Crónicas de Alasia (XV): Contra el Amuleto

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl

Llama 14

Adà de Montaigne, la hechicera de poderes ultraterrenos, no había podido resistir la tentación de perturbar a los kishadi muertos milenios atrás, y al hacerlo había despertado a sus espíritus inquietos, que se habían fundido en una amalgama obscena y hambrienta de vida. Una nube esférica de oscuridad impenetrable flotaba hacia los buscadores del Amuleto, con negros zarcillos extendiéndose hacia ellos desde el opaco núcleo de la criatura. El ser parecía absorber la luz a su alrededor, creando un área a su alrededor que se tragaba incluso el mágico resplandor del orbe de Shahin y sumiéndolo todo en penumbras. Mientras sus compañeros aprestaban sus armas y conjuros, Arn invocó el poder de su dios para reprender a la entidad, pero ésta ignoró su intento como si ni siquiera estuviera allí. Shahin se lanzó también al ataque, y aunque su estocada con la daga cargada de magia fue precisa, algo ocurrió… como si la realidad a su alrededor fluctuara y se distorsionara, y su ataque inicial se convirtiera en una especie de dejà vú compartido reemplazado por un golpe fallido. Claramente el Vasuthant, arrancado de los fríos eones, tenía un cierto control sobre las fuerzas del tiempo y la misma realidad. El conjuro que invocó Adà para devolver a la criatura al sueño de los muertos tampoco funcionó, y eso fue cuanto tuvo tiempo de intentar, ya que el ser se abalanzó sobre ella y sin frenar su avance, la aprisionó con uno de sus neblinosos pseudópodos, y para el horror de sus compañeros, la arrastró hasta su interior. La joven sintió como su energía vital empezaba a ser succionada, mientras el oscuro cuerpo del Vasuthant parecía agitarse y bullir con mayor intensidad. Se estaba alimentando de ella, y haciéndose más fuerte a cada instante. [El ser drenaba puntos de Fuerza, algo de lo que Adà no iba precisamente sobrada, y los usaba para ganar puntos de vida adicionales.]

Norben cargó, preocupado por la posibilidad de herir a su amiga, pero sin dejar que su  decisión flaqueara por ello, y pudo comprobar con alivio que su espada se hundía en aquella cosa y parecía dañarla. Arn se unió a sus esfuerzos, empuñando su espada bastarda con las dos manos. Shahin descargó uno de sus conjuros eléctricos, que tuvo poco efecto en el ser, que se defendía golpeándoles con sus zarcillos mientras mantenía a Adà atrapada en su centro y cada vez más débil. La hechicera estaba a punto de sucumbir, y recurrió a la única carta que la podía sacar de semejante atolladero. Concentrándose al máximo para que la presión y el dolor no le hicieran perder la concentración, musitó un conjuro que cargó su mano con las energías negativas del mundo de los muertos, y tocó el interior del ente. En los vivos, aquello les habría provocado graves daños y debilidad, pero ella contaba con que tuviera un efecto distinto en los muertos, y así fue. Creyendo que estaba siendo arrastrado a la fuerza al otro lado del Velo, de donde jamás debería haber salido, el Vasuthant se alejó de allí como alma que lleva el diablo, soltando a su prisionera en el frío suelo. [Fue una de esas veces en las que una tirada fallida de salvación por parte de un monstruo salvó la vida de un PJ, ya que Adà no hubiera aguantado un asalto más. El dado rodó como a cámara lenta…]. Advirtiendo a sus compañeros que la criatura regresaría de un momento a otro, aprovecharon ese tiempo para prepararse para combatirla de manera más organizada. El ser regresó aullando unos instantes después, y fue recibido por un rayo de sombras proyectado por Adà desde el Cetro de los Kishadi, que sin embargo la atravesó sin causarle daños. Norben y Arn bloquearon el paso a la criatura en su camino hacia la hechicera, mientras Shahin la rodeaba para atacar con su daga y su magia, y aunque el combate fue duro, consiguieron que nadie más fuera tragado por el ser, y lograron destruirlo, disipando sus energías oscuras por todo el lugar.  Inspeccionando los aposentos en ruinas, hallaron un alijo de viejos ungüentos y pociones, al parecer conservados por la magia que intervino en su creación, así como una pequeña cantidad de monedas de plata de acuñación hexagonal y una nota críptica tallada en una tableta de arcilla, que lograron descifrar comparando los caracteres con los hallados en la sala del sarcófago, y que decía simplemente: “la tres es el uno, pero la uno no es el tres”.

[Fue un combate bastante chunguillo, pero que podían haber evitado totalmente. Eso sí, la pista encontrada les fue bastante útil a no mucho tardar.]

Continuando con su exploración, llegaron a una puerta de hierro macizo, en perfecto estado de conservación, pulidas y sin rastro de óxido. La puerta de hierro se abrió con facilidad para revelar una sala de forma pentagonal. En cada uno de los ángulos formados por las esquinas se alzaba una columna de piedra negra, cada una de ellas con una gran gema roja incrustada a la altura de la cabeza de un hombre. El suelo y el techo de la sala estaban marcados por una especie de surcos ennegrecidos que los recubrían tanto en vertical como en horizontal, formando una especie de enrejado. El centro exacto de la sala estaba presidido por una gran estatua de un hombre anciano, vestido con túnica y encapuchado. Su expresión era severa, y en la mano derecha sostenía un báculo alzado ligeramente por encima de su cabeza. En el pedestal sobre el que se alzaba la estatua parece haber una inscripción de algún tipo. Al otro lado de la sala, otra puerta idéntica aguardaba. Shahin se acercó con cautela para intentar leer la inscripción, pero antes de que llegara a verla bien, las dos puertas de hierro se cerraron con un gran estruendo, y por la voluntad del Amuleto, la magia defensiva que protegía la sala se puso en funcionamiento. Los surcos en el suelo y el techo resultaron ser las marcas dejadas por una serie de finos rayos que, formando una especie de fina cortina de energía blanco-azulada a su paso, atravesaban la sala de parte a parte a intervalos regulares, cruzándose en varios puntos y cortando todo lo que se encontraba a su paso. Los buscadores se vieron de repente intentando sobrevivir a la trampa mortal en la que se había convertido la sala, mientras hallaban la manera de escapar de ella. [Cada asalto se activaban tres rayos en la horizontal y tres rayos en la vertical, de manera aleatoria, y cualquier pj que estuviera adyacente a la trayectoria de uno sufría su ataque]. Rodando para esquivar uno de los rayos, Shahin logró llegar al centro y leer la inscripción, escrita en la misma lengua antigua que se podía encontrar en otros lugares del complejo, pero al parecer embrujada de tal manera que a cada lector le parecía estar leyendo en su idioma nativo. Decía: “El símbolo arcano abre el camino, si es trazado como es debido”. Al instante reconoció a qué se refería la mención del símbolo arcano: el pentáculo era uno de los símbolos místicos de protección más conocidos, y el mago normalmente se colocaba en el centro para beneficiarse de su salvaguarda… exactamente donde se hallaba la estatua del brujo encapuchado. Norben, sin esperar a que su compañero leyera lo que estaba escrito, ya corría hacia una de las columnas, salvándose de milagro de una de las cortinas de energía. Tocó la gema, pulsando para ver si ocurría algo, pero no ocurrió nada. Shahin les gritó que tenían que hallar la manera de crear un pentáculo,  y Arn, recordando la nota en la arcilla, comentó que la primera gema en ser pulsada debía ser la tercera, pero ¿empezando por donde? Shahin respondió que la primera columna debía ser aquella sobre la que la mirada de la estatua se posaba, y Adà, haciendo gala de unos conocimientos arcanos que desmentían su supuesta falta de entrenamiento formal, dijo que el pentáculo de protección solía trazarse hacia la izquierda. Sin perder tiempo, Shahin atravesó la sala corriendo, esquivando con la agilidad que le daba la sangre de los genios del aire, y pulsó la gema elegida… que empezó a brillar con luz propia. ¡Iban por el buen camino! Arn ya había sido herido una vez por los rayos, y Adà había empleado todos los conjuros de protección que conocía para no verse cortada a tiras…. todos eran conscientes que ninguno aguantaría con vida allí dentro mucho tiempo más. Haciendo gala de una gran rapidez de pensamiento incluso en una situación como aquella, Shahin indicó a sus compañeros qué joyas debían pulsar, de tal manera que pudieran coordinarse para hacerlo casi simultáneamente y cuanto antes. Si no se equivocaba, sólo faltaría una, y el más cercano, Norben, tendría que encargarse de atravesar de nuevo la sala para pulsarla. Gracias a los dioses, las deducciones del grupo fueron acertadas, y a medida que pulsaban las gemas correctas se creaba entre ellas una corriente de luz que poco a poco iba dibujando tanto el pentáculo como el pentágono en el que estaba contenido. Con la cuarta joya encendida, Norben gritó una oración a Gardron y se lanzó, con su escudo sobre su cabeza como parapeto, hacia la última columna, atravesando una de las cortinas de luz y logrando completar el símbolo, desactivando por fin la mística picadora de carne. Las puertas de hierro se abrieron con sendos sonoros clicks, y los aventureros salieron de allí a toda prisa para dejarse caer al suelo, sudorosos y heridos pero vivos al fin y al cabo.

[Este es un ejemplo del tipo de trampa que más me gusta, no el típico “vas andando y te caes a un foso/te empala un venablo/te cae una roca en la cabeza”, sino la trampa elaborada que funciona como un encuentro en sí misma, y que no se reduce a una simple tirada de Desactivar Mecanismos sino que implica a todo el grupo y que pone también a prueba el ingenio de los jugadores.]

Una sala enorme se abría ante ellos, sumida en la penumbra. Entre las sombras, pudieron atisbar lo que parecían los restos de grandes estanterías repletas de libros. Sin duda, antaño fue una biblioteca grandiosa. Ahora, pocas eran las estanterías que permanecían en pie, sobre todo en la parte central, y el polvo, la madera carcomida y los cadáveres de cientos de libros en el suelo eran el único testigo de su antiguo esplendor. La parte sur de la habitación estaba recubierta de un moho violáceo que se extendía por paredes y suelo. Curiosamente, el ambiente en la biblioteca era extremadamente seco, algo que contrastaba con el frío casi húmedo que imperaba en el resto de habitaciones del santuario. Shahin se vio atraído de inmediato hacia los libros que aún se conservaban, pero al acercarse, se vio afectado por una extraña somnolencia que le hizo trastabillar y caer al suelo, vencido por el misterioso sopor. Arn se acercó rápidamente a recogerle, y aunque también sintió que la pesadez le invadía, apretó los dientes y cargó con el sûlita, que ya estaba empezando a quedar recubierto por el moho púrpura. Deduciendo que el moho era la fuente de aquel extraño efecto, Adà lo incineró con uno de sus conjuros. Una vez hecho esto, pudieron examinar los libros. La mayoría de ellos se convirtieron en polvo nada más tocarlos, pero una búsqueda exhaustiva reveló un tubo de marfil con un par de pergaminos bien conservados, en los que había inscritas bendiciones sacerdotales para devolver la vista a los ciegos y limpiar maldiciones en objetos y personas, así como un verdadero tesoro arcano, un libro de conjuros encuadernado en piel negra con runas plateadas, que sin duda contenía algunos de los secretos de la magia oscura de los Kishadi. Movido por su intensa curiosidad, Shahin lo reclamó para sí, alegando ser el único que podría descifrar sus contenidos. Norben le advirtió que nada bueno podía salir de indagar en aquellos secretos, y el sûlita tomó nota pero se guardó el libro igualmente. Podía ser, después de todo, crucial para destruir al Amuleto.

Tras recorrer los recovecos y pasillos de la biblioteca, otra puerta les aguardaba, y aquella vez, Norben percibió una maldad que ya había sentido antes, pero mucho más intensa y poderosa que nunca. Volviéndose hacia sus amigos con el rostro severo y decidido, dijo: “Está aquí. El Amuleto de Kishad nos espera tras esta puerta”. Finalmente, el objetivo de su aventura estaba a su alcance. Habían superado todos los retos que el lugar les había presentado, se habían enfrentado a todo cuanto el Amuleto les había arrojado y, contra todo pronóstico, habían prevalecido. Sabían que la prueba más dura vendría a continuación, pero de alguna manera, se sentían más fuertes que nunca. Estaban preparados. En el exterior, acababa de amanecer el decimoquinto día del mes de la Llama, y los buscadores se tomaron unos instantes para . Rodilla en tierra, Norben se encomendó a la Espada Justa, jurando no flaquear ante el mal y pidiendo a Gardron que diera fuerza a su brazo y guiara su espada. Arn rezó a Grymn, sabiéndose su brazo ejecutor, y sintió que, como siempre, su dios estaba tras él. Shahin repasó mentalmente sus conjuros, mientras lamentaba para sus adentros no poder empuñar aún a Saif Al’Qamar, y Adà permaneció en silencio, sosteniendo el Cetro de los Kishadi, tan enigmática en sus pensamientos como parca en palabras. Tras aquellos instantes de preparación, Norben abrió la puerta y se encontraron frente a frente con el Amuleto de Kishad.

[Aquellos instantes sirvieron también para que les permitiera subir los personajes de nivel con la experiencia justamente ganada a lo largo de la mazmorra. Aunque normalmente no dejo hacer los ajustes en la hoja de personaje hasta que puedan descansar tranquilamente y sin peligro, dramáticamente iba como anillo al dedo, y de todas maneras lo iban a necesitar.]

Llama 15

La cámara era circular, sin más accesos que el que acababan de cruzar. En una suerte de mosaico también circular en el centro de la sala, compuesto por pequeñas losetas rojizas que conformaban una intrincada tracería que recordaba a la sangre en ebullición, tirado en el suelo sin más, se hallaba el Amuleto de Kishad. Era un objeto tosco y de aspecto antiguo, al parecer hecho de una especie de hierro oscuro, y tallado en formas geométricas que de alguna manera le conferían un aspecto malicioso y casi vivo. En cuanto entraron, el Amuleto empezó a levitar, sostenido por un remolino de sombras que se formaba a su alrededor. La Voluntad del Amuleto se manifestaba como una presencia física, una figura humana idéntica a la de su creador, Kishad de Jalur, pero compuesto íntegramente por sombras sólidas y tangibles. El Amuleto se cerró alrededor del cuello de la negra silueta del anciano, y alzando los brazos con un gesto triunfal, se entabló el combate. Y estuvo al borde de acabar antes de empezar. Todo el mosaico rojo que rodeaba al Amuleto se convirtió en una alfombra de sombras ondulantes que parecían adherirse a los pies de los aventureros y ralentizar su avance. Mientras Arn y Norben cargaban con sendos gritos de guerra a través de la zona oscura, y Adà y Shahin preparaban sus mejores conjuros, la Voluntad del Amuleto extendió una mano, y un cono de sombras mortíferas salió proyectado de ella, alcanzando a los cuatro héroes y desgarrando su carne y su espíritu. Shahin cayó de rodillas y Adà cayó inconsciente. Los dos aguerridos hombres de fe soportaron mejor el embate, pero acabaron ambos malheridos y sólo aguantaron en pie a base de pura determinación y la protección de sus dioses. Mientras Norben se trababa en combate cuerpo a cuerpo con el enemigo, Arn empezó a dedicar todos sus esfuerzos en sanar al grupo, lo que permitió que Shahin recuperara las fuerzas y Adà la consciencia. El magus se unió a Norben en la meleé y atacó, improvisando un nuevo truco: cargó su mano izquierda de energía eléctrica, y en lugar de tocar al enemigo, la imbuyó en su largo cuchillo curvo y atacó, cortando al ser a la vez que le electrocutaba. Ahora que tenía a tres de sus enemigos cerca, la Voluntad del Amuleto intensificó el poder de las sombras que se agitaban en el suelo, haciéndolas hervir como si se tratara de llamas gélidas que a él no le afectaban, pero a los vivos sí. Estaban presenciando una demostración de la verdadera magia Kishadi en acción por primera vez en milenios, y su poder era terrible. Arn y Shahin se vieron forzados a retirarse y abandonar la zona de sombras hirvientes, sabiendo que con aquello le daban la oportunidad a su enemigo de coserlos a conjuros, pero Norben no se retiró. Si le daban tiempo a proyectar un nuevo cono de sombras, estaban todos muertos, y  como había jurado, el paladín decidió permanecer cuerpo a cuerpo y dificultar en la medida de lo posible el lanzamiento de conjuros de su adversario, aunque significara su muerte. Encomendándose a Gardron, redobló sus ataques, mientras Arn seguía llenando la sala de la energía divina que restablecía en parte las heridas de todos, aunque sabía que a aquel ritmo pronto su capacidad quedaría agotada. La Voluntad logró evitar los espadazos el tiempo suficiente para infligir un nuevo tormento al paladín, enfriando progresivamente su armadura de acero y haciendo que llevarla puesta fuera más doloroso por momentos. Pero ni aún así el paladín alasiano se rindió, y cuando ya estaba a punto de desfallecer, las sombras del suelo remitieron y su poder se extinguió. Arn se acercó a él y le sanó mientras Shahin le cubría de los ataques del Amuleto, y Adà, arriesgándose a ponerse cara a cara con el enemigo, les dio un momento más de respiro haciendo huir al ser durante unos instantes con su conjuro de toque gélido. En esos breves instantes en los que la Voluntad del Amuleto flaqueó, Arn tuvo tiempo de agotar su magia curativa, y cuando la maligna fuerza regresó proyectando un nuevo cono de sombras, ya se habían dispersado lo suficiente para alcanzar sólo a Arn. El justicar encajó el ataque, quedando al borde de sus fuerzas pero aún en pie, y cargó a través del cono para hundir su bastarda en la cosa, apelando al poder ejecutor de Grymn para infligir un golpe brutal. Shahin y Norben rodearon al enemigo, castigándole desde ambos flancos y logrando que no hubiera un hueco hacia el que escapar para lanzar más conjuros, y con Adà apoyando desde lejos, las tornas empezaron por fin a cambiar. Finalmente, Norben alzó la espada y, con un centelleo, segó el cuello de la réplica de Kishad. Las fuerzas que lo mantenían en cohesión se disiparon al instante con un susurro de ultratumba. Prevaleciendo contra toda esperanza, y resistiendo contra viento y marea, los compañeros hicieron frente a la Voluntad del Amuleto, y la destruyeron en un combate que había tenido tanto de lucha física como de duelo de voluntades. El Amuleto de Kishad cayó inerte al suelo, con un fuerte y seco sonido metálico, propio de un objeto mil veces más pesado. Se hizo el silencio, y los cuatro se quedaron mirándolo, sin hacer un solo movimiento. Con gran aprensión, fue Norben quien, usando un paño para no tocarlo directamente, lo cogió del suelo y lo alzó hasta la luz. Acababan de convertirse en los Portadores del Amuleto.

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3 comentarios en “Crónicas de Alasia (XV): Contra el Amuleto”

  1. Me ha encantado el inicio de los Portadores del Amuleto y su aventura inicial en la Posada del Agua.
    He pensado iniciar una partida a mis jugadores en un sandbox que estoy construyendo poco a poco y quiero poner esta aventura en una posada. Podrias decirme de que modulo la has sacado? Y si es tuya, podrías facilitar el plano o la estructura?
    Estoy intentando reconstruirla traduciendo la narracion en salas y corredores, pero me parece que no lo estoy haciendo bien, es complicado

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