Crónicas de Alasia (XVII): La Búsqueda de los Portadores

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold

Llama 15

Después de las mil pruebas y duros combates, los cuatro aventureros tenían por fin el Amuleto en su poder. Ninguno de ellos se atrevió siquiera a mirarlo largo tiempo, ni a tocarlo con sus manos desnudas, como si en vez de un objeto inerte fuera una serpiente dormida cuyo veneno era letal. Fue envuelto en un fardo y guardado en la mochila de Norben, quien decidió llevar esa carga por propia voluntad. Ya se disponían a abandonar el lugar, cuando algo llamó la atención del paladín, una corazonada que le hizo darse la vuelta. Sin poder explicar exactamente aquella intuición a sus compañeros, se pusieron a inspeccionar el lugar antes de marcharse, y efectivamente, el extraño presentimiento del joven Arroway se demostró certero: una puerta secreta en la pared circular se abrió a un corto pasadizo tras el cual había lo que claramente, milenios atrás, había sido una cámara de tortura. Allí tan sólo se encontraba un esqueleto, con jirones de carne y piel resecos y apergaminados aún sobre los huesos, encadenado al centro de la sala por brazos y piernas de tal manera que se alzaba en vilo. El ser humano al que había pertenecido sin duda había sido objeto de toda clase de atrocidades. Llevaba aún puesta una oxidada e inservible armadura metálica y un casco de acero. A sus pies, yacía un gran escudo con el emblema de un águila con las alas extendidas, mientras que en su cinto colgaba una bella pero maltrecha vaina en la que seguía enfundada una espada, cuyo pomo de marfil estaba tallado con la forma de una cabeza de león. La panoplia del cadáver recordaba mucho a las que vestían los soldados imperiales de la cámara de los grabados, y por la forma del yelmo y el granate de su capa harapienta, parecía de alta graduación, posiblemente incluso un general. Norben se sintió fascinado por la espada… el león blanco era el estandarte de la antigua Sartia, a la que se remontaba su linaje. Pero, como Shahin les recordó, aquel soldado había vivido cientos de años antes de la fundación de Sartia. Sin duda, aquella espada era una simple coincidencia. El paladín, no obstante, creía más en la voluntad de los dioses que en el azar, y estaba seguro de que no habían hallado el arma por casualidad. Preguntándole a Arn si era apropiado y honorable tomar las pertenencias del difunto, el justicar le confirmó que no estaban saqueando un cuerpo, sino dándole su merecido descanso. Sin duda, el espíritu del antiguo guerrero descansaría más tranquilo sabiendo que sus armas servirían para combatir al mal que le había infligido semejantes tormentos. Con el beneplácito del sacerdote, Norben tomó la Espada del León y prometió al muerto usarla con honor y ser digno de ella. Arn reclamó para sí el escudo. Mientras el paladín desenfundaba la espada, vio que había runas talladas en su filo, y Adà le confirmó que estaba encantada. Entre todos, liberaron al general muerto de su milenario confinamiento y se dirigieron al exterior, para descansar y asimilar todo cuanto había ocurrido allí abajo.

Llama 16

Tras un largo y merecido descanso, los Portadores del Amuleto empiezan a planear cual va a ser su siguiente movimiento. No tenían más pistas que las vagas indicaciones dejadas por el fantasma de Semuel Colthard. El Amuleto solo podía ser destruido en el lugar donde fue construido, el Templo de las Sombras, bajo las ruinas de la aldea maldita de Lhudu, pero no hasta que se hubiera reunido con las tres reliquias que en su día formaron parte de él: el Clavo de Plata, la Espiral Torcida y la Gema Oscura. Decidieron que lo mejor que podían hacer era regresar a Nueva Alasia y tratar de averiguar algo más acerca de los supervivientes de Lhudu en cuya posesión habían sido vistas por última vez. También discutieron largo y tendido sobre qué hacer con el Amuleto entre tanto. Habían derrotado a su Voluntad, y probablemente pasaría largo tiempo muy debilitado, pero sabían que tarde o temprano el malicioso objeto empezaría a recuperar sus fuerzas, y eran muy conscientes de lo que era capaz de hacer si se le dejaba sin supervisión. Llegaron a la conclusión que no podían arriesgarse a dejarlo con nadie más, y que no había lugar lo bastante seguro para ocultarlo. Deberían cargar con él mientras durara su búsqueda, a pesar de los evidentes riesgos que eso entrañaba. Debían vigilarse constantemente, pues posiblemente el Amuleto intentaría corromperles y controlarles.  Shahin propuso que no fuera una única persona quien lo portara, pues era posible que cuanto mayor tiempo pasara el objeto en posesión de alguien, más fácilmente pudiera dominarle. De esta manera, decidieron compartir la carga. Establecieron que cada día el Amuleto cambiaría de manos, y que cada Portador sería estrechamente vigilado por el resto del grupo mientras tuviera el colgante en su poder.

Después de comer, Norben se levantó para ensillar a su caballo. Dijo que Leyman, el actual dueño de la posada, tenía derecho a saber lo que había ocurrido bajo su techo, y a conocer el noble sacrificio de su padre por contener una maldad inenarrable. Mientras el resto del grupo acababa de descansar, el paladín dijo que cabalgaría hasta a Welkyn en busca del posadero. Viajaría más rápido sólo. Aquello hizo saltar las alarmas del resto del grupo, pero el paladín demostró que actuaba por propia voluntad cuando le entregó el Amuleto a Arn antes de marcharse. Dicho y hecho, el joven montó en su caballo y galopó a paso vivo en dirección a Welkyn, con la intención de llegar antes de que fuera noche cerrada. Ya caía el crepúsculo cuando divisó la joven luna reflejándose sobre el lago de Welkyn, y entró al trote en la aldea, fijándose en la gran empalizada que parecían estar levantando los aldeanos. No tenía manera de saber a qué aciagos acontecimientos se debía aquello [¡pero vosotros sí!], y tampoco tenía tiempo para indagar sobre ello. Preguntando por los Colthard, no tardó en averiguar donde se alojaban Leyman y su familia, y allí se personó. El mesonero se sorprendió de verle allí, pero aún se quedó más atónito ante lo que Norben le contó frente a una cena humeante y una jarra de vino especiado. El pobre Leyman dio gracias a los dioses porque ninguno de ellos hubiera sucumbido a aquellos horrores, y le agradeció enormemente todo lo que habían hecho, y sobre todo, el permitir descansar en paz al fantasma de su padre. Él y Annalie regresarían a la Posada por la mañana, si el paladín tenía a bien escoltarles, pero le prometió a Norben que no reabriría el negocio hasta que el Amuleto hubiera sido destruido definitivamente. No quería que  por su culpa alguien pudiera quedar afectado por su maldición  Comprobando gratamente que el honor y la integridad no eran algo exclusivo de paladines y grandes héroes, Norben le prometió que no cesarían en su empeño por librar al mundo de ese mal. Aunque en ello les fuera la muerte.

Llama 17

Antes de dejar Welkyn, mientras los Colthard cargaban en su carro todas sus pertenencias, Norben decidió hacer pesquisas en la aldea junto al lago. El espíritu de Semuel les había dicho que lo último que supo de uno de los supervivientes de Lhudu, Bor, fue que tenía pensado asentarse en Welkyn, así que el paladín decidió preguntar por él. Su don de gentes y su simpatía natural, unidos a su cortesía y buen porte, le granjearon rápidamente las respuestas que buscaba. Varias personas recordaban a Bor, un hombre ya mayor de comportamiento extraño, que siempre miraba de reojo como si creyera que alguien le seguía siempre. Al parecer, pasó sus últimos días obsesionado por averiguar el paradero de un lugar al que llamaba la Tumba de Abysthor. Poco después desapareció sin dejar rastro. Intrigado, pero sin tiempo para demorarse más, Norben emprendió el camino de regreso a la Posada del Agua junto a los Colthard.

Llama 19

Los Portadores cruzaron las puertas de Nueva Alasia y se dirigieron al Hacha y el Suspiro. Si el Amuleto conservaba algún poder, durante aquellos días no había dado ninguna muestra de ello. Lo segundo que hicieron (lo primero fue pasarse por la barra de Gorstan) fue reunirse con el cronista oficial de la ciudad, Korybos de Thyanna, encargado de redactar las crónicas de la región en su Libro de las Tierras Perdidas. Los Portadores le contaron todo lo sucedido con pelos y señales, pues creían que les podría ayudar en su investigación, pero le pidieron que por el momento omitiera todo lo referente al Amuleto, pues su búsqueda ya era lo bastante complicada sin que corriera la voz de que estaban en posesión de un objeto tan poderoso. A regañadientes, el cronista aceptó, aunque les dijo que escribiría también la historia entera para que pudiera salir a la luz una vez su misión hubiera terminado. También les dijo que quizá les interesaría hablar con un recién llegado al Hacha y el Suspiro, alguien que posiblemente pudiera ayudarles en sus pesquisas. Se trataba de un medio elfo joven, alto y fornido pero de aspecto inexperto. Korybos les dijo que acababa de llegar a Alasia desde la gran urbe de Stonehold, la Gema del Tellariad, ciudad de magos y ladrones y una de las mayores metrópolis de toda Valorea. Era un alumno aventajado de la Academia de las Artes Mixtas, un colegio como sólo podía existir en Stonehold, el único lugar del mundo donde se formaban a “aventureros profesionales”, entrenados tanto en las artes del combate como de la magia y también en otros “oficios” de peor reputación. Sin duda, dijo Korybos, alguien así podía serles de gran utilidad en sus pesquisas. No tuvieron que acercarse a él, sin embargo; el joven, de nombre Encinal, se acercó a ellos en la sala común de Gorstan, atraído por su aspecto de compañía aventurera, y solicitó su ingreso con total desparpajo e inocencia. Sabiendo que una espada más les iría bien en su misión, y más si iba guiada por un buen ingenio, los Portadores decidieron contar con el medio elfo, aunque no le contaron toda la verdad de su búsqueda. Le aceptaron a cambio de una parte justa del botín encontrado, pero para conocer la verdad del Amuleto, el joven debería primero ganarse su confianza.

[Un nuevo jugador se unió al grupo, y de esta manera su personaje fue introducido en la trama. En términos de juego, Encinal es un bardo, pero no centrado en la música y el canto, sino con habilidades basadas en la suerte y la investigación gracias a su arquetipo de Indiana… digo, de Arqueólogo. Lo del Colegio de las Artes Mixtas fue pura  invención del jugador, pero me pareció tan sumamente molón que decidí al momento que pasaba a formar parte del mundo de juego.]

Con la ayuda de Korybos el cronista, y también del Padre Justin, el párroco a cargo de la Catedral de Nueva Alasia, donde se guardaban los registros y los anales de la ciudad, los Portadores y su nuevo compañero empiezan a seguir el rastro de los supervivientes. De Allanon, el portador del Clavo de Plata, nada lograron averiguar. Si alguna vez había pisado Nueva Alasia, no había quedado ningún rastro de su paso por allí. Aparentemente, y según las palabras de Semuel, Allanon desapareció en las profundidades de Wilwood, y el Clavo de Plata con él. En los legajos eclesiásticos sí encontraron una mención a una mujer llamada Rhea, igual que la portadora de la Espiral Torcida. Había muerto dando a luz a una niña llamada Auria. Ésta, al crecer, se había unido a un grupo de aventureros liderado por un guerrero llamado Vonkar Mano de Hierro, grupo que un par de años atrás abandonó Nueva Alasia en dirección sur y jamás regresó. Por último, el nombre de Bor también resultaba desconocido en la capital, pero Korybos reconoció el nombre que Norben había escuchado en Welkyn: Abysthor. El cronista les cuenta que Abysthor fue un sacerdote de los dioses de la luz en los últimos días de la antigua Alasia, antes de la Desolación. Probablemente fuera enterrado acorde a su rango, en un lugar santo que antaño era conocido como el Valle de los Santuarios pero que, probablemente, se había convertido en la oscura mazmorra conocida en la actualidad como el Portal de los Lamentos, que ningún aventurero había conseguido localizar aún.

Todos los caminos llevaban en direcciones distintas, y a cual de ellas más peligrosa. La búsqueda de los Portadores acababa de empezar…

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2 pensamientos en “Crónicas de Alasia (XVII): La Búsqueda de los Portadores”

  1. “El justicar le confirmó que no estaban saqueando un cuerpo, sino dándole su merecido descanso”.

    La capacidad de los jugadores para inventar excusas que justifiquen el saqueo de un cadáver no tiene fin… 😉

    Veo que entra en juego un nuevo personaje. Shahin y Adà siguen siendo mis favoritos, pero me cautiva el nombre de “Encinal”…

    Le gusta a 1 persona

    1. Es verdad, nada espolea la creatividad de un jugador como un buen botín XDD.
      En su descargo, pero, tengo que decir que el jugador de Arn me preguntó si era apropiado según la religión Valoreana y el credo Grymnita. Después de todo, su dios no sólo representa la justicia imparcial sinó también la venganza y el castigo.

      El nombre de Encinal tiene su cosa, sí. Su jugador es muy sui generis bautizando a sus personajes… 🙂

      Edit: Añado que en la campaña Encinal siempre se pronunció como esdrújula, con el acento en la E.

      Le gusta a 1 persona

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