Crónicas de Alasia (XX): El Reposo de Vonkar

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, bárbaro semiorco, iniciado como druida por el Círculo de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón

Llama 20

El pequeño grupo formado por Elian, Gaul, Shelain y Dhelia había dejado atrás el abandonado pueblo de Durham, y regresaba a Nueva Alasia por el antiguo camino hacia Lindar. La proximidad del camino a la espesura de Wilwood, sobre todo en algunos tramos, hacía que los tres aventureros viajaran tensos y en alerta, sobre todo después de ver como todos los habitantes del pueblo desaparecían en su interior sin dejar rastro.  Gaul miraba al verde bosque con especial interés. Como iniciado druida, tenía constancia que en el pasado había existido un círculo de druidas en la región, pero que su presencia ya había menguado mucho con la llegada de la religión valoreana, y en la actualidad había desaparecido por completo. El archidruida de Dun Emain le había enviado a Alasia con la misión de buscar y recuperar los monumentos y lugares sagrados que la orden podía haber dejado atrás, olvidados, e investigar la posibilidad de que un nuevo círculo se alzara allí en el futuro. Ciertamente, Wilwood era un buen lugar donde empezar a buscar. Shelain buscaba hacerse un nombre como guerrera, sobre todo para demostrar su valía a su padre, el legendario Sovielis de Liadiir, amigo personal del Barón e Ithandir (maestro de armas) de Nueva Alasia; Elian quería recorrer las Tierras Perdidas para investigar la historia del lugar y descubrir qué clase de legado había dejado el antiguo reino, y qué había ocurrido en realidad durante la Guerra de las Sombras. El semiorco creía que ninguno se opondría a explorar el bosque, aunque su carácter brusco le hacía más de actuar y ver si le seguían que de pactar o debatir.

Tras una jornada de viaje, y consultando el mapa que se habían hecho a partir de sus propias exploraciones y la información contenida en la Mesa del Mapa en casa de Gorstan, el grupo decidió atajar campo a través. Gaul creía que podría conseguir que ganaran algo de tiempo avanzando en línea recta hacia el noreste, evitando el rodeo que daba el camino por Lindar y las granjas. Elian comentó también que si lo hacían, ese rumbo les llevaría cerca de un pequeño grupo de colinas que se alzaban en medio de la campiña. Desde allí posiblemente habría una buena vista de los terrenos circundantes, lo que les permitiría ampliar su mapa. Tomada la decisión, los cuatro dejaron el camino y empezaron a avanzar a través de campos, prados y pequeños bosquecillos. Se encontraban a unas tres millas de las colinas rocosas y peladas, cuando los ojos de elfa de Shelain se fijaron en algo curioso en ellas. La cima de la colina más alta parecía artificialmente lisa y redondeada… como si fuera una construcción en ruinas muy erosionada por el paso del tiempo. Intrigados, inician una aproximación cautelosa hacia las colinas. Al acercarse más, Elian pudo confirmar que la cima estaba formada por las paredes curvadas de un edificio muy antiguo, muy parecido a los fuertes circulares que construían los primeros hombres que habitaron Valorea. El mago no quería dejar perder la oportunidad de investigar aquel resto del pasado, y tanto a la elfa como al semiorco les intrigaba también. Al acercarse a la base de las colinas, sin embargo, algo chasqueó bajo sus pies: un largo hueso pelado, perteneciente claramente a un ser humanoide. Una rápida inspección reveló que entre la hierba y las piedras sueltas desprendidas de las colinas había más huesos, esparcidos en un amplio radio. Muchos de ellos mostraban señales de violencia. Shelain se arrodilló un momento, y cuando se levantó llevaba algo en la mano, un cráneo parecido al de una hiena. Gnolls, dijo la elfa con el ceño fruncido. Alguien había librado una pequeña batalla a los pies de esas colinas. Buscando la mejor manera de ascender, Gaul encontró un sendero angosto y escarpado, poco más que una grieta en la roca, que parecía llevar hasta arriba. Avanzando en fila india, empezaron a ascender, armas en mano, con Gaul en vanguardia, Elian y Dhelia en el centro, y Shelain cubriendo la retaguardia. Durante el ascenso, comprobaron que aquello en otro tiempo habían sido escaleras talladas en la roca, ahora tan desgastadas y erosionadas que eran casi indistinguibles. Era un lugar perfecto para que un grupo reducido defendiera la posición, comentó Shelain.

Dejando a Dhelia junto a todos sus pertrechos de viaje en un pequeño repecho a media altura, los tres aventureros siguieron subiendo hasta que por fin llegaron a la cima, adentrándose en el interior de las paredes sin techo del fuerte circular. No tardaron en descubrir que las ruinas tenían un ocupante. Un esqueleto humanoide yacía tirado en el suelo justo tras la entrada, pero no tuvieron tiempo para examinarlo, ya que un gemido quejumbroso y reverberante sonó en el vacío interior, y una figura de ultratumba les salió al paso. Era a todas luces el cadáver de un guerrero, ataviado en una cota de malla oxidada cubierta por un sobreveste podrido. Su carne estaba reseca y marchita, pútrida, y su cuerpo era esquelético en partes. Conservaba una larga melena de cabello negro, y las cuencas de sus ojos brillaban con una luz rojiza. En su mano diestra empuñaba una larga espada de mano y media, de factura exquisita y sin una sola mancha de óxido. Los aventureros no tenían forma de saberlo, pero se encontraban ante el cadáver andante de Vonkar Mano de Hierro, defendiendo eternamente la posición en la muerte como lo hizo en sus últimos momentos de vida. Los aldeanos de Welkyn conocían el lugar como el Reposo de Vonkar, y lo evitaban con un temor supersticioso.

[La historia completa de Vonkar y lo que le sucedió a su grupo la podéis encontrar aquí. Este es uno de los puntos en los que varios grupos han dado con subtramas enterradas en la campaña y han interactuado con ellas a la vez, pero desde distintos puntos de acceso. La sinergia cronológica fue total, como veréis en la siguiente entrada de los Portadores.]

Tras su muerte, Vonkar se convirtió en un tumulario particularmente peligroso. En vida, Vonkar empuñaba a una sola mano su vieja espada bastarda, forjada en hierro frío y encantada en las fraguas de la remota fortaleza enana de Kundrukhar, mientras blandía una espada corta de plata en su siniestra. Durante la persecución de los gnolls perdió su arma secundaria, pero ahora podía canalizar su toque de ultratumba a través del filo de su espada. Más rápido de lo que podían haber imaginado, y sin darles tiempo a reaccionar, el tumulario cargó contra Gaul, que iba al frente, asestándole un poderoso golpe con su gran espada. Al momento, el semiorco sintió como la llama de la vida se extinguía un poco en su interior, dejándole pálido y tembloroso. [Aunque la capacidad de los muertos vivientes de robar niveles a los personajes ha perdido bastante mordida en Pathfinder, sigue siendo uno de los poderes que más aterran a los jugadores, y de los que en una campaña como Alasia es difícil recuperarse mágicamente. A Gaul más le valía que su resistencia fuera lo bastante grande como para reponerse de forma natural]. Saltando en ayuda de su compañero, Shelain flanqueó a Vonkar y se inició un combate cuerpo a cuerpo atroz. Gaul se vio obligado a ponerse a la defensiva, pues dudaba poder resistir otro impacto como aquel, y el tumulario había centrado su atención en él. Vonkar asestaba golpes con su espada y con su puño libre, y su mero contacto hacía que la fuerza vital de los mortales menguara y se extinguiera. La mente destrozada de Vonkar le impedía abandonar su puesto incluso tras su muerte. Consideraba a cualquiera que se acercara un atacante, lo que unido al odio hacia los vivos propio de los tumularios, le llevaba a atacar a muerte o hasta que sus atacantes se retiraran de su “fortaleza”. Vonkar no era escrupuloso, como demostró al atacar al primer objetivo que se puso a su alcance, pero en combate retenía algunos de sus instintos de guerrero entrenado, y al verse enfrentado a dos enemigos, cambió de víctima, intentando debilitar a todos sus enemigos con su toque drenador para acabar con ellos más fácilmente después. [La excepción a esto hubiera sido si hubiera llegado alguien exhibiendo algunas de las pertenencias de la difunta Auria, en cuyo caso le hubiera atacado con furia ciega, ignorando a todos los demás]. El semiorco estaba a punto de caer cuando Elian consiguió encontrar el hueco para disparar su conjuro más poderoso, un rayo abrasador que impactó de lleno al ser y le incineró en el acto. [20 natural en la tirada de ataque, un crítico con el conjuro que duplicó su daño de 4d6 a 8d6, y ¡encima sacó alto! Le hubiera matado aunque hubiera estado intacto]. Aquello salvó la vida a sus compañeros, pues ambos habían perdido parte de su misma vitalidad a manos del no-muerto, mientras que Vonkar se hacía cada vez más fuerte gracias a ella. El cadáver ennegrecido del guerrero cayó al suelo, y un suspiro se elevó de él mientras su espíritu cruzaba por fin el Velo.

Gaul reclamó la espada de Vonkar para sí. Era demasiada pesada para el estilo de combate de Shelain, y a Elian no le interesaba para nada, así que no tuvieron inconveniente. La factura del arma era magnífica, enana sin duda; a un lado de la hoja tenía una V rúnica grabada, y en la otra una marca de herrero que Elian reconoció como perteneciente al legendario Durggedin el Negro. Examinando el esqueleto caído junto a la entrada, vieron que llevaba restos de ropas élficas, una vieja camisa de mallas rota e inservible bajo ellas, un cinturón con una funda de espada larga vacía y un saquillo de componentes mágicos podridos e inservibles. Su dueño había sufrido heridas de cortes brutales y bastante aplastantes, más parecidos a los que daría un hacha que una espada. Sin duda, asestados por los gnolls cuyos huesos habían hallado anteriormente. La sorpresa vino cuando Elian utilizó un conjuro para ver si algunas de esas cosas estaba encantada. La espada era mágica, sí, pero el mago detectó la presencia de un conjuro poderoso bajo las piedras y la tierra del suelo que estaban pisando, en el centro de la “sala” circular que formaban las ruinas del fuerte.  Atónitos, se dispusieron a limpiar la zona de gravilla y tierra, dejando a la vista al cabo de un buen rato  unas enormes puertas de piedra en el propio suelo de roca, que al parecer se abrían hacia algún tipo de subterráneo. Elian calculó que debían tener la misma antigüedad que las paredes del fuerte, y que la poderosa magia que había detectado las custodiaba de alguna manera. Gaul estaba maltrecho y aterido por el combate con Vonkar, pero aún así, y tomando todas las precauciones que pudieron, decidieron intentar abrirlas. Su curiosidad era demasiado grande. Desafortunadamente, las puertas resistieron todos sus intentos tanto mundanos como mágicos de abrirlas, y finalmente tuvieron que rendirse y abandonar en su empeño. Anotaron la situación del fuerte y las puertas en su mapa, y procedieron a otear los alrededores de las colinas desde su posición privilegiada, antes de hacer subir a Dhelia y montar un campamento en las ruinas en el que descansar antes de proseguir con su viaje de retorno a Nueva Alasia.

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