de Suministros, sana y salva, rescatada de las garras de la secta demoníaca que se había adueñado de Durham. Cuando su madre la vio entrar por la puerta, seguida por los tres aventureros, corrió a estrecharla entre sus brazos. Con lágrimas de alegría en los ojos, Enhara prometió a los compañeros que les haría generosos descuentos de por vida. Tras dejar a ambas para que celebraran su reencuentro en soledad, y mientras recorrían las calles de la ciudad, Elian vocalizó lo que todos tenían en mente. Lo que había pasado en Durham era muy grave. Toda su población al completo había pertenecido a un culto infernal, habían realizado sacrificios rituales a su dios-demonio y finalmente la tierra se había tragado hasta el último de ellos. Era necesario dar cuenta a las autoridades. De lo contrario, tenían todos los números de acabar siendo acusados de la masacre y desaparición de toda una aldea llena de inocentes. Y no tenían más prueba de lo sucedido que su palabra. El mago propuso visitar la guarnición y pedir audiencia al Capitán de la guardia, Aldan Geraint.  Sus dos compañeros estuvieron de acuerdo. Elian, además, tenía un segundo motivo para querer visitar la guarnición: reencontrarse con su hermano Norben. Si el paladín se hallaba en Nueva Alasia, sin duda estaría allí también.

Lamentablemente, el destino evitó por segunda vez el encuentro de los dos hermanos Arroway, pues Norben había abandonado Nueva Alasia aquella misma mañana con los Portadores del Amuleto, y en esos mismos instantes se encontraba en el camino de Welkyn, no muy lejos de la Posada del Agua. El Capitán Geraint, por otro lado, si les recibió. Era un hombre de unos treinta y muchos, de cabello oscuro y barba corta y bien cuidada, ambos teñidos de plata en las sienes y en el mentón. Le encontraron departiendo con Sir Matthew Corven, el Lord Comandante de los Caballeros Protectores. Sir Matthew era bastante más joven, pero a pesar de su juventud, exudaba confianza, seguridad y temple, y sus pequeños gestos delataban que era alguien avezado en el arte de la espada. Ambos les recibieron en el despacho del Capitán, intrigados por lo que tuvieran que contar. Habían reconocido a primera vista a Shelain, la hija del Ithandir, pero nunca le habían visto una expresión tan grave. Mientras Sir Matthew servía vino de una jarra, los aventureros relataron todo lo sucedido en Durham, sin omitir detalle alguno. Les mostraron a ambos oficiales el diario de Thomas Waite, la única prueba material que tenían en su poder, y les dijeron que Dhelia podía corroborar su historia.

Geraint y Sir Matthew intercambiaron miradas preocupadas, y el Capitán frunció el ceño. Sabía que era costumbre que las hazañas de los aventureros fueran registradas por el cronista Korybos en su libro, y que si lo que contaban era cierto, merecían el reconocimiento y la gloria ganadas por tamaña gesta, pero les conminó a guardar silencio en aquella ocasión. Si aquello se hacía público, estallaría el pánico en la región. Al fin y al cabo, si los habitantes de Durham habían entregado sus almas al mal a cambio de seguridad y prosperidad… ¿porqué no los de Lindar? ¿O los de Rasad? ¿O cualquiera, en realidad? El vecino desconfiaría del vecino, la sospecha se extendería como un fuego descontrolado en la hierba seca, y la histeria colectiva podría acabar desembocando en una verdadera caza de brujas que se llevaría por delante a justos y pecadores por igual. La frágil paz y la estabilidad que se había logrado durante los últimos cuarenta años podría hacerse añicos en un instante. Las Tierras Reclamadas estaban en deuda con ellos, dijo, y las autoridades lo tendrían en cuenta, pero la guardia de la ciudad les pedía que mantuvieran en secreto la verdad sobre Durham. Los compañeros accedieron, aliviados al ver que su historia era creída.

Sin embargo, sir Matthew Corven tenía algo más a añadir. Un suceso así exigía que los propios Caballeros Protectores comprobaran personalmente tanto la veracidad del informe, como el lugar de los hechos. Sir Matthew quería ver Durham con sus propios ojos, y les pidió que les acompañaran hasta allí en condición de testigos principales. El caballero lo había formulado cortésmente, como una petición, pero los tres se dieron cuenta que no sería muy sabio negarse. Sin duda, el Lord Comandante también quería comprobar si les habían mentido, e intentar escurrir el bulto únicamente les haría parecer sospechosos. Así pues, sus esperanzas de poder descansar a gusto se esfumaron por completo cuando el caballero les citó junto a las puertas de la ciudad al salir el sol. Partirían hacia Durham con el alba.

Aquella noche, de regreso a los acogedores salones del Hacha y el Suspiro, el ambiente de alegre camaradería que reinaba en la casa de Gorstan les devolvió algo de la fe en la humanidad que habían perdido en Durham. Allí no tenían que temer a ninguna llamada sobrenatural, que les clavaran una daga en el corazón mientras dormían, o que el propio posadero intentara envenenar la comida. Nueva Alasia era un refugio cálido y seguro contra la oscuridad que se extendía ahí fuera, y después de las cosas que habían presenciado, eran más conscientes de nunca que valía la pena luchar y derramar sangre para proteger un lugar así. Se presentaron ante Korybos, que ya tenía a punto el cálamo y el tintero, pero le pidieron que los dejara a un lado y que, por una vez, se limitara a escuchar. Le contaron al sorprendido escriba toda la verdad, y le pidieron que no la registrara aún en el Libro de las Tierras Perdidas. Mañana al alba volvían a partir a un lugar olvidado por los dioses del bien, y no querían que la verdad muriera con ellos si no regresaban de ese viaje. Más tarde o más temprano, la verdad tendría que salir a la luz, y sabían que Korybos sabría reconocer ese momento cuando llegara. El cronista asintió gravemente, y escribió el relato en un fajo de pergaminos aparte, reservando un hueco en su libro para, llegada la hora, revelar al mundo el siniestro secreto de Durham.

[Haciendo esto, los jugadores renunciaron a la muy considerable cantidad de Fama y Honor que habrían recibido si su hazaña se hubiera hecho pública. O mejor dicho, los puntos ganados se quedaron en reserva hasta que la verdad saliera a la luz. ]

Llama 27

Gaul, Elian y Shelain llegan de nuevo a Durham junto al grupo de Caballeros Protectores liderado por el mismo Sir Matthew Corven. Todo estaba inquietantemente silencioso, y no se veía ni un alma. Ni siquiera los animales salvajes parecían haberse acercado allí en busca de comida fácil. Todo estaba como lo habían dejado, excepto los cadáveres. No quedaba ni un cuerpo que diera fe de lo que había sucedido allí, ni huellas de nadie que se los pudiera haber llevado. Era como si, simplemente, hubieran desaparecido. Los compañeros mostraron a Sir Matthew la estatua profanada de la Dama Verde, las estancias secretas del culto bajo la iglesia, con sus pozos y altares impíos, y las cuevas bajo el risco, donde el altar mayor a Ammon-Shaffai aún permanecía, grotesco y repugnante. También llevaron a los caballeros hasta el punto en el bosque donde terminaban las huellas resecas en el barro de los aldeanos. Sir Matthew no daba crédito a lo que veían sus ojos, a la corrupción infernal que había crecido allí sin que nadie se diera cuenta. Al caballero no le quedó más remedio que dar por cierta la versión de los aventureros. En Durham no quedaba nada por hacer. Quizá, con el tiempo, la aldea sería repoblada, y podría prosperar de nuevo, libre del mal. O quizá la sombra bajo la que se había hallado tanto tiempo haría imposible que la normalidad regresara al lugar, y el bosque se acabaría tragando el pueblo como lo había hecho con sus habitantes.

Llama 30

La comitiva regresó a Nueva Alasia, y los tres aventureros se despidieron de Sir Matthew y el resto de caballeros que habían sido sus compañeros de viaje. El Lord Comandante les recordó que actuaran con discreción en torno al caso de Durham, y les agradeció en nombre del Barón que hubieran acabado con semejante nido de víboras. Zanjado el asunto, Gaul, Elian y Shelain se dirigieron al Hacha y el Suspiro para tomarse, por fin, el largo y bien merecido reposo que tanto habían ansiado. Frente a una humeante bandeja de venado estofado, Gaul dijo a sus camaradas que su próximo paso sería explorar el Bosque de Wilwood en busca de indicios de la presencia de la antigua orden druídica. Tanto el mago como la elfa estuvieron de acuerdo, cada uno por sus propias razones. Acordaron tomarse los días que fueran necesarios para descansar, aprovisionarse, intentar recabar información y preparar debidamente una expedición al corazón de la espesura. Cuando, nueve días más tarde volvieron a dejar atrás los muros de Nueva Alasia, lo hicieron ya convertidos en los Exploradores de Wilwood.

Ilustración por Lemonushka

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s