Crónicas de Alasia (XIX): La Espiral Torcida

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold

Llama 23

Las pesquisas de los Portadores del Amuleto en Nueva Alasia duraron varios días, que aprovecharon también para equiparse mejor con los tesoros obtenidos y para abastecerse de las provisiones y suministros necesarios para la búsqueda que estaban a punto de empezar. Durante ese tiempo, el Amuleto había ido cambiando de portador a diario, y ninguno de ellos sintió que el objeto maldito estuviera ejerciendo ningún tipo de influencia o poder sobre ellos… Parecía realmente desprovisto de su poder, al menos por el momento. Frente a unas jarras de la cerveza espumosa de Gorstan, habían llegado a un acuerdo sobre sus próximos pasos. Se dirigirían a Welkyn, donde apuntaba la pista más sólida que tenían, la presencia de Bor y con él, presumiblemente, la Gema Oscura. Antes de partir, sin embargo, Adà se presentó ante ellos… cambiada. Durante su estancia en la ciudad, la hechicera se había gastado prácticamente toda su parte del botín en hacerse ropas nuevas. Se presentó en el Hacha y el Suspiro vestida con una túnica negra ¡exactamente igual a aquella con la que había sido enterrado Kishad de Jalur, el creador del Amuleto! También llevaba puesto el anillo que había adornado el dedo del cadáver, y el Cetro de los Kishadi en el cinto a modo de arma.

Ni qué decir tiene que su nuevo atuendo resultó una visión de lo más perturbadora para sus compañeros. Norben no tardó en increparla acerca de ese cambio, mientras no dejaba pasar la oportunidad para intentar percibir el más mínimo rastro de maldad en ella. No fue así, y la hechicera por toda explicación dijo que le había gustado el estilo del antiguo conjurador de sombras. Norben era demasiado cortés para amenazar a alguien con quien había luchado codo con codo, pero supo que a partir de aquel momento tendría que vigilar estrechamente a la joven: si daba un sólo paso hacia la oscuridad, él tenía que estar alerta para devolverla a la senda de la luz. Arn no fue cortés en absoluto. El justicar le recordó a su compañera que había jurado hacer cumplir la ley y que tenía la potestad sagrada erigirse en juez, jurado y verdugo de malvados y criminales. No le temblaría el pulso si la joven cruzaba la línea. Si la hechicera se sintió impresionada, no lo demostró. Para Encinal, el joven aventurero recién llegado a Alasia, aquel tenso momento no significaba nada, y su experiencia fuera de la Academia de las Artes Mixtas era escasa, pero era atento y observador, y provenía de Stonehold, una de las mayores urbes del mundo. Al instante reconoció el acento de Adà, un acento que no era Aquiliano a pesar de cómo sonaba su nombre. Situó el deje de la joven como oriundo de Enoch, un reino extraño y antiquísimo donde la vida y la muerte no significaban lo mismo que en el resto de Valorea y regido por una casta sacerdotal de nigromantes seguidores de una extraña filosofía conocida como el Ciclo del Seràh. Encinal no dijo nada a nadie, y optó por guardarse la información para sí por el momento.

A la mañana siguiente, habiendo adquirido monturas para todos, partieron de Nueva Alasia por el camino que ya conocían, que pasaba por Lindar, la Posada del Agua y finalmente llegaba a Welkyn. Norben había visitado la Casa Capitular de los Caballeros Protectores y había charlado con el lord comandante de la orden, Sir Matthew Corven, haciéndole saber que partía en una búsqueda peligrosa y que era posible que tardara en regresar a la ciudad, dejando un mensaje escrito para su hermano Elian. Por su parte, Shahin había visitado a su único compatriota en Nueva Alasia, Al-Azhred el Alquimista, para adquirir algunos reagentes para el ritual que reavivaría la magia de Saif al’Qamar. Aún no podía adquirir los más caros, pero cada vez estaba más cerca de poder empuñar la cimitarra encantada. El camino hacia Welkyn se realizó sin incidentes, y a media tarde del vigésimo-tercer día de la Llama llegaron de nuevo a la Posada del Agua, donde su misión había empezado. Decidieron pasar la noche allí, pidiéndole cobijo al posadero Leyman, y aunque el hostal estaba cerrado para el público, el joven les dio la bienvenida con efusividad después de lo que habían hecho por su familia, a pesar de la inquietud que claramente le provocaba saber que el Amuleto volvía a estar bajo su techo.  Mientras cenaban junto al fuego, los Portadores aprovecharon para preguntar a Leyman si por su posada había pasado alguna vez un grupo de aventureros liderado por un guerrero llamado Vonkar. Resultó que Leyman recordaba perfectamente a Vonkar y los suyos. Vonkar Mano de Hierro era un guerrero fuerte y osado, bien plantado, aunque parecía tener más valor que experiencia. Junto a él llegaron un elfo cantor de espadas, Lenion Mae; un mediano con pinta de astuto llamado Tuk Windlebottom y Owen, un acólito de Uriel, Reina de las Estrellas y Dama del Destino. Llegaron a la Posada del Agua no por el camino, sino campo a través directamente desde el norte, y venían completamente abatidos, pues habían perdido a uno de los suyos en algún punto entre allí y Nueva Alasia. Su compañera, de nombre Auria, que al parecer había estado unida sentimentalmente a Vonkar, había muerto en una emboscada, y el grupo estuvo de un humor lóbrego y funesto la noche que pasaron en el edificio antes de marcharse de nuevo hacia el sur.

Al oír aquello, los Portadores no tardaron en variar sus planes. Era muy posible que una de las reliquias, la Espiral Torcida, hubiera sido heredada por Auria, y no podían dejar pasar aquella oportunidad de investigar más estando tan cerca. Consultando su mapa, vieron que el Arroyo del Sauce junto al que la posada estaba construida provenía del noreste y aparentemente su curso pasaba justo al sur de Nueva Alasia. Era probable que si el grupo de Vonkar había salido de la ciudad directamente hacia el sur, hubieran seguido el arroyo como punto de referencia. Decidieron que aprovecharían las últimas horas del día para remontar el arroyo y comprobar si podían encontrar el lugar donde Auria había hallado su prematuro fin. Dejando las monturas en los establos de Leyman, los Portadores se pusieron en camino. Unas millas arroyo arriba, llegaron a una zona de tierra baja donde el arroyo se derramaba por una amplia extensión de terreno, creando una zona pantanosa salpicada de los frondosos árboles que daban nombre al lugar. Los aventureros se plantearon si dar media vuelta antes de entrar en el pantano, pues la puesta del sol se acercaba rápidamente, pero al final optaron por seguir explorando, y se adentraron en la ciénaga, con el suelo hundiéndose bajo sus botas y el agua llegándoles hasta media pantorrilla. La noche les sorprendió en el pantano, y Celaine, la luna, apareció en lo alto y también como un reflejo tembloroso en el agua turbia. En ese momento decidieron interrumpir su búsqueda y salir del pantano para pasar la noche en tierra firme. Sin embargo, al darse la vuelta les aguardaba una sorpresa. En la oscuridad de la ciénaga, a varios metros de distancia, flotaba en el aire una espectral llama azulada. Todos desenfundaron sus armas mientras empezaban a retroceder con mucho cuidado, sólo para comprobar que la llama flotante seguía todos sus movimientos. Era imposible saber cuanto tiempo la habían tenido a sus espaldas. Todos habían oído leyendas sobre fuegos fatuos en los pantanos que desviaban a los viajeros y les conducían a la muerte, pero era la primera vez que presenciaban uno. Entonces, uno a uno, bajaron la mirada hacia el agua al darse cuenta de algo que, a pesar de todo lo que habían presenciado hasta entonces, les heló la sangre. Al reflejarse sobre el agua, la llama azulada devolvía la imagen de una mujer fantasmal y encapuchada que sostenía una lámpara, cuya llama era la que veían flotando en el aire. Sin dudarlo, Encinal gritó “¡Auria!”, y como energizada por esa invocación, la llama empezó a retroceder, y con ella la aparición reflejada, que con su mano libre les hizo una señal conminándoles a seguirla. Mirándose entre ellos inquietos, los Portadores siguieron al espíritu hasta que unos cientos de metros después, la espectral mujer se detuvo y sin levantar el rostro encapuchado del que caían largos cabellos negros, levantó el brazo izquierdo para señalar a un punto del pantano. Apuntaba a una isleta de suelo más firme y menos embarrado rodeada de sauces, donde se veía claramente una daga de Eresh [el equivalente Valoreano a la cruz de las sepulturas] de madera cubierta de musgo. Cuando sus ojos volvieron hacia el espíritu de la mujer, éste ya se había desvanecido como si jamás hubiera estado allí. [Según los jugadores, todo esto les dio “mal rollito a lo terror japonés”, lo que me pareció fantástico]. Acercándose a la tumba, vieron que efectivamente, alguien había tallado una tosca inscripción que rezaba “Aquí yace Auria, amiga, compañera, amada”. Fue Adà quien sugirió que, si la joven había sido enterrada con sus pertenencias, quizá la Espiral Torcida se encontrara allí mismo. Alentados por la posibilidad de encontrar la primera de las reliquias tan pronto, los compañeros no percibieron la presencia de dos extraños trolls que acechaban entre las cortinas formadas por las ramas de los sauces, los mismo seres que habían matado a Auria y que estuvieron a punto de acabar con el resto de su grupo. Por fortuna, el joven Encinal demostró en aquel momento ser un buen fichaje. Más atento o afortunado de lo que parecía a simple vista, el medio elfo les salvó de la emboscada, logrando alertar al resto justo cuando las criaturas ya estaban a punto de lanzarse al ataque.

Los monstruos eran brutos enormes de extremidades largas y gruesas, con mugrientas pero afiladas garras. Su cuerpo cubierto estaba cubierto de musgo y hongos, y un pelaje sucio de un oscuro color verde parduzco, empapado de barro y agua de ciénaga. De sus mandíbulas salían disparados hacia arriba grandes colmillos curvos y puntiagudos. Gracias a sus estudios, Encinal los identificó como trolls de los pantanos, una subespecie que no podía subsistir fuera de entornos como aquel, lo que explicaba que permanecieran en los confines del Pantano del Sauce y no hubieran atacado ninguna granja o incluso la Posada. Las criaturas se habían acercado mucho a ellos, flanqueando al grupo para atacar desde dos direcciones. Los compañeros pronto se vieron forzados a dividir sus fuerzas mientras intentaban superar la ventaja que el mayor alcance de los trolls les otorgaba. Mantenerse lejos de sus zarpas y colmillos no era tarea fácil, y se dieron cuenta que si los trolls hubieran logrado emboscarles, difícilmente habrían salido con vida de allí. Sin embargo, los dioses parecían cuidar de ellos. Después de un inicio de combate complicado, en el que varios de ellos sufrieron graves heridas, la encarnizada lucha empezó a cambiar de signo y, cuando cayó la primera de las bestias, el otro no pudo resistir el embate de los cinco aventureros y pronto se unió a él en la muerte. Shahin sugirió quemar los restos para asegurarse que sus heridas no se cerraban por sí solas, como solía ocurrir con los trolls. Hecho esto, la atención de los compañeros volvió a la tumba de Auria. Norben era reacio a perturbar el descanso de los muertos, pero a su vez sabía que no podía arriesgarse a dejar la Espiral Torcida ahí, en medio de la nada, esperando a que cualquier incauto saqueador de tumbas se la llevara, así que se pusieron manos a la obra. Tras excavar lo suficiente, hallaron los restos humanos de una persona muerta años atrás y, efectivamente, enterrada con todas sus posesiones. El cadáver estaba envuelto en los restos harapientos y podridos de una capa roja, y al desenvolverlo, vieron que  aunque era irreconocible en su estado, la tierra pantanosa lo había preservado parcialmente. Llevaba al cinto una daga de calidad excepcional, que apenas se había oxidado, y en un dedo llevaba un anillo de oro con  una amatista engarzada. En la otra mano aún aferraba una varita lisa y recta de madera de abeto, con runas talladas a lo largo de su superficie. En el cuello llevaba un curioso colgante en forma de una espiral tosca y retorcida en relieve de oro y plata ennegrecida. Habían encontrado la Espiral Torcida.

Norben y Arn dijeron que sólo cogerían la Espiral y que los dioses no sonreirían a quien  saqueara a un muerto enterrado bajo la cruz de Eresh. Sus tres compañeros no fueron tan remilgados, y a pesar de las protestas y la discusión posterior que se entabló, la daga, el anillo (con una A grabada en su interior) y la varita acabaron en las sacas del grupo, sobre todo después de que un conjuro de Shahin revelara que no sólo la Espiral era mágica sino que la varita aún contenía poder en su interior. [Los tres personajes que saquearon el cadáver y se quedaron con sus pertenencias perdieron 2 puntos de Honor cada uno, mientras que el clérigo y el paladín no sufrieron dicha perdida por haberse opuesto al saqueo y renunciar a ese botín]. El magus dedicó unos minutos a analizar con hechizos ambos objetos, intentando averiguar sus funciones y la manera de activarlos. La varita parecía contener un conjuro de proyectiles ígneos, y se activaba pronunciando la palabra tallada en las runas. La Espiral, una vez identificada, resultó ser una especie de talismán de salvaguarda, con la propiedad de proteger a su portador contra ataques físicos y conjuros. [En términos de juego, confería +1 a la Clase de Armadura y daba +1 a las Tiradas de Salvación de quien la llevara puesta]. Al oír eso, Adà dijo que ella se haría cargo de la Espiral, aduciendo que lo mejor sería que al ir encontrando las reliquias, cada una fuera custodiada por un Portador distinto. Y al contrario que ellos, argumentó, ella era débil físicamente, sin una pesada armadura que la protegiera o una agilidad heredada de los genios para que la ayudara a evitar los ataques, con lo que la magia protectora de la Espiral le sería de gran utilidad. A nadie le pareció una idea especialmente buena que la mujer que se vestía como un Kishadi, empuñaba el Cetro de los Kishadi y tenía poderes mágicos relacionados con la muerte y los no-muertos se hiciera con otra parte del Amuleto, pero de alguna manera u otra la hechicera acabó persuadiendo a sus compañeros. Mientras Adà se colgaba la Espiral al cuello, Shahin comentó que esa magia protectora no parecía haber ayudado demasiado a la pobre Auria. Y la expresión satisfecha en el rostro de Adà demudó en una mueca contenida de pánico en cuanto el metal de la Espiral le tocó el cuello y sintió en lo más profundo de su ser que acababa de cometer un grave error. La Espiral Torcida, cosa poco sorprendente dado su origen, estaba maldita. No protegía a su poseedor, como su aura mágica parecía indicar, sino que tenía una función radicalmente opuesta.

[En ese momento informé a la mesa de los verdaderos efectos de la Espiral: no sólo restaba 1 a la CA y a las salvaciones, al contrario de lo esperado, sino que atraía los problemas y la atención de los enemigos sobre su dueña. En cada momento en que un monstruo,  enemigo o efecto hostil fuera a elegir al azar a un miembro del grupo como objetivo, el blanco de sus ataques pasaría automáticamente a ser Adà. Eso no afectaba a los enemigos que actuaran según un plan preconcebido, o si atacar a Adà conllevaba riesgos mayores que atacar a otros, pero en cualquier otro caso, la hechicera sería la primera en ser atacada. Eso fue lo que mató a Auria: la Espiral la convirtió en el objetivo de ambos trolls cuando emboscaron a su grupo.]

Inmediatamente la hechicera intentó quitarse la Espiral del cuello, sólo para comprobar que era completamente imposible. Su ambición la había condenado a llevar aquella carga, y a partir de ese momento su supervivencia se iba a complicar mucho más.

Antes de abandonar el pantano, Arn se mostró inquebrantable. Se arrodilló ante el cadáver de la desdichada Auria y realizó un oficio fúnebre para dar a su espíritu reposo y permitir que su fantasma cruzara el Velo hacia su destino final. Ante el cuerpo piadosamente envuelto de nuevo, el clérigo prometió solemnemente por Grymn llevarla a descansar a suelo sagrado, y juró que haría todo cuanto estaba en sus manos por reunirla con su amado Vonkar. Con este voto ante los dioses, los Portadores del Amuleto dejaron atrás el Pantano del Sauce, cargando con los restos de Auria en dirección a la Posada del Agua. La fortuna había querido que hallaran la primera de las tres reliquias oscuras pocos días tras empezar su búsqueda. Las otras dos se mostrarían mucho, mucho más difíciles de recuperar.

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4 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XIX): La Espiral Torcida”

  1. Me encanta Adà. Tiene un don para los problemas… me recuerda a un jugador mío cuya curiosidad suele llevarle a estas situaciones.
    Por otro lado em gusta mucho como la historia del grupo de Vonkar tiene múltiples anclajes en aventuras e historias de la región.

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    1. Si, de esto ya hablé un poco en la segunda entrada sobre encuentros prefijados, usando también el ejemplo de Vonkar y cía. Me parece muy útil para crear un mundo interesante y coherente, y ofrece múltiples avenidas para la exploración y posibles ramificaciones en las tramas que se van formando.

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